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EL CASO SALVADOREÑO
Y SU DESENLACE
NEGOCIADO
POST-DERRUMBE (6 de
8)
Por Narciso Isa
Conde
La insurgencia
salvadoreña avanzó
hasta el punto de
abrir la esperanza
de una tercera
revolución
triunfante en
América Latina y el
Caribe.
El FMLN logró
convertirse no sólo
en un potente
ejército popular y
una fuerza
político-militar
impresionante, sino
que logró controlar
amplias áreas
territoriales y
devino en una fuerza
beligerante casi
imposible de
derrotar en el campo
de batalla.
El ejército al
servicio de la
oligarquía tuvo que
ser sistemáticamente
reconstruido con la
ayuda de los Estados
Unidos, sufriendo
bajas en todo el
período equivalente
a sus efectivos
iniciales.
La victoria
definitiva no era
fácil, pero estaba
en el presupuesto
político del heroico
movimiento
revolucionario
salvadoreño y de sus
hermanos caribeños y
latinoamericanos.
Las negociaciones de
paz, por momentos,
fueron valoradas
como un medio a
través del cual
podía expresarse la
victoria.
Esto es, como un
frente de lucha que
permitiría atraer
más fuerzas y
avanzar en el campo
de batalla hasta
convertirla en
modalidad del
triunfo, tal y como
aconteció en
Vietnam.
La ofensiva de
noviembre de 1989,
pese a que ya
arrastraba
peligrosas
disensiones
internas, evidenció
que la acumulación
de fuerza llegó a
aproximarse a lo
requerido para
vencer a las fuerzas
contrarrevolucionarias,
pero no logró el
salto decisivo.
Después de ese nivel
de acumulación, sin
embargo, sobrevino
el descenso y la
conversión de la
negociación en medio
para una salida
pactada, basada en
la existencia de un
relativo equilibrio
de fuerzas. La
derrota electoral
sandinista y el
descalabro que se
vislumbraba en el
Este europeo
afectaron en alto
grado el apoyo
logístico, del cual
el proceso
salvadoreño era
sumamente
dependiente.
El derrumbe del
socialismo real y la
derrota del
sandinismo en
Nicaragua tendían a
crear, además,
serias dificultades
políticas e
ideológicas en el
curso de la lucha
armada y al interior
de una parte de las
fuerzas del FMLN.
Las tendencias a
favor de ciertas
formas de rendición
condicionada (vía
negociación),
presentes sobre todo
en dos de sus
organizaciones (pero
también con
influencia en las
otras), pudieron ser
frenadas, pero sus
efectos reales le
restaron al FMLN en
su conjunto
capacidad de
resistencia y
voluntad para
persistir en el
camino de la guerra
popular
revolucionaria, aun
fuera en otros
niveles y
modalidades. Más
aún: debilitaron sus
planteos en torno al
cambio de la
correlación de
fuerzas en el poder
permanente
(ejército,
relaciones de
propiedad...) y
redujeron su
plataforma de
negociación en ese
aspecto.
Lo acumulado durante
largos años de lucha
democrática y
particularmente en
el curso de 11 años
de resistencia
armada, sirvió para
lograr una salida
pactada con
significativas
conquistas
democráticas, pero
con serias
limitaciones en
cuanto al proceso de
creación y conquista
del poder.
Los resultados
positivos del
acuerdo de paz,
quizás no los
óptimos posibles a
partir de la
decisión de no
continuar la guerra,
llegaron incluso a
crear la ilusión de
que ellos implicaban
una especie de
“victoria diferida”;
esto es, de triunfo
parcial a ser
completado con
nuevos avances en el
desarrollo de
factores de poder y
en la conquista del
poder central dentro
de una nueva fase
eminentemente
política.
Las dificultades que
impuso una
disidencia interna
socialdemocratizante
y con tendencia a la
claudicación, las
adversidades en el
contexto regional y
mundial, las
maniobras de la
derecha produciendo
cambios en los
tiempos y en la
profundización de
los acuerdos de paz,
el influjo de
corrientes y
actitudes de ese
mismo tipo
procedentes de las
áreas más blandas
del sandinismo, el
desarme del pueblo y
la marginación del
sujeto popular en el
curso de su
aplicación,
afectaron lo
pretendido.
Provocaron además:
primero, un cierto
empantanamiento del
FMLN; segundo, una
aguda división en
torno a cuestiones
básicas que frenaron
sus perspectivas de
avance; tercero,
resultados
electorales
inicialmente muy
favorables a la
derecha y, en
general, un cuadro
de estabilización
del capitalismo
dependiente, una
limitación de la
democratización al
marco liberal
representativo y un
bloqueo de la
revolución
democrática con la
consiguiente
consolidación de la
hegemonía del poder
imperial y de la
burguesía
dependiente con
nuevos aires
modernizadores.
La esperanza de una
tercera revolución
en el sub-continente
quedó truncada en el
corto y mediano
plazo, y el descenso
de la ola
revolucionaria
centroamericana no
se hizo esperar,
impactando
negativamente a
Guatemala,
especialmente al
proyecto que encarnó
la URNG.
Las circunstancias
(diferencias
internas, corriente
capituladora,
cambios adversos en
la correlación de
fuerzas en el plano
internacional,
derrota sandinista y
la previa aceptación
del desarme
unilateral) que
llevaron al FMLN a
pactar una paz
negociada que no
afectó en su esencia
al ejército ni el
dominio económico y
social de las
poderosas familias
burguesas ni la
hegemonía
norteamericana en El
Salvador,
contribuyeron a
conformar
condiciones para
bloquear las
transformaciones
estructurales
radicales; situación
agravada por los
efectos de la
desmovilización
militar del FMLN,
acompañada de su
descenso en la
dinámica
movilizadora del
pueblo.
Podría discutirse si
de todas maneras la
correlación de
fuerzas en el ámbito
nacional daba o no
para poner en mayor
medida en el centro
de la negociación el
destino del ejército
regular y la
democratización del
poder económico y
social. De todas
maneras la lección
es clara: toda
democratización que
no implique la
democratización y el
cambio de la
naturaleza del poder
permanente puede ser
asimilada y
distorsionada por
ese poder en manos
de minorías sociales
y por las fuerzas
políticas afines.
Otra enseñanza
importante se
relaciona con la
unidad y la esencia
revolucionaria de
las fuerzas que
conforman la
vanguardia unitaria
y compartida: ambas
cosas son
imprescindibles para
garantizar el cambio
revolucionario, el
desplazamiento del
sujeto
político-social
dominante por un
nuevo sujeto
popular, y ambas
cuestiones fueron
seriamente afectadas
en El Salvador antes
de la negociación,
durante su curso y
posteriormente al
Acuerdo de Paz.
La experiencia
salvadoreña también
refuerza el sentido
preciso de lo que
debe ser la
renovación
revolucionaria en
los tiempos
actuales. Y esa
necesidad ha quedó
mucho más
evidenciada después
de firmada la paz,
dado el notorio
proceso de
integración al
sistema de sectores
importantes del
Frente Farabundo
Martí para la
Liberación de El
Salvador.
La conciencia de esa
realidad al interior
de las corrientes
socialitas
revolucionarias del
frente, encabezadas
por el comandante
Schafik Handal,
posibilitó un nuevo
viraje ala izquierda
y un proceso de
crecimiento
cualitativo y
cuantitativo
posterior
Septiembre 2007,
Santo Domingo, RD. |