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Desde el campo de
las izquierdas y la
revolución:
Liderazgos, cargos y
reelección
Por Narciso Isa
Conde
El
paso de lo
espontáneo a lo
conducido, a lo
organizado y a lo
dirigido, trae
consigo los
liderazgos sociales,
políticos,
culturales,
artísticos,
religiosos,
deportivos…
En
los fenómeno de
masas el paso de la
inconciente a lo
conciente, casi
siempre se ve
acompañado de la
creación de líderes
y liderezas en sus
respectivos
conglomerados.
Las
grandes corrientes
teóricas,
político-teóricas o
simplemente
políticas o político
–sociales, están
acompañadas de
grandes liderazgos.
Pasa
así con las
revoluciones.
Pasa
con las
contrarrevoluciones.
Con
los procesos de
reformas y
contrarreformas.
Pensamiento y
acción, palabras y
hechos, son
inseparables de esas
dinámicas de
formación de
liderazgos, porque
con ellos(as) se
impacta la
subjetividad, la
conciencia, los
sentimientos, los
deseos y anhelos
colectivos.
Las personalidades
en la historia.
Ambos vertientes,
pensamiento y acción
–mutuamente
influenciables entre
sí- cuentan en el
caso de los grandes
combates de clase y
del compromiso por
la liberación de los
pueblos con actores
(as), con
protagonistas, más o
menos destacados,
más o menos
sobresalientes.
Sobresalientes por
su valor y firmeza a
la hora de actuar.
Por
su capacidad para
escoger el momento
oportuno de la
acción.
Por
su sintonía con el
sentir de la
colectividad donde
actúan.
Por
su talento.
Por
sus conocimientos
apropiados.
Por
su verbo.
Por
su atractivo
personal.
Por
su “carisma”.
Por
su sinceridad.
Por
su bondad.
Por
su capacidad para
educar o formar.
Por
su intuición para
acertar o predecir,
o por su genialidad
para ver lo que
otros (as) no logran
captar.
Por
su agudo olfato
clasista
Por
la confluencia de
todos, una parte o
algunos de estos
atributos.
Esto
toca de lleno el
tema de lo
individual y lo
colectivo, de la
personalidad en los
procesos y en la
historia, en los
acontecimientos
sociales, políticos
y culturales que
mueven comunidades,
sectores y/o
multitudes.
Esos
acontecimientos
estimulan esas
personalidades y
contribuyen en forma
decisiva a crear
esos liderazgos, muy
sólidos cuando
interpretan los
anhelos de cambios
de las clases y
sectores explotados,
oprimidos,
excluidos.
Los
líderes no nacen.
Los
líderes se hacen en
esa relación
dinámica entre lo
individual y lo
social, lo personal
y lo colectivo;
siempre compelida su
gestación por la
necesidad de
acciones, de ideas,
de conciencia, de
movilización y
organización.
Liderazgos, cargos y
funciones
institucionales.
Esas
necesidades y esos
momentos no solo
colocan al frente de
corrientes
teóricas-políticas,
movimientos
sociales, fuerzas
políticas y
militares, procesos
culturales… a esas
personalidades, sino
que muchas veces la
catapultan al
ejercicio de
funciones en
partidos,
organizaciones
populares, entidades
de la sociedad
civil, instituciones
civiles y militares
del Estado y
organismos
nacionales e
internacionales.
Y es
común que ese salto
de lo informal a lo
formal, de lo
general a lo
institucional, tenga
grados y jerarquías
en función de la
fuerza y el nivel
del cada liderazgo.
Así
los(as) llamados
liderazgos
“naturales” en
diversos campos de
actividad, pasan a
ser secretarios(as)
generales,
presidentes(as),
primeros(as)
ministros(as),
jefes(as),
coordinadores(as)…
de tal o cual
entidad política,
Estado, gobiernos-
administraciones,
organización social
o cultural.
La
principalía en
liderazgo es
traslada a la
principalía del
cargo o de la
función
institucional.
Así
los liderazgos de
los procesos
emancipatorios
tienen toda la
posibilidad de
ocupar las más altas
posiciones de
Estado, de partidos,
de gobierno y de
frentes nacionales.
La
función
institucional,
organizativa, y/o
directiva-ejecutiva,
el cargo en sí,
generalmente existe
antes de crearse el
liderazgo; y el
liderazgo es
generalmente
independientemente
del cargo (aunque a
veces se le crea el
cargo al liderazgo).
Y esta realidad
determina que no se
sea líder o lidereza
por el cargo que se
ocupa o la función
que se desempeña,
sino por la
autoridad, el
prestigio y la
influencia
previamente
conquistadas.
Ambas cosas se puede
hacer coincidir por
conveniencia,
necesidad temporal,
situaciones y
exigencias
específicas. Y se
pueden alimentar o
debilitar
mutuamente.
Hay
veces que al
liderazgo se le hace
coincidir con varios
cargos y funciones
relevantes, incluso
de naturaleza
diferente: estatal,
gubernamental,
político-
partidista, social…
Y eso trae consigo
otro problema: la
centralización y
concentración, a
veces extrema, de
funciones y la
superposición de
variados y
diferenciados roles
institucionales y no
institucionales.
Tales
superposiciones
temporalmente pueden
ser o no ser
necesarias,
convenientes o
inconvenientes,
aunque a la larga
perjudican y restan
democracia.
El
liderazgo es algo
muy auténtico,
imposible de
reemplazar o de
obviar
mecánicamente. El
desempeño de cargos
no, porque tiene
mucha flexibilidad
aprovechable. Y su
asunción depende de
necesidades y
situaciones bien
concretas.
El
cargo y la función
pueden tener
diferentes
actores(as), que a
su vez pueden ser o
no ser líderes; esto
es, sus incumbentes
pueden o no tener
liderazgos, pero si
ser personas aptas
para desempeñarlos
al margen de tener o
no sus condiciones
especiales para
liderear grandes
masas y pueblos.
El
ejercicio de cargos
públicos o
institucionales y el
ejercicio del
liderazgo social o
político tienen
características
distintas, muchas
veces bien
diferenciadas.
Además hay muy
buenos(as)
dirigentes(as) y
buenos(as)
funcionarios(as) que
no son líderes o
liderezas.
Los
roles de los
Estados, gobiernos y
ciertas
instituciones
oficiales o
para-oficiales son
diferentes entre sí
y diferentes a los
de los partidos y
movimientos
políticos. Tambien
los papeles de estos
dos últimos, aunque
más relacionados,
son distintos entre
sí, como tambien los
roles de los
movimientos
culturales y el de
los órganos de base
del poder popular:
consejos comunales,
consejos de
trabajadores(as) y
de estudiantes y
profesionales.
Desconocer esas
diferencias y
características
funcionales,
suplantar roles,
superponer
innecesariamente y
prolongadamente sus
dinámicas…tarde o
temprano crea graves
problemas y serios
males.
Perpetuar líderes en
cargos y funciones,
tiene riesgos y
puede generar
deformaciones
evitables, aunque en
los mejores casos su
brillantez y
genialidad presione
en esa dirección. Y
aunque reelegirlos
por determinados
periodos pueda ser
una necesidad
política, dados
otros factores
imperiosos.
Sin
embargo, no
superponer por
tiempo indefinido
cargos y
liderazgos…no
concentrar los
liderazgos en cargos
y en entidades con
roles diferentes…no
reelegirlos(as),
seleccionarlos(as) o
nombrarlos(as) de
manera indefinida
para esas
funciones…no va de
por si en contra del
liderazgo, no lo
afecta ni lo
erosiona. Y si puede
favorecer las
grandes virtudes
derivadas de la
separación de
poderes en el
Estado, el gobierno,
en la sociedad civil
y en las esferas de
lo político y lo
social; como tambien
contribuir a las
enormes ventajas de
la dirección
colectiva y de la
descentralización de
la toma de
posiciones.
El liderazgo va más
allá del cargo.
Se
puede ser líder de
una organización x
sin ser su
presidente (a) o
secretario (a)
general.
Se
puede ser líder de
un pueblo sin ser su
Jefe de Estado.
Se
puede ser líder o
lidereza ejerciendo
o no esos cargos.
El
liderazgo ni lo hace
ni lo deshace el
cargo en sí; esto
es, la jerarquía
institucional en sí
no es condición
obligada del
liderazgo. El
liderazgo, desde el
cargo o fuera del
cargo, depende de
una autoridad bien
ganada en x proceso,
de la conducta que
se adopte, de las
cualidades que se
desplieguen antes,
durante o después
del mismo.
Ambas cosas pueden
asumirse a
discreción y a
conveniencia del
colectivo, una vez
la comunidad o el
pueblo se hayan
convertidos en
poder.
La reelección, los
grandes liderazgos y
las funciones de
Estado.
Las
grandes revoluciones
políticas y sociales
generalmente tienen
grandes líderes o
liderezas.
Ellos, ellas, por lo
que han significado
y significan dentro
de esos
acontecimientos
históricos para las
clases y sectores
explotado y
excluidos (as),
tienen un profundo
calado, son muy
queridos(as) y
respetados(as) y
son, en
consecuencia,
sumamente
necesarios(as). Y
mientras más se
profundiza el cambio
social, político y
cultural, enfrentado
a poderosísimas
fuerzas enemigas, y
más consecuentes son
con los anhelos de
la sociedad, más
necesarios(as) se
tornan y más se
entiende la
necesidad de su
permanencia en cargo
relevantes
Es
formidable contar en
tales procesos con
líderes brillantes,
audaces,
visionarios(as).
A
ellos, a ellas, hay
que preservarlos,
ayudarlos,
acompañarlos (as) y
respaldarlos (as)
desinteresadamente.
Sin
embargo no creo- a
la luz de la
experiencia
histórica- que sea
beneficioso para
ellos(as), para los
pueblos y los
procesos que
lideran, cargarlos
de funciones,
asignarles roles
diferentes y
superpuestos, y
auspiciar que se
reelijan de por vida
en la más altas
funciones de Estado;
a veces, por demás,
acompañadas de las
más altas funciones
del partido o del
movimiento político.
Y
esto es todavía más
improcedente cuando
no existen
mecanismos para
revocarlos al margen
de las elecciones
ordinarias y cuando
las competencias
electorales pueden
ser vulnerables a
métodos
antidemocráticos.
Pienso que no es
malo, sino bueno,
que un líder pueda
ser hoy presidente
de la república y
mañana primer
ministro.
Hoy
presidentes y mañana
solo secretario
general o dirigente
del partido.
Hoy
alto funcionario del
Estado o del
gobierno central y
mañana no.
Hoy
principal
funcionario del
partido y mañana no.
Si
es líder de verdad
siempre lo será,
sobretodo si no
comete errores
graves que lo hagan
perder su influencia
bien ganada.
Ellos, ellas-
independientemente
de las funciones
temporales que
ejerzan
(partidistas,
sociales o
gubernamentales…)-
tienen la virtud de
influir y de crear
hegemonías. Y pueden
hacerlo en función
de otras personas,
de otros (as)
candidatos cuando
presentan
condiciones para
lograrlo.
Ellos y ellas pueden
ser mejores si se
rotan en las
funciones y
contribuyen a la
creación de reales
direcciones
colectivas, a pesar
de su enorme e
indiscutida
gravitación política
y social.
Reelecciones
indefinidas,
sucesivas y otros
riesgos mayores.
Las
reelecciones
sucesivas e
indefinidas no son
las únicas fuentes
del caudillismo y de
la anti-democracia,
pero pueden
favorecer tendencias
negativas; además
dar la apariencia de
lo imprescindible y
de crear
resistencia,
voluntaria o no, a
la rotación en las
funciones públicas
más importantes y a
la participación
colectiva en las
decisiones.
La
fusión del partido
con el Estado es
todavía peor,
independientemente
de que coexista o no
con la reelección
presidencial
indefinida o las
reelecciones
sucesivas en otras
funciones públicas.
El
estatismo
burocrático integral
(político,
económico,
ideológico,
comunicacional…) por
igual es altamente
perjudicial, puesto
que genera un alto
grado de
uniformización de
los medios de
comunicación; un
alto grado de
censura y
autocensura que
afecta sensiblemente
la libre discusión,
el debate
democrático y la
auto-superación del
proceso.
Y
esto sin ponerme
ahora a analizar la
gran perversidad
encubierta de la
llamada democracia
representativa,
porque en este
trabajo me he
propuesto
reflexionar
fundamentalmente
sobre los problemas
históricos y
actuales que pueden
deformar los
procesos
revolucionarios; sin
entrar en el examen
y la denuncia del
carácter
antidemocrático de
la hegemonía de las
oligarquías
capitalistas y del
gran capital
transnacional, del
despotismo
neoliberal y la
dictadura mediática,
con o sin pluralismo
partidocrático.
Pienso-sin obviar
ese combate decisivo
contra el despotismo
capitalista- que la
luz de lo acontecido
debemos extraer
tambien las
experiencias
negativas de lo que
ha significado
sustituir la
esclavitud respecto
al gran capital, a
sus instituciones y
medios, por la
absoluta
subordinación a un
Súper- Estado
propietario de todo
y controlador de
todo, supuestamente
actuando- y en
algunos casos
realmente o
medianamente- en
representación de la
mayoría de la
sociedad.
No
soy de los que
sataniza la
reelección ni de los
que exalta e
idealiza la no
reelección como
panacea de
democracia, no soy
ni reeleccionista ni
anti-reelecciones
por principio. Creo
que las
respostulaciones y
las reelecciones
deben de ser
ponderadas en
función de
situaciones y
periodos
específicos, de
necesidades o
impertinencias
concretas.
Pero
creo tambien
firmemente que a la
nueva democracia que
procuramos crear y
al tránsito al
verdadero socialismo
que nos proponemos
desarrollar, le
conviene mucho no
atar eternamente los
liderazgos a los
cargos públicos ni a
lo cargos
partidarios.
Le
conviene muchìsimo
no fundir
permanentemente el
liderazgo nacional
con la presidencia
de la república.
Y
esto le ayuda
muchísimo tanto en
cuanto a imagen como
en cuanto a
contenido.
Le
conviene
sobremanera, además,
no fundir Estado y
partido, ni crear
partido desde el
Estado o con los
métodos del Estado.¡
Le ayuda mucho
crearlo y
desarrollarlo
independientemente
de los intereses y
las dinámicas
específicas de
Estados y Gobiernos!
Le
conviene remozar y
separar
constantemente las
funciones sin dejar
de fortalecer el
liderazgo nacional y
los liderazgos
locales o
sectoriales o
nacionales.
Le
conviene la
diversificación de
los medios de
comunicación (sean
gubernamentales,
estatales,
partidistas, de
movimientos
sociales, de fuerzas
independientes de
Estado, Gobierno,
partidos,
movimientos
culturales,
minorías...).
Le
conviene una prensa
diversa de calidad,
abierta y crítica,
porque ella facilita
las mejores
condiciones para el
crecimiento, la
diversificación y el
relevo o reemplazo
individual y/o
colectivo de los
liderazgos creados
existentes.
Un ejemplo reciente
proyectable.
Los
cargos y las
funciones no hacen
los líderes ni la
concentración de
poderes son
consustanciales a
ellos(as)
Y si
desean un ejemplo
reciente, muy
aleccionador por
cierto, veamos lo
que ha pasado
recientemente en
Cuba.
Fidel no es
presidente y sigue
siendo el líder.
Raúl
es presidente y no
por ello sustituye
el liderazgo de
Fidel.
¿Por
qué no haber hecho
eso antes de la
enfermedad de Fidel
en relación a esa y
otras funciones, con
esa y otras
fórmulas?
¿Cuál es el temor?
¿Por
qué no aprender de
las malas y de las
buenas experiencias?
¿Por
qué no pensar
seriamente estos
problemas y debatir
con franqueza esta
cosa cara a otros
procesos de cambios
en marcha en nuestra
América?
Es
hora ya de pensar en
voz alta éstas y
otras cuestiones
importantes.
Es
hora de enterrar
definitivamente la
autocensura.
“La verdad
–decía Lénin- es
siempre es
revolucionaria”
La reelección en
Venezuela
El
caso de Venezuela
presenta
particularidades a
tener bien en
cuenta.
En
Venezuela el
gobierno de Chávez
vivió inicialmente
un periodo crucial
de aguda
confrontación con
las derechas y con
EEUU, de alta
inestabilidad. Más
que gobernar
resistía y peleaba
gallardamente la
permanencia y
continuidad del
proceso.
La
consolidación, aun
con aguda y
perdurable
confrontación, tardo
bastante; hasta el
punto que solo
recientemente el
presidente Chávez ha
comenzado a
gobernar, después de
someterse muchas
pruebas de
popularidad y
capacidad
confrontativa.
En
Venezuela existen
elecciones
democráticas no
adulterables
sustancialmente
desde el gobierno.
Pocos sistemas
electorales en el
mundo son tan libres
y tan invulnerables
al fraude.
Pero
además en Venezuela
existe la figura
constitucional del
referéndum
revocatorio.
En
ese país incluso
consagrar
constitucionalmente
la reelección
indefinida y
sucesiva no es
sinónimo ni garantía
de su imposición por
factores ventajosos
de poder.
La
consagración
constitucional de
tal posibilidad
parece estar
sobretodo motivada
por la necesidad de
asegurar la sucesiva
derrota electoral de
las derechas e
impedir en próximas
coyunturas
electorales la
victoria
contrarrevolucionaria
desde el gran poder
competitivo del
liderazgo del
comandante Chávez.
Esto
así porque al
parecer existe la
inseguridad o el
temor de que si no
es con Chávez
candidato, no se
gana o es mucho más
difícil ganar. Y
perder la
presidencia del país
en trance de
revolución es perder
demasiado.
Esta
es sin duda una
razón fuerte, porque
el proceso de
cambios debe de
estar por encima del
factor que
analizamos a pesar
de toda su validez.
De
ser así esta debe
considerarse como
una de las
debilidades del
proceso que amerita
ser pensada y
superada, buscando a
futuro próximo
soluciones que
eliminen o minimicen
el riesgo.
De
todas maneras es muy
importante no
convertir la
necesidad temporal
en ley del proceso,
más cuando a todo
proceso
revolucionario
desatado le conviene
no depender
permanentemente del
gran liderazgo
individual que lo ha
encarnado.
Mas
allá de lo
requerimiento
tácticos, realmente
necesarios e
imposible de
ingnorar, está la
necesidad
estratégica de
procurar su
constante
auto-superación, su
fortalecimiento
institucional, su
posibilidad de
reciclamiento mas
allá del liderazgo
de
histórico-original.
Y
esto precisa crear
conciencia y
condiciones para
superar en el menor
tiempo posible la
obligada dependencia
de la candidatura
presidencial con
perspectivas de
victoria al
liderazgo principal
y a los déficit en
cuanto a capacidad
de conquista de
hegemonía en el seno
del pueblo otras
candidaturas
confluyentes con el
liderazgo de la
revolución.
Esto
nos remite al tema
de la vanguardia, al
tema del poder
popular y muy
especialmente al
tema de las
transformaciones
estructurales
socializantes
capaces de
erosionarle
totalmente las bases
internas de
sustentación a la
burguesía
dependiente y al
capital
transnacional en la
sociedad venezolana
y de terminar de
quitarle el respaldo
electoral que le
queda a sus
instrumentos
políticos en
sectores populares y
en una parte de las
capas medias.
No
se trata, claro
está, del camino más
fácil; pero si
posiblemente del más
fructífero y el de
mayor calidad para
el proceso.
Avanzar sin rigidez
El
tema es agudo y
complejo, pero toca
la madre de un
problema real no
debidamente
solucionado desde
las izquierdas y
desde las
revoluciones
populares.
No
me anima dar recetas
inconmovibles al
respecto, mucho
menos entrar en la
lógica hipócrita de
las alternancias
sustentadas por las
derechas
seudo-liberales y
liberales.
Planteo el problema-
mis inquietudes,
consideraciones y
sugerencias- sin
formular esquemas
rígidos, aunque si
previsores, respecto
a las
re-postulaciones y
reelecciones en el
contexto de una
nueva democracia
revolucionaria (a
sus tiempos,
pertinencias,
restricciones,
oportunidades y
circunstancias).
Si
soy categóricos en
cuanto a la
necesidad de superar
por vía
revolucionaria la
falsa democracia
representativa
capitalista y a la
necesidad de
proponer una
alternativa que
supere radicalmente
la fracasada fórmula
del
estatismo-burocrático
con fusión partido-
Estado-movimientos
sociales y sin
autogestión popular,
control social y
democracia
participativa,
directa e
integral(económica,
social,
intercultural, de
género..).
El
tránsito al
socialismo debe
ofertar mucho más
democracia y
libertad en todos
los órdenes y en
todas las vertientes
de la vida en
sociedad que todas
las experiencias
históricas del
liberalismo
capitalista; y, por
tanto, debe ser
totalmente ajeno y
adverso a todas las
variantes que
tiendan a subordinar
a la sociedad y sus
movimientos
populares al Estado
y siempre procurar
el máximo de
libertad, emulación
y felicidad.
28 de agosto 2006,
Santo Domingo, RD. |