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"Hemos venido aquí a
servir a Dios y al
Rey, y también a
hacernos ricos"
Bernal Díaz del
Castillo
Guatemala, siglo XVI
Hace 515 años el
grito que profería
Rodrigo de Triana la
madrugada de un 12
de octubre desde su
puesto de vigía en
la Pinta informando
de la tierra
avistada, cambiaría
dramáticamente el
curso de la
historia. Sus
repercusiones siguen
estando presentes:
son, sin más, el
cimiento de nuestro
mundo actual.
Más de cinco siglos
han pasado desde
aquel entonces, y la
deuda pendiente no
parece llegar a su
fin. En un sentido,
esa deuda es
impagable. ¿Por qué?
El "descubrimiento"
de América –dicho
desde una lectura
interesada de la
historia–, o lo que
con más precisión
podemos llamar "el
inicio del mundo
moderno
capitalista", es un
hecho de una
trascendencia sin
par: inaugura un
escenario novedoso
que sienta las bases
para la
universalización de
la cultura del
imperio dominante,
ya a escala
planetaria en aquel
entonces, mucho más
solidificado en la
actualidad, cinco
siglos después. El
imperio dominante
era el incipiente
–pero ya
avasallador–
capitalismo europeo:
modo de vida
occidental, podría
llamarse ahora, o
libre empresa, o
economía de mercado.
La llegada de los
europeos a tierra
americana y su
posterior conquista
fue la savia vital
que alimentó su
expansión.
Estas circunstancias
de la historia
colocan ese
encuentro de
civilizaciones en la
perspectiva de una
relación absoluta y
radicalmente
desigual; en
términos estrictos
fue más que un
"encuentro": fue el
sojuzgamiento de una
sobre otra. Fue, en
principio, una
invasión militar,
seguida luego de un
avasallamiento
cultural. Hubo
vencedores y
vencidos, sin lugar
a dudas, por lo que
la idea de
"encuentro" es
demasiado débil,
ingenua en el mejor
de los casos. O
hipócrita. El 12 de
octubre marca la
irrupción violenta
de la avidez europea
en el mundo,
llevándose por
delante –religión
católica mediante–
toda forma de
resistencia que se
le opusiera, y
haciendo de su
cultura la única
válida y legítima.
En tal sentido,
entonces, lo que se
produce en ese
lejano 1492 es, con
más exactitud, un
encontronazo. Por
cierto, salen
mejores parados del
mismo los que
detentaban la más
desarrollada
tecnología militar.
Y para el caso,
fueron los
españoles.
Han pasado 514 años
desde aquel grito, y
ningún habitante
originario del
continente americano
se siente
"descubierto". En
realidad no hay nada
que festejar el 12
de octubre, no hay
"día de la raza" o
"día de la
hispanidad" que
venga a cuento. Hay
una historia forjada
a sangre y fuego,
sigue habiendo una
herida abierta, y
fundamentalmente hay
una deuda no
saldada.
Por otro lado: ¿qué
"raza"? La historia
la escriben los que
ganan, por lo que
ese encontronazo de
civilizaciones fue
contado por los
vencedores –los
españoles, para el
caso– en la forma de
"hazaña", de "gesta
gloriosa".
Seguramente los
pueblos americanos
no tienen la misma
versión. No digamos
la población negra
de África, que más
tarde fue
transplantada al
continente
"descubierto" como
mano de obra
esclava. ¿Cuál es la
proeza en todo ello?
Si a alguien
benefició todo esto,
seguro que no fue ni
a los africanos ni a
los americanos.
Mucho tiempo ha
pasado desde la
llegada de los
europeos al "Nuevo
Mundo"; la historia
siguió su paso, y de
aquel momento
inaugural del
capitalismo hoy
tenemos un Norte
desarrollado,
opulento, y un Sur
que se debate en la
pobreza y la
dependencia. Por
cierto que mucho ha
cambiado el mundo en
estos más de cinco
siglos. Que "la
rueda de la historia
haya avanzado" es
una cuestión abierta
que llama a la
discusión; para las
grandes
civilizaciones como
la inca, la azteca,
la maya, no parece
que este
"descubrimiento"
haya tenido grandes
beneficios. Para el
capitalismo europeo,
fue su acumulación
originaria, su
empuje inicial.
Hoy, 514 años
después del grito
que comenzaba a
cambiar la historia,
los pueblos
americanos (hay
quien los llama
"precolombinos"), no
se han recuperado
aún del trauma que
significó la llegada
"del hombre blanco";
de grandes
civilizaciones, tan
o más desarrollados
que los europeos,
pasaron a ser mano
de obra casi
esclava,
destruyéndoseles
buena parte de su
rico acervo
cultural.
¿Se puede limpiar
esa afrenta?
La historia siguió
su curso; la
historia oficial,
aquella que cuentan
los ganadores,
intentó borrar esas
grandes culturas
transformando a sus
miembros en
ciudadanos de países
inventados en estos
últimos siglos: los
incas pasaron a ser
peruanos, los mayas
guatemaltecos, los
aymarás bolivianos,
los aztecas
mexicanos, etc. Las
tierras saqueadas en
la conquista, los
recursos robados y
enviados a España
–que terminaron
enriqueciendo a la
emergente industria
europea–, los miles
y miles de vidas de
amerindios segadas,
la humillación a que
se sometió a los
pueblos americanos,
la postración
histórica a la que
se les condenó y de
la que hoy, como
Tercer Mundo, cuesta
tanto remontar… ¿se
puede resarcir?
¿Quién lo va a
pagar? ¿Cómo? La
entrega del Premio
Nóbel de la Paz a la
dirigente
maya-quiché
Rigoberta Menchú el
día del 500
aniversario del
inicio de la
conquista es un buen
gesto, pero no
basta.
El 12 de octubre,
más que día de
festejo (¿qué
festejar?) debería
ser un día de
vergüenza humana. |