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EL DERRUMBE DEL
“SOCIALISMO REAL” EN
EL SIGLO XX (2 de 8)
Por
Narciso Isa Conde
El siglo XX registró
cambios realmente
espectaculares.
Comenzó después de
haber transcurrido
aproximadamente cien
años de civilización
industrial y dentro
de una época
caracterizada por el
dominio incompartido
del capitalismo.
Antes de cumplir su
segundo decenio de
existencia, sirvió
de escenario a una
trascendental
ruptura de ese
domino absoluto,
dando lugar al
primer gran ensayo
de una nueva
formación política,
social y económica
de inspiración
socialista y, en
consecuencia, al
inicio de una nueva
época.
Registró en su haber
la derrota del
nazi-fascismo, la
extensión del modelo
soviético a todo el
Este de Europa, la
revolución
yugoslava, el
triunfo de la
revolución en China,
Corea, Vietnam,
Cuba, Argelia,
Angola, Mozambique,
Guinea... así como a
un gran auge del
movimiento
anticolonialista y
de los procesos de
liberación nacional
a escala planetaria.
Dio paso, como
consecuencia del
fortalecimiento de
la URSS y del cambio
en la correlación de
fuerzas mundiales, a
la era bipolar,
caracterizada tanto
por el
enfrentamiento entre
el llamado campo
socialista y el
sistema capitalista,
como por la
coexistencia y los
enfrentamientos
entre las
superpotencias de
ambos campos (EE.UU.
y URSS).
En el discurrir de
su existencia, el
siglo XX engendró la
impactante
revolución tecno-científica
que en la actualidad
marca el paso del
proceso de
superación de la
civilización
industrial y la
emergencia de la era
de la
microelectrónica, de
la informática y la
revolución
biomédica.
Anidó en su seno y
fue testigo del
colapso del
socialismo real
europeo y, en una
nueva espiral
invertida de la
historia planetaria,
volvió a plasmar
nueva vez una
especie de domino
cuasi incompartido
de las fuerzas
de
de un nuevo patrón
de acumulación y de
nuevas modalidades
de gestión y
dominación integral
del gran capital.
Balance general:
movimiento en zigzag
Su balance no es
cualquier cosa:
Tres épocas.
Dos guerras
mundiales calientes.
Una prolongada
guerra fría.
Una cuarta guerra
mundial, derivada de
su reestructuración
global bajo los
estímulos del
neoliberalismo y la
financierización del
sistema con sus
hiper-bombas
financieras.
Y además, guerras
locales, muchas
revoluciones y
contrarrevoluciones,
una formidable
mutación tecno-científica
secuestrada por los
centros de mando del
gran capital y
acompañada por un
nivel nunca vista de
mundialización de su
dominio.
Todo un gran récord
dentro de un
movimiento en
zigzag.
Un siglo de grandes
altibajos, de
intensas y
reiteradas
convulsiones, de
enormes y trágicas
catástrofes y de
formidables
innovaciones; de
grandes avances en
el saber y en el
progreso material, y
dramática expansión
de la pobreza,
profundización de
las desigualdades,
incremento de la
exclusión social,
reversión de
conquistas
históricas,
imposiciones de la
cultura de la
muerte,
concentración de las
riquezas y
aniquilamiento
progresivo de la
naturaleza.
Un siglo, en fin,
sumamente disímil,
con un final en el
que todo ha estado
sometido a un
intenso movimiento
contradictorio y a
grandes
modificaciones: la
relación entre ser
humano y el resto de
la naturaleza, las
sociedades, los
vínculos
internacionales, la
ciencia, la técnica,
las teorías, el
capitalismo, los
procesos de tránsito
al socialismo, las
iglesias, las
teorías sociales, la
familia, los
Estados, las
derechas, las
izquierdas, las
revoluciones y las
contrarrevoluciones.
El derrumbe
Los cambios
acaecidos incluyen
el derrumbe de los
procesos
anticapitalistas
europeos.
Una especie de
cataclismo político
con muchas naciones
víctimas y con
escasos pero
valiosos
sobrevivientes.
Un terremoto de alta
intensidad que
arrasó
simultáneamente con
importantes
conquistas sociales,
pero también con
graves y costosas
aberraciones.
Una tragedia que
súbitamente cambió
la correlación de
fuerzas mundiales y
le abrió paso a
escala planetaria a
la epidemia
neoliberal y a la
unipolaridad
militar.
Todo eso y algo más.
Pero de ninguna
manera la fantasiosa
muerte del
socialismo como
ideal liberador.
Lo transformado, lo
construido y lo
adulterado nunca
dejó de ser un
proceso inconcluso y
estructuralmente
defectuoso.
Nunca dejó de ser un
tránsito difícil y
arriesgado,
escasamente
paradigmático.
Jamás llegó a ser un
sistema
esencialmente
socialista, sino más
bien un intento de
tránsito hacia él,
sensiblemente
deformado. Y la
mayor tragedia
consistió en que no
pudo auto-renovarse.
Mistificación
En esos países el
socialismo nunca
llegó a ser una
realidad plena en el
transcurso de este
siglo.
Una de las grandes
mistificaciones de
ese proceso de
tránsito al
socialismo en Europa
del Este fue
presentar como
socialismo pleno ,
como socialismo
desarrollado , o
como avance hacia
un comunismo
cercano, las que
realmente fueron
transformaciones
incompletas y
adulteradas en el
marco de procesos
anticapitalistas.
Un recurso en esa
misma dirección fue
el calificativo de
socialismo real,
empleado para
presentar como
irreal, como
fantástico o como
antisocialismo, todo
lo que fuera
distinto al conjunto
de modelos
estatistas
burocratizados que
resultaron de esas
transformaciones.
Tal versión obvió el
hecho de que desde
muy temprano
abundaron los
pensadores
revolucionarios que
pusieron énfasis en
la distancia
existente entre lo
que se alcanzó en
esos países y el
ideal socialista,
entendido éste como
estadio superior de
bienestar y de
retribución por la
capacidad y el
aporte de los
miembros de la
sociedad; como
democracia social,
económica, cultural
y política; como
régimen de
predominio de formas
de propiedad social,
donde los
productores y
gestores pasan a ser
realmente dueños de
los medios de
producción y
distribución; como
sistema que
garantice altos
niveles de
superación humana y
de la libertad en
todos los órdenes.
Los logros fueron
significativos, pero
se quedaron cortos y
fueron sumergidos en
un entorno político
que se tornó
impugnable.
La
industrialización,
el desarrollo
científico y
cultural, la
reducción de las
desigualdades, la
superación de la
miseria y del
desempleo, la
erradicación del
analfabetismo, el
auge del deporte y
la recreación sana,
la promoción social
de clases y sectores
marginados...
constituyeron, entre
otras, sus
conquistas más
relevantes y
realmente
respetables. Ellas,
sin embargo, no
evitaron la crisis
final.
Las denominaciones
de “países
socialistas” y
“países comunistas”
tuvieron una gran
divulgación
propagandística,
tanto desde sus
gestores como desde
los medios masivos
de comunicación del
sistema capitalista.
Y eso ha hecho que
ellas se repitan por
inercia, por hábito,
por costumbre y por
facilidad de
referencia, a pesar
de su gran
imprecisión
científica.
Ciertamente, estas
situaciones no son
fáciles de explicar,
y mucho menos de
sintetizar con
ciertos
calificativos y
ciertas
denominaciones, y
por eso muchas veces
se recurre a
convencionalismos
que permiten, aún
sin ser precisos,
establecer
diferencias.
Incluso el término
“socialismo de
Estado” es en gran
medida convencional,
tanto por lo
inconcluso del
proceso de
transformación
socialista a escala
nacional y
planetaria, como por
lo parcial de las
precondiciones
creadas para
conformar sociedades
socialistas, por las
involuciones
acaecidas, por los
niveles de
enajenación y
alienación que se
registraron en no
pocos de esos
procesos de
tránsito, por las
trágicas y
generalizadas
aberraciones
derivadas de su
poder burocrático.
Y, además, porque el
verdadero socialismo
procura precisamente
abolir el Estado,
extinguirlo,
socializar el poder
hasta hacerlo
desaparecer.
Por eso es
importante precisar
el real contenido de
esos procesos. Y
ante el colapso de
los modelos
estalinistas,
neoestalinistas o
estatistas
burocratizados
salidos de ellos, se
impone además la
necesidad de
explicar a mayor
profundidad lo que
ha acontecido,
llamando las cosas
por sus nombres,
contrarrestando la
inercia
propagandística y la
referida
mistificación de la
realidad.
Crisis estructural
La historia de la
humanidad registra
múltiples crisis
dentro de modelos y
estructuras creadas
en el proceso de
gestación de una
determinada
formación
económico-social,
crisis que han sido
resueltas o en
beneficio de ella
misma o en otras
direcciones.
A través del examen
crítico de la
historia reciente
hemos llegado a la
firme convicción de
que en Europa
Oriental no fue el
socialismo lo que
hizo crisis, sino
determinados modelos
y estructuras
conformadas en el
tránsito hacia él.
Hizo crisis, más
bien, la falta de
socialismo dentro de
esa transición; esto
es, colapsaron
estructuras que se
tornaron
bloqueadoras de los
nuevos avances y que
finalmente
conformaron modelos
estatista-burocratizados,
que si bien
representaron vías
no capitalistas de
desarrollo, se
convirtieron en
regímenes negadores
de valores
esenciales del ideal
socialista y, en no
pocos períodos y
casos, en regímenes
tiránicos. De esa
manera el
“socialismo real”
devino más bien en
socialismo irreal.
El súper-Estado
propietario, basado
en grandes
monopolios estatales
y en el trabajo
asalariado (sin
autogestión ni
cogestión social)
bajo administración
burocrática, si bien
es diferente al
capitalismo de
Estado bajo control
de la gran burguesía
privada; si bien no
implica la
apropiación privada
del excedente,
aunque si su uso
antojadizo por la
burocracia en una
especie de
combinación de
distribución social
y sistema de
privilegios, no
equivale como dicen
algunos al
capitalismo de
estado propiamente
dicho, pero si a una
modalidad de régimen
no capitalista al
servicio de la
burocracia y no del
proletariado.
Esa realidad, con
toda su impronta de
corrupción y
privilegios, con
toda su negación de
democracia y
participación, con
todo el
aplastamiento de la
sociedad civil en
términos gramciano,
fue la que hizo
crisis y colapso
después de más de
medio siglo de
imposición estable.
Específicamente, a
finales del decenio
de los 80 y
principios del 90 se
produjo la crisis
final de esos
modelos de tránsito
altamente
estatizados,
altamente
centralizados, con
gestiones
extremadamente
verticales, con un
aparato estatal y un
sistema de gestión
económica
considerablemente
burocratizados.
Se trató a la vez de
la crisis final de
los sistemas
políticos
antidemocráticos que
allí primaron,
dentro de los cuales
el papel del partido
único se confundió
con el del Estado
para aislarse del
pueblo, perdiendo
por esas y otras
razones su carácter
de vanguardia,
desgastándose al
compás de la
agudización de la
crisis y del
desarrollo del
sistema de
privilegios, de la
corrupción
burocrática, de
nuevas modalidades
del dominio
patriarcal y de
políticas
depredadoras de la
naturaleza.
El modelo
soviético gravitó
de manera
determinante en
otros países
europeos vía las
fuerzas militares
del Pacto de
Varsovia, vía el
CAME, vía múltiples
mecanismos de
presencia directa e
indirecta, vía el
gran peso económico
e ideológico de la
URSS... provocando a
la larga en no pocos
casos, por ser
extraño a los
procesos nacionales,
mayor rechazo que
aceptación.
Esos modelos, pasado
el período de las
medidas de excepción
y del entusiasmo
revolucionario de
los primeros años,
pasado los
liderazgos
originales de las
revoluciones y las
fases de alta
popularidad de sus
direcciones
políticas ganada en
la lucha
antifascista,
acentuaron la
separación entre el
poder y el pueblo,
debilitaron o
anularon la vida
política y el
dinamismo en la
sociedad civil,
incrementaron el
apoliticismo en las
nuevas generaciones,
congelaron el
nacionalismo y el
conservadurismo, y
crearon el caldo de
cultivo favorable
para el desarrollo
de tendencias
procapitalistas y
corrientes
desintegradoras.
Y mientras más se
insistió en
prolongar su
vigencia (a pesar de
su evidente entrada
en períodos de
agotamiento y de
crisis), más
desastrosos fueron
los resultados de su
crisis y más
imposible de
alcanzar su
continuidad a través
de una renovación de
corte socialista.
Imposibilidad de la
renovación
En medio de esa
crisis, los intentos
de renovaciones
políticas que se
emprendieron
tuvieron en común la
ausencia total o el
diseño incompleto de
nuevas estrategias
socialistas y la
falta de nuevas
vanguardias capaces
de conducirlas, lo
que facilitó la
hegemonía de
posiciones
procapitalistas.
Se trató de una
crisis esencialmente
estructural, una
crisis de un modelo
económico y de un
sistema político
conformados durante
decenios; de un
modelo y un conjunto
de estructuras que
tuvieron sus fases
de crecimiento,
logros, expansión y
dinamismo, pero que
evidentemente
agotaron sus
posibilidades.
Una crisis que en la
URSS, en los países
de Europa oriental y
central, le abrió
paso a un traumático
proceso
procapitalista que,
en lugar de superar
errores y
deformaciones, ha
introducido en esas
regiones del mundo
los problemas
propios del llamado
capitalismo salvaje,
agregado a otros
males no resueltos.
¿Triunfo de
occidente? ¿Fin del
socialismo?
El teórico
japonés-estadounidense
Francis Fukuyama
presentó estos
hechos como el “fin
de la historia”,
entendida ésta como
controversia entre
los dos grandes
campos enfrentados
durante siete
decenios de este
siglo, y nos habló a
la vez del triunfo
definitivo del
Occidente
capitalista y de la
democracia liberal.
Los principales
ideólogos y
propagandistas del
capitalismo han
hablado de la
derrota definitiva
del socialismo y del
comunismo, y han
invitado a la
humanidad al
entierro de las
ideas de Marx,
Engels y Lenin.
¿Qué ha pasado
realmente?
¿Cuáles son las
características y
los límites de esta
derrota?
¿Es cierto que la
utopía socialista se
ha quedado sin vida?
¿Es verdad que el
ideal socialista ha
probado su
impertinencia?
¿Es real que no
tiene validez el
proyecto
socialista-comunista
como alternativa al
sistema capitalista?
¿Debemos aceptar que
en lo adelante el
desarrollo mundial
será unidireccional
y uniformemente a
favor de la
privatización de los
medios de
producción,
distribución y
servicios, del
reinado omnímodo del
neoliberalismo y de
las estrategias
trazadas desde los
grandes centros del
capitalismo mundial?
Pero las respuestas
a estas preguntas
son temas apropiados
para otra entrega.
Septiembre 2007,
Santo Domingo, RD. |