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Libertad Weibel
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CARTA PÚBLICA A LA
PRESIDENTA MICHELLE
BACHELET
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Hace unos meses
usted y yo nos
saludamos, sentadas
bajo el sol de
Quilicura. Usted
vino a reunirse con
mi familia en uno de
los días más tristes
de nuestras vidas,
el vigésimo
aniversario de la
muerte de nuestro
hermano, tío y
padre, el profesor
Manuel Guerrero.
Libertad Weibel,
LPG, 11/11/2006 |
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CARTA PÚBLICA A LA
PRESIDENTA MICHELLE
BACHELET
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Hace unos meses
usted y yo nos
saludamos, sentadas
bajo el sol de
Quilicura. Usted
vino a reunirse con
mi familia en uno de
los días más tristes
de nuestras vidas,
el vigésimo
aniversario de la
muerte de nuestro
hermano, tío y
padre, el profesor
Manuel Guerrero.
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Sé que para usted
también es una fecha
dolorosa. En ella
fue asesinado
también José Manuel
Parada, el esposo de
una de sus grandes
amigas, Estela
Ortiz. Por eso, le
creí cuando subrayó
que como país
necesitamos
construir justicia y
también memoria.
Que la persecución
política, de la cual
usted y su familia
fueron víctimas, no
tiene lugar en una
democracia
inclusiva, madura y
capaz de articular
consensos en los
disensos.
Yo también creo en
ello. O sea, en un
Chile que respeta
las diferencias, que
promueve la
responsabilidad
cívica, que acoge al
postergado, que
levanta caminos de
integración, que
forja jóvenes
concientes de sí y
su sociedad. Que
bajo ningún pretexto
ampara la
discriminación.
Sin duda,
tendremos también
diferencias,
distancias.
Experiencias que
divergen, que nos
marcan. Usted es
hija de un general,
yo de un obrero.
Usted fue torturada,
yo no.
Pero también tenemos
cosas en común.
Ambas somos madres y
criamos solas. Ambas
soñamos con un país
distinto, a su
manera cada una,
claro está. Ambas
queremos que
nuestras hijas
puedan crecer
dignas, libres, sin
los horrores que
vivimos. Amantes de
la vida.
Sin heridas y
resentimientos. Sin
deudas, sin futuros
truncos. Sin la
sensación de estar
en un país que aún
no logra consolidar
la democracia como
un acto cotidiano de
respeto e inclusión.
Por todo ello, es
que no entiendo su
silencio, sobre todo
porque es un
silencio que ampara
la discriminación,
la persecución
política. Todo por
lo que algún día
luchamos, más allá
de las veredas donde
estemos hoy. Quien
sabe, quizás algún
día hasta arrancamos
juntas por la
Alameda.
Mi hija,
Francisca Vargas, es
alumna de excelencia
del Liceo 1.
Tiene promedio 6,8.
Talvez hasta tenga
mejores notas que
usted. De hecho,
quiere estudiar
medicina. Hoy no sé
si pueda hacerlo. La
han expulsado, como
a otras niñas y
niños. Y en ningún
colegio de
excelencia la van
recibir. Yo soy
profesora y no puedo
pagar un colegio
particular.
Francisca, cuyo
delito ha sido
defender sus ideas
políticas, también
la oyó hablar de
memoria y justicia.
De un país para
todos. Hoy la
escucha callar ante
la persecución.
Probablemente, como
cuando estalló el
conflicto con los
escolares a
principios de año,
usted tenga otras
preocupaciones. Pero
ésta es mi
preocupación.
No entiendo por qué
un gobierno
democrático permite
que un ex ministro
de Pinochet y un
alcalde derechista
persigan
políticamente. No
entiendo. ¿Vamos a
enseñarles a
nuestros hijos que
es mejor el
silencio? ¿Para eso
lucharon nuestros
padres?
¿La lección será
para los jóvenes que
cada cual debe
salvarse solo? ¿Qué
la traición también
cuenta? ¿Qué si un
muchacho humilde
quiere ser médico
las lealtades no
importan? ¿Qué el
mayor compromiso es
taparse los ojos
ante la injusticia?
¿Es ese el país que
queremos?
La verdad es que
no sé si tiene
sentido hacerse más
preguntas. Usted las
conoce mejor que yo.
También sabe sus
repuestas.
El punto es que
usted puede tomar
decisiones que nos
devuelvan a la
sensatez democrática
y yo no. Usted puede
ejercer el poder que
le hemos dado como
país y yo no.
Usted nos dio la
mano donde murieron
los que amábamos.
Haga que eso tenga
sentido. Que mi hija
y sus compañeros
puedan volver a sus
salas de clases.
Gracias por leer
esta carta.
Cordialmente,
Libertad Weibel,
Profesora.
Santiago de Chile,
26 de octubre 2006
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Letto dal/Leído desde
11/11/2006

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