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Las dos caras de la
Nieve
"La
nieve no es más que
la lluvia con
vestido de novia"
Novia que mueve su
vestidura, sus
pliegues, sus pechos
de mármol, su cola
de luz cristalizada
sobre los bosques,
sobre el cemento,
sobre los campos,
sobre pecadores y
santos sin
distinción.
El
beso entre el cielo
y la tierra se hace
más largo, se siente
más a flor y pétalo
de piel.
Hay tantas maneras
de nevar, como
formas de llorar.
La
tierra se enfría
preparando el lecho
transitorio donde
caerán las plumas de
ganso arrancadas por
el viento.
Una
voz helada va
repartiendo vahos
como panes sobre las
bocas que ya saben
del rito ancestral
que vendrá, el frío
va repartiendo
entradas, va
ordenando las hojas
de los árboles en
todas las
direcciones, en
cualquier momento se
abrirá un inmenso
telón albino que
será el fondo que
enfundará las
alturas en un
concierto de cal
celestial.
Como
sábana social
secular y sagrada
que se extiende por
sobre todas las
cabezas llenas de
ambición y los va
volviendo buenos a
todos. Y es que las
rosas heladas que
besan las manos, que
besan los rostros
curtidos van
ablandando el dolor,
van humectando el
desierto de los
ojos, los copos son
papel picado de una
inocente fiesta
invernal.
Y
los niños son más
niños que nunca, y
la nieve, justa y
sabia no discrimina
a ninguno y va
repartiendo helados
en las manos
extendidas de todos
los infantes. Y la
nieve hace que esos
niños miren
maravillados hacia
el cielo, mientras
los hombres miran
dentro de sus
propios infiernos.
Las
palomas confirman
las leyendas
contadas por sus
hermanos más lejanos
y se esconden y
cobijan en las
viejas catedrales y
rezan al son de las
campanas que van
tañendo calladas el
paso de penitentes y
caminantes.
Ni
dos ojos son
iguales, ni dos
copos de nieve. Dos
partículas
inmarcesibles y
únicas se saludan,
dos mundos pequeños
se funden bajo el
fuego de un segundo.
El
cristal helado se
refleja en los ojos,
el ojo atento y
expectante se
refleja sobre la
pupila de la nieve y
un solo espejo
genera, produce y
forja imágenes
paganas que se
duermen en la retina
de la memoria.,
imágenes paganas que
se transforman en
ángeles de nieve, en
bolas de nieve, en
viejos con escobas,
zanahorias y
turbantes que
envejecen
derritiéndose lentos
y taciturnos.
La luna se apiada de
un campamento pobre
y comienza a
derramar pequeñas
gotas de leche desde
sus escondidas
ubres.
Los niños, los
viejos, los buenos y
los malos alzan sus
vasos, sus ollas
olvidadas, tiznadas,
y enlozadas hacia el
cielo.
Encumbran la cometa
de sus ilusiones y
esperanzas y de su
vida toda, en
dirección a las
nubes, como en una
liturgia popular y
sagrada.
Indiferentes las
nubes orinan agua
turbia y hollín de
modernidad sobre sus
cabezas suplicantes,
pero ellos insisten
y siguen mirando
hechizados hacia las
alturas como por
cada gota de leche
derramada, la luna
se va haciendo más y
más pequeña.
Como si una mano
generosa arrojara
granos de arroz
sobre familias
famélicas.
El hambre de unos
cuantos confunde
estúpidamente la
nieve con la leche y
cereales.
La miopía de los
estómagos vacíos se
confunde con la
inopia de lo básico.
Es
hermosa la nieve,
pero por un rato, su
efecto es pasajero y
no dura todo el
tiempo. Porque una
vez que se ha
diluido su conjuro
blanco, una vez que
esa mariposa albina
ha perdido sus alas
se transforma en
otra cosa si el
terreno esta minado
de erosiones
ambientales o de
lugares erróneos. Es
decir, si la cigüeña
del tiempo ha
entregado su encargo
en el lugar
equivocado.
La
ropa se inunda y
desborda de fracaso,
y entre impotente,
pobre y humilde,
poco y nada puede
hacer contra la
emperatriz de la
Nieve.
La
rosa de los vientos
clava y atraviesa
sus espinas a través
de la delgada tela
que cubre los
delgados cuerpos.
¿Qué puede hacer un
pobre y triste
chaleco contra el
señor de los hielos?
¿Qué
puede hacer un
resignado calzado en
contra de los
témpanos?
Las
calles sucias, las
hojas huérfanas
sobre el cemento,
las alcantarillas
siempre tapadas y en
reparaciones
pendientes, los
eternos hoyos como
muestras de promesas
electorales
quebrantadas, más la
tierra, el polvo y
la mugre presentes,
cocinan un pantano,
páramo inmenso a
fuego níveo lento
sobre los pies
descalzos de fríos
como este.
Despavorida corre la
gente a refugiarse a
los albergues, lo
que fue una sonrisa
incolora de
invierno, ahora se
convierte en mueca
siniestra, canino
colmillo que va
lacerando gargantas,
músculos y tendones,
que va congelando a
los que no tienen
casa, que va
decorando las calles
y las plazas de
muertos, pálidos,
azules y yertos..
Espolvoreando y
cerniendo limadura
de nubes fosilizadas
de hielo sobre los
campos, un extraño
almidón cubre, roe y
corroe los
pastizales, las
viñas y los huertos.
Porque cuando no es
el lugar ni el
momento adecuado la
nieve se transforma
en cocaína, en
heroína villana que
induce comas letales
sobre los campos,
durmiendo las
hortalizas, las
frutas, pastizales y
trigales para
siempre.
La
hoguera fluvial del
invierno arde y
quema la tierra.
Las
cosechas y las
fechas se trastornan
a tal punto que no
se sabe ni de los
días, ni de los
meses, ni de las
estaciones. El reloj
biológico terrestre
desnivelado de su
eje sagrado marca
horas extrañas y
datas inexistentes.
Y arroja latigazos
solares diarios
sobre los glaciares,
sopla nieve sobre
las palmeras, copos
de nieve sobre los
desiertos.
Y
una vez más, los
pobres son los que
más sufren. ¿Cuántos
copos de nieve
aguanta el techo de
una rancha? ¿Con
cuántos litros de
parafina se pasa
esta noche navideña?
¿Alcanzan las
frazadas? ¿Cuánto
dolor se esconde
detrás de esas
postales
instantáneas que
afloran por doquier?
Hombres de barro
pasean por las
calles, mujeres de
nieve abrazan a sus
hijos.
Gélidos coágulos
ahogados entre
barro, pobreza y
abandono.
Algo
que podría ser
simplemente bello,
la injusticia y la
estupidez lo vuelvo
horroroso.
Andrés Bianque |