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Reseña de
Claudio Albertani
Salvador Martí y Carlos
Figueroa, “La izquierda revolucionaria en Centroamérica. De la lucha
armada a la participación electoral” Los libros de la Catarata,
Madrid, 2006
Poco antes de
morir, Engels observó, no sin un toque de amargura, que “la ironía de la
historia universal lo pone todo patas arriba. Nosotros, los
«revolucionarios», los «elementos subversivos», prosperamos mucho más con
los medios legales que con los ilegales y la subversión.”1
Se refería, claro está, a
los partidos socialdemócratas en cuya creación contribuyeron los
revolucionarios que, como él, habían estado en las barricadas de 1848.
Aquella ironía de la
historia universal se ha ido repitiendo una y otra vez en el curso de los
últimos cien años. Si bien puede que resulte exitosa -eso es: exitosa para
unos cuantos-, la vía electoral suele desplazar a la cuestión
social. Quedan, eso sí, unas cuestiones sociales, cuya solución
se ofrece -con modestos resultados- cada cuatro, cinco o seis años.
Las desdichadas
vicisitudes de Centroamérica parecen confirmar las afirmaciones del viejo
Engels. No se cumplió, en cambio, aquel otro mandamiento de que los
grandes hechos de la historia universal aparecen dos veces: una como
tragedia y otra como farsa. No hubo farsa y la historia sigue
desplegándose ahí como tragedia. Una tragedia sangrienta, habría que
añadir, aunque la bancarrota moral de algunos dirigentes de la izquierda
que algún día fue revolucionaria exhiba también aspectos de farsa.
Es verdad que las
sociedades centroamericanas desembocaron en un espacio político que
ninguno de los bandos auspiciaba, aunque es claro que la derecha se
encuentra bastante más a gusto que la izquierda. Es verdad también que la
gente ya no es asesinada por el hecho de hablar o pensar diferente. Sin
embargo, este es, posiblemente, el único saldo positivo. Después de tanta
guerra, tanta violencia y tanto sufrimiento los pueblos de la región
siguen sumidos en el desastre social, económico y político mientras los
antiguos dirigentes de la guerrilla buscan integrarse a las elites
dirigentes de sus respetivos países.
Este es el balance que
sugiere la lectura del interesante libro coordinado por Salvador Puig y
Carlos Figueroa, La izquierda revolucionaria en Centroamérica. De la
lucha armada a la participación electoral.
El primer mérito de esta
obra ágil y de fácil lectura es volver a llamar la atención sobre una
región olvidada, después de haber ocupado las crónicas de la prensa
mundial en los años ochenta y noventa. La narración se concentra en los
países más afectados: Nicaragua, El Salvador y Guatemala. El resultado es
que el lector tiene a su disposición un panorama exhaustivo -y al mismo
tiempo conciso- de los sucesos principales, información puesta al día y
una extensa bibliografía para profundizar cada tema.

Otro punto a favor del
libro es que los autores utilizan un enfoque regional que, sin olvidar las
particularidades nacionales, les permite analizar los procesos históricos
en términos globales. Es así como, página tras página, van narrando el
surgimiento de las organizaciones político-militares de la izquierda
revolucionaria, su evolución hasta cierto punto paralela, el estallido de
las guerras insurrecciónales, las masacres, la posterior apertura de los
procesos de paz, el tránsito hacia regimenes de tipo democrático-liberal y
la conversión de los insurgentes en partidos políticos de corte
socialdemócrata.
Aunque no comparto el
entusiasmo que Figueroa y Puig manifiestan por dos politólogos italianos
conservadores como Angelo Panebianco y Giovanni Sartori, su análisis
organizativo no deja de ser atractivo ya que evita enfrascarse en
anticuadas polémicas ideológicas y se mantiene en el terreno de los
procesos materiales de lucha.2
¿Existía la
posibilidad de otro desenlace?
Una de las virtudes
del libro es, precisamente, ofrecer a todos la oportunidad de hacer un
balance “laico” de la experiencia centroamericana, sin caer en una
imposible neutralidad. Puesto que tengo un conocimiento directo del
proceso revolucionario guatemalteco -que me tocó acompañar entre 1980 y
1995 primero en calidad de periodista independiente y después adscrito a
la hoy difunta agencia Noticias de Guatemala- concentraré mis
observaciones sobre aquel país que quise y sigo queriendo de manera
entrañable. Aclaro que mi posición no es ni puede ser académica ya que
Noticias era la agencia del Ejército Guerrillero de los Pobres,
EGP, una de las tres organizaciones político-militares de la Unidad
Revolucionaria Nacional Guatemalteca, URNG.
En términos personales,
el balance de la aventura es altamente positivo. Conocí y compartí
experiencias con compañeros entrañables -de estos que, para emplear las
categorías de Panebianco, militan por idealismo, no por afán de poder-,
mismos que en gran parte, siguen siendo mis amigos, aunque nuestras vidas
hayan tomado rumbos distintos. También tuve el honor de conocer a una
generación de luchadores sociales indígenas de gran calidad humana,
intelectual y política, muchos de los cuales perecieron en el camino. En
1982, uno de ellos, Julio Iboy (“Diego”) -dirigente cakchiquel de la
región de Sololá- me dijo:
Nosotros estamos en
una organización que se caracteriza por sus principios
marxistas-leninistas; sin embargo la ideología nos interesa relativamente
poco a los indígenas. Nosotros no buscamos una transposición de los
modelos que llegan de Cuba, de la Unión Soviética o de Nicaragua. Nosotros
queremos integrarnos a una guerra de liberación nacional que permita la
construcción de un mundo nuevo. Un mundo del cual nosotros también tenemos
que ser artífices. En este proceso la ideología puede ayudar, pero es
secundaria. Lo que nos importa como indígenas es rescatar los valores
inmortales de nuestro pueblo, no permitir que nuestro idioma, nuestras
costumbres y todo lo que nos caracteriza se pierda. Si después de la
victoria no nos fuera posible desarrollar nuestros valores, nosotros nos
lanzaríamos a hacer una nueva revolución cultural. 3
Extremadamente culto,
Diego hablaba tres idiomas: cakchiquel, quiché y español. Había sido
maestro rural y locutor de radio. En sus morral tejido a mano, además de
una pistola Beretta 7.65 que no amaba presumir, siempre cargaba un buen
número de libros. Él fue quien me recomendó leer Las venas abiertas de
América Latina, el entonces ya clásico libro de Eduardo Galeano que
yo, recién desembarcado de Italia, no conocía aun.
Sencillas y contundentes,
las palabras de Diego me entusiasmaron y me convencieron de que su causa
era justa. Volver a leerlas un cuarto de siglo después me sigue causando
emoción. Y me pone a pensar. En primer lugar es claro que los indígenas
que procedían de las luchas sociales y campesinas de los años setenta
nunca otorgaron un cheque en blanco a las organizaciones
político-militares en las que se enlistaron. Era una adhesión crítica que
implicaba la disidencia ya que contemplaban la posibilidad de lanzar una
“revolución cultural” después de la victoria si sus demandas no
encontraban satisfacción.
En segundo lugar, las
palabras de Diego anticipan muchos temas de los zapatistas, lo cual me
parece sumamente significativo ya que, por lo general, lo que se subraya
es la diferencia y hasta la incompatibilidad entre las dos experiencias.
Como en Chiapas, en Guatemala comunidades indígenas luchan por la
autonomía sin particularismos y con la idea de obtener beneficios para
todos. Más importante aun, el testimonio de Diego (y se podrían citar
muchos otros) remite a un proceso, tal vez no suficientemente estudiado en
el libro que nos ocupa. Me refiero, por supuesto, al papel que jugaron los
indígenas en Guatemala, el único de los tres países considerados con un
gran porcentaje de población nativa.
No se trata únicamente de
reiterar que el ejército guatemalteco llevó a cabo una guerra de
exterminio contra los pueblos originarios. Una guerra que dejó un saldo de
unos 175,000 muertos, 40,000 desaparecidos, 400 aldeas destruidas, 500,000
refugiados externos y un millón de desplazados internos en una población
total de un 10 millones de habitantes.4
Hay otros aspectos que
vale la pena señalar. Y es que, más allá del marxismo-leninismo que
abanderaban las organizaciones político-militares, la revolución
guatemalteca contenía las semillas de otra concepción más humanista, más
libertaria -y por ende más actual- que no tuvo la oportunidad de
materializarse.

Y es que las estructuras
mayas ofrecían efectivos puntos de partida para emprender un proceso
autonómico que, generalizando las prácticas de democracia directa propias
de las comunidades indígenas, podía trasladarse paulatinamente al resto de
la sociedad y, junto al movimiento obrero, avanzar hacia la construcción
de aquel mundo nuevo que anticipaban Diego y sus compañeros.
No es, por supuesto, un
asunto étnico. Las comunidades en resistencias eran y son ventanas
abiertas sobre el mundo, formas sociales susceptibles de cambiar junto al
resto de la sociedad cuando se presenta la oportunidad.
¿Existía esa oportunidad?
Sí, a pesar de la rigidez del marxismo-leninismo que siempre miró al mundo
campesino con desprecio y condescendencia. Sí, porque el debate había
empezado dentro de las mismas organizaciones político-militares. No se
materializó sencillamente, porque gran parte de los que se movían en esta
dirección fueron masacrados. El caso de Diego no es aislado. Además de él
-desaparecido en agosto de 1983, junto a su compañera Julia Pocop (“Alba”)
y a su hijita recién nacida-, cayeron miles de cuadros indígenas que
hubieran podido imprimir una dinámica distinta a las organizaciones en que
militaban.
¿Dónde se torció el
camino?
Walter Benjamín
recomendaba pasarle a la historia el cepillo a contrapelo. Esto implica
mirar a la derrota de la revolución guatemalteca no como algo necesario o
fatal, sino como un proceso contradictorio. La historia de los vencedores
le atribuye el origen de la guerra al avance del comunismo en América
Latina, lo cual habría obligado al ejército a enfrentar a grupos armados
de tinte “comunista” que pretendían apoderarse del país. Según ellos,
Guatemala estaba a punto de convertirse en punta de lanza de la Unión
Soviética -o, en su caso, de Cuba- en el continente.
La realidad es otra. Todo
empezó en 1954, con la campaña propagandística que desató Estados Unidos
contra el gobierno de Jacobo Árbenz Guzmán, tildado de “comunista”. Arbenz
no era nada de esto sino, más bien, un nacionalista moderado que, como
Cárdenas en México, pretendía mejorar las condiciones de los trabajadores
en el marco de una economía de mercado y construir un Estado social fuerte
e independiente de la ingerencia extranjera. Su gran culpa fue iniciar una
tímida reforma agraria que, además afectar los intereses de la elite,
perjudicaba a la compañía estadunidense United Fruit Company, que
había extendido su poder a casi toda América Central.
En el marco de la guerra
fría, esto era intolerable. De manera que el gobierno norteamericano
decidió, planificó y financió su derrocamiento. Piero Gleijeses, autor
del libro Esperanza Truncada, demostró que Guatemala nunca fue una
amenaza real para los Estados Unidos.5 Cuando, a comienzos de
1990, los EEUU abrieron sus archivos secretos, ex directores de la CIA
reconocieron oficialmente 11 operaciones secretas durante los primeros
años de la guerra fría, incluida una en Guatemala para sacar a
Arbenz del poder.6 Poco después, se derrumbó la Unión
Soviética y se abrieron también los archivos secretos de Moscú
comprobándose que jamás había existido intento alguno de desestabilizar a
Centroamérica.
La primera conclusión es
que el camino se torció en 1954. A partir de entonces, se reforzó el
apartheid racial que existía desde la conquista y se polarizó la sociedad.
Se cerraron los espacios políticos. Recrudeció la pobreza, se
incrementaron la exclusión, la marginación, la intolerancia y la represión
política. Y empezó una guerra sorda y terrible que acabó explotando en los
años ochenta.
Auge y ocaso de la
guerrilla
País situado en una
encrucijada natural de gran riqueza biótica, abundante en recursos
naturales y con importantes yacimientos de petróleo, Guatemala ocupaba un
lugar estratégico en el tablero de la guerra fría. La guerrilla nació como
una empresa heroica y se desarrolló en condiciones sumamente difíciles.
¿”No podía ensayar desde
principios de los sesentas la vía de un movimiento político de masas por
la democracia y la justicia social?”, se pregunta Carlos Figueroa en otro
texto.7 Es difícil contestar. Lo cierto es que no había
espacios para una actividad que no fuera clandestina. Empezado a finales
de los setenta, el segundo ciclo guerrillero arrancó precisamente a partir
de un amplio movimiento popular, indígena y urbano que fue literalmente
descabezado por los militares. Al cerrarse todos los espacios de lucha
legal, gran parte de los sobrevivientes optaron por sumarse a las
organizaciones guerrilleras. En estas prevalecieron las posiciones más
duras y dogmáticas que acabaron ahogando el debate político y la
disidencia.
Aun así, gran parte de
los analistas señala que no se puede adjudicar a la guerrilla la
responsabilidad del surgimiento y la consolidación del monstruo
contrainsurgente. “La miseria -escribe Figueroa- fue un factor (no el
único, otro de ellos fue la opresión étnica, uno más fue la dictadura) que
hizo que la insurgencia armada surgiera una y otra vez como Ave Fénix de
sus cenizas, y que incluso llegara en determinado momento a contar con una
extensa base social.” 8
Toda las investigaciones
recientes -y concretamente la que llevó a cabo la Comisión de
Esclarecimiento Histórico (CEH), auspiciada por la Organización de
Naciones Unidas- asentaron que sólo un 3 por ciento de los hechos
violentos fueron cometidos por los guerrilleros de la URNG y que lo demás
fue obra de los cuerpos represivos del ejército.9
La guerrilla, sin
embargo, carga con la responsabilidad de haber lanzado a las comunidades
indígenas al matadero dándoles a entender -en 1981 y 82- que la victoria
estaba a la vuelta de la esquina, cuando en realidad estaba recibiendo
golpes estratégicos de los que nunca se repuso, aunque el ejército tampoco
pudo acabar con ella. Y carga también con la responsabilidad de haber
cometido algunos ajusticiamientos lamentables en sus propias filas, sin
haber tenido -hasta ahora- el valor de encarar públicamente los hechos.
Las reticencias para entrarle a temas tan difíciles, se entienden pero
tienen que superarse para que no se vuelvan a repetir.
El Acuerdo de Paz Firme y
Duradera, se firmó el 29 de diciembre de 1996, después de un proceso largo
y contradictorio en el que la URNG sufrió un severo desgaste y en donde su
dirigencia cometió errores históricos imperdonables como un acuerdo de
derechos humanos que garantizaba la impunidad a los militares. El precio
de la paz fue renunciar a cualquier transformación social profunda y
aceptar la injusticia a cambio de la posibilidad de integrarse a la vida
“democrática”.
Por entonces, gran parte
de los guatemaltecos -y particularmente los guatemaltecos indígenas- se
encontraban desmovilizados y, una vez más, habían perdido la esperanza. La
cita con la paz llegó tarde y no desembocó en la efervescencia social sino
en la apatía, la despolitización, la delincuencia juvenil, las bandas de
secuestradores, los linchamientos, los feminicidios y el narcotráfico.
Lo demás es historia
reciente cuyos pormenores no caben en esta breve reseña.
Lo que sí es claro es que
el sucesivo descalabro de la URNG convertida en partido socialdemócrata
revirtió, por desgracia, lo dicho por Engels ya que, lejos de tener éxito,
no captó más que un magro 2.8 por ciento en las últimas elecciones
celebradas en 2003.
Hoy los sectores
marginales no están con la izquierda, sino con los maras (bandas juveniles
NdR)), aunque justo es decir que muchos militantes que rompieron con la
URNG permanecen activos, mantienen sus ideales y siguen buscando opciones.
Como en todas partes, la izquierda es más que sus aparatos partidarios y
sus desprestigiadas “vanguardias”. Posiblemente, es ahí donde puedan
germinar nuevas experiencias.
Hay otros cambios que
vale la pena señalar. Ser indígena hoy no es lo mismo que hace treinta
años. Si bien la sociedad guatemalteca sigue padeciendo de un profundo
racismo, también está creando sus propios anticuerpos y muchos indígenas
se sienten orgullosos de su condición étnica.
¿Qué conclusiones sacar?
La primera es que la URNG disipó su prestigio y es difícil que lo pueda
recuperar. La segunda es que en una situación en donde permanecen la
injusticia, la discriminación y la pobreza, la modernización que, a pesar
de todo, está sufriendo la sociedad guatemalteca no podrá más que
desembocar en nuevos planteamientos a cargo de una nueva generación de
luchadores sociales.
Claudio Albertani, San
Lorenzo Tezonco, 27 de junio de 2006.
(1) Friederich Engels,
introducción a la edición de 1895 K. Marx, Las luchas de clases en
Francia,
http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/francia/francia1.htm
(2)C. Figueroa, S. Puig,
op. cit., pág. 162
(3) Entrevista con el autor, diciembre de
1981, publicada en italiano en: Dossier Guatemala, Ediciones
Medicina democratica, Milán 1984.
(4) Véase: Guatemala: Memorial del
silencio,
http://shr.aaas.org/guatemala/ceh/mds/spanish/toc.html
(5) Piero Gleijeses,
Shattered Hope. The Guatemalan Revoluciona and the United States,
1944-1954. Princeton University Press, 1992.
(6) La Jornada, 16 de mayo de
2003; Boletín Informativo N° 257 de Incidencia Democrática,
Guatemala, 22 de mayo de 2003.
(7) Carlos Figueroa, “A propósito de dos
preguntas de Héctor Aguilar Camín”, Revista Nexos, enero de 1997.
(8) C. Figueroa, Revista Nexos, op.
cit.
(9) Memorial del silencio, op. cit.
Salvador Martí y
Carlos Figueroa, La izquierda revolucionaria en Centroamérica. De la
lucha armada a la participación electoral; Los libros de la Catarata,
Madrid, 2006. |