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Érase una
vez un joven, hijo único de padres campesinos muy pobres, los cuales les
toleraban todas las faltas que cometía con la esperanza que continuara los
estudios y llegara a ser un honesto profesional.
La tolerancia de sus padres
y la cultura consumista de los medios audiovisuales fueron alimentando en él una
personalidad que no se fundaba en las riquezas espirituales, sino en las
riquezas materiales, las cuales fueron ofuscando en el joven el sentimiento de
gratitud por los grandes sacrificios que hacían sus padres. Un día, cegato por
el poder del dinero, junto con dos amigos decidieron abandonar sus familias para
ir en busca de unas minas de oro. Para ellos era la única vía para llegar a ser
tan poderosos y felices. Se pusieron en camino, y después de muchos días de
marcha por las áridas montañas comenzaron a encontrar el tan apreciado metal.
Pero a medida que aumentaba el tesoro, crecía el egoísmo y el temor de ser
traicionados. Un día el joven encontró una cantidad tan grande que por el
egoísmo decidió dividirse de sus compañeros y seguir solo, para no compartir su
tesoro con ellos. Pero, la soledad, y el miedo que alguien lo matara para
quitarle todo, empezaron a adueñarse de él, y no lo dejaban dormir ni de noche
ni de día, hasta el punto que se enfermó, y ya no tenía con qué curarse, y
tampoco con qué alimentarse. En esta triste soledad pensaba que a pesar que
había conseguido las riquezas que tanto anhelaba para ser feliz, le faltaba lo
más importante que necesita un ser humano, el afecto y el calor de la familia y
de los amigos.
Impulsado por la necesidad,
trató de llegar a un pequeño poblado que vio a lo lejos, y cuando llegó en la
cercanía vio a unos campesinos que trabajaban cantando alegremente y les
preguntó si había un hospital. Los campesinos, viéndolo tan enfermo y cansado,
suspendieron su trabajo y atendieron al viajero, dándole alimento y una cama
para descansar.
Cuando el joven despertó al
día siguiente, un hombre de cabello blanco, con una mirada serena, estaba cerca
de su cama, y le dio la bienvenida y le dijo: En este pueblo no tenemos
hospital, ni cárceles, ni tampoco televisión. Aquí hace casi un siglo que el
hospital fue convertido en laboratorio científico, las cárceles en escuelas, los
bares en bibliotecas y el estadio en un centro cultural, donde todos
participamos para desarrollar la creatividad, la solidaridad y el amor entre
nosotros. Porque el amor es la única energía espiritual que armoniza nuestro
sistema psicosomático para mantener nuestro cuerpo sano. Yo estoy dispuesto a
darle todo el oro que tengo, si ustedes me aceptan en su comunidad, dijo el
joven. Y el anciano con una sonrisa le contestó: Aquí, la única riqueza que
nosotros aceptamos es la riqueza espiritual, y tú puedes quedarte con nosotros
si estas dispuesto a conseguirla. Yo estoy seguro que con la ayuda de todos
ustedes puedo conseguir la riqueza espiritual que me falta, y le estaré
agradecido eternamente, por haber despertado en mí la conciencia comunitaria que
me proporcionará la felicidad que tanto anhelaba |