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AUN DESPUES DEL
CATACLISMO: La
revolución Cubana
siguió altivamente
en pie (7 de 8)
Por Narciso Isa
Conde
Después del derrumbe
la revolución cubana
ha vivido el período
más crucial de su
historia.
Nunca antes se
combinaron tantos
factores adversos.
El criminal bloqueo
económico de los
EE.UU. no sólo no
cesó, sino que se
intensificó a pesar
de que, en los
hechos, pueblos y
naciones
latinoamericanas le
han abierto brechas
al cerco político y
económico inicial,
por encima de los
dictados de
Washington.
De la Enmienda Mack
al Acta de
Exportación y a la
Ley Torricelli, se
afectó en un 16% más
el comercio de Cuba
con el exterior,
porque esa ley
implica drásticas
sanciones a las
empresas
subsidiarias, a las
empresas de terceros
países y a las
navieras que toquen
puertos cubanos.
Al derrumbe de los
modelos estatistas
burocratizados del
Este europeo le
siguió la quiebra
del modelo
soviético.
Estos factores,
operando en forma
simultánea,
debilitaron
extraordinariamente
las relaciones
económicas de Cuba
con el mundo,
agravaron los
problemas de
suministro y
obligaron a un
período con mucho
más restricciones de
todos los órdenes.
A esa situación, el
gobierno
revolucionario
cubano le respondió
con las medidas
correspondientes a
ese período
especial en
tiempos de paz y con
otras
transformaciones
económicas y
políticas.
Los efectos de esas
medidas, aunque ha
resultado positivo
dentro de una
política para
sobrevivir dentro de
una relación
bastante equitativa
para una gran parte
de la población,
resultaron limitadas
para contrarrestar
el impacto negativo
de los cambios
mundiales y del
bloqueo reforzado
por los Estados
Unidos a través de
la ley Torricelli.
Algunas de ellas,
además (como la
expansión del
turismo y de las
áreas dólar de los
servicios), están
acompañadas de un
costo social y
político no
despreciable, aunque
conscientemente
asumido.
Por otra parte, el
burocratismo, la
corrupción
burocrática, las
limitadas áreas de
privilegios, la
economía
subterránea, la
negligencia e
ineficiencia en la
gestión estatal, la
superposición entre
la gestión del
partido y del
Estado, el
abultamiento de las
nóminas en áreas no
productivas, el
paternalismo
estatal... sin
llegar a las
magnitudes de Europa
del Este y de la
URSS, habían
alcanzado en Cuba
niveles
significativos y
echaron raíces
difíciles de
erradicar dentro de
un modelo
marcadamente
estatista que, por
suerte, dada la alta
sensibilidad social
de sus dirigentes,
ha tenido la virtud
de superar con
creces el papel
distribuidor de
riquezas e ingresos
ejercido por otros
parecidos, y
permitió alcanzar
conquistas sociales
realmente
trascendentales e
impresionantes.
Las dificultades
para superar los
fuertes componentes
de estatismo
burocrático presente
en la realidad
cubana han
determinado su
coexistencia con el
área dólar de la
economía, creando
una dualidad
generadora de nuevas
distorsiones que de
ninguna manera le
restan valor al ya
exitoso esfuerzo
para sobrevivir
convertido en otra
hazaña de la única
revolución de
orientación
socialista que
perdura en el
hemisferio
occidental.
Ese gran éxito en
materia de
resistencia, sin
embargo, no anula
los efectos
negativos que
todavía perduran
como resultado de la
continuidad de una
parte de las
estructuras
estatistas, en
cierta medida
burocratizadas, y de
las concepciones y
formas de gestión
económica y política
copiadas del modelo
soviético e
insertadas en un
proceso que, pese a
haber defendido
intensamente su
originalidad, fue
parcialmente
afectado por su
articulación
económica
dependiente y por el
peso material e
ideológico de la
URSS antes de que
esa gran potencia
exhibiera su
profunda crisis.
Si algo hay que
reflexionar sobre
los dramáticos
acontecimientos
este-europeos en
Cuba es la necesidad
de analizarlos a
profundidad y
explicar las causas
de esa crisis
estructural y del
derrumbe efectuado
en la URSS,
extrayendo las
lecciones que se
derivan para Cuba
revolucionaria. En
esto ha habido mucha
tardanza
En el caso cubano y
en el de los demás
procesos de tránsito
al socialismo
resulta
imprescindible
superar todo lo
semejante a esos
modelos fracasados
que influyeron en
sus crisis, con
claras conciencia de
que fueron y son, en
comparación con un
auténtico desarrollo
socialista, valores
antisocialistas,
deformaciones del
proyecto original.
Tan trascendental
reflexión y los
correctivos que de
ella pueden
derivarse
naturalmente deberán
tomar en cuenta las
peculiaridades del
proceso cubano, su
proximidad a Estados
Unidos, las
características de
su exilio
contrarrevolucionario,
la fase de
sobrevivencia que le
imponen los cambios
mundiales y la
necesidad de
mantener la unidad
de acción de su
pueblo.
Esto implica
asimilar también la
lección soviética en
cuanto a la errática
conducción y
evidente traición de
Gorbachov en los
momentos en que la
necesidad de la
renovación y de la
democratización
tocaron las puertas
de la URSS y sobre
todo en cuanto al
proceso degenerativo
que sufrió la
Perestroika, dando
paso a una tortuosa
liberalización
pro-capitalista y a
una vergonzosa
subordinación a
EE.UU. y a las demás
potencias
imperialistas.
Si arriesgado es
mantener
indefinidamente las
estructuras que
fueron trasplantadas
del modelo
soviético, más lo
sería aún copiar la
Perestroika y
acceder a un proceso
de liberalización
como el que demandan
Estados Unidos, el
exilio
contrarrevolucionario
y las derechas
latinoamericana,
caribeña y mundial.
Esto último
equivaldría a la
muerte de la
revolución cubana.
En el caso cubano,
volver a América
Latina y el Caribe
no debe entenderse
como reproducir el
sistema político y
las estructuras
sociales
capitalistas que
predominan en
nuestros países,
estremecidos por la
peor crisis de sus
historias, sino
recuperar toda la
originalidad de la
revolución y ponerla
en dirección al
proceso de
conformación de la
gran patria
bolivariana dentro
de una clara y
renovada orientación
socialista que no
puede ser, y sin que
con ello se dejen
pendientes viejos
riesgos, la
eternización de un
estatismo
burocrático reñido
con la esencia del
socialismo.
Los cambios que, al
entender de muchos
revolucionarios
socialistas, Cuba
necesita, no tienen
nada que ver con las
reformas
capitalistas ni con
una liberalización
política de tipo
capitalista. Si con
la socialización de
lo estatal, con la
autogestión y co-gestión
democráticas, si con
la democracia
participativa e
integral
Cuba necesita
firmeza en el camino
socialista y
voluntad de resistir
las nuevas presiones
y las dificultades
que plantea la
adversa correlación
de fuerzas a escala
mundial; necesita
ingenio y
flexibilidad para
buscar alternativas
en materia de
rearticulación
internacional y para
derrotar el bloqueo.
Y esto evidentemente
le sobra.
Cuba necesita
identificar a mayor
profundidad todo lo
negativo
trasplantado del
modelo burocrático
soviético y asumir
su superación
progresiva con la
voluntad política
que debe derivarse
de entenderlo como
fuente de problemas
internos,
potenciados por la
escasez y las
enormes dificultades
provocadas por las
adversidades
externas.
Eso implica
profundizar el
proceso de
rectificación e
impulsar el esfuerzo
hacia un modelo de
tránsito al
socialismo netamente
cubano y
esencialmente capaz
-aún dentro de la
apertura y la
inversión extranjera
y ciertas formas de
propiedad mixta,
privada e
individual- de
garantizar el
predominio de la
propiedad social y
de la propiedad
pública socialmente
controlada y
democráticamente
gestionada, así como
un proceso de mayor
socialización del
poder y
participación
popular.
Cuba necesita
mantenerse vigilante
para evitar que los
cambios necesarios
dentro de un
espíritu de
superación
firmemente
antiimperialista y
socialista, no sean
desviados por
tortuosos senderos
transitados por la
fracasada
Perestroika
soviética. Esto
obliga a actuar con
prudencia y
precisión, y
mantener la firmeza
que en ese orden le
ha caracterizado.
Cuba necesita
diversificar más las
formas de propiedad
y de distribución,
crear mercados donde
ellos concurran,
cambiar las formas
de gestión en
sectores estatales,
convertir en social
parte de la
propiedad pública,
liberar en mayor
escala las fuerzas
productivas dentro
de una orientación
predominantemente
socialista.
Cuba necesita
ampliar y
profundizar
progresivamente la
participación
popular dentro de
una
institucionalidad
democrática que
norme papeles
diferenciados del
partido, del Estado
y de las
organizaciones
sociales, que
garantice la
estabilidad
posterior a la
vigencia del
liderazgo histórico
sobre bases
democrático-participativas.
Esto último guarda
una estrecha
relación con la
necesidad de
convertir en
criterio colectivo
la validez del
régimen de excepción
dentro de la
condición de
fortaleza sitiada,
procurando que las
restricciones
imprescindibles en
materia de
libertades
ciudadanas sean
consideradas
temporales y no
inmutables.
Cuba necesita,
además, de una gran
solidaridad
revolucionaria,
antiimperialista,
caribeña,
latinoamericana,
tercermundista y
mundial que defienda
sus logros, que
contrarreste la
primera fase de
guerra sin balas
desatada por Estados
Unidos, que frustre
los planes de
agresión armada (con
disposición a pelear
en su defensa), que
la auxilie desde el
punto de vista
material, que
derrote
definitivamente el
bloqueo, que la
defienda como
patrimonio del
proceso liberador de
los pueblos
oprimidos y la
aliente a superar
las limitaciones y
las deformaciones
acumuladas en su
accidentado y
difícil tránsito
revolucionario. Ese
aporte todavía es
muy insuficiente de
nuestra parte.
Los fundamentos de
esa solidaridad
están dados en las
grandes
contribuciones de
Cuba a la nueva
independencia
latinoamericana,
caribeña y africana.
En esa dirección es
significativo como
Latinoamérica y el
Caribe rechazan con
palabras y con
hechos el bloqueo
económico y el
hostigamiento
político, valorando
a Cuba
Revolucionaria como
un símbolo de la
nueva independencia
y como muchos
pueblos de África
sienten como suya
esta revolución
caribeña.
Combinando todo
esto, la revolución
cubana puede vencer
las adversidades de
esta fase crucial,
perdurar y avanzar.
Mas aun cuando su
heroica resistencia
le ha permitido
empalmar con la
nueva ola de cambios
continentales, con
la revolución
venezolana y su
planteo de nuevo
socialismo y con los
demás procesos
antiimperialistas de
la región.
No es cierto, como
dicen enemigos y
renegados, que la
revolución cubana
está fatal e
inminentemente
condenada a
sucumbir. Ella no
solo sobrevivió a
los peores momentos,
sino que ahora tiene
mayores
posibilidades de
crecer y renovarse.
Si a su heroica
resistencia se le
agrega cada vez más
capacidad de
innovación, su
continuidad será
constantemente
reafirmada y
renovada.
Septiembre 2007,
Santo Domingo, RD. |