|
Luís Britto García
COLOMBIA APLICA
LA ESTRATEGIA DE SEGURIDAD NACIONAL DE ESTADOS UNIDOS
El atentado
contra las torres gemelas del World Trade Center del 11 de septiembre de
2001 sirvió como excusa para la presentación de una nueva
Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de América, formulada
por George W. Bush en Washington el 17 de noviembre de 2002, y muy acorde
con las propuestas del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano. En ella,
proclama que en el mundo ha ocurrido una victoria decisiva de las fuerzas
de la libertad que es “la de un solo modelo sostenible de éxito nacional:
libertad, democracia y libre empresa”. Un triunfo decisivo debería
conducir al desmantelamiento de la “posición de fuerza militar sin
paralelo” que mantiene Estados Unidos. Para justificar que ello no suceda,
hay que definir un nuevo enemigo, por lo cual se declara que “defenderemos
la paz al luchar contra los terroristas y tiranos”; se declara el carácter
perpetuo y el alcance planetario de la confrontación al afirmar que “la
guerra contra el terrorismo de alcance global es una empresa mundial de
duración incierta” y se amenaza, no sólo con que dicho país “ayudará a
aquellos países que necesitan nuestra ayuda para combatir el terrorismo”
sino que “hará responsables a aquellos países comprometidos con el
terrorismo –incluso aquellos que dan refugio a terroristas-, porque
los aliados del terrorismo son enemigos de la civilización”. De nuevo,
todos los países de la tierra quedan involucrados en la confrontación que
interesa a Estados Unidos; una vez más, sólo les queda el recurso de
convertirse en instrumentos de la gran potencia o ser agredidos. Por ello,
“las naciones que disfrutan de libertad deben combatir activamente al
terrorismo. Las naciones que dependen de la estabilidad internacional
deben ayudar a impedir la propagación de las armas de destrucción en masa.
Las naciones que procuran obtener ayuda internacional se deben gobernar a
sí mismas sabiamente, para que la ayuda se gaste apropiadamente. Para que
la libertad prospere, se debe esperar y exigir la rendición de cuentas”. A
fin de utilizarlas en este conflicto planetario se espera reclutar sin más
las organizaciones internacionales, ya que “Estados Unidos está
comprometido con instituciones perdurables como las Naciones Unidas,
la Organización Mundial del Comercio, la Organización de los
Estados Americanos, la OTAN, así como con otras alianzas de larga data.
Las coaliciones de naciones dispuestas a participar pueden aumentar estas
instituciones permanentes. En todos los casos deben tomarse en serio las
obligaciones internacionales. No se las puede asumir simbólicamente con el
fin de obtener apoyo para un ideal, sin promover su realización”
(Bush, George W. 2002).
Cinco puntos
resultan de particular interés en esta declaratoria de guerra al mundo
formulada como doctrina de seguridad:
En
primer lugar, la indefinición total del
enemigo, que coincide con la atribución implícita conferida a
Estados Unidos para definirlo. En el citado documento se afirma que dicho
país lucha “contra terroristas esparcidos por todo el mundo” añade que “el
enemigo no es un régimen político, persona, religión o ideología
aislados”, y precisa que “El enemigo es el terrorismo premeditado, la
violencia por motivos políticos perpetrada contra seres inocentes”. Aparte
de que no hay mejor definición de la política permanente de Estados Unidos
que la contenida en esta frase, ella puede ser esgrimida –la violencia y
la frase- contra cualquier régimen, persona, religión o ideología. Por
ejemplo, a comienzos de siglo el Documento Santa Fe IV detecta que “ha
surgido en escena una nueva amenaza al hemisferio de singular fuerza: los
comunistas chinos” (Santa Fe IV).
En segundo lugar, la definición del
enemigo no requiere que éste haya perpetrado alguna violencia, sino que
Estados Unidos piense que podría cometerla. Y así, se afirma
que “si bien Estados Unidos tratará constantemente de obtener el apoyo de
la comunidad internacional, no dudaremos en actuar solos, en caso
necesario, para ejercer nuestro legítimo derecho a la defensa propia, con
medidas preventivas contra esos terroristas, a fin de impedirles causar
daños a nuestro pueblo y a nuestro país; y privar a los terroristas de
nuevo patrocinio, apoyo y refugio seguro, convenciendo u obligando a los
Estados a aceptar sus responsabilidades soberanas”.
El propio documento revela el
tenor de tales medidas “preventivas”, al mentir que “durante la Guerra del
Golfo obtuvimos pruebas irrefutables de que los designios de Irak no se
limitan a las armas químicas que había utilizado contra Irán y su propio
pueblo, sino que abarcan la adquisición de armas nucleares y agentes
biológicos”. A la postre se reveló que ni armas ni pruebas existían, no
obstante lo cual la ocupación de Irak se prolonga indefinidamente. Pero el
enemigo podría justificar una guerra preventiva mediante otra agresión
infinitamente más sutil: la “penetración económica”. La misma razón de ser
de la globalización se vuelve así declaratoria de guerra. Conjuntamente,
el Documento Santa Fe IV multiplica al infinito los rostros de la amenaza:
Pero la amenaza
no se da sólo en el frente militar, como en Colombia. Es mucho más
complicado. La penetración económica es especialmente preocupante. Ante
todo, lo más evidente es la situación del Canal de Panamá, donde Estados
Unidos ha pagado para deshacerse del premio estratégico más importante del
hemisferio, si no del mundo. Al hacerlo, Estados Unidos ha puesto su
futuro económico a merced de una situación política muy inestable e
incierta. Los hechos son preocupantes. Los dos puertos, en el extremo
Atlántico y Pacífico del Canal, están en manos de
la Compañía Hutchinson Whampoa, una empresa que tiene vínculos
muy estrechos con Beijing. Al mismo tiempo, las compañías de China
continental están entrando en profundidad en los diversos puertos de la
Cuenca del Caribe, que son fundamentales para la economía de Estados
Unidos, como Freeport en Bahamas (Santa Fe IV).
En tercer lugar,
el documento vindica el derecho de
“actuar solos, en caso necesario”, vale decir, sin el consenso
e incluso en contra de las organizaciones internacionales y de las leyes
internacionales, a las cuales sólo se admite como instrumentos
incondicionales o estorbos prescindibles.
En cuarto lugar,
en función de esta cruzada posiblemente preventiva y al margen del orden
internacional contra un enemigo indefinido que él precisará en cada caso,
Estados Unidos asume por propia cuenta
y sin que nadie se lo haya solicitado las siguientes tareas, que
presuponen una reestructuración total del planeta:
“-se erigirá en
paladín de los anhelos de dignidad humana;
-fortalecerá las
alianzas para derrotar el terrorismo mundial y actuará para prevenir los
ataques contra nosotros y nuestros amigos;
-colaborará con
otros para resolver conflictos regionales;
-impedirá que
nuestros enemigos nos amenacen a nosotros, a nuestros aliados y a nuestros
amigos con armas de destrucción en masa;
-suscitará una
nueva era de crecimiento económico mundial por medio de los mercados
libres y el libre comercio;
-expandirá el
círculo del desarrollo al abrir las sociedades y crear la infraestructura
de la democracia;
-desarrollará
programas para una acción cooperativa con otros centros principales de
poder mundial, y
-transformará
las instituciones de seguridad nacional de Estados Unidos para enfrentar y
aprovechar las oportunidades del siglo XXI”.
Notemos
que el “policía del mundo”, así travestido como “paladín”, incluye entre
las metas de su doctrina estratégica “resolver conflictos regionales”,
imponer “los mercados libres y el libre comercio” y “abrir las sociedades
y crear la infraestructura de la democracia”, cuestiones que sólo atañen
al soberano orden interno de las demás naciones, y que no podrían ser
impuestas sin quebrantarlo.
En
quinto lugar, la doctrina planifica
para América Latina y el Caribe “nuestra integración”, vale
decir, la impuesta por la potencia hegemónica:
En el Hemisferio
Occidental hemos establecido coaliciones flexibles con países que
comparten nuestros intereses prioritarios, en particular México, Brasil,
Canadá, Chile y Colombia. Juntos forjaremos un hemisferio genuinamente
democrático, donde nuestra integración dé impulso a la seguridad, la
prosperidad, las oportunidades y
la esperanza. Trabajaremos con instituciones regionales como el
proceso de la Cumbre de las Américas, la Organización de los Estados
Americanos (OEA) y las Reuniones Ministeriales de Defensa de las Américas,
en beneficio de todo el hemisferio.
Por lo pronto, como codicilo de lo expresado, se
comienza ejerciendo la atribución unilateral para definir al enemigo,
afirmando que “en cuanto a Colombia, reconocemos el vínculo que existe
entre el terrorismo y los grupos extremistas que desafían la seguridad del
Estado, y el tráfico de drogas, que ayuda a financiar las operaciones de
tales grupos”. La intervención regional anunciada se explicita y amplía al
afirmar que “hemos formulado una estrategia activa para ayudar a los
países andinos a ajustar sus economías, hacer cumplir sus leyes, derrotar
a las organizaciones terroristas y cortar el suministro de las drogas”,
asuntos que, una vez más, sólo conciernen al soberano orden interno y que
Estados Unidos haría bien en resolver dentro de sus fronteras. La
integración subordinada del mundo y de América Latina forma parte de la
nueva doctrina estratégica de Estados Unidos. A sus víctimas nos
corresponde formular la propia.
Es oportuno
recalcar que existe una suerte de consenso en torno a esta doctrina en los
más altos círculos de poder estadounidense. Así Jesse Helms, antiguo
presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado estadounidense,
proclama que “nos encontramos en el centro y pretendemos quedarnos en él
(...). Estados Unidos debe dirigir el mundo portando la antorcha moral,
política y militar del derecho y de la fuerza, y servir de ejemplo a todos
los demás pueblos”. Y Thomas Friedman, anterior consejero especial de la
secretaría de Estado, afirma que “Para que la mundialización
funcione, América no debe tener miedo a actuar como la invencible potencia
que es en realidad (...). La mano invisible del mercado no funcionará
nunca sin un puño bien visible. La McDonald´s no puede extenderse sin
la MCDonnel Douglas, el fabricante del F-15. Y el puño
invisible que garantiza la seguridad mundial de la tecnología de Silicon
Valley es el ejército, la fuerza aérea, la marina y el cuerpo de marines
de Estados Unidos” (Ziegler 2003, 43-44).
Ante tales
planteamientos los países de América Latina y el Caribe debemos
desarrollar una doctrina militar propia, que no sea mero remedo de
la de Estados Unidos y que defina a éste como el principal
antagonista potencial de nuestros países. Las intervenciones europeas en
el hemisferio tendieron a desaparecer durante el siglo pasado: en el curso
de él sólo se registran el bloqueo inglés, alemán e italiano a Venezuela
en 1902 y la agresión británica contra las Malvinas en 1982. Las
agresiones estadounidenses son en cambio una realidad cotidiana. Si bien
no abrigamos planes hegemónicos ni proyectos estratégicos de invasión,
debemos organizar nuestra defensa con el fin de presentar una capacidad
disuasiva que impida futuras intervenciones.
Sistema Hemisférico de Seguridad
Mientras tanto,
desde el origen de nuestras repúblicas avanzan planes sistemáticos y
constantes para integrar a nuestras fuerzas armadas como instrumentos de
las potencias hegemónicas foráneas. Como descaradamente confiesan los
asesores estadounidenses autores del Documento Santa Fe I:
La política
cambia, pero la geografía no. Este Hemisferio es todavía la mitad del
globo, nuestra mitad, la mitad americana. Nuestro futuro geoestratégico,
económico, social y político debe estar asegurado por un sistema
hemisférico de seguridad. Los sueños de Simón Bolívar y Thomas Jefferson
son tan válidos en la actualidad como lo fueron en 1826. El TIAR, o
Tratado de Río, es tan vital actualmente como lo era en 1948, cuando se
firmó en Bogotá (Santa Fe I).
El paso del
tiempo simplemente acendra estos planes. Con motivo del proyecto de
integración económica estadounidense del ALCA, se exige un alineamiento
que se extiende a lo político y lo militar. Según denuncia Jaime Estay:
En cuanto a
las estrategias geopolíticas de EEUU hacia América Latina y el Caribe, lo
que interesa destacar es que el ALCA es un componente de esas estrategias,
las que incluyen además elementos directos de dominación política y
militar, con los cuales la presencia económica de las empresas y productos
estadounidenses se complementa y asegura con el control físico del
territorio hemisférico, constituyendo todo ello un conjunto coherente a
través del cual se pretende que la región –con sus recursos naturales, su
gente y la totalidad de su infraestructura- responda por completo a los
objetivos y necesidades definidas del lado estadounidenses (Estay 2003,
107).
Estos planes
“para un sistema hemisférico de seguridad” y para el control físico del
territorio hemisférico pueden ser jerarquizados en un orden de intensidad
creciente. Éste comprende la formulación explícita de doctrinas
interventoras, su consagración en acuerdos y tratados internacionales, el
espionaje militar y sociológico, los planes de adiestramiento por
ejércitos foráneos, las maniobras conjuntas con ellos, las ventas y
suministros de armamentos, el aporte de instructores que de hecho ejercen
funciones de comando, la colocación de las fuerzas armadas bajo el mando
de instituciones extra nacionales como la OEA, la DEA la OTAN o la OTAS,
la instalación de bases, la instalación de contingentes, la intervención
armada abierta y la secesión de países. Estas medidas no siguen siempre
estrictamente el orden indicado, pero por lo general se aplican en
creciente orden de intensidad hasta lograr el objetivo de imponer la
voluntad del agresor al intervenido. En Colombia han llegado hasta su
culminación total.
(Luis Britto
García: América Nuestra: Integración y Liberación)
http://luisbrittogarcia.blogspot.com
|