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La
Grecia antigua giraba en torno a ideas; el período medieval, de la fe; el
moderno, en las posibilidades (que hoy sabemos exageradas) de la razón.
Hoy el paradigma es el mercado. "Consumo, luego existo". Se vive para
aumentar la ganancia. El dinero se ha convertido en algo más que un
símbolo del valor de la mercancía o mediador en las relaciones de trueque.
Impregnado de fetiche, como observó Marx, es el nuevo ídolo venerado,
solemnemente guardado en el sagrario del sistema bancario y a cuya honra
son sacrificados valores como la ética, el respeto a las leyes y hasta las
vidas humanas.
- por Frei
Betto
- Insertado
30/06/2006
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Quien lo posee se siente
introducido en el paraíso terrestre. Quien sufre para obtenerlo, se siente
en el purgatorio. Y quien carece de él, en el infierno, marginado por la
pobreza y condenado al papel de los que padecen bajo el peso sísifo de las
deudas.
No es fácil para la
familia, la escuela y la religión el inculcar en niños y jóvenes valores
éticos en una sociedad que da culto al dinero y a quien lo ostenta. Las
instituciones que lo administran -bancos y bolsas de valores- son
catedrales estilizadas, cuyas capillas se desparraman por la ciudad
mediante una red de agencias. No se ingresa en ellas si no es poseído por
aquella compunción de penitente rumbo al santuario, con la esperanza de
bendiciones y curaciones.
La puerta es estrecha,
como la de toda senda que lleva a la salvación y a la riqueza.
Omnipresente, el ojo electrónico de la divinidad monetaria vigila cada uno
de nuestros pasos y gestos. Una vez allá dentro hay que soportar la fila
con la devoción de quien saldará sus deudas, compensado por el alivio de
quien purga sus pecados, hace ofrendas a Mammón o espera el milagro de ser
beneficiado con créditos y préstamos. Y el ritual exige, naturalmente,
estar al día con el diezmo y las tasas de los bancos.
Los medios de
comunicación exaltan a quien es favorecido por las bendiciones de la
fortuna. Y excluye a la turba anónima condenada a la pobreza. Lo que trae
el dinero no es sólo el poder mágico de amasar bienes, confort, seguridad
y prestigio. Es, sobre todo, poder, la propiedad de imponer su voluntad a
los demás. Gente como Bill Gates, que posee millones de dólares imposibles
de ser usufructuados aunque volviera durante varias reencarnaciones, no
amontonan semejante fortuna por mera avaricia, sino porque lo vuelven más
poderoso.
La riqueza sustituye hoy
a la sangre azul. Antes la nobleza ocupaba la punta de la pirámide social.
Ser monarca era cuestión de destino dinástico: se nacía noble. Hoy es el
dinero quien entroniza a la persona en el poder y, traspasado de
generación en generación, asegura un linaje noble. Basta una oscilación de
la Bolsa para derribar reyes y coronar plebeyos. Cualquier arribista sin
carácter puede brillar en la sociedad desde el momento en que tiene
dinero. "El dinero es el nervio de la vida en una República y quienes aman
el dinero constituyen las bases incluso de la República misma", decía ya
Poggio Bracciolini en 14287 ("De la avaricia y del lujo").
Este paradigma del
mercado, asociado a la apropiación privada de la riqueza, hace que se
hable tanto de negocios. Se olvida que el vocablo tiene el sufijo ’ocio’,
como indicando no ser saludable el cuidar tanto los negocios sin reservar
tiempo para la convivencia familiar, el descanso, el entretenimiento, las
amistades y el perfeccionamiento de la vida espiritual.
Sabios ellos, nuestros
abuelos consultaban la Biblia al comenzar el día. Sus hijos, el parte
metereológico. Hoy se consultan los índices del mercado financiero. La
salud personal parece depender más de las aplicaciones rentables que de la
disposición física, mental y espiritual. Y la relación con el dinero
delimita las relaciones sociales: quien lo tiene se rodea de sus iguales y
se aparta de quien lo perdió o nunca lo tuvo. Quebrar implica perder
prestigio y amistades. Estar endeudado es, ante los ojos de los demás,
haber contraído una enfermedad contagiosa.
Como decía el profesor
Milton Santos, no hay un futuro agraciado para una sociedad que cambia los
bienes infinitos por los finitos. ¿Cómo enseñar en casa, a las nuevas
generaciones, valores que no sean aquellos de los que alardean los
operadores de los valores regidos por la Bolsa?
Frei Betto,
Escritor, 22/06/2006, Alainet |