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DESPUÉS DEL DERRUMBE
(4 de 8)
Por Narciso Isa
Conde
El
derrumbe del
“socialismo real”
marcó un momento de
descenso en el
combate al
capitalismo.
Este hecho confirmó
categóricamente que
el camino hacia la
liberación y el
socialismo no es
rectilíneo.
Es un proceso con
victorias y
derrotas, con
avances y
retrocesos.
El paso idílico y
relativamente corto
a partir de aquel
octubre brillante,
no era real. Más
bien ese proceso ha
tenido la
connotación de una
vía tortuosa, con
ensayos fallidos,
con experiencias
valiosas y hechos
aleccionadores.
Las dificultades y
los reveses
exhibidos a los 70 y
tantos años de
iniciado ese
tránsito, no anulan
por demás la crisis
del sistema opuesto
y la pertinencia de
la gran meta
inspirada en el
interés colectivo,
en la justicia
social, en la
libertad integral y
la igualdad entre
los seres humanos.
Estamos viviendo dos
crisis simultáneas,
ambas con contenidos
y dinámicas
diferentes.
Una cosa es la
crisis de los
modelos estatistas
burocratizados, que
devino en un serio
revés para su
anhelada sustitución
por un socialismo
renovado y la retoma
del ideal
socialista, temporal
y gravemente
estropeado en Europa
del Este y la URSS;
y otra es la crisis
en la periferia
dependiente del
sistema capitalista
y en los centros
imperiales que
representan Estados
Unidos, Japón y
Alemania y sus áreas
de influencia.
Son dos crisis
diferentes, con
causas y ritmos
realmente
independientes,
aunque con
repercusiones
mutuas.
Esta realidad
determina que la
imperiosa necesidad
de cambios en el
Caribe, en América
Latina y en todo el
Tercer Mundo, no se
anule, aún cuando la
vía socialista haya
sufrido esos reveses
en el este de Europa
y en la URSS, que a
su vez afectan
severamente a las
fuerzas
revolucionarias en
todo el mundo.
Al paso de los años,
está claro que la
lógica imperialista
frente a aquel
desplome de los
proyectos
socialistas en
Europa, agrava la
crisis en nuestro
Tercer Mundo y en
otros puntos del
planeta.
La explotación, la
sobreexplotación, la
pobreza y la
exclusión se han
incrementado
notablemente.
Debilitada al
extremo la llamada
tensión Este-Oeste,
se desarrolla en
mayor grado la
llamada
confrontación
Norte-Sur, y
Centro-Periferia y
países pobres y
países súper-ricos.
El reinado casi
absoluto del Norte
en la actualidad no
puede menos que
desarrollar
enfrentamientos
agudos, sin
descontar tampoco
las enormes
tensiones que crean
los bolsones
migratorios del Sur
en el propio
territorio del Norte
prepotente y
desarrollado y las
áreas de pobreza
expandidas dentro de
los propios países
altamente
desarrollados.
A eso se debe lo
acontecido
sucesivamente en
Panamá, en el Golfo
Pérsico, en Somalia,
Liberia, Haití,
Yugoslavia y más
recientemente en
Irak y Afganistan,
escenarios de nueva
intervenciones
militares masivos.
Las tensiones
sociales y políticas
se elevan al compás
de la expansión de
la pobreza y se
expresan en cadenas
de explosiones
sociales y de crisis
de gobernabilidad en
América Latina y el
Caribe, África,
Asia... en paros,
huelgas,
confrontaciones
armadas... en todo
el planeta.
Esas intervenciones
militares, esas
rebeldías y todo el
cuadro de pobreza y
miseria que agobia
en gran parte de la
humanidad, debilitan
el argumento de que
lo acontecido en el
Este y en el Centro
de Europa operaría
como factor de
desactivación
definitiva de las
tensiones mundiales,
como paso hacia la
distensión, como
mecanismo de
superación de la
violencia, las
revoluciones y las
guerras; como
supuesto
enterramiento de la
barbarie y expresión
del triunfo
definitivo de la
civilización
capitalista
occidental sobre los
“regímenes
opresores”.
Ellas revelan que
esa civilización ha
resultado, en sus
diferentes etapas
(incluida la
actual), la más
bárbara y la más
despótica en la
historia de la
humanidad, exhibida
su desnudez con el
fin de la Guerra
Fría y la
eliminación de todos
los pretextos que le
permitían justificar
sus desafueros.
Ahora el capitalismo
imperialista ha
avanzado a una de
sus fases más
crudas, más
drásticas, más
destructivas.
En su euforia y con
las banderas
neoliberales
desplegadas, chorrea
por doquier sangre y
pus y provoca
sufrimientos
inéditos.
Claro que es
evidente el impacto
negativo de la
crisis en el
tránsito al
socialismo, y sobre
todo de los
resultados en el
corto y mediano
plazos de ese
colapso.
La subjetividad
revolucionaria fue
severamente
afectada, las
claudicaciones y
renegaciones se
multiplicaron, el
referente socialista
quedó tan
deteriorado que es
preciso recrearlo.
La ofensiva
conservadora arrasó
con múltiples
conquistas
históricas del
proletariado y dejó
a las clases y
sectores populares a
la defensiva,
mientras la
incertidumbre copaba
el campo
revolucionario y
progresista. La
misma
socialdemocracia
europea se ha
neoliberalizado en
no pocas de sus
vertientes.
Pero bien se ha
dicho que no hay mal
que por bien no
venga.
Lo que existía era
insostenible y ya
constituía una carga
política demasiado
pesada.
El cambio
temporalmente ha
sido para algo peor.
Pero ése no es el
fin de la historia,
ni allá ni aquí.
Allá, en el Este
europeo, saca a
flote los males
acumulados y pone de
manifiesto las
debilidades
presentes, pero a la
vez crea una
dinámica que muestra
que por la vía
capitalista no
podrán encontrarse
soluciones, sino más
bien nuevas y
dramáticas
contradicciones y
pésimas experiencias
que habrán de
recomponer
corrientes
liberadoras y de
conducir, a más
largo plazo, a la
necesaria meta
socialista, si
aparecen los actores
necesarios.
Aquí se vive una
crisis de otro
signo, de otro tipo
de estructuras, de
otros sistemas
económicos y otros
modelos políticos.
Una crisis mucho más
grave, mucho más
cruel. Es la gran
crisis sistémica de
fin de siglo. Crisis
en la periferia del
capitalismo
combinada con crisis
en los países
capitalistas
altamente
desarrollados. Una
crisis que exige de
alternativas
integrales, de
revoluciones
políticas capaces de
propiciar otros
proyectos de
desarrollo.
Los movimientos del
llamado Tercer
Mundo, y
especialmente de
América Latina y el
Caribe, si bien
tenemos que aprender
de los graves
errores cometidos en
la URSS y en los
países del Este
europeo, tenemos a
la vez mucho qué
enseñar a ellos
respecto a lo que es
la vía capitalista
subordinada a los
grandes centros
desarrollados.
Podemos mostrar lo
ilusorio que es
considerar a esos
centros como socios
o como amigos.
Podemos dar pruebas
irrefutables de que
la ley que rige sus
relaciones es la ley
del beneficio,
incluso del
superbeneficio a su
favor, y no la de la
ayuda y la
cooperación.
Podemos exhibir los
estragos que a
nuestras fuerzas
productivas y a los
precarios niveles de
vida de nuestros
pueblos les ha
ocasionado el
neoliberalismo y
todas las variantes
del capitalismo.
Pero, además -y esto
es lo más
importante-, la
experiencia vivida
por ellos mismos
muestra que la
restauración
capitalista
emprendida después
del derrumbe ha sido
mil veces más
funesta y más
trágica que todos
los errores y
deformaciones
registradas en el
camino
anticapitalista
iniciado en Octubre
de 1917. Rusia y las
demás repúblicas
soviéticas han sido
afectadas por una
verdadera catástrofe
política y social.
De nuevo está
planteado la
cuestión de la
alternativa después
de este revés (en lo
que se refiere al
tránsito al
socialismo en la ex
URSS y los países
del Este europeo) y
en medio de una gran
contraofensiva
neoliberal de los
Estados Unidos en
todo el mundo.
¿Cómo transformar el
revés en estímulo?
¿Cómo aprovechar el
viento contrario,
tal y como lo hacen
los barcos de vela,
en fuerza nuestra?
Esa posibilidad
existe, en el marco
de una crisis que
tiene raíces y
dinámica propia, en
el marco de modelos
capitalistas sin
soluciones a
problemas que se
agravan
constantemente,
especialmente en el
marco del
capitalismo
dependiente.
Esa posibilidad
existe también en
otros procesos de
tránsito donde desde
revoluciones
originales se
terminaron copiando,
en mayor o menor
grado, aspectos de
esos modelos
burocratizados y
dogmatizados que ya
hicieron crisis en
Europa.
Esa posibilidad
existe en China,
Vietnam, Corea y
Cuba, siempre que se
aprendan las
lecciones que
arrojan estos
acontecimientos,
aunque también con
riesgos de caer en
la tentación de una
inserción fatal en
el orden
capitalista.
Y en esa vertiente
del pensamiento hay
que tener en cuenta
además que la
quiebra de los
modelos estatistas
europeos orientales
libera fuerzas.
Su vigencia y su
influencia no sólo
contrapesaban
positivamente -en
cierta medida- la
política
imperialista, sino
que además, en el
orden negativo,
creaba, en nombre
del socialismo,
referencias muy
cuestionables,
proyectaban modelos
y métodos extraños a
las condiciones
latinoamericanas y
caribeñas, promovían
concepciones y
teorías ajenas a
nuestras realidades,
frenaban la
creatividad,
estimulaban el
dogmatismo,
obstaculizaban el
desarrollo de un
pensamiento teórico
más adecuado al
Tercer Mundo,
dificultaban la
búsqueda de
alternativas y
proyectos de
tránsito propio,
reproducían su
propia fórmula
dentro de la
revolución
invertida y dentro
de los procesos no
capitalistas,
estancaban el
pensamiento
marxista, obstruían
el desarrollo de
fuerzas propias y
entorpecían la
construcción de
fuerzas
revolucionarias
alternativas.
Algo parecido,
aunque con otras
particularidades,
aconteció con el
influjo de la
Revolución China en
América Latina, la
cual presentaba
muchas
peculiaridades
inaplicables en
América Latina y
modalidades que
también fueron
condicionadas por la
influencia soviética
inicial y el modelo
estatista.
Igualmente, con el
seguidismo
pro-albanés.
Por una serie de
razones, el
estatismo
burocratizado en la
URSS y en los países
del Este europeo
reforzó aspectos del
eurocentrismo en el
proceso de formación
del pensamiento
revolucionario y del
quehacer político en
el continente,
ayudado además ese
fenómeno por las
influencias del
pensamiento liberal,
conservador y
socialdemócrata
europeo y
norteamericano.
También lo reforzó
en Asia y en África,
condicionando y
deformando esfuerzos
liberadores
inicialmente
originales.
En el movimiento
marxista
latinoamericano y
caribeño, esto llegó
a extremos graves,
dándose innumerables
casos de partidos
comunistas y
movimientos
marxistas mucho más
empapados de a
historia de esos
países que de los
procesos nacionales
y regionales
latinoamericanos y
caribeños, y siempre
prestos a
trasplantar sus
dogmas y sus
deformadas
experiencias. Eso
también aconteció en
Asia y África.
Sólo los que
lograron zafarse de
esos esquemas y de
esas influencias
pudieron hacer
revoluciones
populares, e incluso
sus tropiezos
posteriores han
tenido mucho que ver
con la copia de
esquemas y métodos
en decadencia, desde
su condición de
fuerzas gobernantes,
y con las
gravitaciones del
denominado
socialismo real o de
los esquemas
liberales y
socialdemócratas de
matriz europeas y
estadounidense.
El derrumbe del
llamado socialismo
real y la nueva
situación generada
posteriormente
obligo a crear, a
innovar, para
producir
progresivamente, al
calor de la
resistencia a la
contraofensiva
imperialista un
proceso de
recuperación del
movimiento
revolucionario y de
las fuerzas
alternativas al
neoliberalismo.
En la primera parte
del nuevo Siglo XXI
es evidente la razón
de la persistencia,
acompañada de la
renovación del
pensamiento
revolucionario y del
rearme de la utopía.
La nueva democracia,
la ola de cambio y
el proyecto
socialista ha dado
claras señales de
avances y
recuperación
Septiembre 2007,
Santo Domingo, RD. |