Pinochet, el
sádico que apagó la
primavera
Hoy es un día triste
para la historia de
Chile y de la
justicia chilena. El
más grande criminal
en la historia del
país y quizás de
toda América Latina,
Augusto Pinochet
Ugarte, se murió en
su cama. Para los
3.500 desaparecidos,
las decenas de miles
de torturados, para
el medio millón de
exiliados, nunca
habrá justicia.
En un sobresalto de
dignidad el gobierno
concertacionista,
que lo discutió
durante tiempo
dividiéndose,
anunció que no habrá
duelo nacional ni
funeral de estado.
Con lo que pasa en
Chile en 2006, hasta
uno queda
sorprendido por la
buena noticia.
Pinochet el sádico,
el que ordenaba
torturar insertando
ratones en las
vaginas de las
presas políticas ha
muerto en su cama
sin haber estado ni
una hora en la
cárcel.
Pinochet el traidor,
que se fingió fiel
al Presidente
Salvador Allende
hasta el último
instante, murió con
algún obispo que le
impartía los
sacramentos.
Pinochet el ladrón,
quizás sólo
Francisco Franco y
Ferdinando Marcos
robaron como él, que
hacía girar en más
de cien cuentas
corrientes
estadounidenses los
cientos de millones
que había robado al
erario, ha muerto en
el lujo.
Pinochet el
hipócrita, que
devolvió Chile a la
edad media, ha
muerto velado por
sus tres hijas, las
que, ya madres y
abuelas, obtuvieron
seis anulaciones por
la complaciente
Sacra rota.
Pinochet el títere,
maniobrado por Henry
Kissinger (digno
compadre que también
morirá en su cama),
de la CIA, de
Anaconda e ITT (hoy
AT&T) como un
muñeco, para evitar
la justicia, murió
haciéndose pasar por
demente.
Hasta el más inmundo
de los dictadores,
hasta Adolf Hitler,
tenía un proyecto,
por aberrante que
fuera. Pinochet no.
Pinochet sólo quería
apagar la primavera.
Odiaba el florecer
del Chile de la
Unidad Popular y
consideraba a si
mismo el tutor del
orden en nombre de
aquellas 50 familias
que todavía hoy se
consideran y son
dueñas del país más
clasista del mundo.
Y la sofocó, la
primavera. Pinochet,
Pin8, muere como
triunfador, nadie se
ilusione. Cumplió
con su papel de
títere. Chile es hoy
una isla remota
rodeada por los
Andes, el Polo Sur,
el Pacífico y el
desierto, el único
rincón del
continente
impermeable a la
nueva primavera
latinoamericana. Un
ejercito
hipertrófico,
modernísimo,
agresivo, continúa
siendo el tutor del
orden para las
mismas aristocracias
de siempre, de
Portales a Manuel
Montt a Pinochet.
Ningún diputado a la
izquierda de la
Concertación será
elegido con la ley
elector escrita por
el dictador para la
democracia
autoritaria que le
sucedió y que el
gobierno no piensa
cambiar. El
centroizquierda más
“moderno” del mundo
completó en estos 17
años la obra y
rindió eterna la
imposición del
modelo, para el cual
Pinochet llamó los
Chicago Boys, los
tecnócratas
neoliberales. Estos,
como en el libro de
Primo Levi,
eligieron uno a uno
“los sumergidos y
los salvados”. Desde
el campo de
concentración que
era Chile con
Pinochet, la mitad
de la población (la
que creía en la
primavera) fue
sumergida en la
precariedad para que
la otra mitad, la
que hoy llora
Pinochet, pudiera
seguir viviendo en
el lujo.
Se murió Pinochet,
el sádico que apagó
la primavera. Que el
infierno no le sea
leve.
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