El 11 de febrero de 1963, en el Círculo de Periodistas de Mendoza, un grupo de poetas y músicos leyó en público el manifiesto de un movimiento que llamaron Nuevo Cancionero. Entre ellos estaban el poeta Armando Tejada Gómez, el músico Tito Francia, el compositor Oscar Matus y su esposa, una cantante tucumana de veintisiete años llamada Mercedes Sosa. El texto no hablaba todavía de revolución ni de continente. Pedía una música popular argentina que dejara atrás el regionalismo cerrado y la producción pensada solo para el mercado, y que se ocupara de la vida de la gente común.
Aquella reunión provincial suele tomarse como una de las fechas de arranque de lo que después se llamó nueva canción latinoamericana. No fue la única ni la primera en sentido estricto, porque en Chile Violeta Parra llevaba más de una década recorriendo el campo con una grabadora, y en Cuba la guitarra de los trovadores tenía una tradición propia. Lo que cambió en los años sesenta fue la coincidencia. En pocos años, cantautores de países distintos, que a menudo no se conocían, empezaron a usar el folclore como materia prima para hablar de salarios, minas, reforma agraria y dictaduras.
Argentina, 1963–1976: el Nuevo Cancionero
El manifiesto de Mendoza tuvo firmantes más allá del núcleo inicial. La lista que recoge el Instituto Argentino para el Desarrollo Económico incluye también a Martín Ochoa, David Caballero, Perla Barta, Chango Leal, Graciela Lucero, Clide Villegas, Emilio Crosetti y Eduardo Aragón, casi todos vinculados a la vida cultural mendocina. El movimiento proponía integrar la música de las distintas regiones del país en una sola corriente, sin encerrarse en la zamba o la chacarera de una provincia concreta.
Mercedes Sosa había publicado en 1962 su primer disco, La voz de la zafra. La proyección nacional le llegó en 1965, cuando Jorge Cafrune la invitó a cantar en el Festival de Cosquín, el gran escenario del folclore argentino, pese a las reticencias que despertaba su militancia comunista. Desde entonces fue la voz más reconocible del movimiento fuera de Argentina. Discos como Mujeres argentinas (1969) y Cantata sudamericana (1972) consolidaron un estilo que mezclaba la canción criolla con textos de poetas contemporáneos.
En 1969 Tejada Gómez y el músico César Isella compusieron «Canción con todos». La pieza tuvo difusión mundial y fue adoptada muy pronto como una especie de himno no oficial de América Latina, en sintonía con la vieja idea de la Patria Grande que Bolívar y más tarde Manuel Ugarte habían formulado en otros términos.
El golpe militar de 1976 cortó ese desarrollo. Sosa siguió actuando en el país hasta febrero de 1979, cuando un recital suyo en La Plata terminó con la cantante y el público detenidos por la policía. Se instaló entonces entre París y Madrid. Volvió el 18 de febrero de 1982, todavía bajo el gobierno militar, y ofreció una serie de conciertos con la sala llena en el Teatro Ópera de Buenos Aires que quedaron como uno de los episodios más recordados de la transición argentina. Murió en Buenos Aires el 4 de octubre de 2009.
Chile, 1965–1973: de la Peña de los Parra al golpe
El origen chileno tiene nombre propio. Violeta Parra nació el 4 de octubre de 1917 en San Carlos, en la provincia de Ñuble, hija de un profesor de música y de una campesina. Desde los años cincuenta trabajó como compositora y recopiladora de folclore, y reunió un repertorio campesino que casi nadie había documentado de forma sistemática. Vivió en Europa en dos etapas, entre 1955 y 1956 y entre 1961 y 1965, sobre todo en París.
Un detalle que suele quedar fuera de las historias de la canción: entre el 18 de abril y el 11 de mayo de 1964 Violeta Parra expuso pinturas al óleo, arpilleras y esculturas de alambre en el Museo de Artes Decorativas, situado en el palacio del Louvre. Sus arpilleras, bordadas con lana sobre tela basta, tienen hoy una fama casi independiente de sus canciones, y muchos visitantes de museos las conocen sin haber escuchado nunca un disco suyo.
A su regreso, en 1965, levantó una carpa en la comuna de La Reina, en las afueras de Santiago, con la idea de convertirla en un centro de cultura popular. El proyecto no prosperó. En 1966 publicó Las últimas composiciones, su último disco de larga duración, y el 5 de febrero de 1967 se quitó la vida en esa misma carpa.
Ese mismo año de 1965, en julio, sus hijos Isabel y Ángel Parra abrieron la Peña de los Parra en una casona de la calle Carmen 340, en Santiago. Allí actuaban con regularidad Rolando Alarcón, Patricio Manns y Víctor Jara, y allí se formó el público de la canción que vendría. La Biblioteca Nacional de Chile sitúa como antecedente el conjunto Cuncumén, creado en 1955, que funcionó como escuela para muchos de esos intérpretes. En 1968 nació el sello DICAP, la Discoteca del Cantar Popular, que dio salida comercial al movimiento.
Víctor Jara había nacido el 28 de septiembre de 1932 en Chillán Viejo, hijo de un inquilino agrícola y de una cantora popular. Estudió actuación y dirección en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile entre 1959 y 1961 y fue durante los años sesenta uno de los directores teatrales más premiados del país, al mismo tiempo que cantaba en Cuncumén y en la Peña de los Parra. En 1969, con el conjunto Quilapayún, ganó el Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, organizado por la Universidad Católica, con «Plegaria a un labrador». Ese festival dio nombre oficial a la corriente.
Quilapayún se había formado en el invierno de 1965 por iniciativa de los hermanos Eduardo y Julio Carrasco y de Julio Numhauser; el nombre significa «tres barbas» en mapudungun. Jara fue su primer director musical. En 1970, en el segundo festival, el grupo estrenó la Cantata popular Santa María de Iquique, compuesta por Luis Advis, una de las obras de mayor aliento del movimiento. Inti-Illimani, por su parte, nació en 1967 entre estudiantes de la Universidad Técnica del Estado; su nombre combina la palabra quechua para el sol y el nombre de una montaña boliviana.
El golpe del 11 de septiembre de 1973 truncó la Nueva Canción Chilena de forma violenta. Víctor Jara fue detenido ese día en la Universidad Técnica del Estado, donde trabajaba desde 1971, y llevado al Estadio Chile. Según los testimonios de prisioneros que recoge la Biblioteca Nacional, allí fue torturado y fusilado. Su cuerpo apareció el 16 de septiembre junto al Cementerio Metropolitano, con otros cinco cadáveres. El estadio lleva hoy su nombre.
Los dos grandes conjuntos estaban de gira en Europa. Quilapayún, que había viajado a Francia en agosto, se quedó en ese país. Inti-Illimani se instaló en Italia, donde vivió lo que sus propios integrantes llamaron la gira más larga de la historia, hasta que en septiembre de 1988 se levantó la prohibición que le impedía entrar en Chile. Durante esos quince años el grupo incorporó elementos del barroco europeo y de otras músicas tradicionales, y la quena y el charango se volvieron sonidos familiares en ciudades italianas que antes no los conocían.
Cuba, 1967–1972: la Nueva Trova
En Cuba el proceso siguió otro camino, porque se desarrolló con apoyo del Estado revolucionario surgido en 1959, la época en que figuras como Ernesto Che Guevara ocupaban cargos de gobierno. En julio de 1967 la Casa de las Américas organizó en La Habana un encuentro continental de canción protesta al que acudieron intérpretes de varios países. Allí, según recuerda la revista La Jiribilla, un joven Silvio Rodríguez conoció al viejo trovador Sindo Garay, una de las figuras de la trova tradicional del oriente cubano.
Silvio Rodríguez había nacido el 29 de noviembre de 1946 en San Antonio de los Baños. Pablo Milanés, algo mayor, nació en Bayamo el 24 de febrero de 1943. Junto con Noel Nicola empezaron a actuar a finales de 1967 y comienzos de 1968, y en 1969 se integraron en el Grupo de Experimentación Sonora del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), un taller que combinaba la canción con la música para cine y en el que participaba también el guitarrista y compositor Leo Brouwer. En septiembre de 1972 los tres pasaron más de dos semanas en Santiago de Chile y actuaron en el Estadio Chile y en la Peña de los Parra.
El Movimiento de la Nueva Trova se constituyó formalmente en diciembre de 1972 en Manzanillo, al cierre del II Encuentro de Jóvenes Trovadores. Mantenía la guitarra y el formato del cantautor, y tomaba como referencia a trovadores veteranos como Carlos Puebla. El primer disco de larga duración de Silvio Rodríguez, Días y flores, salió en 1975. Pablo Milanés compuso más de cuatrocientas canciones y publicó más de cuarenta discos; se trasladó a España en 2014 para tratarse de una enfermedad y murió en Madrid el 22 de noviembre de 2022, a los 79 años.
Venezuela: Alí Primera, Gloria Martín y Soledad Bravo
Venezuela vivió los años sesenta con una democracia electoral recién estrenada tras 1958 y con un movimiento guerrillero activo en parte de la década, y su canción social nació en ese contexto. La figura central es Alí Primera, nacido en el estado Falcón. Con una beca obtenida en 1968 estudió en Rumania y vivió en Europa hasta 1973; su primer disco, Gente de mi tierra, se grabó hacia 1969 en un estudio alemán y circuló de forma independiente. De vuelta en el país creó su propio sello, Cigarrón, con distribución de la discográfica Promus. Murió el 16 de febrero de 1985 en un accidente de tráfico en la autopista Valle-Coche de Caracas, cuando regresaba de una grabación. En 2005 el Estado venezolano declaró su obra patrimonio cultural de la nación.
Dos de las voces femeninas más conocidas de la canción social venezolana nacieron en España, y ese dato remite a otra historia: la de la inmigración europea que llegó a Venezuela a mediados del siglo XX, en la misma época en que se asentaban los italianos en Venezuela. Gloria Martín nació en Madrid el 21 de marzo de 1945 y llegó al país con su madre a los siete años. Se licenció en Letras en la Universidad Central de Venezuela, empezó su carrera de cantautora en 1969 y grabó su primer disco en 1971. Compartió escenarios con Víctor Jara y Joan Manuel Serrat, compuso obras como la Cantata a Fabricio Ojeda y escribió «Cuánto trabajo», que popularizó Mercedes Sosa. Durante los años setenta y ochenta militó en la clandestinidad en el Partido de la Revolución Venezolana. Recibió el Premio Nacional de Cultura en 2019 y murió el 20 de abril de 2026, a los 81 años.
Soledad Bravo nació en Logroño en 1943, hija de un republicano español que emigró con la familia cuando ella era niña. Estudió en la Universidad Central de Venezuela, donde cantaba y hacía teatro en las actividades de la Facultad de Arquitectura, y en 1968 publicó Soledad Bravo canta, el disco que la dio a conocer en Venezuela y en otros países de Sudamérica. A mediados de los años setenta grabó Cantos de la Nueva Trova Cubana, con canciones tempranas de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, en un momento en que esos autores apenas circulaban fuera de la isla. Su repertorio de esos años incluyó también a Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui y Alfredo Zitarrosa.
Lo que dejó el movimiento
Conviene distinguir entre la nueva canción como época y como etiqueta. Como época, suele situarse entre mediados de los sesenta y mediados de los ochenta, con los golpes militares como corte brutal y los regresos del exilio como cierre simbólico. Como etiqueta, en cambio, sigue viva: festivales, programas de radio y editoriales la usan para agrupar a autores que nacieron mucho después de 1973.
Los casos nacionales tuvieron relaciones directas. Víctor Jara dirigió a Quilapayún, los trovadores cubanos cantaron en la Peña de los Parra, Mercedes Sosa grabó a Gloria Martín y Soledad Bravo llevó la Nueva Trova a Caracas. Esa red de contactos personales, más que cualquier programa común, explica que un fenómeno sin estatutos ni dirección llegara a percibirse como un movimiento continental.
Queda sin resolver una pregunta que los estudiosos siguen discutiendo: hasta qué punto la cercanía con los partidos de izquierda y, en Cuba, con el Estado, condicionó una música que en sus manifiestos se presentaba como expresión del pueblo antes que de cualquier organización. La respuesta cambia según el país y según la década, y en Venezuela pasa inevitablemente por la trayectoria de Alí Primera, cuya obra se convirtió en símbolo político muchos años después de su muerte.