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NICARAGUA 1990: Más
que una derrota
electoral (5 de 8)
Por Narciso Isa
Conde
El caso nicaragüense
resultó un ensayo de
tránsito nuevo, con
aciertos y errores
que debemo ponderar.
Al gran triunfo que
significó derrotar
el somocismo
sustentado durante
cuatro decenios por
el poder imperial
estadounidense,
siguió un original y
creativo tránsito
revolucionario que
sufrió un rudo revés
en el marco del
proceso electoral de
1990.
La revolución
nicaragüense ha sido
quizás la más alta
expresión de
voluntad de combinar
los cambios
estructurales con la
democracia política.
Ese gran aporte, que
prefiguró un modelo
de tránsito con
pluralidad social,
económica y política
debe ser debidamente
reivindicado.
Esa experiencia, sin
embargo, demuestra
cuán difícil es
encontrar la
combinación
adecuada, la justa
medida entre el
cambio social, la
confrontación con
una
contrarrevolución de
factura
imperialista, la
democracia
revolucionaria y el
avance en materia de
bienestar y
desarrollo.
El segundo día
resultó más complejo
que el primero.
La lucha desde el
poder, procurando
evitar la copia de
modelos de tránsito
que ya presentaban
serias señales de
agotamiento, resultó
más difícil que la
lucha por el poder.
La firmeza en los
principios fue
afectada por la
excesiva confianza
en la gran capacidad
de maniobra
evidenciada por los
dirigentes de ese
original proceso.
A los daños
ocasionados por la
agresión económica y
militar de Estados
Unidos, se agregaron
errores de mucha
significación.
Las concesiones a la
presión
imperialista, a los
diversos componentes
del mundo occidental
y a la propia
contrarrevolución
interna, resultaron
excesivas.
A los efectos
negativos del
desgaste económico
de la guerra se
agregaron políticas
fondomonetaristas
que estrechaban la
base social del
Frente Sandinista de
Liberación Nacional
(FSLN).
A las cuantiosas
pérdidas de vidas
humanas, se sumó el
hecho de que el
servicio militar
obligatorio trasladó
en buena medida la
responsabilidad de
esas muertes al
Estado y al FSLN. La
violación del
principio de la
voluntariedad en la
defensa de la
revolución,
determinó que en las
familias atribuladas
ganara fuerza contra
el sandinismo.
Al justo interés de
desarrollar una
economía mixta se
añadió el ritmo
lento en los cambios
estructurales y en
el régimen de
propiedad, lo que
dificultó en las
masas pobres la
percepción de la
revolución como
proceso propio.
El necesario tema
electoral se llevó
al extremo de
acceder a unas
elecciones en medio
de la guerra y sin
condicionarlas al
previo
desmantelamiento de
la contrarrevolución
armada.
A la
contrarrevolución
política se le
hicieron concesiones
tales como la
autorización de
todos los derechos
políticos, incluido
el insólito
financiamiento de su
campaña desde el
país agresor (EE.UU.).
A las presiones
ideológicas
internacionales se
les abrieron puertas
como la de suponer
un cambio favorable
en el relevo de
Reagan por Bush y
como la de afirmar
la legitimidad del
gobierno de
Cristiani y el
equiparamiento del
papel de la contra
nicaragüense con el
del Frente Farabundo
Martí para la
Liberación Nacional
(FMLN) de El
Salvador.
La libertad
electoral, con
fuertes influencias
liberales, primó más
que la defensa de la
revolución en el
marco de una
democracia
participativa e
integral.
El pluralismo
necesario dentro de
una dinámica hacia
la socialización de
la propiedad y del
poder, se mezcló con
el liberalismo y el
verticalismo,
afectando
sensiblemente la
hegemonía
popular-revolucionaria.
Liberalismo en la
forma de enfrentar
el brazo político de
la contrarrevolución
armada. Verticalismo
en la conducción
interna del FSLN y
su relación con el
Estado y con las
organizaciones
sociales.
Del cuestionamiento
de los modelos
estatistas
burocratizados, se
sacó la lección
respecto a la
necesidad de la
pluralidad política,
social y económica,
pero eso no estuvo
acompañado ni del
combate al sistema
de privilegios a
favor de dirigentes
y funcionarios, ni
de la prevención y
el combate a la
corrupción de una
parte de los
estamentos
dirigentes, ni de la
necesaria separación
del papel del
partido (FSLN) y del
Estado, ni de la
erradicación del
centralismo y el
verticalismo
excesivo, ni de la
eliminación del
derroche practicado
por los grupos
burgueses y pequeños
burgueses que
coexistían con la
revolución popular.
Todo esto minó la
autoridad y la
influencia del FSLN,
que confió sobre
todo en sus
extraordinarios
méritos históricos y
en su gran capacidad
de maniobra, y se
auto-impresionó o
auto-engañó por su
superioridad en
materia de
propaganda,
movilización e
inserción en las
masas activas.
Todo esto dificultó
las correcciones
necesarias, debilitó
el espíritu
auto-crítico e
impidió la
auto-superación.
No hay dudas también
de que la crisis del
denominado campo
socialista europeo,
con todas sus
negativas
consecuencias en la
logística, influyó
significativamente
en el ablandamiento
de ese proceso y muy
especialmente de su
conducción
colegiada.
El descenso de la
influencia resultó
significativo, sobre
todo al ser medido
en un escenario
donde lo cualitativo
pierde valor, pues
en términos de
decisión, el voto de
los criminales
somocistas tuvo
igual valor que el
de los más heroicos
combatientes
sandinistas.
Ese descenso
determinó la derrota
electoral, que tuvo
implicaciones
mayores que un revés
coyuntural, dada la
existencia de una
institucionalidad
sensiblemente
presidencialista, y
dadas las fallas
ideológicas y
políticas que tocan
cuestiones
importantísimas y
generan a la vez
disensiones que
dificultan la
recomposición y la
retoma de la
capacidad ofensiva.
Mientras esas fallas
no sean enfrentadas
con rectificaciones
profundas, tienden a
reproducir errores
parecidos en las
nuevas
circunstancias
internas y a
provocar parálisis
costosas.
En la falta de
rectificación estuvo
la causa de la
tristemente famosa
piñata (posterior a
la derrota) y de la
conformación al
interior del Frente
de grupos
adinerados, nuevos
ricos y nuevos
empresarios que
condicionaron y
condicionan su línea
política. Todo esto
retraso por muchos
años la recuperación
del gobierno y
afecto sensiblemente
el filo
revolucionario del
FSLN
El sandinismo, sin
embargo, es una gran
fuerza, con fuertes
raíces, con una
clara hegemonía en
el sistema
nicaragüense de
organizaciones
sociales, con un
peso importante en
el Ejército, y
enfrentado a
adversarios que no
representan
alternativas
superadoras de una
crisis agravada y
que convertidos en
gobierno ni siquiera
han podido contar
con el esperado
apoyo material de
los Estados Unidos.
El FSLN conservó
reservas suficientes
para retomar 16 años
después la
conducción de ese
país, aunque
ciertamente en otras
condiciones y en las
circunstancias
contradictorias de
auge de los cambios
democráticos y
progresistas en el
continente y de un
mayor peso
conservador al
interior de sus
estructuras.
En el contexto
latino-caribeño al
nuevo triunfo del
FSLN es un paso
positivo, aunque
sensiblemente
limitado por los
cambios negativos
operados al interior
de esa organización
política y por los
procesos
degenerativos
todavía no superados
dentro de sus
estructuras.
Septiembre 2007,
Santo Domingo, RD. |