Enviado por
Sergio Ortiz,
sergiortiz@arnet.com.ar
TRIUNFO DEL
SANDINISMO EN LAS
PRESIDENCIALES DE
NICARAGÜA
Daniel Ortega, aún
onda “peace and love”,
no puede ser peor
que la derecha
Sin necesidad de ir
a una segunda vuelta
donde podía ser
derrotado, el
candidato del Frente
Sandinista se impuso
con nueve puntos de
ventaja sobre un ex
banquero recibido en
Harvard.
Objetivamente
mirado, ese
resultado fue
adverso a la
administración Bush.
EMILIO MARÍN
Mil observadores
internacionales,
entre ellos el ex
presidente
norteamericano James
Carter, certificaron
la pureza de las
elecciones
presidenciales
celebradas en
Nicaragüa el domingo
5. De ese modo
corroboraron la
certeza del Consejo
Supremo Electoral de
ese país, que había
proclamado vencedor
a Daniel Ortega, del
Frente Sandinista de
Liberación Nacional
(FSLN) por sobre
Eduardo Montealegre,
de la Alianza
Liberal Nicaragüense
(ALN). En
porcentajes
redondos, a Ortega
les habían
correspondido 39
puntos porcentuales
de los votos
emitidos, y a su
vencido neoliberal
30. Detrás salieron
los candidatos del
también derechista
Partido Liberal
Constitucional, el
Movimiento Renovador
Sandinista,
disidente del
sandinismo, y la
Alternativa para el
Cambio.
Con esa cosecha de
votos en sus
alforjas y con esa
diferencia sobre el
que llegó segundo,
superior a los 5
puntos pautados por
la ley, el ganador
asumirá el 10 de
enero de 2007 y, si
va todo normalmente,
continuará allí
hasta 2012.
Por motivos de
oposición histórica
al sandinismo, la
Casa Blanca hizo
todo cuanto pudo
para impedir ese
resultado electoral.
Desde 2005 su
embajador Paul
Trivelli buscó
cerrarle el paso a
quien había
conducido el país
luego de la victoria
de la revolución
antisomocista, entre
1979 y 1990.
El diplomático
gringo trató de unir
a las dos facciones
del PLC alrededor de
Montealegre y en
detrimento del ex
presidente Arnoldo
Alemán, con prisión
domiciliaria por
hechos de corrupción
cuantificados en
millones de dólares.
La presión
estadounidense fue
grosera pero no tuvo
éxito y al final
Montealegre debió
fundar su alianza.
El partido
oficialista,
siguiendo órdenes de
Alemán, presentó su
propia lista,
encabezada por José
Rizo, y obtuvo el 22
por ciento de los
votos. Las
matemáticas puras
indican que, sumadas
ambas votaciones, de
la ALN y el PLC,
hubieran superado al
Frente Sandinista.
Pero esas son
especulaciones o
hipótesis trituradas
por la realidad.
Lo cierto es que
ganó Ortega luego de
tres derrotas
consecutivas (1990,
1996 y 2001). Como
en los casos de
Salvador Allende,
Lula da Silva y
Francois Mitterrand,
para él la cuarta
elección fue la
vencida.
El derrotado no fue
solamente el ex
banquero Montealegre
y su protegido, el
mandatario saliente
Enrique Bolaños,
apoyados por el
Consejo de la
Empresa Privada (Cosep),
donde se nuclea el
establishment del
país
centroamericano.
También están en el
bando que elabora el
duelo la propia
administración Bush,
que maniobró en
forma explícita para
impedir una victoria
sandinista.
Palabra dudosa
El citado embajador
Trivelli había
declarado que en
caso que se diera
aquel resultado, EE
UU “revisaría todas
las políticas
bilaterales”. No
expresaba un juicio
personal. El
secretario de
Comercio, Carlos
Gutiérrez, había
advertido que “un
triunfo de Ortega
pondría en peligro
las relaciones
Managua-Washington”.
No conformes con esa
injerencia, luego
desembarcaron en
Nicaragüa
congresistas
republicanos, que
amenazaron con
recomendar a la Casa
Blanca que impidiera
el giro de remesas
de los nicaragüenses
para sus familiares.
Una medida de ese
tipo habría sido tan
devastadora en la
economía lugareña
como un misil
Tomahawk impactando
en una vivienda. Es
que un millón de
“nicas” vive como
exiliado económico
en EE UU y Costa
Rica, y envía dinero
a sus familias: 850
millones de dólares
al año. Este filón
es uno de los
principales
renglones económicos
del segundo país más
pobre del continente
después de Haití. La
amenaza de que ese
ingreso iba a
desaparecer fue una
obra maestra del
terrorismo
ideológico, pero no
surtió efecto. La
participación fue
muy elevada,
superior al 70 por
ciento del padrón, y
Ortega arañó el 40
por ciento del
total, casi un
millón de sufragios.
Sólo cuando fracasó
su plan A,
Condoleezza Rice
estrenó discurso
democrático en una
suerte de plan B.
Dijo estar lista
para colaborar con
el nuevo gobierno de
Nicaragüa,
independientemente
de quién hubiera
ganado. La
secretaria de Estado
prometió “respetar
la decisión del
pueblo nicaragüense”
y abrió
interrogantes sobre
si el presidente
electo respetaría
“el mercado abierto
y el libre
comercio”.
Esas dudas fueron
planteadas por la
mayoría de los
analistas que se
reportan a
Washington y la
Sociedad
Interamericana de
Prensa. Ellos dudan
de que Ortega no
siga siendo un lobo
vestido con piel de
oveja, o sea un
revolucionario listo
a expropiar los
bancos y
latifundios,
desempolvar planes
revolucionarios
regionales o
“subversivos” de la
mano de Cuba y ahora
Venezuela, etc.
En realidad Ortega
ya ha dicho con
claridad que ese no
será su plan de
gobierno, que más
módicamente estará
centrado en obtener
mejoras en el
ingreso y disminuir
una pobreza que
atenaza al 70 por
ciento de sus
compatriotas.
Pero el que tiene
que rendir examen de
credibilidad no es
Ortega sino el
imperio. Esto por
los antecedentes
genocidas de su
política hacia el
país de Augusto
César Sandino varias
veces invadido por
marines, su apoyo a
la dictadura del
clan Somoza durante
décadas y al
neoliberalismo desde
1990 en adelante,
sin olvidar su
creación, los “contras”,
cuya guerra desde
Honduras causó
30.000 muertes en
los ´80.
Vale la pena
recordar que el
embajador en
Honduras en ese
momento de
organización de los
“combatientes de la
libertad” (Ronald
Reagan dixit) fue
John Negroponte.
Actualmente es el
zar de la
inteligencia que
concentra en sus
manos quince
centrales, incluida
la CIA.
El nuevo Daniel
Como las primeras
felicitaciones a
Ortega llegaron por
mensajes de Fidel
Castro, Hugo Chávez,
Evo Morales y
Muammar Kaddafy,
alguien puede pensar
que el 10 de enero
de 2007 se retoma el
curso de la
revolución
sandinista que
hocicó en febrero de
1990 ante la Unión
Nacional Opositora
de Violeta Chamorro
y George Bush padre.
Pero no habrá tal
cosa. En estos años
Ortega cambió
sustancialmente al
Frente Sandinista,
reciclándolo como un
movimiento
socialdemócrata,
cuyas consignas de
esta campaña fueron
amor, paz,
reconciliación y
unidad de todos los
nicaragüenses como
un valor en sí
mismo.
Un pequeño símbolo
de ese profundo
cambio es que su
compañero de fórmula
fue el ex banquero y
ex ideólogo de los “contras”,
Jaime Morales
Carazo. Otro fue su
reconciliación con
el cardenal Miguel
Obando y Bravo, el
ultra reaccionario
jefe de la iglesia
que en los ´80
bendijo la “guerra
sucia”.
Como prueba de que
ese amor no es flor
de un día, la
bancada sandinista
se unió a la del PLC
para sancionar una
ley que condena el
aborto, incluso el
terapéutico, con lo
que la vida de miles
de mujeres quedó en
zona de peligro.
Otro detalle de la
conversión
ideológica de Ortega
es que en su
discurso del 8 de
noviembre,
celebrando la
victoria, citó trece
veces a Dios, sin
contar sus alusiones
a San Francisco de
Asís, a Job y las
iglesias
evangélicas.
Más preocupante en
política que esas
genuflexiones ante
el cardenal Obando y
el arzobispo de
Managua, Leopoldo
Brenes, fue la que
hizo ante el Tratado
de Libre Comercio
firmado por los
países
centroamericanos con
EE UU (Cafca).
Textualmente afirmó:
“con los Estados
Unidos tenemos un
Tratado de Libre
Comercio que
beneficia a una
parte de la economía
nicaragüense, a
algunos sectores; es
importante. Tiene
otra parte que es
negativa para otros
sectores, entonces
hay que seguir
trabajando con el
Tratado de Libre
Comercio con los EE
UU, seguir colocando
productos”.
No es que el
presidente electo
esté entregado sólo
en esa dirección
pues acto seguido
planteó integrarse a
la Alternativa
Bolivariana de las
Américas (Alba), el
Mercosur y mejorar
las relaciones con
Europa y China. En
este sentido pareció
erróneo que un gran
poeta sandinista
como Ernesto
Cardenal, que emigró
del Frente,
declarara en Chile
días antes del
comicio que “sería
preferible que gane
un auténtico
capitalismo, como
Montealegre, que una
falsa revolución”.
El nuevo Daniel le
escapa a
definiciones
ideológicas y alega
que su objetivo es
dar de comer a 1,5
millón de personas
que sufren hambre.
Cree que para eso
hay que estar bien
con el TLC y el
Alba; con Bush,
Fidel y Chávez. La
realidad le irá
enseñando al
converso que tendrá
que optar pues no se
puede estar bien con
Dios y con el
Diablo.