Socialismo 2
martedì, 21 ottobre 2008 01:22:13
Edito por Asociación Civil "LPG"
Responsable: Attilio Folliero

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Derrumbe del Socialismo Real (parte 2/8)

EL DERRUMBE DEL “SOCIALISMO REAL” EN EL SIGLO XX (2 de 8)

 Por Narciso Isa Conde

El siglo XX registró cambios realmente espectaculares.

Comenzó después de haber transcurrido aproximadamente cien años de civilización industrial y dentro de una época caracterizada por el dominio incompartido del capitalismo.

Antes de cumplir su segundo decenio de existencia, sirvió de escenario a una trascendental ruptura de ese domino absoluto, dando lugar al primer gran ensayo de una nueva formación política, social y económica de inspiración socialista y, en consecuencia, al inicio de una nueva época.

Registró en su haber la derrota del nazi-fascismo, la extensión del modelo soviético a todo el Este de Europa, la revolución yugoslava, el triunfo de la revolución en China, Corea, Vietnam, Cuba, Argelia, Angola, Mozambique, Guinea... así como a un gran auge del movimiento anticolonialista y de los procesos de liberación nacional a escala planetaria.

Dio paso, como consecuencia del fortalecimiento de la URSS y del cambio en la correlación de fuerzas mundiales, a la era bipolar, caracterizada tanto por el enfrentamiento entre el llamado campo socialista y el sistema capitalista, como por la coexistencia y los enfrentamientos entre las superpotencias de ambos campos (EE.UU. y URSS).

En el discurrir de su existencia, el siglo XX engendró la impactante revolución tecno-científica que en la actualidad marca el paso del proceso de superación de la civilización industrial y la emergencia de la era de la microelectrónica, de la informática y la revolución biomédica.

Anidó en su seno y fue testigo del colapso del socialismo real europeo y, en una nueva espiral invertida de la historia planetaria, volvió a plasmar nueva vez una especie de domino cuasi incompartido de las fuerzas de    
de un nuevo patrón de acumulación y de nuevas modalidades de gestión y dominación integral del gran capital.

Balance general: movimiento en zigzag

Su balance no es cualquier cosa:

Tres épocas.

Dos guerras mundiales calientes.

Una prolongada guerra fría.

Una cuarta guerra mundial, derivada de su reestructuración global bajo los estímulos del neoliberalismo y la financierización del sistema con sus hiper-bombas financieras.

Y además, guerras locales, muchas revoluciones y contrarrevoluciones, una formidable mutación tecno-científica secuestrada por los centros de mando del gran capital y acompañada por un nivel nunca vista de mundialización de su dominio.

Todo un gran récord dentro de un movimiento en zigzag.

Un siglo de grandes altibajos, de intensas y reiteradas convulsiones, de enormes y trágicas catástrofes y de formidables innovaciones; de grandes avances en el saber y en el progreso material, y dramática expansión de la pobreza, profundización de las desigualdades, incremento de la exclusión social, reversión de conquistas históricas, imposiciones de la cultura de la muerte, concentración de las riquezas y aniquilamiento progresivo de la naturaleza.

Un siglo, en fin, sumamente disímil, con un final en el que todo ha estado sometido a un intenso movimiento contradictorio y a grandes modificaciones: la relación entre ser humano y el resto de la naturaleza, las sociedades, los vínculos internacionales, la ciencia, la técnica, las teorías, el capitalismo, los procesos de tránsito al socialismo, las iglesias, las teorías sociales, la familia, los Estados, las derechas, las izquierdas, las revoluciones y las contrarrevoluciones.

El derrumbe

Los cambios acaecidos incluyen el derrumbe de los procesos anticapitalistas europeos.

Una especie de cataclismo político con muchas naciones víctimas y con escasos pero valiosos sobrevivientes.

Un terremoto de alta intensidad que arrasó simultáneamente con importantes conquistas sociales, pero también con graves y costosas aberraciones.

Una tragedia que súbitamente cambió la correlación de fuerzas mundiales y le abrió paso a escala planetaria a la epidemia neoliberal y a la unipolaridad militar.

Todo eso y algo más.

Pero de ninguna manera la fantasiosa muerte del socialismo como ideal liberador.

Lo transformado, lo construido y lo adulterado nunca dejó de ser un proceso inconcluso y estructuralmente defectuoso.

Nunca dejó de ser un tránsito difícil y arriesgado, escasamente paradigmático.

Jamás llegó a ser un sistema esencialmente socialista, sino más bien un intento de tránsito hacia él, sensiblemente deformado. Y la mayor tragedia consistió en que no pudo auto-renovarse.

Mistificación

En esos países el socialismo nunca llegó a ser una realidad plena en el transcurso de este siglo.

Una de las grandes mistificaciones de ese proceso de tránsito al socialismo en Europa del Este fue presentar como  socialismo pleno , como  socialismo desarrollado , o como  avance  hacia un  comunismo  cercano, las que realmente fueron transformaciones incompletas y adulteradas en el marco de procesos anticapitalistas.

Un recurso en esa misma dirección fue el calificativo de socialismo real, empleado para presentar como irreal, como fantástico o como antisocialismo, todo lo que fuera distinto al conjunto de modelos estatistas burocratizados que resultaron de esas transformaciones.

Tal versión obvió el hecho de que desde muy temprano abundaron los pensadores revolucionarios que pusieron énfasis en la distancia existente entre lo que se alcanzó en esos países y el ideal socialista, entendido éste como estadio superior de bienestar y de retribución por la capacidad y el aporte de los miembros de la sociedad; como democracia social, económica, cultural y política; como régimen de predominio de formas de propiedad social, donde los productores y gestores pasan a ser realmente dueños de los medios de producción y distribución; como sistema que garantice altos niveles de superación humana y de la libertad en todos los órdenes.

Los logros fueron significativos, pero se quedaron cortos y fueron sumergidos en un entorno político que se tornó impugnable.

La industrialización, el desarrollo científico y cultural, la reducción de las desigualdades, la superación de la miseria y del desempleo, la erradicación del analfabetismo, el auge del deporte y la recreación sana, la promoción social de clases y sectores marginados... constituyeron, entre otras, sus conquistas más relevantes y realmente respetables. Ellas, sin embargo, no evitaron la crisis final.

Las denominaciones de “países socialistas” y “países comunistas” tuvieron una gran divulgación propagandística, tanto desde sus gestores como desde los medios masivos de comunicación del sistema capitalista. Y eso ha hecho que ellas se repitan por inercia, por hábito, por costumbre y por facilidad de referencia, a pesar de su gran imprecisión científica.

Ciertamente, estas situaciones no son fáciles de explicar, y mucho menos de sintetizar con ciertos calificativos y ciertas denominaciones, y por eso muchas veces se recurre a convencionalismos que permiten, aún sin ser precisos, establecer diferencias.

Incluso el término “socialismo de Estado” es en gran medida convencional, tanto por lo inconcluso del proceso de transformación socialista a escala nacional y planetaria, como por lo parcial de las precondiciones creadas para conformar sociedades socialistas, por las involuciones acaecidas, por los niveles de enajenación y alienación que se registraron en no pocos de esos procesos de tránsito, por las trágicas y generalizadas aberraciones derivadas de su poder burocrático. Y, además, porque el verdadero socialismo procura precisamente abolir el Estado, extinguirlo, socializar el poder hasta hacerlo desaparecer.

Por eso es importante precisar el real contenido de esos procesos. Y ante el colapso de los modelos estalinistas, neoestalinistas o estatistas burocratizados salidos de ellos, se impone además la necesidad de explicar a mayor profundidad lo que ha acontecido, llamando las cosas por sus nombres, contrarrestando la inercia propagandística y la referida mistificación de la realidad.

Crisis estructural

La historia de la humanidad registra múltiples crisis dentro de modelos y estructuras creadas en el proceso de gestación de una determinada formación económico-social, crisis que han sido resueltas o en beneficio de ella misma o en otras direcciones.

A través del examen crítico de la historia reciente hemos llegado a la firme convicción de que en Europa Oriental no fue el socialismo lo que hizo crisis, sino determinados modelos y estructuras conformadas en el tránsito hacia él.

Hizo crisis, más bien, la falta de socialismo dentro de esa transición; esto es, colapsaron estructuras que se tornaron bloqueadoras de los nuevos avances y que finalmente conformaron modelos estatista-burocratizados, que si bien representaron vías no capitalistas de desarrollo, se convirtieron en regímenes negadores de valores esenciales del ideal socialista y, en no pocos períodos y casos, en regímenes tiránicos. De esa manera el “socialismo real” devino más bien en socialismo irreal.

El súper-Estado propietario, basado en grandes monopolios estatales y en el trabajo asalariado (sin autogestión ni cogestión social) bajo administración burocrática, si bien es diferente al capitalismo de Estado bajo control de la gran burguesía privada; si bien no implica la apropiación privada del excedente, aunque si su uso antojadizo por la burocracia en una especie de combinación de distribución social y sistema de privilegios, no equivale como dicen algunos al capitalismo de estado propiamente dicho, pero si a una modalidad de régimen no capitalista al servicio de la burocracia y no del proletariado.

Esa realidad, con toda su impronta de corrupción y privilegios, con toda su negación de democracia y participación, con todo el aplastamiento de la sociedad civil en términos gramciano, fue la que hizo crisis y colapso después de más de medio siglo de imposición estable.

Específicamente, a finales del decenio de los 80 y principios del 90 se produjo la crisis final de esos modelos de tránsito altamente estatizados, altamente centralizados, con gestiones extremadamente verticales, con un aparato estatal y un sistema de gestión económica considerablemente burocratizados.

Se trató a la vez de la crisis final de los sistemas políticos antidemocráticos que allí primaron, dentro de los cuales el papel del partido único se confundió con el del Estado para aislarse del pueblo, perdiendo por esas y otras razones su carácter de vanguardia, desgastándose al compás de la agudización de la crisis y del desarrollo del sistema de privilegios, de la corrupción burocrática, de nuevas modalidades del dominio patriarcal y de políticas depredadoras de la naturaleza.

El  modelo soviético  gravitó de manera determinante en otros países europeos vía las fuerzas militares del Pacto de Varsovia, vía el CAME, vía múltiples mecanismos de presencia directa e indirecta, vía el gran peso económico e ideológico de la URSS... provocando a la larga en no pocos casos, por ser extraño a los procesos nacionales, mayor rechazo que aceptación.

Esos modelos, pasado el período de las medidas de excepción y del entusiasmo revolucionario de los primeros años, pasado los liderazgos originales de las revoluciones y las fases de alta popularidad de sus direcciones políticas ganada en la lucha antifascista, acentuaron la separación entre el poder y el pueblo, debilitaron o anularon la vida política y el dinamismo en la sociedad civil, incrementaron el apoliticismo en las nuevas generaciones, congelaron el nacionalismo y el conservadurismo, y crearon el caldo de cultivo favorable para el desarrollo de tendencias procapitalistas y corrientes desintegradoras.

Y mientras más se insistió en prolongar su vigencia (a pesar de su evidente entrada en períodos de agotamiento y de crisis), más desastrosos fueron los resultados de su crisis y más imposible de alcanzar su continuidad a través de una renovación de corte socialista.

Imposibilidad de la renovación

En medio de esa crisis, los intentos de renovaciones políticas que se emprendieron tuvieron en común la ausencia total o el diseño incompleto de nuevas estrategias socialistas y la falta de nuevas vanguardias capaces de conducirlas, lo que facilitó la hegemonía de posiciones procapitalistas.

Se trató de una crisis esencialmente estructural, una crisis de un modelo económico y de un sistema político conformados durante decenios; de un modelo y un conjunto de estructuras que tuvieron sus fases de crecimiento, logros, expansión y dinamismo, pero que evidentemente agotaron sus posibilidades.

Una crisis que en la URSS, en los países de Europa oriental y central, le abrió paso a un traumático proceso procapitalista que, en lugar de superar errores y deformaciones, ha introducido en esas regiones del mundo los problemas propios del llamado capitalismo salvaje, agregado a otros males no resueltos.

¿Triunfo de occidente? ¿Fin del socialismo?

El teórico japonés-estadounidense Francis Fukuyama presentó estos hechos como el “fin de la historia”, entendida ésta como controversia entre los dos grandes campos enfrentados durante siete decenios de este siglo, y nos habló a la vez del triunfo definitivo del Occidente capitalista y de la democracia liberal.

Los principales ideólogos y propagandistas del capitalismo han hablado de la derrota definitiva del socialismo y del comunismo, y han invitado a la humanidad al entierro de las ideas de Marx, Engels y Lenin.

¿Qué ha pasado realmente?

¿Cuáles son las características y los límites de esta derrota?

¿Es cierto que la utopía socialista se ha quedado sin vida?

¿Es verdad que el ideal socialista ha probado su impertinencia?

¿Es real que no tiene validez el proyecto socialista-comunista como alternativa al sistema capitalista?

¿Debemos aceptar que en lo adelante el desarrollo mundial será unidireccional y uniformemente a favor de la privatización de los medios de producción, distribución y servicios, del reinado omnímodo del neoliberalismo y de las estrategias trazadas desde los grandes centros del capitalismo mundial?

Pero las respuestas a estas preguntas son temas apropiados para otra entrega.

Septiembre 2007, Santo Domingo, RD.

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