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–Usted llegó en
1972. ¿Qué es lo que conocía de la Argentina?
–Pues, sabía muy poco. Buenos Aires era mi primer puesto en el extranjero
como funcionario del Estado italiano. Llegué para ocupar el puesto de
vicecónsul, con los años hubo un pequeño ascenso a cónsul aunque nunca
llegué a ser jefe, era el número dos del consulado que estaba donde está
ahora, en el edificio del Teatro Coliseo. Yo no sabía de qué se iba a
tratar mi trabajo. Sabía lo que sabe la gente común, de tangos y que era
una ciudad de tipo europeo, rica y bonita desde el punto de vista
cultural. Cuando llegué quedé sorprendido: estuve arriba de un barco
durante 18 días cruzando el océano y al llegar, pues, todo era como si
hubiese desembarcado en Italia nuevamente.
–Todavía estaba Agustín Lanusse en el gobierno.
–No había vuelto Perón pero todo eso era muy lejano para mí. Hasta
entonces, me ocupaba de los italianos que se ocupaban de pedir ayuda como
asistencia o jubilaciones.
–La embajada no tenía las mismas funciones que el Consulado, eso fue
importante para lo que usted vivió después.
–La embajada se ocupa de las relaciones entre los Estados. Representa el
Estado italiano en la Argentina y por lo tanto tiene extraterritorialidad,
distinta es la situación de los consulados. No tienen extraterritorialidad
y actúan dentro del sistema del país en el que se encuentran. Que la
policía ingresase a un consulado sería formalmente muy grave, pero
legalmente podría hacerlo.
–El Consulado se trasformó en un refugio para perseguidos políticos desde
temprano. ¿Cuándo tomó contacto con lo que sucedía en el país?
–Empecé a darme cuenta de la situación. El primer caso fue en 1975. Era un
joven italiano que formaba parte de la comisión sindical de una fábrica.
Vino a pedir ayuda porque lo perseguían las Tres A. Era de la provincia de
Buenos Aires. Cuando cruzó a la Capital se quedó sin dinero, sin saber a
dónde ir y vino al Consulado. Nos dimos cuenta de que si lo perseguían en
la provincia era probable que no le sucediera nada si dejaba el país por
Ezeiza. Suponíamos que no estaba en las listas oficiales de los buscados
porque una cosa eran las listas oficiales de migraciones y otra la de las
Tres A. Con esa hipótesis, decidimos que dejara el país ese mismo día. Le
dimos un pasaporte, compramos un billete de avión para Roma y lo
acompañamos a Ezeiza.
–Por lo que tengo entendido, ¿sabían que era mejor acompañarlo?
–Yo fui con él y otro diplomático de la embajada. Si por casualidad lo
detenían, no lo iban a hacer delante de dos diplomáticos italianos. Era
evidente que por mi profesión consular debía ayudarlo, no cabía la menor
duda de eso. La duda era si era justo llevarlo al aeropuerto o no.
Estuvimos razonando y comprendimos que lo mejor era que saliera lo antes
posible.
–Entre su arribo a Buenos Aires y ese momento, usted pasó unos meses en
Chile. ¿A qué se debió ese viaje?
–Me mandaron en septiembre, pocos días después del primer aniversario del
golpe de Pinochet. El gobierno italiano no había reconocido al chileno de
Pinochet y en la Embajada de Santiago sólo había dos personas, un
encargado de negocios y un diplomático joven que fue declarado persona no
grata por los chilenos. Como el gobierno italiano no quería mandar a un
funcionario de Roma para reemplazarlo porque podía ser interpretado como
una forma de reconocimiento al gobierno pinochetista, prefirieron mandar a
un diplomático en misión. Por eso me mandaron a mí por dos o tres meses.
–Durante esos meses vivió una situación peculiar con un grupo de
refugiados políticos.
–La embajada tiene una Cancillería y una residencia, la residencia es
donde está la casa. Allí había muchos refugiados, no sé, 400 o 450, no me
acuerdo bien. Pero estaba lleno. Al ocurrir el golpe, todas las embajadas
en Santiago se llenaron de refugiados. Gente desesperada que saltaba las
vallas para salvar la vida. Sucedía así porque al llegar al jardín
interior ya estaban en otro país, entonces no les pasaba nada.
–¿Importaba si eran italianos?
–No. Era un asilo político. Lo que pasó es que la Embajada de Italia tuvo
una primera ola de refugiados. Cuando se fueron, llegaron otros. Mientras,
todas las embajadas los mandaban de vuelta, Italia fue la última en que la
gente quedó asilada. El gobierno pensó que si mandaba a todos a Italia los
pedidos nunca se iban a acabar. Cuando llegó el primer aniversario del
golpe, ya no quedaban refugiados en ninguna embajada, excepto en la
italiana, donde había unas cuatro o cinco personas que esperaron durante
meses y meses saber qué iba a ocurrir. Como en ese momento, además,
recrudeció la violencia de la represión, quien estaba en peligro se metió
en la única embajada con refugiados. O sea, que la astucia del gobierno
italiano funcionó al revés y la residencia se volvió a llenar.
–¿Estamos hablando de cuántos?
–Serían unos 250 refugiados. Creo que 450 fue el número total de
refugiados durante las distintas fases. Todos estaban aterrados porque,
por una parte, el gobierno italiano no quería darles el visado para
Italia. Por otra, el gobierno chileno no quería entregarles el
salvoconducto para ir al aeropuerto.
–¿Por qué estaban aterrados?
–La razón por la cual los chilenos habían echado al joven diplomático de
la Embajada era que una noche, de repente, los asilados sintieron ruido y
encontraron un cadáver en el jardín, del lado de adentro. Era el cuerpo de
Lumi Videla, una militante del MIR que claramente había sido torturada y
había muerto. Eso habrá sido a las dos de la mañana. Era una provocación
de los militares chilenos. El diplomático denunció el episodio, pero ellos
hicieron correr otra versión y lo echaron. A partir de eso, los refugiados
temían que la policía se metiera adentro. Por eso me pidieron que me
quedara a vivir con ellos dentro de la embajada porque decían, y con
razón, que una cosa es cuando en la residencia hay un diplomático y otra
es cuando no hay nadie.
–Por situaciones como éstas algunos lo compararon con un héroe al estilo
de Schindler.
–Fue una cosa instintiva, creo. Lo que comprendí fueron dos cosas.
Primero, las atrocidades de un golpe militar. O sea, estando allí la gente
me contaba lo que había vivido, lo que había ocurrido, y en segundo lugar
lo mucho que puede hacer una embajada cuando quiere, las posibilidades que
ofrecen los instrumentos diplomáticos para ayudar a los que están
perseguidos por razones políticas.
–¿Recibió presiones del gobierno italiano por la colaboración en Chile?
–Sí, el gobierno italiano no quería. Lo que pasa es que la opinión pública
participaba de lo que ocurría en Chile y ellos no podían ponerse en contra
de esa opinión publica. Lo que querían era cerrar la cosa. Evitar
tensiones con los militares chilenos, pero sin llegar a tener el costo
político de no intervenir.
–La experiencia de Chile se repitió tiempo más tarde en Buenos Aires, en
un contexto político distinto.
–Yo había abierto los ojos. Sabía lo que una embajada o un consulado
pueden hacer y sabía que cuando hay una situación de ese tipo hay más
víctimas que lo normal para ayudar.
–Frente al golpe de marzo de 1976, tuvieron contacto con otras sedes
diplomáticas para hablar de esa situación.
–Había reuniones pero, en fin, digamos que hay cosas que uno habla con las
otras embajadas pero no colabora mucho, ¿no? Cada embajada es una
estructura cerrada. Se sabía que el golpe iba a ocurrir. No se sabía
cuándo, pero se sabía que iba a ocurrir. Y además había habido contactos
entre los militares y las embajadas. Los militares habían dicho que iba a
haber un golpe, y habían dicho que no iban a reconocer el asilo político
porque el golpe iba a ser sólo y exclusivamente una operación contra
criminales comunes.
–Así definían a los militantes de organizaciones políticas.
–Ellos definían a los subversivos como criminales comunes porque
secuestraban, asaltaban bancos, mataban gente. O sea que no les reconocían
el status del asilo político. Por lo tanto, no tenían derecho al asilo
político y el significado de eso para las embajadas era que si querían
colaborar con el nuevo gobierno, tenían que evitar los asilados. Y la
Embajada de Italia lo que hizo es tener un sistema de doble puerta como la
que hay ahora en los bancos, de manera que no se pudiera entrar sin
explicar la razón por la que se lo hacía. Y se sabía que había coches de
los militares delante de la puerta.
–¿Para controlar el ingreso?
–De manera que no hubo asistencia de refugiados. Por eso es que sólo los
hubo en la embajada de México. Creo que hubo alguno en las embajadas
nórdicas como Suecia, Noruega, pero poca cosa.
–Esto es fuerte
–¡Y yo sé la razón! La razón es muy importante. Los militares chilenos
tomaron el poder sin problemas, pero el uso de la violencia que hicieron
para crear terror se les volvió en contra porque fue reproducido por la
televisión, por un sistema mediático e iconográfico. Había imágenes en
todo el mundo. Por lo cual, en todo el mundo se vio el horror. Los
detenidos en los estadios. Los tanques, el bombardeo en La Moneda.
Pinochet quedó como el nuevo Hitler condenado al ostracismo internacional.
Tres años después, los argentinos decidieron hacer lo mismo pero sin el
rumor. Buscaron una estrategia que permitiera eludir a los medios porque
en el sistema iconográfico lo que no se representa, no existe: es ahí que
nace la idea de los desaparecidos. Los desaparecidos es la idea genial de
los militares argentinos. Los gobiernos, incluso los democráticos,
colaboraron con los militares argentinos en mantener la oscuridad sobre
todo lo que estaba ocurriendo.
–¿Entre esos gobiernos ubica a Italia?
–Está Italia. No hubo ni un solo refugiado en la embajada de Italia, ni
uno solo. De los treinta mil desaparecidos no hubo nadie en la embajada de
Italia.
–¿Frente a esa situación, qué pasó en el consulado?
–Empezó a llegar gente al consulado. Dos tipos de personas. Primero,
parientes de chicos secuestrados durante la noche. Eran de todas partes de
Buenos Aires para pedir ayuda legal, un hábeas corpus, porque no
encontraban abogados.
–De esa forma, ustedes encontraron el resquicio para intervenir en las
causas.
–También la embajada hubiera podido si hubiese querido, pero en fin
digamos que era nuestro deber.
–¿El otro grupo de personas quiénes eran?
–Los otros eran jóvenes perseguidos que si salían de allí, decían, no
tenían dónde ir. No tenían dinero, estaban aislados, no tenían dónde
dormir. Venían durmiendo en los jardines o en los hoteles por hora, pero
ya no tenían recursos. Y sabían que si salían, los mataban.
–Ustedes no podían dar asilo político.
–Ese era el problema, pero podíamos ayudar. Dábamos pasaporte, dábamos
billetes de avión, pero, claro, a esa altura ya existía el problema de
que no podían salir por Ezeiza. Entonces, pensamos en Aeroparque para
sacarlos por Montevideo porque ahí no había un control severo. Había
militares argentinos en Uruguay.
–Dando cuenta del Plan Cóndor.
–El objetivo de los militares argentinos era que pareciera que acá no
ocurría nada. Dejaban que la gente saliera sabiendo que si algún militante
iba a Uruguay lo atraparían ahí. Entonces, lo que hacíamos nosotros era
darle un pasaporte italiano al chico que quería irse. Le pagábamos el
billete Buenos Aires-Montevideo, al llegar ahí se presentaba en la
embajada Italiana con el pasaporte, y la embajada le daba un billete
Montevideo-Roma. Si pasaba algo, decía que era un turista italiano que le
habían robado la cartera y los documentos. Cuando eso ya no se pudo hacer,
usamos la ruta de Río de Janeiro. Lo importante era evitar Ezeiza.
–Pero eso también se complicó.
–La última vez tuve que ir yo con dos personas que habían estado viviendo
en el consulado cuatro meses. Decidimos que se irían con pasaporte falso y
que se irían por Ezeiza con carnet de identidad falso argentino y
pasaporte italiano falso. Y de allí a Río donde se confundirían con los
pasajeros en tránsito para Roma. Pero claro, eso se pudo hacer una vez y
eso era al final. Yo ya estaba a punto de marcharme y luego ya terminó la
cosa. Me trasladaron en mayo de 1977, y en los primeros días de mayo me
fui. Era muy difícil pero tuve la sensación de que siempre uno encontraba
la manera de sacar a la gente.
–¿Por qué lo trasladaron?
–Formalmente porque ya llevaba más de cinco años aquí, nosotros no podemos
estar más de cuatro años. La realidad es que a mi gobierno yo le creaba
problemas. Mi ministerio no quería escándalos. No quería problemas con los
militares argentinos. Por un lado, que el consulado ayudara les venía bien
porque evitaba escándalos en Italia. Pero por otro preferían que no. Me
hubieran podido dejar más tiempo. Si un gobierno está contento con la
actuación de su funcionario no lo cambia durante la crisis.
–¿En algún momento se formalizó la queja oficial ante las autoridades
argentinas?
–No. Nunca hubo nada abiertamente, pero yo sabía, ¡vamos!
–Ese fue el inicio de su carrera diplomática. ¿La carrera diplomática
siguió?
–Sí, yo volví a Roma, estuve unos años en Roma y después no tuve una
carrera muy brillante. Me mandaron a Nepal y de Nepal a Afganistán y luego
en cuanto pude me fui jubilado.
–¿En la carrera diplomática esto se lee como un castigo?
–No, un castigo no. Pero una falta de confianza, sí. El diplomático es un
funcionario que está muy cerca del poder, no debe haber estridencias entre
un diplomático y la manera de actuar y de pensar del poder político. El
poder necesita fiarse. Bueno, yo tomé mis decisiones sabiendo lo que iba a
pasar. Son cosas graves.
–¿Cuánto tiempo permaneció la gente en la Embajada?
–Normalmente resolvíamos el problema en 24 horas, porque era gente que no
tenía dónde ir, pero eso era posible cuando la persona podía irse por
Aeroparque o barcos con maneras fáciles de salir del país. Pero hubo casos
en que se complicó mucho. Conseguimos un convento de italianos que ya no
me acuerdo el nombre, cerca del puerto. Funcionó bien pero al ocurrir lo
de los Palotinos no quisieron más, tuvieron miedo. Entonces, los teníamos
metidos en una oficina del consulado. No era asilo político porque los
militares podían entrar pero, en fin, sabíamos que hubiese sido muy
violento que entraran.
–Usted pagó un costo político, digamos, entre el resto de los
diplomáticos?
–Me sentí aislado dentro de mi estructura diplomática, no con el resto. Yo
sabía que no podía pedir ayuda a nadie porque no me habrían ayudado. Sabía
que me tenía que arreglar solo y tampoco era tan grave. Lo que ocurrió es
que hasta un momento, la primavera del 1977, yo pude contar con apoyo
político del Partido Comunista Italiano, eso me protegía de alguna manera
de mi propia estructura diplomática, de mi ministerio que quería moverme
hasta trasladarme. Llegó un momento en el que el apoyo político con el que
yo contaba se terminó: entre otras cosa porque Moscú tenía interés en
mantener buenas relaciones militares con los argentinos por el embargo de
Jimmy Carter en los Estados Unidos y requerían el trigo. Entonces, el PC
Argentino hizo el trámite de los militares soviéticos diciendo que no
había que criticar demasiado a Videla porque era un moderado. Que si lo
echaban vendría gente peor. Y Moscú dio órdenes a los partidos comunistas
de todo el mundo de no criticar. Con lo cual, incluso el Partido Comunista
Italiano tomó la misma decisión, así como había ayudado mucho a los
chilenos. Aquí no se comprendía: el peronismo, Isabel, no había partidos,
había movimientos armados, era otra cosa. Entonces, el PCI dejó de apoyar.
Yo me quedé aislado pero en el consulado hubo quien siguió ayudando porque
esta gente les daba pena, aunque empezó a haber gente que creó problemas.
Ya publicado el
24/04/2006 en Diario Página 12 |