En octubre de 1954, el gobierno de Marcos Pérez Jiménez autorizó a sus cónsules en Italia, España y Portugal a conceder visados de entrada sin consultar antes a Caracas. Bastaba con tener menos de 35 años, certificados policiales y judiciales limpios y un certificado de buena salud. La medida, que al año siguiente se extendería a los consulados del resto de Europa, Estados Unidos y Canadá, resume el espíritu de una década en la que Venezuela buscó inmigrantes europeos casi sin límite. Los italianos fueron uno de los grupos que más la aprovecharon.
Entre 1948 y 1961, 614.425 extranjeros recibieron por primera vez la cédula de identidad venezolana. Añadiendo a los indocumentados y a los niños, que no necesitaban cédula, la inmigración del periodo debió de rondar las 800.000 personas. La inmigración italiana en Venezuela alcanzó en esos años su máximo histórico, y la huella que dejó en las ciudades del centro del país, sobre todo en Caracas, sigue siendo visible.
Antes de 1948: comisiones y primeras misiones
La apertura no empezó con los militares. En 1946, durante la Junta Revolucionaria de Gobierno, el ministro de Agricultura y Cría, Eduardo Mendoza Goiticoa, propuso estimular la inmigración europea, y se creó una Comisión Nacional de Inmigración presidida por Enrique Tejera París. La comisión organizó misiones de selección en Italia, España y Portugal, y el propio Tejera viajó a Italia como jefe de misión.
El obstáculo principal era el transporte. Hasta 1947 escaseaban los barcos transatlánticos disponibles para civiles, y los programas de Acción Democrática, el partido que gobernaba entonces, avanzaron poco. Ese año la situación cambió: unas 20.000 personas llegaron a Venezuela, según el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Empresas Polar. Para los italianos, que salían de un país con la economía destruida por la guerra, la ruta del Caribe empezaba a abrirse.
Del lado italiano, la emigración de posguerra tuvo una geografía nueva. El demógrafo Antonio Cortese recuerda que, entre 1946 y mediados de los años setenta, las salidas hacia los destinos transoceánicos tradicionales, Estados Unidos, Brasil y Argentina, sumaron 1.112.826 emigrantes, y las dirigidas a los «nuevos» destinos, Canadá, Venezuela y Australia, 1.058.124. Venezuela pasó así de destino secundario a meta preferida incluso frente a Argentina.
La política de «puertas abiertas» (1948–1958)
El golpe de noviembre de 1948 llevó al poder una Junta Militar que profundizó la apertura. Los trámites de entrada para europeos se redujeron a requisitos básicos, como una carta de buena conducta expedida por una autoridad local del país de origen, y en 1949 los decretos firmados por Carlos Delgado Chalbaud crearon agregadurías de inmigración en las representaciones diplomáticas en Europa, con Italia y España como destinos prioritarios. Ese mismo año, el antiguo Instituto Técnico de Inmigración y Colonización se transformó en el Instituto Agrario Nacional (IAN), que heredó las funciones de colonización.
Tras el asesinato de Delgado Chalbaud el 13 de noviembre de 1950, la Junta de Gobierno presidida por Germán Suárez Flamerich mantuvo la línea, y Pérez Jiménez, presidente desde 1952, la convirtió en una pieza de su programa del Nuevo Ideal Nacional. En su mensaje al Congreso de 1955 presentaba la inmigración como una forma de «importar hombres» que contribuyeran a poner en valor las riquezas del país, seleccionados con rigor según su edad, su salud y sus antecedentes.
Hay que distinguir entre dos flujos muy desiguales. El primero era la inmigración dirigida, con visa de inmigrante y apoyo oficial: según el mismo mensaje, entraron bajo ese régimen 3.609 personas en 1952, 6.216 en 1953 y 6.792 en 1954. Un informe del IAN de esos años contabiliza 6.600 inmigrantes con visa, de los cuales 4.946 llegaron con la colaboración del Comité Intergubernamental para las Migraciones Europeas (CIME), cuya constitución aprobó el Congreso venezolano. El segundo flujo, mucho mayor, era la llegada espontánea con visa de transeúnte o de residente: alrededor del 90 % de los extranjeros que entraron entre 1937 y 1961 lo hicieron así.
Una señal de que muchos pensaban quedarse es la naturalización. Según la Memoria y Cuenta del Ministerio de Relaciones Interiores citada por Ramos Rodríguez, los extranjeros naturalizados fueron 2.731 en 1953, 4.512 en 1954, 6.296 en 1955 y 6.671 en 1956. Las cifras no distinguen nacionalidades, pero el crecimiento sostenido coincide con los años de mayor llegada desde Italia, y cada nueva carta de naturaleza restaba una persona a la columna de extranjeros de los censos posteriores.
La selección tenía un componente de origen que la historiografía ha subrayado. La ley de 1936 excluía a quienes no fueran de raza blanca, y la apertura de los años cincuenta se dirigió casi en exclusiva a europeos. El investigador Andrés Cañizález ha descrito esa política como marcada por un claro sesgo racista, mientras que los documentos oficiales la justificaban como una selección técnica.
La prensa acompañó la política con entusiasmo. Ramos Rodríguez reproduce titulares de El Universal de la época como el que anunciaba la llegada de mil niños europeos desplazados para una colonia infantil proyectada por el médico Herrera Uslar, una muestra del tono con que se hablaba entonces de la inmigración europea.
Barcos, puertos y primeros días
Los barcos llegaban sobre todo a La Guaira, el puerto de Caracas, y a Puerto Cabello. Al desembarcar, quienes no tenían parientes ni contrato podían pasar a los centros de recepción del Estado.
El más conocido fue el Hotel de Inmigrantes, un edificio de cinco pisos en El Guarataro, en Caracas, que desde mediados de 1947 podía atender a unas 450 personas y contaba con servicios médicos y sociales, según la historiadora Catalina Banko. Había otros centros en Sarría, también en Caracas, con barracas, y en El Trompillo, en Güigüe (Carabobo), con capacidad para unas 2.500 personas. Desde allí los recién llegados buscaban trabajo y alojamiento propio.
El paso administrativo decisivo era la cédula. Para las estadísticas venezolanas, desde 1941 se consideraba inmigrante a toda persona que obtuviera una cédula de identidad, porque se suponía que se quedaría al menos un año, y esa convención es la que permite hablar de 614.425 inmigrantes registrados entre 1948 y 1961.
Españoles, italianos, estadounidenses, colombianos y portugueses, en ese orden, formaban el 78 % de ellos. Entre los italianos, el 60 % venía del sur de la península, el 25 % del centro y el 15 % del norte; las provincias con más emigración hacia Venezuela fueron Bari, Salerno y L’Aquila.
Construcción, comercio y campo
Los italianos declaraban al entrar sobre todo oficios agrícolas, de construcción y de comercio, y un porcentaje importante se presentaba como mecánico. La realidad del mercado de trabajo los llevó en su mayoría a la ciudad. Caracas pasó de unos 700.000 habitantes en 1950 a 1,4 millones en 1960, y el Ministerio de Obras Públicas recibió una de las mayores asignaciones del presupuesto nacional, porque la construcción de infraestructura se asumía como sinónimo de modernidad. Según Cortese, la construcción fue la actividad principal de los italianos en esa década y la mayoría de los edificios de Caracas fue obra de empresas italianas; otras estimaciones atribuyen a contratistas y obreros italianos la mitad de lo construido en la capital entre 1948 y 1958.
El censo de 1961 da una imagen del conjunto de los extranjeros al final del periodo. Trabajaban sobre todo en la construcción (27,0 %), en la artesanía y la manufactura (26,9 %) y en el comercio (24,3 %), y uno de cada cinco en los servicios. Eran el 14 % de la fuerza de trabajo nacional, pero en el Distrito Federal uno de cada tres trabajadores era extranjero, y una de cada dos personas registradas como gerente, administrador, director o propietario había nacido fuera del país.
El campo fue la gran expectativa incumplida. El IAN organizó colonias agrícolas con inmigrantes, y la más ambiciosa fue la de Turén, en el estado Portuguesa, presentada por el gobierno como proyecto piloto. El 19 de febrero de 1952 desembarcó en Puerto Cabello un grupo de 54 cabezas de familia italianos con sus familias destinados a la colonia, y en 1956, de las 582 familias establecidas, 313 eran de origen extranjero, con los italianos como grupo más numeroso (30 %), seguidos de españoles y yugoslavos. Cada familia recibía una parcela de 24 hectáreas, vivienda, maquinaria y crédito a veinte años. En su mensaje de 1955, Pérez Jiménez afirmaba que los centros y colonias del IAN, sobre 37.000 hectáreas, habían cosechado 70.000 toneladas de productos agrícolas.
Pero, en conjunto, los extranjeros no se dedicaron a la agricultura tanto como se esperaba, y la estructura económica del país, alimentada por la renta del petróleo, favorecía más el comercio.
El final de la ola (1958–1963)
El 23 de enero de 1958 cayó Pérez Jiménez. Con él se interrumpió, en palabras de Cortese, la particular sintonía entre su gobierno y los principales representantes de la colectividad italiana. Ese año hubo además una ola de violencia y saqueos, y la economía empezó a deteriorarse.
En julio de 1958 la política de puertas abiertas terminó: la inmigración quedó restringida a los familiares de personas ya residentes, y el porcentaje de dependientes, amas de casa y niños, entre los que llegaban subió de golpe. Los regresos a Italia alcanzaron ese año su máximo, casi 17.000, y en los años siguientes las salidas y las llegadas casi se compensaron.
La ruptura venezolana coincidió con un cambio en Italia. La consolidación de nuevas rutas migratorias hacia Europa y, dentro de Italia, hacia el triángulo industrial del norte ofrecía alternativas más cercanas a quienes pensaban emigrar. En 1960 Venezuela empezó a exigir solicitudes formales para la entrada de extranjeros, y desde 1963 dejó de expedirse la visa de inmigrante; solo entraban familiares y personal técnico.
El balance demográfico quedó a la vista en el censo de 1961. De los aproximadamente 800.000 extranjeros llegados desde 1948, el censo contó 526.188, incluidos 64.604 naturalizados, lo que indica que al menos un tercio se había ido. Los italianos eran unos 121.733, frente a unos 43.997 en 1950: la cifra más alta de la historia censal del país. Cortese añade que en los años sesenta la presencia italiana se extendió también al medio rural, aunque sin nuevas llegadas masivas.
Lo que siguió, la consolidación de la comunidad, sus instituciones y los retornos posteriores, se cuenta en la página sobre italianos en Venezuela, y el reparto territorial cuarenta años después puede consultarse en la tabla de italianos por estado del censo de 2001. Hay también una versión resumida en italiano, Italiani in Venezuela.
De la colonia de Turén, en cambio, la historia posterior es sobre todo agrícola: en los años ochenta aportaba un tercio de la producción del estado Portuguesa, con arroz, sisal, ajonjolí y plátano entre sus cultivos.