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Juan Diego
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Marulanda
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 El
guerrillero más
antiguo del mundo no
se llama realmente
Manuel Marulanda
Vélez sino Pedro
Antonio Marín.
Asumió esa identidad
en memoria de un
dirigente sindical
comunista asesinado
por la policía.
Tampoco ingresó a la
guerrilla como
marxista convencido
sino como un
adolescente que
sobrevivía a una
masacre oficial en
la que pereció buena
parte de su familia;
sus compañeros de
entonces tampoco
eran comunistas sino
liberales
perseguidos por el
régimen conservador.
Su ingreso al
Partido Comunista es
posterior ...
Juan Diego García,
Argenpress,
LPG, Caracas,
15/12/2007
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Marulanda de
Juan Diego García
El guerrillero más
antiguo del mundo no
se llama realmente
Manuel Marulanda
Vélez sino Pedro
Antonio Marín.
Asumió esa identidad
en memoria de un
dirigente sindical
comunista asesinado
por la policía.
Tampoco ingresó a la
guerrilla como
marxista convencido
sino como un
adolescente que
sobrevivía a una
masacre oficial en
la que pereció buena
parte de su familia;
sus compañeros de
entonces tampoco
eran comunistas sino
liberales
perseguidos por el
régimen conservador.
Su ingreso al
Partido Comunista es
posterior, y allí
recibió toda la
educación y
formación que posee.
Jamás ha pisado una
gran ciudad; nunca
ha caminado por las
calles de Bogotá y
su lenguaje sencillo
que puede resultar
molesto a algún
intelectual
constituye al
parecer uno de sus
mayores atractivos
para los
combatientes de las
FARC y para quienes
le apoyan y
colaboran.

Su imagen de
campesino mestizo,
curtido en mil
batallas, con su ya
característica
toalla guerrillera
al hombro ha
sobrevivido a casi
medio siglo de
guerra, a muchos
gobiernos, a
innumerables
generales
nacionales, a
múltiples asesores
extranjeros y a un
sinnúmero de
operativos que le
daban por muerto.
La posibilidad de un
intercambio
humanitario de los
presos que gobierno
y guerrilla retienen
en su poder vuelve a
colocar a Marulanda
en los primeros
planos del debate
político en el país
y en el mundo. No
solo es el
presidente Hugo
Chávez quien aboga
por ese intercambio
y por el inicio de
un proceso de paz; a
él se agregan ahora
los gobiernos de
Francia, Brasil,
Ecuador, Bolivia y
los 112 países que
en reciente cumbre
de los No Alineados
han dado su total
respaldo a la
iniciativa.
La incomodidad del
gobierno de Uribe no
puede ser más
evidente. En el
fondo, aunque no se
trata de un
intercambio de
prisioneros en toda
regla, el acuerdo
humanitario
implícitamente
coloca a las FARC en
la condición de
fuerza combatiente
diluyendo -y mucho-
la imagen creada por
el gobierno que
pinta a esta
organización
guerrillera con los
trazos más oscuros:
terroristas,
narcotraficantes,
secuestradores,
asesinos y un largo
etcétera de
adjetivos que buscan
negar su condición
de insurgentes,
ignorando a
propósito que esta
guerrilla tiene
estructuras
militares
reconocibles, un
programa social y
político y unas
bases sociales que
podrán no ser
multitudinarias pero
resultan suficientes
para no ser
ignoradas. De otra
parte, la
legitimidad del
gobierno tampoco
parece tan diáfana a
juzgar por la
raquítica
participación de la
ciudadanía en las
elecciones y por la
intervención probada
y criminal de los
paramilitares en las
mismas.

Uribe está preso de
una dinámica que él
mismo desató. Sembró
el camino de
dificultades negando
a la insurgencia
(ELN y FARC) toda
otra salida que no
sea la rendición
completa, algo que
solo es viable
cuando esas fuerzas
están derrotadas o
debilitadas en
extremo. Y este no
parece ser el caso
de los alzados en
armas en Colombia.
No le falta razón a
quienes piden no
solo el intercambio
humanitario sino el
pronto inicio de
conversaciones
serias que conduzcan
a la paz. Ahora las
autoridades de
Bogotá, desbordadas
por los
acontecimientos, se
atrincheran en dos
condiciones que de
mantenerse
inalterables pueden
frustrar los
esfuerzos de Chávez
y los deseos de la
inmensa mayoría
ciudadana: negarse
en redondo a
cualquier despeje
territorial para
adelantar las
negociaciones sobre
el intercambio
humanitario y exigir
que quienes salgan
de las cárceles no
regresen a las filas
guerrilleras.
En cuanto a lo
primero, el rechazo
oficial al "despeje"
alegando que
significa ceder la
soberanía
territorial, resulta
todo un sarcasmo si
se considera que la
guerrilla está
presente y controla
amplias zonas del
país, que los
paramilitares hacen
lo propio y que el
Estado, como tal,
apenas existe para
millones de personas
en este país. En
realidad este
rechazo rotundo de
Uribe es tan solo
una excusa para
impedir que las FARC
adquieran la
naturaleza de
"fuerza
beligerante". Sería
un golpe decisivo a
su política de
"seguridad
democrática" (que
excluye todo arreglo
que no sea la
rendición) y abriría
las puertas a la
negociación
reconociendo
tácitamente la
naturaleza política
de la guerrilla. Y
negociar es lo que
la clase dominante
colombiana no desea;
negociar significa
aceptar reformas y
para eso no ha
existido nunca la
menor disposición.
Ni en éste ni en
anteriores procesos
de paz.
En cuanto a lo
segundo, exigir la
renuncia a las armas
a los guerrilleros
que se ponga en
libertad, plantea
nuevas dificultades
y no pocas paradojas
puesto que quien
renuncia a su
condición de
insurrecto y se
acoge a la ley no
necesita formar
parte de un
contingente de
intercambio y saldrá
libre
automáticamente. Si
deja de ser
guerrillero pierde
su condición de
intercambiable.
El proceso de
intercambio
humanitario está
entonces cargado de
incertidumbres por
la variedad y
oposición de los
intereses en juego.
No son pocas las
fuerzas que
conspiran contra la
paz desde el mismo
gobierno y desde
sectores decisivos
de la clase
dominante del país,
y por supuesto desde
Washington, tan
comprometido en la
guerra colombiana y
tan interesado en
mantener su relación
privilegiada y de
dominio sobre
Bogotá. Además, que
en el proceso de una
paz posible y
deseada por tantos
sea precisamente
Hugo Chávez quien
juegue un papel
destacado
contraviene de lleno
las políticas
estadounidenses que
buscan aislar a
Venezuela del resto
del continente y de
ser posible derribar
su actual gobierno.
Pero también hay
razones para el
optimismo. En el
fondo, las
objeciones pueden
solventarse
fácilmente si existe
voluntad política y
disposición. Como
muchos señalan - por
ejemplo la misma
Iglesia Católica tan
poderosa e
influyente en
Colombia - se puede
buscar una fórmula
intermedia para el
desarrollo de las
conversaciones,
realizando contactos
simultáneos en el
país y en el
extranjero. En
Colombia no
sobrevendrá en
cataclismo si se
declara "zona
especial" a algún
lugar comúnmente
acordado en donde
ambas partes
-gobierno y
guerrilla-
establezcan los
contactos y
adelanten las
gestiones para el
intercambio, previo
retiro de cuerpos
armados y bajo la
supervisión y
garantía de países
amigos. El
intercambio puede
combinar soluciones
que supongan tanto
territorio nacional
como países amigos
en condiciones tales
que se satisfaga a
ambas partes. En
este país de
juristas ilustres no
faltará quien con
imaginación
encuentre la formula
legal precisa para
romper el nudo
gordiano y quien
proponga la solución
feliz para que todos
ganen. Si el
intercambio se
asocia desde el
comienzo con el
proceso de paz, los
obstáculos
mencionados se
pueden superar con
relativa facilidad;
sobre todo los
referidos a la
suerte futura de los
guerrilleros que
salgan de prisión.
Un conflicto que
parece irresoluble
podría no serlo si
existe voluntad para
ello. La
persistencia de la
lucha armada en
Colombia no ocurre
por maldición
bíblica o en razón
del espíritu
especialmente
belicoso de sus
habitantes sino por
condiciones sociales
y políticas que
sustentan un régimen
violento de ventajas
y discriminaciones
aberrantes. Desde
esta perspectiva es
obvio que la mayor
responsabilidad
corresponde a la
clase dominante del
país, beneficiaria
de tan sólido
entramado de
privilegios. Si esto
no sucede, tendrá
que ser la
iniciativa de la
propia ciudadanía la
que imponga las
soluciones, ya sea
en las urnas o
mediante un vigoroso
movimiento de
desobediencia civil.
Si en su día se
hubiese realizado la
moderada reforma
agraria propuesta
por el presidente
Lleras Restrepo el
latifundio
improductivo habría
sufrido un fuerte
golpe, se habría
democratizado la
propiedad del suelo
en un país entonces
básicamente agrario,
se habría ampliado y
dinamizado el
mercado interno, se
habría influido
positivamente en el
caótico proceso de
urbanización que el
país soporta y
Manuel Marulanda
sería un inofensivo
anciano, relatando
lejanas proezas a
sus nietos en las
tardes brumosas de
su retiro andino.
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