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Había Una vez, un
ebanista muy sabio y creativo, que con el tiempo, convirtió su pequeño taller en
una grande empresa. En la parte superior del gran galpón, estaba situada la
oficina, donde por medio de una gran vidriera, vigilaba y controlaba a los
obreros que trabajaban allí.
Cuando su hijo no quiso
seguir los estudios universitarios, lo puso bajo la guía del maestro del taller,
para que aprendiera a fabricar los muebles, para poder luego dirigir la empresa.
Pero el joven era tan perezoso que, en ausencia del padre, se quedaba siempre en
la oficina.
El maestro pidió una
entrevista con el padre, para informarle que su hijo, casi nunca estaba en el
taller para aprender el oficio, por que en su opinión, no era necesario
trabajar, para aprender, sino que él podía aprender solamente viendo trabajar a
los demás, desde la oficina.
Cuando el padre se enteró
de la perezosa conducta de su hijo, dijo: Usted no se preocupe, por que yo,
tengo una medicina muy efectiva, para curar esa conducta de mi hijo, esta noche
misma voy a colocar un cerrojo en la parte exterior de la puerta de la oficina,
y mañana, cuando mi hijo está dentro, pondré el candado para que no pueda salir
a desayunar y tampoco almorzar.
Al final de la jornada de
trabajo, cuando el padre fue a quitar el candado de la oficina, el hijo, muy
molesto y hambriento le pregunta: ¿ por que me encerraste sin desayuno, ni
almuerzo?. El padre le contesta: Porque si tu puedes aprender un oficio, solo
viendo trabajar a los demás, desde la oficina, también puedes saciar el hambre
viendo a los obreros cuando desayunan y almuerzan en el taller. |