Javier Arrue
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Javier Arrue

Insertado 03/06/2006

“Porque me moría de frío, y me dieron calor con su petróleo” (Mt. 25,35)

Hay viejitos abandonados en Nueva York o en Londres, tan pobres y más que nuestros pobres, que no tienen con qué pagar la calefacción durante el invierno, y se mueren de frío.

Hay quienes critican, y gritan a los cuatro vientos, que estamos regalando el petróleo. ¡Qué tristeza dan, y qué vergüenza!, porque esconden su egoísmo, con un falso patriotismo, diciendo que es malo ayudar con nuestro petróleo a los indigentes que mueren a mengua en países ricos, porque primero hay que velar por el bienestar de nuestro pueblo. ¡Hace falta tener cinismo!, y se rasgan las vestiduras, como los fariseos, poniendo cara compungida, como si les dolieran las necesidades de nuestro pueblo, que ellos ignoraron durante siglos. “Malditos, váyanse al infierno, porque estaba desnudo y no me vistieron” (Mt. 25,41)

“Porque tuve hambre, y me dieron de comer” (Mt. 25,41)

En países de América, cerquita de nosotros, hay madres que no tienen con qué alimentar  a sus hijos, y padres sin trabajo que ven morir a mengua a sus familias, y, en lugar de ayudarlos, a unos los invaden y a otros los cercan y trancan con muros de concreto electrificado, para que no puedan buscar auxilio y mantener a los suyos. Pero, la política solidaria del Presidente de Venezuela, sí busca colaborar y utilizar el petróleo, no para dominar, sino para integrar a los pueblos con un comercio justo y una economía solidaria: Como los convenios firmados con Asociaciones de Alcaldías de varios países, con lo que se logra abaratar el precio de los combustibles a comunidades muy golpeadas, rompiendo el cerco de los intermediarios.

Hay países, mucho más ricos que Venezuela, como los Estados Unidos de Norteamérica, que aprovechan su desarrollo económico y financiero, y su poderío militar y tecnológico, no para ayudar a otros más necesitados, sino para dominar y controlar los recursos naturales de países más débiles y empobrecidos, disfrazando su rapiña con Tratados de Libre Comercio (TLC), que mejor debieran llamarse de “libre saqueo”, porque es igual que poner a pelear niños de pecho contra luchadores de Sumo, con ciento cincuenta kilos de peso, argumentando que la libertad es lo mejor para todos. Ellos sí regalan dinero para matar gente con el Plan Colombia, o trafican drogas y las cambian por bombas y fusiles, para armar la Contra y desestabilizar un gobierno democrático.

Uno entiende por qué nos critican gobiernos extranjeros en manos de grandes corporaciones transnacionales, que no tienen otro horizonte que la acumulación de capitales especulativos, y que se sienten llamados por el mismísimo Dios para cumplir un “destino manifiesto” que les permitirá llenar de dolor el mundo entero al extender por toda la tierra su poder hegemónico, y, claro, ven con preocupación que surgen alianzas de países débiles y pequeños que se fortalecen al sumar sus potencialidades y al compartir fraternalmente sus carencias; los amos del mundo ven en peligro sus privilegios indiscutibles, defendidos a punta de cañones, porque contemplan incrédulos que cuaja la multipolaridad internacional, y se favorecen las relaciones justas entre todos los pueblos del mundo al compartir un destino común, la de comportarse fraternalmente los unos con los otros, como lo señala el Artículo Primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948).

Pero, lo inaudito y triste, es ¿cómo entender que haya dirigentes políticos venezolanos que reniegan de la solidaridad con otros pueblos en situaciones dramáticas, y les duele más su bolsillo que el dolor ajeno? No les tembló el pulso, ni les dolía su alma farisaica cuando lograron bajar el precio del petróleo a siete dólares el barril, ¡¡7$!!, para poder vender PDVSA a precio de gallina flaca a transnacionales que habían mangoneado nuestro petróleo durante más de cien años. Nunca tuvieron compasión con una población que crecía marginada y excluida, y que ahora, que vive con esperanza,  invocan y pretenden engañar. Siguen despreciando a nuestros hombres y mujeres, y siguen sin entender que no existe fortaleza más inexpugnable que el desprendimiento y la generosidad de nuestro pueblo más humilde, que de siempre entendió el mandato de Dios, de querernos como hermanos para lograr nuestra liberación, y ello pasa por compartir nuestras riquezas con otros pueblos también, y que la verdadera felicidad está encerrada en un principio, tan sencillo como incomprensible para los egoístas, que es que no hay mayor testimonio de amor que dar la vida por los demás.

       “Porque me quedé ciego y sin esperanza, y con la Misión Milagro me devolvieron la risa y la vista también” (Mt. 25,35).

¿Qué quieren decir estos egoístas desagradecidos cuando reniegan y se llenan de odio, porque utilizamos nuestro petróleo, a 70 dólares el barril, para aliviar las necesidades  de pueblos que no tienen con qué, y siguen mintiendo cuando claman que ellos sí se encargarán de curar todos los males de nuestro pueblo? Mienten, una y mil veces mienten, porque ellos sí estaban regalando nuestro petróleo, pero no a otros pueblos pobres, sino a las transnacionales, y vendieron la soberanía de nuestra Patria y el futuro de nuestros hijos. Estos hipócritas, ahora generosos y sensibles compatriotas, ¿por qué no explican que en los Convenios Operativos firmados con empresas extranjeras, Venezuela llegó a pagar para que se llevaran nuestro petróleo, y a pagarles más a las transnacionales cuanto más petróleo se llevaran? ¡Hasta el 31 de diciembre del 2005!, Venezuela siguió pagando incentivos a las empresas extranjeras, por ¡más de dos millones de dólares diarios! (2.000.000,00 $). Cuando el Cristo señalaba que los hijos de las tinieblas eran más astutos que los hijos de la luz, nos dio un buen consejo para corregir esa desventaja: “Aprovechen el maldito dinero para hacerse amigos, para cuando se acabe” (Lc. 16,9).

“Porque un huracán me dejó sin casa, y de lejos vino el Ejército Venezolano a construirme una” (Mt. 25,35).

Un caso más, pero emblemático, es el de El Salvador, que quedó arrasado por un huracán y fuimos a colaborar en una zona que había quedado totalmente destruida. Nuestro ejército, manteniendo su secular tradición libertadora, no fue a conquistar tierras ni riquezas, sino a colaborar con humildad en la construcción de unas cuantas casas. Y el gobierno de turno, plegado a las directrices del Departamento de Estado, exigió que nuestras Fuerzas Armadas, compuesta por ingenieros y técnicos en construcción,  se retiraran de El Salvador sin haber concluido las viviendas. Pero fue tal el clamor e indignación de un pueblo agradecido, que no permitieron el cumplimiento de esa orden, hasta que se culminó la construcción de todas las casas programadas. Nuestra revolución llega para todos los necesitados del mundo, y, en definitiva, con nuestro petróleo hacemos lo que nos da nuestra revolucionaria gana.

Javier Arrúe, Mayo 2006

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