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El Nuevo Norte del
Sur
(Ganándole la
carrera al tiempo)
Las problemáticas
que podemos
comprender en sus
raíces, podemos
resolverlas. En ese
sentido no hay modo
de negar ni
desvirtuar los
grandes avances
logrados en
Venezuela en tan
poco tiempo, al
punto de convertirse
en la esperanza, en
el nuevo Norte del
Sur. Porque hemos
acometido con
fuerza, valentía,
sinceridad y
profundidad las
tareas radicales que
un cambio completo
de modelo exige e
implica. Y estamos
enfrentando con
éxito las
inevitables
resistencias de los
hábitos a tales
cambios.
A propósito de ello,
cabe resaltar que
Cuba, en la
permanencia y
efectividad de su
resistencia, no es
más que la isla o el
iceberg visible y
evidente del bloqueo
global a que estamos
sometidos. Camino de
la globalización que
las nuevas y
sofisticadas
tecnologías
posibilitaban, toda
la economía y la
cultura, (porque no
existe economía sin
cultura y
viceversa), estaba
siendo sistematizada
y controlada por los
centros más
avanzados
tecnológicamente
hablando.
En sencillo, eso
quiere decir que
había naciones y
pueblos que
revolucionándose
económica y
culturalmente
realizaban con mayor
velocidad y
eficiencia, con
menor inversión de
energía o esfuerzo,
las mismas tareas. Y
que había élites que
aprovecharon esa
ventaja de mayor
productividad, mayor
valor agregado a
menores costos, para
imponer reglas
globales económicas,
así como los
necesarios ajustes
culturales para que
ello no fuese
reconocido ni
resistido.
En esto no hay
derechas, izquierdas
ni revoluciones que
valgan. Porque la
revolución
tecnológica no
inventó nada, solo
magnificó, aceleró,
efectivizó las
tendencias de todas
y cada sociedad
humana, sujetas al
esfuerzo en el
tiempo y en
disposición de
concebir y elegir
futuros posibles.
Hizo factible el
hacer más y mejor lo
que siempre hicimos
en todas y cada
parte.
Se trataba en este
caso simplemente de
evitar que los
pueblos
“subdesarrollados”
accedieran
directamente a las
nuevas tecnologías,
haciendo que los
desarrollados
perdieran los
privilegios
adquiridos, que ya
no se pudiera
obtener esos
beneficios, que ya
no se pudieran
transferir esos
costos a sus
economías.
Porque hoy ya no se
trata de pueblos ni
naciones, sino de
monopolios
internacionales que
pueden producir en
cualquier parte. Por
tanto el problema es
más bien de
establecimiento de
entidades
administrativas, que
mantengan los flujos
crecientes de dinero
siempre por los
mismos canales de
concentración de
capital, impidiendo
su redistribución.
Pero ningún hecho
humano es eterno,
llega el momento en
que se abren
brechas, los
policías mundiales
no pueden tener
éxito para siempre
en sus intrigas
represivas en todas
partes y
simultáneamente. Si
eso fuese posible la
evolución de la
conciencia humana y
sus consecuentes
economías y
culturas, no sería
sino un cuentito
más.
Asia, Medio Oriente,
Rusia, China, la
India,
Latinoamérica, etc.,
comenzaron a romper
el bloqueo y a
equilibrar en
grandes números, el
poder económico y
cultural de las
potencias
industriales y
tecnológicas.
El intento
crecientemente
desesperado de
mantener ese bloqueo
hasta sus últimas
consecuencias, es el
escenario que nos ha
tocado vivir y
presenciar en estos
últimos cincuenta
años. No está demás
tomar en cuenta que
nos ha exigido
cincuenta años,
medio comenzar a
comprender las
raíces de esta
problemática, hasta
el punto en que
podamos empezar a
revertirla. Porque
una vez más,
comprender algo,
implica estar en
capacidad de
resolverlo.
Este retardo o
postergación de
cincuenta años para
reconocer el
acontecer que
alteraba nuestras
formas de vida, deja
en claro las
limitaciones de una
conciencia referida
a sus hábitos y
creencias locales,
para comprender los
frutos de una
experiencia y
conocimiento que se
revolucionan,
globalizando las
posibilidades de
acción
transformadora.
Dicho de otro modo,
deja en claro las
dificultades de una
conciencia referida
a las partes, a una
economía de hábitos
localizados, lenta y
pobre en cambios;
para comprender una
dinámica orgánica,
global, de la
totalidad de
relaciones
aceleradas e
intensificadas entre
esas partes. Deja en
claro que por mucho
que abramos los ojos
y todos nuestros
sentidos, no podemos
de todos modos
comprender lo que
está ante nuestras
narices.
Y no podemos
comprenderlo por la
simple razón de que
una mirada es
resultante activa de
la organización de
la conciencia. Y no
es la misma por
tanto, la mirada de
la conciencia que
conoce, que la de
aquella que ignora.
Y repetimos hasta el
cansancio, conocer
es resolver
activamente, ignorar
es quedar
pasivamente a merced
de los
acontecimientos.
No en vano tenemos
aún gran parte de la
población mundial en
un estado tal de
ignorancia, de
analfabetismo
tecnológico, que
hace posible que los
medios de
comunicación, en su
gran mayoría en
manos del capital
corporativo y
trasnacional,
jueguen con su
reactividad de
hábitos y creencias,
haciéndoles “ver” lo
que desean, para
manipular sus
conductas en la
dirección de su
intereses.
Este tipo de
conocimiento es muy
diferente al que
propicia la
experiencia directa,
inmediata, sus
sentidos, sus
conductas. Creo que
nadie confunde la
formación mental y
la posibilidad
operativa de un
universitario, con
la de los diferentes
grados de
analfabetismo. Por
tanto allí tenemos
una enorme brecha y
limitación de la
resolución de
nuestras
problemáticas.
La misión Mercal,
ahora ampliada al
doble con PDVAL,
distribuye en
diferentes
modalidades unas
trescientas mil
toneladas mensuales
de alimentos a
precios regulados,
aproximadamente un
30% del consumo
total. Ahora, frente
al sabotaje de
desabastecimiento,
la corrupción y las
grandes colas que se
forman, se van a
dirigir esos
alimentos para que
los administren
directamente los
Consejos Comunales,
(PDValitos),
intentando su
regularización.
Mediante una
operación llamada
Patria Soberana, en
la que participan
conjuntamente
guardia nacional y
ejército, en una
semana se han
recuperado cinco mil
toneladas de
contrabando de
alimentos en las
poblaciones
fronterizas con
Colombia, que
representan más del
consumo de un año de
esas poblaciones, y
se han distribuido
al pueblo a lo largo
y ancho del país.
Pero si los
participantes no
comprenden la raíz
de la problemática a
la que se intenta
neutralizar y
corregir, si no se
reconocen los
principales sujetos
afectados a quienes
se dirige todo ese
chantaje; pues sus
hábitos y creencias
no harán más que
reproducir desde
dentro de tal
organización la
misma problemática.
Si no lo
comprendemos así, no
haremos sino buscar
culpables donde solo
hay ceguera, falta
de información y
automatismos
heredados.
Necesitamos entonces
una misión Milagro
2, donde los que
tenemos ya la
capacidad de
comprender y
resolver todas estas
cosas, no caigamos
en los hábitos de
buscar fantasmas
donde solo hay
ignorancia suicida,
que atenta contra su
propios intereses y
necesidades.
Necesitamos
participar activa y
pacientemente en la
corrección de estas
herencias
retrógradas, en la
extirpación de estas
cataratas y miopías
congénitas,
comprendiendo que
nuestras
circunstancias
particulares nos
brindan la
oportunidad
histórica, inédita,
de reconocer y
corregir en los
hechos los hábitos y
creencias de una
etapa ya superada.
Y que para todo esto
no es suficiente el
discurso moral ni el
salón de clases,
solo se puede hacer
en el ejercicio
práctico de la vida,
equivocándose,
reconociéndolo y
corrigiendo. También
aquí se necesita la
solidaridad activa,
hija de la
comprensión, de la
conciencia
evolucionada y
activa, despierta de
su sueño del tiempo,
de la espera y
postergación
resultante de las
creencias de que eso
sucederá o alguien
lo hará.
No será así.
Nosotros tenemos la
responsabilidad de
hacerlo, lo estamos
haciendo, y tenemos
que hacernos
concientes y
sentirnos honrados y
orgullosos de ello,
porque somos
libertadores de la
ceguera de la
ignorancia a que
fueron sometidos
nuestros pueblos.
Intentaré pintar dos
contraimágenes, que
tal vez nos permitan
acercarnos un poco a
las circunstancias
sicológicas que
enfrentamos e
intentamos superar.
Porque por enésima
vez, si no las
reconocemos, no
pasaremos del
intento, no
llegaremos a su
concreción.
A medida que el
tiempo o mejor dicho
la fuerza, la
velocidad de los
hechos se acelera,
crece en nosotros la
sensación de que hay
que acumular bienes,
dinero, prestigio,
lo más rápido
posible. Pasando por
sobre lo que se
atraviese en el
camino sin muchas
consideraciones,
dando lo menos
posible a cambio de
lo más, corriendo
cada vez a mayor
velocidad hacia no
se sabe muy bien
donde, empujados por
la sensación de que
el tiempo se acorta.
Para una
sensibilidad
alterada que así se
piensa, ve y actúa,
no hay patria, ni
siquiera madre o
familia. No tiene
mucho sentido
entonces hablarle de
solidaridad, pues en
el mejor de los
casos puede entender
obras de caridad
ocasionales para
lavar su culpa y
ganar prestigio, tal
vez pasajes directos
al cielo que el
Vaticano venda como
cualquier otro
producto del
mercado.
Como contraparte
recuerdo un pps. que
me enviaron hace un
tiempo. En una
carrera olímpica un
minusválido se cae.
Otro de ellos lo ve
y tras pensarlo un
momento se detiene y
vuelve al lugar de
la caída,
invitándolo
cariñosamente a
levantarse y
continuar. Poco a
poco todos los
participantes se
detienen y van
volviendo al lugar
en que esa escena
transcurre.
Finalmente se toman
de las manos y
abrazan, caminando
todos alegremente y
sin prisas hacia la
meta, entre los
víctores y lágrimas
de la concurrencia
conmovida.
Si no reconocemos
ese trasfondo
sensible alterado,
que convierte a la
vida en una tensa y
urgida carrera
contra el tiempo, de
interminables
obstáculos que se
multiplican sin
cesar. Tampoco
aceptaremos
renunciar a toda una
vida de preparación
y supuestos logros
para llegar a una
imposible e
inexistente meta que
solo existe en
nuestra imaginación.
Ni comprenderemos
que para vencer esa
sensación
vertiginosa y
escalofriante del
tiempo que se agota,
hemos de aceptar la
derrota de un sueño
que nos conduce al
sacrificio de la
especie y su
hábitat.
Porque en lugar de
convertir la
revolución
tecnológica, logro
de toda la especie,
en la esperada
mejora de calidad de
vida, la convertimos
en una meta personal
de acumulación de
bienes, dinero y
prestigio, en un
juego violento y
estúpido en el que
solo unos pocos
podían triunfar y
ninguno sentirnos
realmente
satisfechos, felices
y en paz.
En este paisaje
tenso e inhóspito en
que hemos convertido
al mundo, la
solidaridad no
encuentra espacios
donde anidar y venir
a ser, a expresarse.
Así que tal vez
fuese conveniente
que tomásemos
ejemplo de nuestros
hermanos
minusválidos, y
renunciando a llegar
primeros a la meta,
dejemos morir el
sueño egocéntrico y
volvamos al
principio, a la
sencillez y
humildad.
Solo esa sencillez,
humildad y
solidaridad pueden
vencer a la tiránica
sensación del tiempo
que se agota. Volver
al principio y
corrigiendo el error
de la ignorancia,
tomarnos todos de
las manos, y entre
alegres risas
caminar al ritmo de
la amable calidez
del acompañarnos.
Entonces tal vez
podamos acudir
juntos al velatorio
del tiempo, y de los
egos que se creían a
él sometidos, para
recomenzar libres,
aliviados de todo
ese innecesario
peso, gravedad.
Quiero terminar
citando una cara del
tema en el que me
parece que debemos
cavar mucho más aún,
camino de sus
profundas raíces.
Estamos en tiempos
de aceleración, de
intensidad. Eso se
siente, eso es
anímico, emocional.
Por eso asistimos a
climas de temor y
violencia
generalizados. Pero
también al renacer
de lo heroico.
En estas coyunturas
históricas, en estos
grandes ciclos que
también tienden a
acelerarse, por muy
diferentes que sean
en apariencia las
circunstancias de
cada época, se
repiten sin embargo
síntomas y
respuestas comunes
de la humanidad. No
me lo crean,
infórmense.
Estamos asistiendo
al renacimiento del
sentimiento
religioso, sus
dioses, sus grandes
hombres y las
misiones a las que
guían a sus pueblos.
Predominan las
fuerzas de la fe, el
dar y el futuro. Son
épocas de síntesis
histórica, en las
que se forja el
corazón de una nueva
civilización en
medio de otra que
muere entregando sus
energías y sueños,
sus anhelos y
esfuerzos.
No es fácil para una
etapa de vitalidad
difusa e ideologías
impotentes que
camina hacia su fin,
desembarazarse de
sus telarañas
mentales y abrir su
corazón libre de
temores, a la
luminosidad e
intensidad de un
nuevo sol que ya
siente pero no sabe
dónde ubicar, como
interpretar.
No es fácil
reconocer el alcance
de cada sentimiento,
pensamiento y acción
de dependencia. Más
sencillo que madurar
emocionalmente es
culpar de ser
manipulado y pedir
que dejen de
imponernos reglas.
No tan fácil ya,
resulta asumir
responsabilidades y
consecuencias de
nuestras conductas,
decidiendo asumir el
riesgo completo de
vivir la propia
vida.
Sin embargo, de ello
depende que las
fuerzas que la
historia libera,
entrega al mundo,
sean direccionadas
hacia la
solidaridad, la
justicia y la paz,
para construir ese
mundo posible que
presentimos y tanto
anhelamos. En un
mundo humano,
intencional, de
libre elección, del
desarrollo de la
conciencia
conectada,
reconciliada con su
sensibilidad,
depende el que esas
fuerzas no sean
nueva y erróneamente
enfrentadas,
desviándolas hacia
la violencia.
Esa es la tarea
esencial, la lucha
por las imágenes que
han de
direccionarnos hacia
el futuro elegido,
simultáneamente con
las instituciones
que posibiliten una
cada vez mayor
cantidad de libertad
de elección, es
decir una democracia
cada vez más
participativa y
protagónica. Todo lo
contrario de un
Hitler que le decía
a su pueblo que
continuaran siendo
niños, que le
dejaran a él todas
las preocupaciones,
que como un buen
padre o patriarca se
ocuparía de todo.
El ejercicio de la
libertad de elección
es el único que
genera y alimenta
conciencia,
posibilitando un
nuevo paso
evolutivo.
Ocupémonos de
posibilitarlo sin
temor a que los
demás cometan
errores en su
necesario
aprendizaje. Nos
liberamos liberando
y en esto no hay
términos
intermedios.
O soltamos temerosas
cadenas y dejamos de
controlar a los
demás, o viviremos
en una sociedad de
tontas e
interminables
dependencias, en que
preferimos continuar
soñando eternamente
a dar el paso
liberador. En pocas
y claras imágenes,
tiempos de tripas
cabezonas y
solitarias o de
corazones
compañeros. De
asfixiantes rutinas
o de nuevas y más
ricas aventuras
cuyas sutiles
fragancias respirar
gozosamente.
La más temible,
sutil y
desapercibida, pero
también
aleccionadora
función que cumplen
hoy los medios de
comunicación, es la
de convencernos de
que somos impotentes
para vencer las
fuerzas atávicas de
la violencia y la
guerra, es decir
para cambiar el
mundo.
Cuando toda la
historia es la
confirmación de lo
contrario, el
testimonio del
cambio sin fin desde
las cavernas hasta
el cambio de
nosotros mismos y el
principio de la
historia
verdaderamente
humana. La confianza
y certeza en el
poder incontenible
de nuestras fuerzas
y capacidades, ha de
ser por tanto su
despertar definitivo
y la derrota de la
cultura del temor y
la violencia. |