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Si Noé hubiese vivido en Chile, el mensaje divino hubiese sido distinto y de un
plazo extremadamente corto.
No se necesitan cuarenta días ni cuarenta noches para anegar Chile. En sólo
cuarenta y ocho horas, las cosas se humedecen a tal punto que todo se torna de
un color líquido infernal.
En la década de los 80, mi padre, hombre robusto, fornido y de carácter
emprendedor tuvo una idea que prendió como libro ante Nazi, a pesar de tanta
agua a su alrededor.
Como a cinco cuadras de nuestra casa se ubica una de esas grandes arterias que
recorren Santiago.
Mi padre ideó una armadura indestructible, impermeable y al parecer, también
inexorable.
Tres bolsas de plástico negro, de aquellas que se usan para la basura, eran su
indumentaria.
Ensillado de plástico sobre el dorso, (con dos bolsas, había que ser precavido)
apertrechado de un par de botas de goma y un sugestivo gorro confeccionado
también con las bolsas de basura (Otorgándole un cierto aire de doctor de ríos
imprevistos o albañil de aguas torrentosas) se entregaba a la faena.
El asunto era simple, se ubicaba a la bajada de las paradas de buses y se
ofrecía a cruzar a los que bajaban hacia el otro extremo de la calle. Calle
inundada de piedras, ramas, hojas, mierda y basura. El color del agua, debo
decirlo, era del mismo color de aquellos que manejaban el país.
La gente le preguntaba ¿Y cómo piensa pasarme hasta el otro lado? Y el
respondía, sacándose su sombrerito de plástico. ¡Al hombro pue´, Dios mediante
soy bien agrerrio´!
No sé si la gente creía en su tono decidido o era la imagen inocente de mi padre
con su cara limpia chorreando lluvia en todo su semblante.
La gente aceptaba. Y ahí mi padre, con la increíble fuerza de la necesidad los
levantaba como a simples niños y los cruzaba hasta el otro extremo.
Yo lo esperaba en un lado de la calle cual fiel escudero, empuñando sólo un
añoso paraguas en una mano y en la otra un termo con tecito caliente.
Siempre perdí la cuenta a cuantos pasó, como si fuese un contrabandista de
fronteras.
Mi viejo, arriesgando su propia integridad, tragándose cualquier asomo de
orgullo.
Jamás vi que se le cayera un “pasajero” o pasantes o transeúntes o lo que fueran
aparte de seres humanos. Era ducho en el arte de transportar personas.
Hubo inviernos tan buenos que amparados en el prestigioso sistema liberal
imperante, fuimos expandiendo nuestras fronteras y recursos.
Mi padre se compró un triciclo, de esos grandes en los cuales cabe un canasto
completo de pan. Es decir, de pie, por lo menos tres personas cómodamente
paradas pueden viajar.
Y así fue, ahora pedaleaba con pierna firme por entre piedras y barro.
De a tres, hasta de a seis personas en un viaje y el triciclo se tambaleaba como
un barco de papel sobre un mar venido desde el cielo. |