Guatemala
venerdì, 10 ottobre 2008 02:16:53
Edito por Asociación Civil "LPG"
Responsable: Attilio Folliero

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Guatemala
PAZ, SIN JUSTICIA NI REFORMA AGRARIA 

Centroamérica es hoy, más que nunca, una región olvidada, después de haber ocupado las crónicas de la prensa mundial en los años ochenta y noventa. Era la época de los sandinistas y de la lucha épica del Goliat salvadoreño contra la oligarquía patrocinada por Estados Unidos.

Meno conocida la lucha armada en Guatemala, la Bolivia de Centroamérica, la tierra del quetzal y de los descendientes de los Mayas, extranjeros en su propia tierra, aún siendo mayorías. 

El ejército guatemalteco llevó a cabo una guerra de exterminio contra los pueblos originarios. Una guerra que dejó un saldo de unos 175,000 muertos, 40,000 desaparecidos, 400 aldeas destruidas, 500,000 refugiados externos y un millón de desplazados internos en una población total de un 10 millones de habitantes

Después de tanta guerra, tanta violencia y tanto sufrimiento los pueblos de la región siguen sumidos en el desastre social, económico y político.

En Guatemala hubo una pacificación sin justicia, sin reforma agraria, sin castigo para los militares genocidas y torturadores.

Nuestro colaborador Claudio Albertani reseña uno de lo raros libros que intentan un balance critico de esta experiencia revolucionaria contemporánea, y subraya un rasgo olvidado, subestimado, pero muy peculiar del conflicto guatemalteco: el rol de los indígenas. En aquel entonces negado o poco   valorado por una dirigencia demasiado dogmática. En realidad, anticipaba y preanunciaba el protagonismo de las comunidades mayas en el movimiento zapatista del colindante Chiapas.

Salvador Martí y Carlos Figueroa, “La izquierda revolucionaria en Centroamérica. De la lucha armada a la participación electoral” Los libros de la Catarata, Madrid, 2006

de Claudio Albertani

Reseña de Claudio Albertani

Salvador Martí y Carlos Figueroa, “La izquierda revolucionaria en Centroamérica. De la lucha armada a la participación electoral” Los libros de la Catarata, Madrid, 2006

      Poco antes de morir, Engels observó, no sin un toque de amargura, que “la ironía de la historia universal lo pone todo patas arriba. Nosotros, los «revolucionarios», los «elementos subversivos», prosperamos mucho más con los medios legales que con los ilegales y la subversión.”1 

Se refería, claro está, a los partidos socialdemócratas en cuya creación contribuyeron los revolucionarios que, como él, habían estado en las barricadas de 1848. 

Aquella ironía de la historia universal se ha ido repitiendo una y otra vez en el curso de los últimos cien años. Si bien puede que resulte exitosa -eso es: exitosa para unos cuantos-, la vía electoral suele desplazar a la cuestión social. Quedan, eso sí, unas cuestiones sociales, cuya solución se ofrece -con modestos resultados- cada cuatro, cinco o seis años.

Las desdichadas vicisitudes de Centroamérica parecen confirmar las afirmaciones del viejo Engels. No se cumplió, en cambio, aquel otro mandamiento de que los grandes hechos de la historia universal aparecen dos veces: una como tragedia y otra como farsa. No hubo farsa y la historia sigue desplegándose ahí como tragedia. Una tragedia sangrienta, habría que añadir, aunque la bancarrota moral de algunos dirigentes de la izquierda que algún día fue revolucionaria exhiba también aspectos de farsa.  

Es verdad que las sociedades centroamericanas desembocaron en un espacio político que ninguno de los bandos auspiciaba, aunque es claro que la derecha se encuentra bastante más a gusto que la izquierda. Es verdad también que la gente ya no es asesinada por el hecho de hablar o pensar diferente. Sin embargo, este es, posiblemente, el único saldo positivo. Después de tanta guerra, tanta violencia y tanto sufrimiento los pueblos de la región siguen sumidos en el desastre social, económico y político mientras los antiguos dirigentes de la guerrilla buscan integrarse a las elites dirigentes de sus respetivos países.

Este es el balance que sugiere la lectura del interesante libro coordinado por Salvador Puig y Carlos Figueroa, La izquierda revolucionaria en Centroamérica. De la lucha armada a la participación electoral. 

El primer mérito de esta obra ágil y de fácil lectura es volver a llamar la atención sobre una región olvidada, después de haber ocupado las crónicas de la prensa mundial en los años ochenta y noventa. La narración se concentra en los países más afectados: Nicaragua, El Salvador y Guatemala. El resultado es que el lector tiene a su disposición un panorama exhaustivo -y al mismo tiempo conciso- de los sucesos principales, información puesta al día y una extensa bibliografía para profundizar cada tema.

Otro punto a favor del libro es que los autores utilizan un enfoque regional que, sin olvidar las particularidades nacionales, les permite analizar los procesos históricos en términos globales. Es así como, página tras página, van narrando el surgimiento de las organizaciones político-militares de la izquierda revolucionaria, su evolución hasta cierto punto paralela, el estallido de las guerras insurrecciónales, las masacres, la posterior apertura de los procesos de paz, el tránsito hacia regimenes de tipo democrático-liberal y la conversión de los insurgentes en partidos políticos de corte socialdemócrata.

Aunque no comparto el entusiasmo que Figueroa y Puig manifiestan por dos politólogos italianos conservadores como Angelo Panebianco y Giovanni Sartori, su análisis organizativo no deja de ser atractivo ya que evita enfrascarse en anticuadas polémicas ideológicas y se mantiene  en el terreno de los procesos materiales de lucha.2

¿Existía la posibilidad de otro desenlace?

      Una de las virtudes del libro es, precisamente, ofrecer a todos la oportunidad de hacer un balance “laico” de la experiencia centroamericana, sin caer en una imposible neutralidad. Puesto que tengo un conocimiento directo del proceso revolucionario guatemalteco -que me tocó acompañar entre 1980 y 1995 primero en calidad de periodista independiente y después adscrito a la hoy difunta agencia Noticias de Guatemala- concentraré mis observaciones sobre aquel país que quise y sigo queriendo de manera entrañable. Aclaro que mi posición no es ni puede ser académica ya que Noticias era la agencia del Ejército Guerrillero de los Pobres, EGP, una de las tres organizaciones político-militares de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, URNG.  

En términos personales, el balance de la aventura es altamente positivo. Conocí y compartí experiencias con compañeros entrañables -de estos que, para emplear las categorías de Panebianco, militan por idealismo, no por afán de poder-, mismos que en gran parte, siguen siendo mis amigos, aunque nuestras vidas hayan tomado rumbos distintos. También tuve el honor de conocer a una generación de luchadores sociales indígenas de gran calidad humana, intelectual y política, muchos de los cuales perecieron en el camino. En 1982, uno de ellos, Julio Iboy (“Diego”) -dirigente cakchiquel de la región de Sololá- me dijo: 

Nosotros estamos en una organización que se caracteriza por sus principios marxistas-leninistas; sin embargo la ideología nos interesa relativamente poco a los indígenas. Nosotros no buscamos una transposición de los modelos que llegan de Cuba, de la Unión Soviética o de Nicaragua. Nosotros queremos integrarnos a una guerra de liberación nacional que permita la construcción de un mundo nuevo. Un mundo del cual nosotros también tenemos que ser artífices. En este proceso la ideología puede ayudar, pero es secundaria. Lo que nos importa como indígenas es rescatar los valores inmortales de nuestro pueblo, no permitir que nuestro idioma, nuestras costumbres y todo lo que nos caracteriza se pierda.  Si después de la victoria no nos fuera posible desarrollar nuestros valores, nosotros nos lanzaríamos a hacer una nueva revolución cultural.  3 

Extremadamente culto, Diego hablaba tres idiomas: cakchiquel, quiché y español. Había sido maestro rural y locutor de radio. En sus morral tejido a mano, además de una pistola Beretta 7.65 que no amaba presumir, siempre cargaba un buen número de libros. Él fue quien me recomendó leer Las venas abiertas de América Latina, el entonces ya clásico libro de Eduardo Galeano que yo, recién desembarcado de Italia, no conocía aun.  

Sencillas y contundentes, las palabras de Diego me entusiasmaron y me convencieron de que su causa era justa. Volver a leerlas un cuarto de siglo después me sigue causando emoción. Y me pone a pensar. En primer lugar es claro que los indígenas que procedían de las luchas sociales y campesinas de los años setenta nunca otorgaron un cheque en blanco a las organizaciones político-militares en las que se enlistaron. Era una adhesión crítica que implicaba la disidencia ya que contemplaban la posibilidad de lanzar una “revolución cultural” después de la victoria si sus demandas no encontraban satisfacción.   

En segundo lugar, las palabras de Diego anticipan muchos temas de los zapatistas, lo cual me parece sumamente significativo ya que, por lo general, lo que se subraya es la diferencia y hasta la incompatibilidad entre las dos experiencias. Como en Chiapas, en Guatemala comunidades indígenas luchan por la autonomía sin particularismos y con la idea de obtener beneficios para todos. Más importante aun, el testimonio de Diego (y se podrían citar muchos otros) remite a un proceso, tal vez no suficientemente estudiado en el libro que nos ocupa. Me refiero, por supuesto, al papel que jugaron los indígenas en Guatemala, el único de los tres países considerados con un gran porcentaje de población nativa.  

No se trata únicamente de reiterar que el ejército guatemalteco llevó a cabo una guerra de exterminio contra los pueblos originarios. Una guerra que dejó un saldo de unos 175,000 muertos, 40,000 desaparecidos, 400 aldeas destruidas, 500,000 refugiados externos y un millón de desplazados internos en una población total de un 10 millones de habitantes.4 

Hay otros aspectos que vale la pena señalar. Y es que, más allá del marxismo-leninismo que abanderaban las organizaciones político-militares, la revolución guatemalteca contenía las semillas de otra concepción más humanista, más libertaria -y por ende más actual- que no tuvo la oportunidad de materializarse.  

Y es que las estructuras mayas ofrecían efectivos puntos de partida para emprender un proceso autonómico que, generalizando las prácticas de democracia directa propias de las comunidades indígenas, podía trasladarse paulatinamente al resto de la sociedad y, junto al movimiento obrero, avanzar hacia la construcción de aquel mundo nuevo que anticipaban Diego y sus compañeros.

No es, por supuesto, un asunto étnico. Las comunidades en resistencias eran y son ventanas abiertas sobre el mundo, formas sociales susceptibles de cambiar junto al resto de la sociedad cuando se presenta la oportunidad. 

¿Existía esa oportunidad? Sí, a pesar de la rigidez del marxismo-leninismo que siempre miró al mundo campesino con desprecio y condescendencia. Sí, porque el debate había empezado dentro de las mismas organizaciones político-militares. No se materializó sencillamente, porque gran parte de los que se movían en esta dirección fueron masacrados. El caso de Diego no es aislado. Además de él -desaparecido en agosto de 1983, junto a su compañera Julia Pocop (“Alba”) y a su hijita recién nacida-, cayeron miles de cuadros indígenas que hubieran podido imprimir una dinámica distinta a las organizaciones en que militaban.  

¿Dónde se torció el camino? 

      Walter Benjamín recomendaba pasarle a la historia el cepillo a contrapelo. Esto implica mirar a la derrota de la revolución guatemalteca no como algo necesario o fatal, sino como un proceso contradictorio. La historia de los vencedores le atribuye el origen de la guerra al avance del comunismo en América Latina, lo cual habría obligado al ejército a enfrentar a grupos armados de tinte “comunista” que pretendían apoderarse del país. Según ellos, Guatemala estaba a punto de convertirse en punta de lanza de la Unión Soviética -o, en su caso, de Cuba- en el continente. 

La realidad es otra. Todo empezó en 1954, con la campaña propagandística que desató Estados Unidos contra el gobierno de Jacobo Árbenz Guzmán, tildado de “comunista”. Arbenz no era nada de esto sino, más bien, un nacionalista moderado que, como Cárdenas en México, pretendía mejorar las condiciones de los trabajadores en el marco de una economía de mercado y construir un Estado social fuerte e independiente de la ingerencia extranjera. Su gran culpa fue iniciar una tímida reforma agraria que, además afectar los intereses de la elite, perjudicaba a la compañía estadunidense United Fruit Company, que había extendido su poder a casi toda América Central. 

En el marco de la guerra fría, esto era intolerable. De manera que el gobierno norteamericano decidió, planificó y financió su derrocamiento.   Piero Gleijeses, autor del libro Esperanza Truncada, demostró que Guatemala nunca fue una amenaza real para los Estados Unidos.5 Cuando, a comienzos de 1990, los EEUU abrieron sus archivos secretos, ex directores de la CIA reconocieron oficialmente 11 operaciones secretas durante los primeros años de la guerra fría, incluida una en Guatemala para sacar a Arbenz del poder.6  Poco después, se derrumbó la Unión Soviética y se abrieron también los archivos secretos de Moscú comprobándose que jamás había existido intento alguno de desestabilizar a Centroamérica. 

La primera conclusión es que el camino se torció en 1954. A partir de entonces, se reforzó el apartheid racial que existía desde la conquista y se polarizó la sociedad. Se cerraron los espacios políticos. Recrudeció la pobreza, se incrementaron la exclusión, la marginación, la intolerancia y la represión política. Y empezó una guerra sorda y terrible que acabó explotando en los años ochenta.

Auge y ocaso de la guerrilla 

      País situado en una encrucijada natural de gran riqueza biótica, abundante en recursos naturales y con importantes yacimientos de petróleo, Guatemala ocupaba un lugar estratégico en el tablero de la guerra fría. La guerrilla nació como una empresa heroica y se desarrolló en condiciones sumamente difíciles.  

¿”No podía ensayar desde principios de los sesentas la vía de un movimiento político de masas por la democracia y la justicia social?”, se pregunta Carlos Figueroa en otro texto.7 Es difícil contestar. Lo cierto es que no había espacios para una actividad que no fuera clandestina. Empezado a finales de los setenta, el segundo ciclo guerrillero arrancó precisamente a partir de un amplio movimiento popular, indígena y urbano que fue literalmente descabezado por los militares. Al cerrarse todos los espacios de lucha legal, gran parte de los sobrevivientes optaron por sumarse a las organizaciones guerrilleras. En estas prevalecieron las posiciones más duras y dogmáticas que acabaron ahogando el debate político y la disidencia.  

Aun así,  gran parte de los analistas señala que no se puede adjudicar a la guerrilla la responsabilidad del surgimiento y la consolidación del monstruo contrainsurgente. “La miseria -escribe Figueroa- fue un factor (no el único, otro de ellos fue la opresión étnica, uno más fue la dictadura) que hizo que la insurgencia armada surgiera una y otra vez como Ave Fénix de sus cenizas, y que incluso llegara en determinado momento a contar con una extensa base social.” 8 

Toda las investigaciones recientes -y concretamente la que llevó a cabo la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH), auspiciada por la Organización de Naciones Unidas- asentaron que sólo un 3 por ciento de los hechos violentos fueron cometidos por los guerrilleros de la URNG y que lo demás fue obra de los cuerpos represivos del ejército.9  

La guerrilla, sin embargo, carga con la responsabilidad de haber lanzado a las comunidades indígenas al matadero dándoles a entender -en 1981 y 82- que la victoria estaba a la vuelta de la esquina, cuando en realidad estaba recibiendo golpes estratégicos de los que nunca se repuso, aunque el ejército tampoco pudo acabar con ella. Y carga también con la responsabilidad de haber cometido algunos ajusticiamientos lamentables en sus propias filas, sin haber tenido -hasta ahora- el valor de encarar públicamente los hechos. Las reticencias para entrarle a temas tan difíciles, se entienden pero tienen que superarse para que no se vuelvan a repetir. 

El Acuerdo de Paz Firme y Duradera, se firmó el 29 de diciembre de 1996, después de un proceso largo y contradictorio en el que la URNG sufrió un severo desgaste y en donde su dirigencia cometió errores históricos imperdonables como un acuerdo de derechos humanos que garantizaba la impunidad a los militares. El precio de la paz fue renunciar a cualquier transformación social profunda y aceptar la injusticia a cambio de la posibilidad de integrarse a la vida “democrática”.  

Por entonces, gran parte de los guatemaltecos -y particularmente los guatemaltecos indígenas- se encontraban desmovilizados y, una vez más, habían perdido la esperanza. La cita con la paz llegó tarde y no desembocó en la efervescencia social sino en la apatía, la despolitización, la delincuencia juvenil, las bandas de secuestradores, los linchamientos, los feminicidios y el narcotráfico.

Lo demás es historia reciente cuyos pormenores no caben en esta breve reseña.  

Lo que sí es claro es que el sucesivo descalabro de la URNG convertida en partido socialdemócrata revirtió, por desgracia, lo dicho por Engels ya que, lejos de tener éxito, no captó más que un magro 2.8 por ciento en las últimas elecciones celebradas en 2003.

Hoy los sectores marginales no están con la izquierda, sino con los maras (bandas juveniles NdR)), aunque justo es decir que muchos militantes que rompieron con la URNG permanecen activos, mantienen sus ideales y siguen buscando opciones. Como en todas partes, la izquierda es más que sus aparatos partidarios y sus desprestigiadas “vanguardias”. Posiblemente, es ahí donde puedan germinar nuevas experiencias.  

Hay otros cambios que vale la pena señalar. Ser indígena hoy no es lo mismo que hace treinta años. Si bien la sociedad guatemalteca sigue padeciendo de un profundo racismo, también está creando sus propios anticuerpos y muchos indígenas se sienten orgullosos de su condición étnica.

¿Qué conclusiones sacar? La primera es que la URNG disipó su prestigio y es difícil que lo pueda recuperar. La segunda es que en una situación en donde permanecen la injusticia, la discriminación y la pobreza, la modernización que, a pesar de todo, está sufriendo la sociedad guatemalteca no podrá más que desembocar en nuevos planteamientos a cargo de una nueva generación de luchadores sociales.

Claudio Albertani, San Lorenzo Tezonco, 27 de junio de 2006. 

(1) Friederich Engels, introducción a la edición de 1895 K. Marx, Las luchas de clases en Francia, http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/francia/francia1.htm 

(2)C. Figueroa, S. Puig, op. cit., pág. 162

(3) Entrevista con el autor, diciembre de 1981, publicada en italiano en: Dossier Guatemala, Ediciones Medicina democratica, Milán 1984.

(4) Véase: Guatemala: Memorial del silencio, http://shr.aaas.org/guatemala/ceh/mds/spanish/toc.html

(5) Piero Gleijeses, Shattered Hope. The Guatemalan Revoluciona and the United States, 1944-1954. Princeton University Press, 1992.

(6) La Jornada, 16 de mayo de 2003; Boletín Informativo N° 257 de Incidencia Democrática, Guatemala, 22 de mayo de 2003.

(7)  Carlos Figueroa, “A propósito de dos preguntas de Héctor Aguilar Camín”, Revista Nexos, enero de 1997.

(8) C. Figueroa, Revista Nexos, op. cit.

(9) Memorial del silencio, op. cit. 

Salvador Martí y Carlos Figueroa, La izquierda revolucionaria en Centroamérica. De la lucha armada a la participación electoral; Los libros de la Catarata, Madrid, 2006. 

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