|
EL COLAPSO DE LA
URSS y del ”campo
socialista”:
Características del
revés (parte 3 de 8)
Por Narciso Isa
Conde
El revés fue en
parte formal y en
parte real, con
serios impactos
deprimentes
posteriores de la
conciencia
revolucionaria
acumulada y del
ideal socialista.
Ha sido en parte
formal, porque se
presenta como
derrota total del
proyecto socialista,
a pesar de
representar
solamente el
agotamiento y la
quiebra de modelos
que en el tránsito
hacia ese ideal
resultaron altamente
burocratizados y
esencialmente
negadores de valores
socialistas
fundamentales. El
hecho de que los
modelos estatistas,
burocratizados y
autoritarios fueron
proyectados como el
único socialismo
posible motivó que
su desplome afectara
sensiblemente la
conciencia
prosocialista a
escala mundial y le
diera asidero
temporal a esa
campaña.
El revés ha sido en
parte real, dado que
se trató del colapso
de regímenes
objetivamente
anticapitalistas,
cuyo papel
internacional
servía, en
diferentes grados,
de contrapeso a la
política
imperialista.
Y ese revés, con ese
doble significado,
ha tenido impactos
decepcionantes y
deprimentes para las
fuerzas de la
izquierda
revolucionaria y los
sectores
progresistas y
antiimperialistas,
no tanto por el
desplome de modelos
en franca
decadencia, sino
sobre todo por el
hecho de que sus
crisis no pudieron
ser superadas en el
sentido
socialista-revolucionario
y, en consecuencia,
sirvieron de caldo
de cultivo a
pensamientos y
opciones
procapitalistas,
facilitando la
progresiva
aproximación y
asociación de esos
países a las
estrategias
imperialistas.
Es claro que la
superación de los
modelos estatista-burocratizados
con fuertes
componentes
despóticos, se
convirtió en los
decenios de los 60,
70 y 80 en una
necesidad para el
progreso y para el
paso a un modelo de
desarrollo y
tránsito
auto-sostenido al
socialismo. La
llamada Primavera de
Praga fue la primera
señal en esa
dirección
(Checoslovaquia
1968).
Lo grave, sin
embargo, fue que la
posibilidad de esa
renovación se
frustró en esa y en
ocasiones
posteriores,
provocando graves
daños al ideal
socialista.
La atrofia de las
fuerzas de la
renovación
socialista fue mayor
de lo previsto en el
más pesimista de los
vaticinios, y la
negación de valores
esenciales del
socialismo a nombre
del socialismo,
anuló en el corto y
en el mediano plazo
toda posibilidad de
recuperación
auténticamente
socialista en el
marco esos procesos.
La castración
ideológica fue tan
drástica que aún en
los casos en que
fuerzas formalmente
comunistas y
prosocialistas
lograron sostenerse
por más tiempo en
los gobiernos
nacionales y locales
asumiendo algunas
reformas, su actitud
defensiva, su
vulnerabilidad por
el desprestigio del
pasado, las condujo
a recular, a hacer
concesiones, a ceder
frente a las
emergentes fuerzas
procapitalistas y,
finalmente, a
sucumbir.
En otros casos, el
pensamiento y el
accionar liberal
(pro-occidental y
procapitalista) pasó
a ser francamente
hegemónico desde los
llamados sectores
reformistas y
renovadores,
independientemente
de la velocidad
posterior de los
cambios en el
régimen de
propiedad.
Un revés previo de
trágicas
consecuencias
La imposibilidad de
aprovechar la crisis
de los modelos
estatistas-burocratizados
para retomar el
camino socialista,
para llevar a cabo
la conversión de la
propiedad estatal en
propiedad realmente
colectiva, para
democratizar el
proceso de tránsito,
para dar al pueblo
participación y
poder de decisión,
se tradujo en un
costoso revés. Y ese
hecho fue, en gran
medida, consecuencia
tardía de un revés
más remoto y más
profundo, que
tampoco fue
debidamente
evaluado.
Nos referimos al
revés que sufrió el
ideal socialista
original y el primer
intento de tránsito
al socialismo en el
marco de una
sociedad sin las
precondiciones
materiales para ello
y a través de un
ensayo que pudo
implicar, en caso de
prolongarse y
enriquecerse, una
dinámica de
desarrollo
auto-sostenido, con
pluralidad
económica, social,
política e
ideológica, con
democracia en el
partido, en los
sóviets y en la
sociedad, con
participación y
poder de decisión de
los pueblos.
Nos referimos al
esfuerzo leninista a
través de la NEP
(siglas con que se
conoce
internacionalmente
la Nueva Política
Económica) y a sus
reflexiones
adicionales; esto
es, el ensayo de un
tránsito con poder
popular, con amplias
alianzas sociales y
con capacidad
auto-superadora, sin
rígidas
uniformidades ni
verticalismos
extremos. Esfuerzo,
que si bien admitía
la coexistencia con
áreas de propiedad
privada capitalista,
no resignaba al
proceso progresivo
de socialización.
Ese ensayo fue
derrotado por
Stalin, sus
partidarios y otros
sectores del Partido
Bolchevique en el
empalme de los
decenios de 1920 y
1930. En su lugar se
impusieron la
estatización y la
colectivización
forzadas, contando
el inicio de ese
curso político con
el respaldo de una
parte del pueblo
contra la otra, y
luego volcándose
contra la inmensa
mayoría de la
sociedad.
Esa derrota resultó,
a la corta y a la
larga, trágica para
el tránsito al
socialismo.
Esa imposición del
llamado modelo
estatista, pese a
todo el poder de
acumulación generado
inicialmente a
través de los
métodos
verticalistas de un
régimen altamente
centralizado y del
sacrificio del
campesinado, se fue
convirtiendo en una
especie de negación
de valores
fundamentales del
socialismo y, muy
especialmente, en un
mecanismo de
aplastamiento de la
democracia
socialista y del
poder popular
representado por los
consejos obreros y
populares (sóviets).
Se construyó así un
super-Estado
propietario,
altamente
monopolista, negador
de la democracia y
del poder de
decisión de los
trabajadores, de los
productores y de los
consumidores;
negador de la
igualdad de derechos
entre los géneros y
de la relación
armónica entre seres
humanos y el resto
de la naturaleza.
Un súper-Estado
enajenante,
atropellador de los
derechos nacionales,
negador de la
diversidad y de la
creatividad,
machista en nueva
esencia,
adulto-céntrico
avasallador del
espíritu crítico y
resistente a la
autocrítica.
A nombre de la
revolución, del
socialismo y del
propio leninismo, se
entronizó una de
contrarrevolución
sui generis, con un
sistema y un modo de
producción y
distribución
absolutamente
burocráticos,
condicionado por una
intensa hostilidad y
agresividad
imperialista que, al
tiempo de
legitimarlo ante las
fuerzas
anticapitalistas del
mundo, lo obligada a
un alto grado de
militarización que
luego cobró vida
propia y se tragó
parte de sus propios
logros sociales y no
pocas de sus ofertas
de bienestar popular
a través de una
intensa y prolongada
carrera
armamentista.
Imprevisión
La tragedia que
implicó la derrota
del ensayo de Lenin,
los graves efectos
de la prolongada
vigencia del llamado
modelo estalinista
(expandido hacia el
Este y el Centro de
Europea después de
la victoria
antifascista y del
heroico aporte del
Ejército Rojo en
esos resultados), y
el negativo
desenlace de esa
crisis hacia
tortuosos senderos
capitalistas, no
eran elementos
fáciles de advertir
en medio de un
tránsito tan
complejo, paradójico
y contradictorio
como el iniciado en
Octubre de 1917.
Desde fuera era
todavía más difícil
pensar tales
resultados.
El desarrollo
relativo (comparado
con lo que fue el
nivel y el papel de
Rusia y sus viejas
colonias) resultaba
impactante pese a
los atrasos y los
retrasos que lo
acompañaban.
La mistificación
generada y el
hermetismo del
sistema, ocultaba
muchas de sus
debilidades y
limitaciones.
Incluso los propios
enemigos del
socialismo quedaron
alegremente
sorprendidos por el
estrepitoso colapso
de esas
experiencias. Nadie
previó ese
cataclismo político.
Paradojas
El aporte a la
humanidad del
sistema creado fue,
paradójicamente, muy
superior a los nada
despreciables
resultados en los
límites de sus
fronteras
territoriales:
Obligó al
capitalismo
desarrollado a
reformarse y a
conceder
reivindicaciones
económicas,
sociales, culturales
y políticas de gran
significación para
los trabajadores y
los pueblos. En
Europa lo forzó a
incorporar
conquistas propias
de los movimientos
sociales (auge de la
socialdemocracia y
del llamado Estado
de Bienestar).
Contribuyó al
desmantelamiento del
sistema colonial y
estimuló los
procesos de
independencia y
autodeterminación de
los pueblos.
Aportó más que
ninguna otra fuerza
mundial a la derrota
del fascismo, aunque
no supo superar sus
limitaciones ni las
trabas de su propio
modelo bajo el
influjo optimista
provocado por esa
gran victoria.
Contribuyó a la
heroica Revolución
China, al proceso
revolucionario
coreano, a la
victoria de Vietnam
y a la defensa de la
heroica Revolución
Cubana; hechos
puntuales en el
camino hacia el
imperio de la
justicia en las
relaciones
mundiales.
Estableció términos
de intercambio con
países
subdesarrollados del
Tercer Mundo que
bien podrían servir
para diseñar normas
más justas en el
orden económico
internacional.
Garantizó la paz
mundial, bloqueó la
guerra termonuclear
y evitó un grado
mayor de agresiones
militares e
imposiciones
políticas
estadounidenses.
Causas del desenlace
La negación de
valores socialistas
desde esos modelos
no capitalistas, así
como sus
contradictorios e
incluso dramáticos
resultados y su
posterior
estancamiento,
crisis y
desmantelamiento,
guarda relación con
cuestiones teóricas,
prácticas e
históricas muy
concretas.
Esas revoluciones no
se dieron dentro del
esquema propiamente
marxista, que
fundamentaba la
revolución
socialista a partir
del desarrollo
capitalista y de la
intensificación de
la contradicción
entre un alto
desarrollo de las
fuerzas productivas
y las trabas que le
impusieron
determinadas
relaciones de
producción.
Las revoluciones
que, según Marx,
debieron surgir en
Europa Occidental en
el período
revolucionario
provocado por la
crisis pre-industrial
del capitalismo
temprano, no
tuvieron lugar.
Fallo en lo previsto
y desencuentro con
la realidad
En ese orden, hay
que registrar un
fallo en la
previsión científica
marxista, pese a que
su aporte en cuanto
al análisis general
del capitalismo
resultó insuperable.
El fallo consistió
en lo relativo a la
valoración de una
crisis del
crecimiento del
capitalismo
temprano, de la
crisis de una fase
del desarrollo
capitalista, de la
crisis de un nivel
específico y de una
subformación
concreta del
capitalismo, como
crisis general del
modo de producción
en desarrollo.
Esto creó la
confusión de
entender esa crisis
como la posibilidad
casi segura y a
corto plazo de la
caída de los pilares
fundamentales del
capitalismo y
provocó un primer
choque con la
realidad al crear
una ilusión a favor
de la caída total
del sistema en
Europa Occidental,
sin apreciar que
sólo se trataba de
una fase y de un
nivel
específicamente
crítico de una de
sus modalidades de
acumulación.
La crisis de
crecimiento no
resultó ser una
crisis del modo de
producción, y el
capitalismo pudo
salir airoso de
ella, consolidándose
posteriormente en
los llamados países
centrales.
La profecía falló,
el desencuentro del
vaticinio inicial
con la realidad se
evidenció, y las
posibilidades de
ruptura del sistema,
por el contrario, se
crearon
específicamente en
sus zonas
periféricas, en las
zonas del
capitalismo
subdesarrollado y
dependiente, donde
la vía occidental se
vio bloqueada.
Allí, la revolución
popular,
democrática,
antiimperialista,
con perspectiva
socialista, se tornó
viable.
El propio Marx llegó
a atisbar las
posibilidades de la
revolución rusa,
pero no hizo teoría
sobre el tránsito
revolucionario en
esas condiciones.
A Lenin le tocó
actuar en ese
escenario y conducir
la revolución
popular dentro de
él, algo totalmente
distinto a la lógica
de la revolución
marxista y en
condiciones de un
evidente
subdesarrollo de la
teoría de la
transición. Ese
vacío teórico
perduró después de
su temprana muerte.
Revolución invertida
sin cambios en
Occidente
Se trató
precisamente de una
especie de
revolución
invertida, pero de
una revolución sin
base material para
el socialismo y
obligada a crear
desde arriba y en
otros mecanismos la
acumulación
originaria que el
capitalismo
periférico-dependiente
era incapaz de
crear.
El cambio se dio sin
un proyecto claro de
desarrollo,
confiando sobre todo
en que la revolución
en Europa
Occidental, y
específicamente en
Alemania, viniera en
auxilio de la
revolución
soviética.
Esta última debía
ser sólo el prólogo
de un proceso de
alcance europeo y
mundial, imbuido
inicialmente Lenin
de la idea de la
posibilidad del
triunfo de la
revolución alemana y
del derrumbe del
sistema capitalista
en el corto plazo.
De todas maneras, el
retraso de la
revolución en el
Occidente europeo
llevó a Lenin a
profundizar aún más
en los problemas de
la transición y a
esbozar algunas
ideas en busca de
fórmulas que
evitaran la
burocratización y el
despotismo, con el
desenlace conocido:
el triunfo de la
tendencia contraria
y al enlazamiento en
Rusia de la
revolución
anticapitalista con
el estatismo
burocratizado y
despótico, y la
obligada
confrontación con
Occidente.
Anticapitalismo,
estatismo y
confrontación
De ese
entrelazamiento
surgen la sociedad
soviética y modelos
parecidos en el Este
y el Centro de
Europa como
consecuencia del
papel liberador
antifascista del
ejército de la URSS
en la Segunda Guerra
Mundial. Estos
últimos más
endebles, por
tratarse en gran
medida de un
producto importado
y, en no pocos
casos, de
revoluciones no
propias.
El tránsito
anticapitalista
siguió, por demás,
circunscrito al
Este, a zonas con un
desarrollo
relativamente bajo
del capitalismo (con
la excepción de
Checoslovaquia y en
menor medida de
Alemania Oriental),
marcados todos sus
modelos de
transición por la
enorme influencia
del modelo soviético
(con excepción del
distanciamiento
yugoslavo). En los
casos checo y
alemán, ese modelo
actuaba, en buena
medida, a contrapelo
de su nivel y
potencialidades de
desarrollo.
Otra vez Occidente
se recompuso
A raíz de las
grandes dificultades
del capitalismo en
1929 y 1930, se
reafirmó la teoría
sobre las crisis
cíclicas del
capitalismo y de
nuevo cobró fuerza
la idea de un
derrumbe próximo de
todo el sistema
capitalista.
No fue así. La
crisis capitalista
no desembocó en las
esperadas
revoluciones
socialistas
occidentales, sino
en su superación a
través de nuevos
modelos de
acumulación y
dominio sistémico en
los centros más
desarrollados del
capitalismo.
Los cambios a raíz
de la Segunda Guerra
Mundial siguieron
sin responder a la
lógica de la teoría
de Marx y Engels,
registrándose las
transformaciones
anticapitalistas en
la periferia
dependiente, en
países de escaso
desarrollo.
En realidad esos
procesos
revolucionarios no
resultaban ser
propiamente
revoluciones
socialistas, aunque
se les proclamaba
como tales.
Eran realmente
procesos
anticapitalistas que
por la influencia
soviética y el
consiguiente
entrelazamiento
entre
anticapitalismo,
estatismo y
confrontación con
Occidente, en Europa
del Este y Central
dieron lugar a
modelos estatistas
burocratizados
similares o
parecidas al de la
URSS, en varios de
esos países
sustentados por el
poderío militar
soviético.
Crisis y revolución
científico-técnica
Años después se
produjeron nuevas
revoluciones en el
mundo
dependiente-subdesarrollado
en medio de otro
nivel crítico del
proceso capitalista
mundial.
También, en esas
circunstancias, los
países centrales del
capitalismo supieron
superar su crisis y
cargar sobre su
periferia todo el
peso de la misma, al
tiempo de iniciar su
fase de desarrollo
post-industrial y
transnacional.
Fue su segundo
respiro sin
necesidad de
muletas, retomando
la iniciativa
histórica (salvo el
problema guerra y
paz), al compás de
la aplicación de la
revolución
científico-técnica a
la producción, a la
distribución, y a
los servicios y a la
gestión,
registrándose un
proceso de paulatino
reemplazo del
paradigma tecno-científico
y de cambios
trascendentales en
el modelo de
acumulación y de
gestión capitalista
a través de la
incorporación de la
microelectrónica, la
informática, la
biomédica y la
robótica.
Otra vez la
revolución en el
mundo desarrollado
quedó postergada y
el Este
anticapitalista no
pudo recibir la
deseada ayuda del
soñado Oeste
amistoso y en la vía
socialista.
Crisis
post-revolucionaria
Este repunte del
capitalismo,
lamentablemente,
coincidió con la
degeneración y la
crisis de las
estructuras
post-revolucionarias
en la URSS y en los
países de Europa del
Este y Central.
La pujanza exhibida
en la URSS en la
fase de
industrialización,
no pudo continuar
por los propios
límites del modelo
estatista. El
despegue
post-industrial se
vio seriamente
trabado por esa
misma razón.
El empantanamiento
en la fase de
desarrollo extensivo
no posibilitó el
paso al desarrollo
intensivo y a la
incorporación
integral del patrón
microelectrónico-informático.
Las estructuras
burocráticas
entraron en
contradicción con el
progreso
tecnocientífico y su
aplicación a la
industria civil.
La carrera
armamentista se
sobredimensionó en
un grado superior a
la necesidad de la
competencia y
paridad con Estados
Unidos, y se tragó
importantes recursos
naturales, gran
parte del
presupuesto y con
ello incluso
significativas
conquistas sociales
existentes y
potenciales.
El modelo estatista
perdió en la
emulación con un
capitalismo que, por
demás, tenía
ventajas históricas
sobre él.
Después del gran
impulso de los
primeros decenios y
de acelerados
avances que lo
metieron en
competencia con
Occidente, entrando
a los años 60 se
anularon así sus
posibilidades de
autodesarrollo,
agravadas la
situación por la
falta de
participación y de
debate superador.
El período de
Breznev, cimentado
en al agotado
sistema estalinista,
resultó en extremo
costoso y selló el
fracaso. Como dice
el historiador y
latinoamericanista
soviético Kiva
Maidanik, si el
período estaliniano
fue benévolamente
denominado como del
culto a la
personalidad, el de
Breznev debió
calificarse de
período del culto
sin personalidad .
Al mal gobierno
económico, al
derroche de petróleo
y al agotamiento de
importantes recursos
naturales, a la
pérdida de la
capacidad de ayuda
dentro de su papel
internacional y a la
crisis del sistema
administrativo de
ordeno y mando... se
sumaron el auge de
la alienación, la
corrupción y la
tendencia a la
disgregación social
y nacional; esta
última operando como
una espoleta de
acción retardada,
pero reactivada por
la crisis política y
la pérdida de los
valores
internacionalistas.
Muy grave además
resultó ser el
artificial
taponamiento y la
ausencia de
soluciones de fondo
a las pugnas
nacionalistas e
inter-étnicas que
hasta en Yugoslavia,
una de los pocos
procesos que se
diferenció
sensiblemente del
modelo soviético,
estallaron de mala
manera a raíz de su
reactivación tardía.
El Partido Comunista
de la Unión
Soviética y los
demás partidos
gobernantes en
Europa del Este
perdieron capacidad
de autorrenovación.
En lugar de lograr,
partido y Estado, el
fortalecimiento
mutuo, ambas
instancias (poder
real y poder
ejecutor) terminaron
debilitándose
recíprocamente.
El retraso de la
URSS y de otros
países de Europa
Oriental en la
carrera tecnológica
y sobre todo en su
aplicación de ésta a
la industria civil
(y a la agricultura
en el caso de la
URSS), las urgencias
particulares en
materia de
distensión, los
acuerdos de paz y
desarme, alentaron,
a partir del período
de Kruschov,
tendencias más allá
de la coexistencia y
la cooperación, más
bien próximas a
formas de
contemporización y
claudicación.
Alentaron, en
consecuencia, el
debilitamiento en
mayor grado del
internacionalismo
revolucionario y de
la justa valoración
del vínculo con el
movimiento
antiimperialista y
revolucionario
mundial, y
condujeron a nuevas
desviaciones
eurocentristas y a
nuevas inclinaciones
a favor de la paz y
la cooperación sólo
entre los grandes.
Esas tendencias
devinieron en
alianza con Estados
Unidos y con el
Occidente
capitalista.
La explosión de los
males acumulados a
nombre del
socialismo,
favoreció la
confusión y
estimularon las
tendencias
antisocialistas en
esas y otras
sociedades,
acicateadas por la
guerra ideológica y
desinformativa, y
por la campaña
llevada a cabo desde
los poderosos medios
de comunicación y
propaganda
imperialistas,
pobremente
contrarrestados. Eso
contribuyó a la
subordinación de los
ex-países
socialistas al
imperialismo y a la
degeneración de la
renovación
anunciada,
convirtiéndose en un
liberalismo de baja
ralea.
Y todo esto también
tuvo mucho que ver
con la mala herencia
de una superposición
entre la política de
Estado y la política
de partido, con la
nociva confusión
entre el papel del
Estado y el papel
del partido dentro
del tránsito al
socialismo, lo que
determinó que los
límites de las
políticas estatales
en un mundo muy
interrelacionado se
le impusieran a las
políticas de los
partidos comunistas
en el poder y a las
organizaciones
sociales.
Todo esto dio lugar
a que durante los
períodos de
distensión relativa
con las potencias
capitalistas se
acentuara el
debilitamiento de
las ideas
revolucionarias
tanto respecto a
problemas internos
como externos, tanto
en la beligerancia
crítica frente a
corrientes internas
antisocialistas como
en lo que relativo a
la necesidad de una
línea
antiimperialista y
anticapitalista en
la arena
internacional.
Se acumuló una
especie de bomba de
tiempo.
Algo muy duro para
el poder y fatal
para los partidos
comunistas, pues al
disociarse ambos
tendieron a
derrumbarse.
El regreso al cauce
realmente socialista
a través de la
democratización se
convirtió en una
necesidad imperiosa,
pero a la vez
inalcanzable en el
corto y mediano
plazos, según lo
demostraron los
hechos acaecidos a
finales de los ´80 y
principios de los
´90.
El estatismo
burocratizado y
despótico, a nombre
del socialismo,
generó un
antisocialismo
abrumador en esas
sociedades. El daño
político fue enorme
y sus efectos,
bastante
prolongados.
No significa esto
que el ideal
socialista haya
fracasado como
pregonan sus
adversarios
históricos.
El cierre temporal
en el Este europeo
del cauce de la
renovación
auténticamente
socialista (por la
carencia de fuerza,
conciencia y
organización en ese
sentido) ha abierto
el camino o a la
subordinación al
capitalismo
occidental o a una
especie de
seudocapitalismo o
capitalismo brutal,
mafioso,
desintegrado,
inestable, mezclado
con el estatismo y
la dispersión o
disgregación
nacional y social.
Esos resultados
parecen próximos
pero aún peores que
los generados por
los modelos
capitalistas
latinoamericanos,
distante de los
modelos capitalistas
europeos, japonés,
norteamericanos,
caribeños... y
expuesto a nuevos
cambios cuando
posteriormente la
experiencia
traumática llame a
retomar la vía
propia y a reagrupar
las fuerzas de la
justicia social, la
igualdad, la
propiedad social y
la soberanía.
Cierto que las
primeras señales no
han tardado en
aparecer, pasando
previamente por una
era de degradación
política y moral
como la que ha
encarnado primero el
poder de Yeltsin y
después el de Putin,
ambos acompañados de
esa necesidad las
mafias rusas, y
otras situaciones
similares en una
parte de las
repúblicas de la
antigua URSS. De
todas maneras, el
trauma ha sido
demasiado fuerte
como para que,
pasados los primeros
lustros años del
derrumbe, no se haya
registrado el viraje
necesario
Septiembre 2007,
Santo Domingo, RD. |