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Andrés Cabanas entrevista Miguel Ángel Sandoval

Miguel Ángel Sandoval: “La izquierda guatemalteca tiene que demostrar de manera cotidiana su inserción social, su nivel de propuesta y su liderazgo” Una entrevista a Miguel Ángel Sandoval del 2006, que pero dice cosas muy actuales. en consideracion con el proceso de paz en Colombia. Leer>>

Andrés Cabanas, Revista Pueblos, LPG, Caracas, 10/06/2008

SERIE: GUATEMALA, A DIEZ AÑOS DE LOS ACUERDOS DE PAZ (1996 - 2006)

Martes 31 de octubre de 2006, por Andrés Cabanas

Activista social, periodista, analista político, integrante de la Comisión Político-Diplomática de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, URNG, hasta su salida en 1996 por “el autoritarismo de la Comandancia guerrillera y nuestra oposición a la firma del Acuerdo Socioeconómico”. Directo y franco, así es Miguel Ángel Sandoval y así, de manera clara y sincera, analiza la situación de Guatemala diez años después de la firma de los Acuerdos de Paz.

¿En qué contexto se produce tu salida de la Comisión Político Diplomática, seis meses antes de la firma de los Acuerdos de Paz?

Se produce por nuestra oposición al Acuerdo Socioeconómico, de mayo de 1996, que había perdido todos los contenidos negociados. Salimos todos los integrantes.

Eso implica que hubo cambio en la firma final del acuerdo con respecto a lo que se negoció en el proceso.

Por supuesto.

¿No había sucedido lo mismo con anterioridad?

Hubo problemas en 1994 con el Acuerdo por el que se crea la Comisión de Esclarecimiento Histórico, o Comisión de la Verdad. Después de negociar el documento hubo varios cambios inconsultos que limitaron la proyección del mismo. En ese momento logramos una negociación interna y fue posible retomar espacios para la negociación del Acuerdo de Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas, en 1995, espacio que perdimos totalmente en el Acuerdo Socioeconómico, provocando nuestra salida de la negociación y la disolución de la Comisión Político Diplomática.

Voy a anticipar una pregunta que pensaba hacerte al final de la entrevista y que es pertinente ahora a partir de las reflexiones anteriores. Hoy en el Frente Político y Social de Izquierdas vuelven a confluir actores separados, entre otras razones, por diferencias sobre la gestión de los Acuerdos de Paz. ¿Qué dificultades plantea esta confluencia?

Pienso que el punto de crisis mayor de la izquierda legalmente inscrita fue al momento de las elecciones de 2003. Los resultados fueron realmente desastrosos y eso junto a la emergencia de luchas sociales y liderazgos nuevos, hace que se creen las condiciones para una planteamiento sino de reencuentro, sí de alianzas indispensables. Yo formo parte de quienes luchamos por la idea de construir mayorías, si no las construyes no se te dan de regalo. Las mayorías hay que trabajarlas y eso supone flexibilidad, apertura, autocrítica y entender que no somos poseedores de la verdad absoluta y que hay diversidad de expresiones de izquierda.

La izquierda no tiene derechos de patente, como en el Tratado de Libre Comercio, sino que tiene que ir demostrando de manera cotidiana su inserción social, su nivel de propuesta, su liderazgo. El Frente Político Social se inscribe en la necesidad compartida de muchos sectores de contar con un norte, con un instrumento que permita hacer cosas.

Retomamos el balance de los Acuerdos de Paz. ¿Qué diferencias existen entre la Guatemala actual y la de 1996?

La diferencia más obvia es que se acabó la guerra y no hay represión por razones de naturaleza política, por lo menos no de manera sistemática. Ese es el principal cambio, la seguridad de que te acuestas a dormir y te despiertas en tu cama.

Se han abierto espacios políticos interesantes de organización a nivel nacional, infelizmente muy dispersos, pero eso no los hace menores. Pondría el ejemplo de algo que ni siquiera se vislumbró en el momento de la negociación y son las Consultas Populares en torno a la minería, una de las mayores y mejores expresiones de democracia participativa en el ámbito guatemalteco e incluso continental.

Además, hay pequeños espacios que se pueden pensar como avances, por ejemplo, el sistema de Consejos de Desarrollo. Hay un esfuerzo por parte de la gente de apropiarse de estos espacios, pero con el pecado original de trabajar sin recursos, por un lado, y por otro, lo poco que se hace se orienta hacia la gestión de obra física.

No mencionas avances económicos, sociales, en el desarrollo de los derechos de los pueblos indígenas...

En el año 2000 publiqué un libro, La paz precaria, que es un balance de tres años de vigencia de los Acuerdos y el resultado es dramático. Teníamos entonces sólo un 30% de cumplimiento, la mayoría en el capítulo cese del conflicto, inventarios de armas, inventarios de personal, reinserción, algunas comisiones negociadoras, de justicia, de reforma política, indígenas, que trabajaron bien pero sus conclusiones nunca fueron tomadas en cuenta.

Algunos de los éxitos mayores del proceso de paz se revirtieron. Hoy tenemos una Policía Nacional Civil que antes que confianza genera temor y un proceso de remilitarización ciudadana que no pensábamos que iba a producirse. Asistimos a un fracaso de la institucionalidad agraria. En términos económicos no hubo reforma tributaria globalmente progresiva y tampoco hubo 6% de tasa de crecimiento anual. No ha habido incremento sustantivo en el gasto social. No se cumplió con la reforma política, la reforma judicial, la nueva doctrina militar y por supuesto con el desarrollo de los derechos indígenas, que siguen siendo un documento engavetado.

Más que estancamiento, aludes a un estado de retroceso e involución.

Sobre todo desapareció del ambiente nacional el clima de la paz. Cualquier persona que venga al país después de estar fuera un tiempo no percibe un ambiente de paz y de construcción democrática. Más bien se percibe una recaída profunda en términos de desgaste institucional, vicios en un conjunto de procesos. Tuvimos hasta las elecciones pasadas, y con dificultad, un Tribunal Supremo Electoral con credibilidad, hoy no es el caso. La Corte de Constitucionalidad no ha funcionado, es una entelequia, sometida a la agenda política de quien los manda. El sistema de partidos políticos no termina de constituirse.

Creo que el sentido profundo de los Acuerdos en el terreno de la democratización no se ha percibido bien, sigue siendo una gran carencia la construcción del tejido social democrático.

¿Consideras posible una revitalización de los Acuerdos?

Tendría que haber una correlación de fuerzas diferente en el país y tendría que haber una izquierda con un desempeño interesante y un movimiento social menos disperso, porque eso cuenta mucho. Es decir, las fórmulas políticas que han gobernado no apuestan a los Acuerdos porque no hay quien los presione, de manera voluntaria y pensando en un país mejor difícilmente lo harán. Tiene que haber presión social y política para que se pueda retomar la agenda de la paz.

Iniciativas como el Plan Visión de País, impulsado por algunos líderes empresariales y sociales, ¿refuerzan o desvalorizan los Acuerdos de Paz?

Tratan de buscar una vía menos complicada. No es casual que temas torales queden fuera de esta iniciativa, particularmente la cuestión fiscal y la reforma agraria. Visión de País llega tarde, hubiese sido muy interesante que se promoviera antes de la firma de la paz. Hoy es un esfuerzo tardío por rescatar un país que se deshace.

Si nuestra apuesta en el momento de la negociación era viabilizar un país mejor, porque había condiciones y necesidades para hacerlo, hoy creo que la idea es evitar que el país se derrumbe. Hay un cambio importantísimo en estos dos procesos.

¿Visión de País permite al menos vislumbrar que hay un sector empresarial comprometido con un país incluyente?

Creo que hay sectores que quisieran apostar a la gobernabilidad, a que el país no se siga deteriorando, a encontrar situaciones menos injustas y por tanto menos explosivas, pero sin soluciones de fondo.

Se encuentran fórmulas para postergar y postergar, pero ni en lo agrario, ni en lo laboral, ni en lo ambiental, y aquí hago referencia a la minería, se han encontrado soluciones de fondo o al menos de mediano plazo. Todo es de emergencia, ver cómo se controla la situación, pero políticas públicas de alcance amplio no se han construido. Ese es el mayor déficit que tenemos como país.

Te pongo el ejemplo del tema fiscal. Se incrementó el Impuesto al Valor Agregado, IVA, del 7% al 10% y posteriormente al 12%. En el intermedio se puso el Impuesto a las Empresas Mercantiles y Agropecuarias, el IEMA, que se sustituyó por el Impuesto Extraordinario y Temporal de Apoyo a los Acuerdos de Paz, IETAP, el cual vence el año próximo. Es decir, hay parchecitos, pero no una reforma fiscal en sentido estricto.

Con los tratados comerciales, con la globalización, con la dependencia energética, la única variable económica que podemos trabajar de manera autónoma es la reforma tributaria, que sin embargo no se aborda.

Mencionaste la modificación de la correlación de fuerzas como reto fundamental para el cumplimiento de los Acuerdos. ¿Qué papel juegan mecanismos como la Ley Marco de los Acuerdos de Paz o el nuevo Consejo Nacional de los Acuerdos de Paz?

La Ley Marco es un saludo a la bandera, nada más. El Consejo ni siquiera logra reunirse, porque no hay voluntad política. Además muchos actores del Consejo tienen un profundo desconocimiento de lo que fue el proceso de paz, sus logros, sus dificultades, todos sus temas pendientes y eso es lo más grave. Entre los funcionarios de gobierno hay ausencia de estadistas, no son capaces de analizar el país y entender que los Acuerdos pueden ser la solución a muchos problemas.

En el discurso político de hoy se escuchan con fuerza conceptos como reforma agraria integral, refundación del Estado, autonomía, nacionalidades indígenas. Estos planteamientos superan lo establecido en los Acuerdos de Paz. ¿Cómo se concilian nuevos horizontes de lucha con preceptos negociados hace diez años?

Dos ejemplos. En el tema agrario el fracaso evidente de su solución por la vía del mercado nos coloca ante la realidad de abordarlo con otra perspectiva, y por eso se habla tanto hoy de reforma agraria.

En cuanto a los derechos de los pueblos indígenas, con todo y que el Acuerdo Indígena esté engavetado, no es menos cierto que después de la firma hay una eclosión de organizaciones indígenas, de comadronas, de estudiantes universitarios, campesinos, de intelectuales, por el Convenio 169, por la espiritualidad, por la educación... Esto es sin duda algo que obliga a discutir sobre el carácter del Estado guatemalteco y que lleva a los sectores más progresistas a plantear la refundación del Estado. No es casual que el Frente que tratamos de construir tenga esta refundación como planteamiento central.

Desde tu posición privilegiada de protagonista de las negociaciones de paz e integrante de la izquierda, ¿qué cambiarías hoy de ese proceso, tanto en los contenidos como en las formas?

Se podría haber insistido un poco más en el Acuerdo Socioeconómico, en la Comisión de Esclarecimiento. Pero creo que el problema mayor fue no haber construido un partido político fuerte y alianzas con el movimiento social sólidas. Ese es el déficit. El gobierno de Álvaro Arzú tuvo dos agendas, una prefirma y otra posfirma. La vieja Comandancia de URNG no entendió esto y vivió la época posfirma como si fuera todavía una fase de negociación, sin entender que la lucha social tenía que ser determinante.

El movimiento social se vio perdido durante mucho tiempo, porque prevaleció la idea de que la presión social desestabilizaba el proceso y que los sectores internos opuestos a la paz podían cobrar la factura a Arzú. Eso fue lo más grave: la incapacidad de tejer alianzas, de juntarse con la gente, de luchar desde las calles los Acuerdos, de la acción política. En fin, no lo supieron hacer.

Regresando sobre el papel del Frente Político Social de Izquierdas. Hablas de retos como flexibilidad, apertura, autocrítica. Se mencionan otros: articulación, la renovación de dirigencias, la ética y la coherencia... Son retos muy grandes sobre todo en izquierdas que vienen de una historia reciente de desencuentros y disputas.

Si, es cierto, pero en la agenda ya está planteado. Proponemos la reflexión sobre la identidad de izquierdas en época de renuncias, la renovación del pensamiento y la acción de esta izquierda, una política de unidad y alianzas, porque en los últimos tiempos asistimos al fenómeno terrible de que mucha gente renuncia a su calidad de izquierda porque eso puede traer problemas. Nosotros reivindicamos nuestra condición de izquierda pero al mismo tiempo planteamos la necesaria renovación. Y de ahí nuestra crítica muy severa al autoritarismo, a la exclusión y con una veta autocrítica a partir de nuestra propia experiencia. Por suerte esto cae en terreno fértil con mucha gente que incluso desde las propias organizaciones se venía dando cuenta y gente joven sin los traumas de tanto tiempo de militancia que lo asimila mejor.

No se trata de apuestas a ciegas sino de ir conociendo el país y cómo se van desarrollando los procesos. Sin duda una vieja izquierda en lo político y lo social no hubiera empujado las consultas populares. Hubiera optado por la denuncia, por medidas de hecho, por manifestaciones importantes, que siguen siendo legítimas, pero en este caso se apostó a la participación democrática de la gente. Puedes encontrar problemas en esto y dificultades, pero un hecho real es que es un fenómeno social que apuesta por la participación democrática como una forma de encontrar nuevos derroteros.

La izquierda en América Latina se moviliza hacia apuestas, hacia cosas nuevas y no podemos ser el último país del continente en iniciar este proceso.


Andrés Cabanas es colaborador habitual de Pueblos. Ésta es la segunda de una serie de entrevistas realizadas por Cabanas a distintas personas de la vida política guatemalteca, con el fin de reflexionar acerca de los avances y retrocesos que se han dado en el país en los 10 años posteriores a la firma de los Acuerdos de Paz.

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