Socialismo 4
martedì, 21 ottobre 2008 01:22:13
Edito por Asociación Civil "LPG"
Responsable: Attilio Folliero

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Derrumbe del Socialismo Real (parte 2/8)

DESPUÉS DEL DERRUMBE (4 de 8)

Por Narciso Isa Conde

El derrumbe del “socialismo real” marcó un momento de descenso en el combate al capitalismo.

Este hecho confirmó categóricamente que el camino hacia la liberación y el socialismo no es rectilíneo.

Es un proceso con victorias y derrotas, con avances y retrocesos.

El paso idílico y relativamente corto a partir de aquel octubre brillante, no era real. Más bien ese proceso ha tenido la connotación de una vía tortuosa, con ensayos fallidos, con experiencias valiosas y hechos aleccionadores.

Las dificultades y los reveses exhibidos a los 70 y tantos años de iniciado ese tránsito, no anulan por demás la crisis del sistema opuesto y la pertinencia de la gran meta inspirada en el interés colectivo, en la justicia social, en la libertad integral y la igualdad entre los seres humanos.

Estamos viviendo dos crisis simultáneas, ambas con contenidos y dinámicas diferentes.

Una cosa es la crisis de los modelos estatistas burocratizados, que devino en un serio revés para su anhelada sustitución por un socialismo renovado y la retoma del ideal socialista, temporal y gravemente estropeado en Europa del Este y la URSS; y otra es la crisis en la periferia dependiente del sistema capitalista y en los centros imperiales que representan Estados Unidos, Japón y Alemania y sus áreas de influencia.

Son dos crisis diferentes, con causas y ritmos realmente independientes, aunque con repercusiones mutuas.

Esta realidad determina que la imperiosa necesidad de cambios en el Caribe, en América Latina y en todo el Tercer Mundo, no se anule, aún cuando la vía socialista haya sufrido esos reveses en el este de Europa y en la URSS, que a su vez afectan severamente a las fuerzas revolucionarias en todo el mundo.

Al paso de los años, está claro que la lógica imperialista frente a aquel desplome de los proyectos socialistas en Europa, agrava la crisis en nuestro Tercer Mundo y en otros puntos del planeta.

La explotación, la sobreexplotación, la pobreza y la exclusión se han incrementado notablemente.

Debilitada al extremo la llamada tensión Este-Oeste, se desarrolla en mayor grado la llamada confrontación Norte-Sur, y Centro-Periferia y países pobres y países súper-ricos.

El reinado casi absoluto del Norte en la actualidad no puede menos que desarrollar enfrentamientos agudos, sin descontar tampoco las enormes tensiones que crean los bolsones migratorios del Sur en el propio territorio del Norte prepotente y desarrollado y las áreas de pobreza expandidas dentro de los propios países altamente desarrollados.

A eso se debe lo acontecido sucesivamente en Panamá, en el Golfo Pérsico, en Somalia, Liberia, Haití, Yugoslavia y más recientemente en Irak y Afganistan, escenarios de nueva intervenciones militares masivos.

Las tensiones sociales y políticas se elevan al compás de la expansión de la pobreza y se expresan en cadenas de explosiones sociales y de crisis de gobernabilidad en América Latina y el Caribe, África, Asia... en paros, huelgas, confrontaciones armadas... en todo el planeta.

Esas intervenciones militares, esas rebeldías y todo el cuadro de pobreza y miseria que agobia en gran parte de la humanidad, debilitan el argumento de que lo acontecido en el Este y en el Centro de Europa operaría como factor de desactivación definitiva de las tensiones mundiales, como paso hacia la distensión, como mecanismo de superación de la violencia, las revoluciones y las guerras; como supuesto enterramiento de la barbarie y expresión del  triunfo definitivo de la civilización capitalista occidental sobre los “regímenes opresores”.

Ellas revelan que esa civilización ha resultado, en sus diferentes etapas (incluida la actual), la más bárbara y la más despótica en la historia de la humanidad, exhibida su desnudez con el fin de la Guerra Fría y la eliminación de todos los pretextos que le permitían justificar sus desafueros.

Ahora el capitalismo imperialista ha avanzado a una de sus fases más crudas, más drásticas, más destructivas.

En su euforia y con las banderas neoliberales desplegadas, chorrea por doquier sangre y pus y provoca sufrimientos inéditos.

Claro que es evidente el impacto negativo de la crisis en el tránsito al socialismo, y sobre todo de los resultados en el corto y mediano plazos de ese colapso.

La subjetividad revolucionaria fue severamente afectada, las claudicaciones y renegaciones se multiplicaron, el referente socialista quedó tan deteriorado que es preciso recrearlo.

La ofensiva conservadora arrasó con múltiples conquistas históricas del proletariado y dejó a las clases y sectores populares a la defensiva, mientras la incertidumbre copaba el campo revolucionario y progresista. La misma socialdemocracia europea se ha neoliberalizado en no pocas de sus vertientes.

Pero bien se ha dicho que no hay mal que por bien no venga.

Lo que existía era insostenible y ya constituía una carga política demasiado pesada.

El cambio temporalmente ha sido para algo peor.

Pero ése no es el fin de la historia, ni allá ni aquí.

Allá, en el Este europeo, saca a flote los males acumulados y pone de manifiesto las debilidades presentes, pero a la vez crea una dinámica que muestra que por la vía capitalista no podrán encontrarse soluciones, sino más bien nuevas y dramáticas contradicciones y pésimas experiencias que habrán de recomponer corrientes liberadoras y de conducir, a más largo plazo, a la necesaria meta socialista, si aparecen los actores necesarios.

Aquí se vive una crisis de otro signo, de otro tipo de estructuras, de otros sistemas económicos y otros modelos políticos.

Una crisis mucho más grave, mucho más cruel. Es la gran crisis sistémica de fin de siglo. Crisis en la periferia del capitalismo combinada con crisis en los países capitalistas altamente desarrollados. Una crisis que exige de alternativas integrales, de revoluciones políticas capaces de propiciar otros proyectos de desarrollo.

Los movimientos del llamado Tercer Mundo, y especialmente de América Latina y el Caribe, si bien tenemos que aprender de los graves errores cometidos en la URSS y en los países del Este europeo, tenemos a la vez mucho qué enseñar a ellos respecto a lo que es la vía capitalista subordinada a los grandes centros desarrollados.

Podemos mostrar lo ilusorio que es considerar a esos centros como socios o como amigos.

Podemos dar pruebas irrefutables de que la ley que rige sus relaciones es la ley del beneficio, incluso del superbeneficio a su favor, y no la de la ayuda y la cooperación.

Podemos exhibir los estragos que a nuestras fuerzas productivas y a los precarios niveles de vida de nuestros pueblos les ha ocasionado el neoliberalismo y todas las variantes del capitalismo.

Pero, además -y esto es lo más importante-, la experiencia vivida por ellos mismos muestra que la restauración capitalista emprendida después del derrumbe ha sido mil veces más funesta y más trágica que todos los errores y deformaciones registradas en el camino anticapitalista iniciado en Octubre de 1917. Rusia y las demás repúblicas soviéticas han sido afectadas por una verdadera catástrofe política y social.

De nuevo está planteado la cuestión de la alternativa después de este revés (en lo que se refiere al tránsito al socialismo en la ex URSS y los países del Este europeo) y en medio de una gran contraofensiva neoliberal de los Estados Unidos en todo el mundo.

¿Cómo transformar el revés en estímulo? ¿Cómo aprovechar el viento contrario, tal y como lo hacen los barcos de vela, en fuerza nuestra?

Esa posibilidad existe, en el marco de una crisis que tiene raíces y dinámica propia, en el marco de modelos capitalistas sin soluciones a problemas que se agravan constantemente, especialmente en el marco del capitalismo dependiente.

Esa posibilidad existe también en otros procesos de tránsito donde desde revoluciones originales se terminaron copiando, en mayor o menor grado, aspectos de esos modelos burocratizados y dogmatizados que ya hicieron crisis en Europa.

Esa posibilidad existe en China, Vietnam, Corea y Cuba, siempre que se aprendan las lecciones que arrojan estos acontecimientos, aunque también con riesgos de caer en la tentación de una inserción fatal en el orden capitalista.

Y en esa vertiente del pensamiento hay que tener en cuenta además que la quiebra de los modelos estatistas europeos orientales libera fuerzas.

Su vigencia y su influencia no sólo contrapesaban positivamente -en cierta medida- la política imperialista, sino que además, en el orden negativo, creaba, en nombre del socialismo, referencias muy cuestionables, proyectaban modelos y métodos extraños a las condiciones latinoamericanas y caribeñas, promovían concepciones y teorías ajenas a nuestras realidades, frenaban la creatividad, estimulaban el dogmatismo, obstaculizaban el desarrollo de un pensamiento teórico más adecuado al Tercer Mundo, dificultaban la búsqueda de alternativas y proyectos de tránsito propio, reproducían su propia fórmula dentro de la  revolución invertida  y dentro de los procesos no capitalistas, estancaban el pensamiento marxista, obstruían el desarrollo de fuerzas propias y entorpecían la construcción de fuerzas revolucionarias alternativas.

Algo parecido, aunque con otras particularidades, aconteció con el influjo de la Revolución China en América Latina, la cual presentaba muchas peculiaridades inaplicables en América Latina y modalidades que también fueron condicionadas por la influencia soviética inicial y el modelo estatista. Igualmente, con el seguidismo pro-albanés.

Por una serie de razones, el estatismo burocratizado en la URSS y en los países del Este europeo reforzó aspectos del eurocentrismo en el proceso de formación del pensamiento revolucionario y del quehacer político en el continente, ayudado además ese fenómeno por las influencias del pensamiento liberal, conservador y socialdemócrata europeo y norteamericano. También lo reforzó en Asia y en África, condicionando y deformando esfuerzos liberadores inicialmente originales.

En el movimiento marxista latinoamericano y caribeño, esto llegó a extremos graves, dándose innumerables casos de partidos comunistas y movimientos marxistas mucho más empapados de a historia de esos países que de los procesos nacionales y regionales latinoamericanos y caribeños, y siempre prestos a trasplantar sus dogmas y sus deformadas experiencias. Eso también aconteció en Asia y África.

Sólo los que lograron zafarse de esos esquemas y de esas influencias pudieron hacer revoluciones populares, e incluso sus tropiezos posteriores han tenido mucho que ver con la copia de esquemas y métodos en decadencia, desde su condición de fuerzas gobernantes, y con las gravitaciones del denominado socialismo real o de los esquemas liberales y socialdemócratas de matriz europeas y estadounidense.

El derrumbe del llamado socialismo real y la nueva situación generada posteriormente obligo a crear, a innovar, para producir progresivamente, al calor de la resistencia a la contraofensiva imperialista un proceso de recuperación del movimiento revolucionario y de las fuerzas alternativas al neoliberalismo.

En la primera parte del nuevo Siglo XXI es evidente la razón de la persistencia, acompañada de la renovación del pensamiento revolucionario y del rearme de la utopía. La nueva democracia, la ola de cambio y el proyecto socialista ha dado claras señales de avances y recuperación

Septiembre 2007, Santo Domingo, RD.

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