Bicentenario monesacro
martedì, 21 ottobre 2008 01:20:58
Edito por Asociación Civil "LPG"
Responsable: Attilio Folliero

Principal Arriba juramento saman Bicentenario monesacro CARACAZO
de 26/05/2006
Page Rank Check
Free counter and web stats

Principal
Arriba

DOSSIER PATRIAGRANDE

Petrodolares Dossier
  Emigración Ceseiv
Dossier Haití
Indígenas
de América

Música y canciones

DEBATE ABIERTO
promovido por
La Patria Grande
Diario Vea
Grupos sociales
Con
Adán Chávez
G. García Ponce
R. Hernández
15/08/2005
Discurso pronunciado al conmemorarse el Bicentenario del Juramento en el Monte Sacro por Hugo Chávez
Parte dedicada al Juramento del Samán de Güere, 17 de diciembre de 1982

Muy buenos días a todos, buenos días a todas. Ciudadano diputado Nicolás Maduro, Presidente de la Asamblea Nacional; ciudadano Magistrado Omar Mora Díaz, Presidente del Tribunal Supremo de Justicia; ciudadano doctor Germán Mundaraín, Defensor del Pueblo y Presidente del Consejo Moral Republicano; ciudadano doctor Jorge Rodríguez, Presidente del Consejo Nacional Electoral; ciudadano doctor Isaías Rodríguez, Fiscal General de la República; excelentísimos señores Embajadores; honorables Encargados de Negocios y representantes de organismos internacionales acreditados ante el Gobierno Nacional; ciudadano diputado Ricardo Gutiérrez, Primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional; ciudadano diputado Pedro Carreño, Segundo Vicepresidente de la Asamblea Nacional; ciudadano Iván Zerpa Guerrero, Secretario de la Asamblea Nacional; demás Diputados y Diputadas de nuestra Asamblea; ciudadano doctor José Vicente Rangel, Vicepresidente Ejecutivo de la República; señores Ministros, Ministras del Gabinete Ejecutivo; señores Generales y Almirantes miembros del Alto Mando Militar de la República; ciudadana doctora Marisol Plaza, Procuradora General de la República; Presidentes; Directores de institutos autónomos y empresas del Estado; representantes del sector privado; trabajadores, trabajadoras; jóvenes delegados del mundo al XVI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes; un abrazo especial para todos y reitero la bienvenida que ya les daba el Presidente de nuestra Asamblea Nacional; señores y señoras, amigos todos:

En primer lugar quiero recordar en esta mañana, clara por este lado y de nubarrones por aquel, mañana fresca aquí en el valle de Caracas, que hace un año exactamente, un día como hoy, cantó el catire Florentino Por el ancho terraplén.

Para recordarlo con el verso siempre vivo del insigne poeta barinés, Alberto Arvelo Torrealba: “El catire Florentino por el ancho terraplén / caminos del desamparo / desanda a golpe de seis/. Y más o menos a esta hora el catire Florentino, que somos todos los patriotas de Venezuela, estábamos cantando aquella copla “Zamuros de la Barrosa / del alcornocal de abajo / ahora verán señores / al Diablo pasar trabajo/”.

Día memorable aquel 15 de agosto de 2004; día de esos que van quedando registrados en nuestras páginas; día de pueblo, día de ratificación de un mandato, día de ratificación de un sendero, de un camino, día revolucionario, día en que se expresó con toda su magnitud la fuerza de la democracia revolucionaria bolivariana.

Quiero felicitar desde aquí, desde esta tribuna, en primer lugar, al pueblo venezolano. Pueblo heroico siempre, pueblo traicionado muchas veces, pueblo alegre siempre y optimista siempre, luchador siempre, forjador siempre, es el pueblo nuestro que nos dio vida y que nos da vida; y recordar una frase de Bolívar a quien rendimos tributo hoy y siempre, pero hoy de manera muy especial.

Bolívar cuando lanzó aquella frase donde expresaba su profunda confianza en el pueblo, mientras desde el Norte de América, y he ahí una de las grandes diferencias del sistema político que nació en el Norte de América y del sistema político y de la filosofía que lo impulsaba, que nacía en estas tierras del Caribe y de Suramérica.

Así, exactamente así: “la gran bestia a la que hay que domesticar, a la que hay que reducir, y si no se puede domesticar habrá que reducirla”, decían los primeros hombres que le dieron forma a aquel sistema político en el Norte de América.

En cambio aquí, Bolívar decía que tenía pruebas irrefragables del buen tino del pueblo en las grandes resoluciones y que por eso él siempre prefirió sus opiniones –las del pueblo– a la de los sabios. Por eso digo hoy con Bolívar y con todos nosotros: ¡Que viva el pueblo venezolano y que vivan los pueblos del mundo que batallan por la vida contra la guerra, contra el imperialismo, por la libertad, por la igualdad!

Quiero con estas palabras introductorias recordar el referendo nacional del 15 de agosto pasado, que pretendió ser revocatorio, pero que terminó siendo ratificatorio, la tremenda labor cumplida por ese pueblo, en primer lugar; por nuestra Fuerza Armada, junto al pueblo, desplegada por todas partes; por esas instituciones, la primera de ellas el Consejo Nacional Electoral. Señor Presidente, mi reconocimiento y nuestro reconocimiento.

Sometidos además, especialmente el Consejo Nacional Electoral, a un nutrido fuego de francotiradores internos y externos que han tratado de minar la fortaleza de los hombres y mujeres que han asumido esa responsabilidad de erigirse, por supremo mandato popular constitucional, en el Poder Electoral que ya proponía Bolívar allá en el Proyecto de Constitución de Bolivia.

Por más que algunos sigan tratando de lanzar basura sobre el Consejo Nacional Electoral y los hombres y las mujeres que lo dirigen, que lo constituyen; por más que algunas voces, cada día más aisladas y más remotas, sigan diciendo y hablando de fraudes y de votos fantasmas sin aportar ni una sola prueba, hay que decirlo, porque no las tienen, ni las tendrán, porque es mentira.

Hay que decir que hoy, en estos años de comienzos del siglo XXI, por fin, ya era hora de que el pueblo venezolano tuviese un verdadero Poder Electoral y un sistema electoral y que es, no me queda ninguna duda al decirlo, uno de los más transparentes que hay en este planeta, el sistema electoral que está conformado, instalado en Venezuela.

Y ahora, permítanme pasar al tema que hoy nos convoca. Me parece una extraordinaria iniciativa de ustedes, señores diputados, diputadas, de ustedes, señores Directivos, Presidente y Vicepresidentes de la Asamblea Nacional, venir aquí frente al Panteón Nacional, donde los restos mortales de Bolívar están, no sé si descansando, desde 1876, cuando fueron traídos aquí.

1876. Las fechas dicen mucho, y siempre es recomendable tener la mayor precisión posible del tiempo y del espacio. Espacio y tiempo para entendernos mejor: el quiénes somos, el dónde estamos, de dónde venimos, hacia dónde vamos, geografía e historia esencial, fundamental.

1876 significa que 46 años después de muerto Bolívar, fue que sus restos, durante el gobierno del General Guzmán Blanco, fueron traídos al Panteón Nacional. Claro que ya estaban en Caracas desde 1842, cuando era Presidente de la República el General José Antonio Páez fueron traídos los restos desde Santa Marta.

Maravillosa iniciativa, y apenas me propusieron la idea de que yo dijese algunas palabras acepté con mucho compromiso, con mucho rigor, a pesar de que en estos días he estado dando uno que otro discurso por allí, desde los astilleros del río Santiago hasta el Poliedro de Caracas, pero con mucho gusto me puse a pensar en algunas cosas, a ordenar algunas ideas, a releer líneas, escritos, algunos muy viejos, otros muy nuevos.

Hay un libro maravilloso, que ofrezco la gestión de mi Gobierno para editarlo en mayor cantidad, un libro muy reciente del poeta venezolano Gustavo Pereira, editado por la Defensoría del Pueblo, precisamente sobre el Juramento del Monte Sacro. Esta madrugada me lo leí completito dos veces, es fácil y rápido de leer.

Creo que una de las tareas de nosotros hoy, los venezolanos, esta revolución, es hurgar en las entrañas de la Patria, de buscar a fondo las verdades de la historia. Todavía hay muchas falsas historias por allí, escritas en los libros oficiales; todavía nuestros niños en las escuelas están leyendo muchas cosas que no ocurrieron nunca; todavía la historia burguesa, la historiografía más bien burguesa anda por allí ocupando espacios, hay que demolerla y darle paso, como una flor del nuevo tiempo venezolano, a la verdad histórica. Nada mejor que los documentos originales.

Anoche estuve leyendo y haciendo un esfuerzo por buscar verdades para compartirlas con ustedes hoy, de refrescar verdades que se perdieron en la distancia y en el tiempo. Anoche incluso me enteré, por primera vez leí eso, de la configuración del buque español en el cual el joven de 15 años que era Simón Bolívar, partió de La Guaira en 1799. Comenzando el año arribó al puerto de La Guaira un buque español, era un buque de guerra, el San Idelfonso, y ahí embarcaron al muchacho.

Era un muchacho que ya tenía algunos problemas de conducta. Era un muchacho al que la vida dio latigazos desde niño y me enteré con más detalles. Había leído algunas cosas de ese viaje del San Idelfonso, que era uno de los buques insignias de la Armada de su majestad el rey de España. Ahí se montó el joven Bolívar y fueron a Veracruz, pero en Veracruz, allá en México, donde estaba previsto pasar sólo unos días, tuvieron que pasar varios meses, porque la flota inglesa –y la España estaba entonces en guerra con la Inglaterra– estaba, según informaciones que de La Habana llegaban a Veracruz, bloqueando el paso de Las Bahamas; así que los buques españoles, en previsión, además llevaban un caudal para su majestad.

Anoche me leí –embajador Raúl Morodo– hasta las toneladas de oro y de plata que llevaban, en eso que alguien ha calificado como el primer préstamo de un fondo iberoamericano internacional que aquí existió, que nosotros le prestamos a Europa. Le prestamos mucho oro y plata. Está demostrado que del Nuevo Mundo –saludos a Daniel Ortega, hermano revolucionario, comandante sandinista y ex Presidente de la República de Nicaragua– se llevaron los galeones españoles, portugueses e ingleses, y está demostrado en registros, 6 mil toneladas de plata y 600 toneladas de oro, en menos de cien años, aunque algunos se hundieron y se quedaron en el fondo del Atlántico.

Bueno, en ese San Idelfonso iba una parte de aquel préstamo que hicimos a la Europa de los siglos XVI, XVII y XVIII, ya en el XIX se le pusieron las cosas más difíciles, y Bolívar aprovechó para ir a Ciudad de México. El joven de 15 años conoció entonces Ciudad de México y desde Veracruz escribió a su tío Esteban Palacios, quien era su tutor aquí en Caracas, hermano de su madre ya fallecida, una carta con los más grandes horrores ortográficos que haya visto yo en carta alguna.

Ahora, quien evalúe, analice y compare la carta de Veracruz de 1799 con la Carta de Jamaica, apenas quince años después, podrá, con una comparación, determinar la formación meteórica de aquel muchacho. Qué salto tan inmenso, infinito, dio Bolívar. Pues haciendo esfuerzos para traer algunas ideas el día de hoy, rindiendo tributo como estamos y como nos recordaba el diputado Isrrael Sotillo, poeta y locutor, estaba yo recordando un programa de radio que tenía Isrrael en Valencia, en Radio Latina, y cada vez que yo iba a esa emisora era cerrada, cuando aquí había libertad de expresión. Aquí hubo libertad de expresión, sí, y cada vez que yo iba allí cerraban Radio Latina o perseguían a Sotillo.

Aquí hubo libertad de participación. Anoche el Canal 8, el mejor canal de televisión que hay en todas estas tierras, estaba transmitiendo un documental muy bueno, y hay que repetirlo mucho por esto de la memoria –imágenes muy frescas que todos tenemos, pero que hay que refrescarlas–, cuando la Policía Metropolitana, y de cuando en cuando también las Fuerzas Armadas, asediaban a diario la Universidad Central de Venezuela. Los estudiantes querían marchar solamente; ellos lo que querían era marchar, pero como se iban agrupando en el Rectorado, la Policía Metropolitana colocaba un cerco en la Plaza de las Tres Gracias y en el otro acceso de Plaza Venezuela, para impedir la salida de la marcha.

Y ahí era que se formaban las trifulcas y anoche lo explicaban los muchachos, ya no tan muchachos, por qué se encapuchaban: Porque la policía tomaba fotos, videos y después los identificaban y en la noche llegaban a sus casas a atropellar a sus familias, a llevárselos presos; cuando mataban estudiantes casi todas las semanas aquí en Caracas, en Mérida, en Oriente, en el Zulia.

Eso pasó hace muy poco tiempo, y parece mentira, Alarcón, uno ve las imágenes y dice que eso pasaba aquí. Qué resistencia tan grande la de los estudiantes, decía yo anoche, porque mientras ellos morían en las calles, corrían por las calles, tragaban gas lacrimógeno casi todos los días, estaba resurgiendo en el seno del glorioso Ejército venezolano el Movimiento Bolivariano Revolucionario, que el 4 de febrero irrumpió por estas mismas calles y en este mismo valle.

Hoy, a los 200 años del Juramento de Bolívar en el Monte Sacro, en Roma, en ese mismo lugar, hace poco, nuestro Embajador y una delegación de nuestro Gobierno y un grupo de ciudadanos del mundo han estado inaugurando un monumento para recordar allá aquel día, aquella hora sublime en la cual un joven de 22 años llegó trillando un camino, llegó con su maestro, o uno de sus maestros caraqueños, que no era cualquier maestro; le llevaba 14 años de edad Simón Rodríguez a Simón Bolívar. Simón Bolívar tenía 22, Simón Rodríguez 36 años, y un primo hermano de él, muy amigo de Simón, que se llamaba Fernando Rodríguez del Toro.

¿Cómo fue que Simón Bolívar llegó al Monte Sacro? ¿Cómo fue que aquel muchacho llegó al Monte Sacro? Fue Carlos Marx el que dijo, el que escribió, que los hombres no hacemos la historia. O sí la hacemos, pero sólo en el marco que nos impone la historia, y tal cual ocurrió con Simón Bolívar. Si Simón Bolívar hubiese nacido aquí mismo en Caracas, pongamos por caso, por allá por el año 1500, no hubiese pasado de ser, quizás, un hacendado, dueño de las haciendas que tenían sus bisabuelos, los Bolívar, que venían de Vizcaya y que fueron una de las familias más acaudaladas, no sólo de Venezuela sino del Caribe, Santo Domingo, y dejaron dispersa una huella por estas tierras.

Pero Simón Bolívar nació en 1783, como sabemos, y en 1783 ya cuajaban en estas tierras ideas, movimientos, ideas que se iban traduciendo en movimientos; es decir, ideas, fuerzas, porque siempre ha habido muchas ideas, pero así como las semillas, las ideas requieren terreno fértil para brotar en las sementeras de los pueblos, y ya la América conquistada por España, por Portugal, por Inglaterra, por los imperios de la Europa, despertaba de un letargo; después de la resistencia indígena, la Colonia, la Conquista, la masacre de aquellos años, nuevas ideas llegaban y se fusionaban con las ideas originarias de estas tierras; la rebelión de los comuneros, por ejemplo, en la Nueva Granada; rebeliones en Centroamérica, en Suramérica, los indígenas que resucitaban del letargo, quizás siguiendo el grito de aquel indio que, cuando moría ejecutado por las fuerzas imperialistas, cuando ya sentía que iba a morir, lanzó el grito: “Muero hoy, pero algún día regresaré hecho millones”.

Nació Simón Bolívar cuando comenzaba a crujir el piso de este Continente, el piso social, el piso histórico. Simón Bolívar creció en esta Caracas de esa parte final del siglo XVIII, oyendo sin duda las noticias de lo que pasaba en el Norte de América; oyendo sin duda las noticias y las nuevas que llegaban en los barcos. Venezuela siempre ha sido tránsito, un puente, y más aún en aquellos años, cuando no había aviones y Venezuela era la puerta de entrada, una de las puertas de entrada fundamentales a Suramérica y contacto con el Caribe. En el Caribe había también rebeliones; sobre todo los negros del Caribe salían a clamar libertad y justicia.

Bolívar nacía y crecía aquí en Caracas, mientras el otro caraqueño infinito, Francisco de Miranda, ya combatía y recorría las tierras de Norteamérica, que se liberaba del imperio inglés. Y recordemos, como decía hace un rato, que aquel muchacho fue golpeado por el látigo de las tragedias personales desde muy niño. A los 3 años de edad muere su padre el Coronel Don Juan Vicente Bolívar; huérfano de padre, seis años después muere su madre, María Concepción Palacios; así que desde niño comenzó a sentir el dolor y entre brazos amorosos de madres, madres negras, madres esclavas, fue creciendo, amamantado por el pecho de la negra, de la esclava y quién sabe cuántas cosas le transmitió por el pecho aquella negra, cuántas cosas por la mirada y por la palabra.

Y luego, rebelde, niño rico rebelde, en una ciudad pequeña como era Caracas en aquel entonces, se resistió porque severos tíos fueron designados para asumir la patria potestad, y él se resistía a la severidad de los tíos. Esteban, sobre todo, tío materno, era muy severo, muy exigente con el niño, y él se iba de la casa de Esteban, su tutor, a la casa de María Antonia, su hermana mayor, ya casada; pero un juez determinó, juicio previo, que la patria potestad era de Esteban Palacios y no de María Antonia Bolívar, y el niño fue arrastrado por una calle por la policía de entonces para cumplir la orden del juez. Arrastrado. Está escrito eso. Se trancó en un cuarto, fue necesario tumbar la puerta del cuarto, creo que colocó la tranca más grande que consiguió. Tumbaron la puerta del cuarto, lo agarraron entre cuatro policías y lo arrastraron por la mitad de la calle hasta la casa de Esteban Palacios, porque él reclamaba la patria potestad. La cual tenía.

Pero el niño rompió una ventana, saltó una pared y se fue otra vez de la casa de Esteban Palacios y ya no lo consiguieron en la casa de María Antonia, se fue libre; lo consiguen, lo agarran y lo llevan otra vez, y es famosa su respuesta, que está escrita en el juicio de entonces, está transcrita, pues. Dijo Simoncito ante el juez: “Si hasta los esclavos pueden cambiar de dueño, por qué yo, un niño libre, no puedo irme con mi hermana, con María Antonia”. Hubo un acuerdo familiar, porque era inaguantable la situación; no había forma de arreglarse con aquel niño.

Y entonces tomaron una decisión que seguramente influyó mucho en el sendero bolivariano, en el sendero de Bolívar: llamaron a un maestro, un maestro que era uno de los pocos maestros que había en Caracas de buena formación, Andrés Bello era el otro, el Padre Andújar era el otro, que iban y le daban clases a los hijos de los ricos solamente; pero aquel maestro en esos años había escrito un Tratado Educativo y había tenido el coraje de entregarlo al gobierno español en la Plaza Mayor, donde decía que la educación también debería ser extendida a los hijos de los negros, a los hijos de los pardos y a los hijos de los esclavos, para que algún día fueran libres. Era Simón Rodríguez.

Simón Narciso Carreño Rodríguez era su nombre. Simón Narciso, porque él nació la noche del 28 de octubre que es día de San Simón y el 29 es día de San Narciso. Pero aquel maestro era un maestro distinto, de ideas quijotescas, y cuenta él mismo que las clases con Simón, como no eran en la casa materna, no tenía una madre que tuviera fijándole horarios y vigilándolo, ni eran en la casa paterna, y tampoco tenía el padre riguroso, ni estaba con el tío Esteban, andaban sueltos, subían al Ávila. Era la escuela peripatética, muy socrática, donde se buscaban respuestas en la naturaleza, cabalgaban por este valle, cuando se podía cabalgar en este valle, se bañaban en las aguas del Guaire, cuando se podía bañar alguien en las aguas del Guaire. –El año que viene, recuerden que estoy invitándolos a todos; Daniel Ortega, te invito a que nos bañemos en el Guaire el próximo año. ¿Dónde está la Ministra del Ambiente? Allí está Jacqueline. La invitación está en pie, ¿verdad? La invitación es de la Ministra Jacqueline Faría. Yo voy a ir, y los invito a todos, con un sancocho. Ya estamos buscando el sitio. Romero Anselmi, eres invitado especial a esa bañada en el Guaire. En verdad, en serio, estamos recuperando el río Guaire, y lo vamos a recuperar, Dios mediante.

Bueno, así se fue fraguando el espíritu de aquel muchacho Simón Rodríguez. Hay que recordar además que ya estaba imbuido de las ideas revolucionarias que llegaban a Venezuela, tránsito obligado en los barcos, libros, ideas, viajeros que iban y venían a la Europa. Simón Rodríguez ya andaba comprometido en una conspiración y esa es la razón por la cual se va de Venezuela. Por allá están las banderas. La primera que está allí es la bandera de Gual y España. Esa fue la primera conspiración, digamos que de signo ideológico, porque ya habían ocurrido aquí rebeliones como la del Negro Miguel, José Leonardo Chirino, el negro Andresote.

Pero la primera conspiración alimentada por las ideas del iluminismo, del enciclopedismo, influida sin duda alguna por la tremenda revolución que en Europa estaba impactando al mundo, la Revolución Francesa de 1789, fue dando forma a aquella conspiración que fue develada y, como sabemos, aquí mismo en la Plaza Mayor fue pasado por las armas uno de sus líderes: José María España. Manuel Gual logró huir y se fue a Trinidad donde murió envenenado por los agentes imperialistas. Pocos días después, por cierto, de haberle escrito una carta a Francisco de Miranda llamándolo que se viniera urgentemente. Es una carta dramática la de Gual al Gran Miranda que estaba en Londres; y Miranda le responde que vendrá y le mandó un mapa, unos libros, unos periódicos y unas instrucciones, pero a los pocos días envenenaron a Gual.

Así que había comenzado en firme y en serio la lucha por la independencia en estas tierras.

En ese ambiente fue que nació y creció Simoncito Bolívar. A lo mejor vio la ejecución. Uno pudiera imaginárselo, inquieto como era, pilluelo como era, en el mejor sentido de la palabra, al decir de Víctor Hugo en Los Miserables, “pilluelo que se asoma en las esquinas, que corre por las calles”. Simón Bolívar era eso, un muchacho que andaba por las calles, aprendiendo en las calles, siendo adulto antes de ser hombre, siendo adulto cuando todavía era un adolescente, madurando en la tragedia personal que vivía y en el contexto de las ideas y los vientos huracanados que llegaban por estos lares.

Uno pudiera imaginarse que Simoncito Bolívar vio cuando ahorcaron a José María España, aquí mismo en la Plaza Mayor, pues vivía a cien metros.

Cuentan que José Félix Ribas, otro muchacho de esta ciudad, también vio cuando ejecutaron a José María España y cuentan que salió al galope de la Plaza Mayor, indignado, gritando: “¡Muera el imperialismo!”

Ya era indetenible la carga que venía y aquello impregnó a Simón Bolívar. A los quince años se embarca en el San Idelfonso y pasa por Veracruz y va a México, y luego viene por La Habana, pasa unos días en La Habana y de ahí directo a España. Y ahí estuvo recorriendo la España y estudiando; estudió mucho aquel muchacho, era muy inquieto, leía de todo, leyó los clásicos, los enciclopedistas, Rousseau, Voltaire. Estaba entonces por aquellos años conmemorándose los doscientos años de El Quijote, leyó a Cervantes y la maravilla que es El Quijote.

Recorrió las ciudades de la Europa, se enamoró a los 19 años de una muchacha un poquito mayor que él, ella tenía 21, él 19 cuando se casaron en Madrid, en 1803, María Teresa Rodríguez del Toro y Alaisa. De padre caraqueño y prima de su amigo que lo acompañó al Monte Sacro, Fernando Rodríguez del Toro.

Y volvió a Venezuela el muchacho de 19, con planes como cualquier joven recién casado, vino a instalarse en sus propiedades, en la Hacienda de San Mateo, a trabajar la tierra y sabemos lo que ocurrió. A los pocos meses muere María Teresa y parece que él estaba muy enamorado de aquella muchacha. Dicen, incluso, que delante de su cadáver juró no volver a casarse nunca y entró en crisis existencial. Era como mucho para 19 años apenas, muerto el padre a los 3, muerta la madre a los 9, muerta la esposa a los 19, era como mucho.

Entró en una crisis existencial, entregó sus bienes a sus hermanos en custodia y se fue de nuevo a la Europa, andaba inquieto ya. Años después le diría a Perú de la Croix en Bucaramanga, que si su esposa no hubiese muerto, él seguramente no hubiese sido más que Alcalde quizás de San Mateo, porque tenía un proyecto de vida, como que el joven. sin rumbo hasta entonces. consiguió el amor e hizo con su amor un proyecto de vida y se rompió cuatro meses después. Terrible. Volvió a la incertidumbre, volvió a quedar como cometa sin cuerda, como barco sin vela, o, como diría el poeta Andrés Eloy, como capilla sin santo.

Y así volvió a España, volvió a Europa y ya estaba allá a finales de 1803 y estaba en su apogeo, brillaba el sol de Napoleón, el corso indómito, el relámpago aquel, pero al mismo tiempo que brillaba el sol de Napoleón Bonaparte crujía la Revolución Francesa, se debatía sobre ella misma, se mordía ella misma las entrañas, la lucha entre los jacobinos, los girondinos, la Europa monárquica, toda contra la Francia revolucionaria, infiltrándola, rompiéndola por dentro, quebrándola en pedazos y el pueblo francés en las calles gritando: ¡Igualdad! ¡Libertad! ¡Fraternidad! Y la oligarquía francesa aliada con el extranjero para detener la revolución. Cualquier cosa parecida a lo que en estos años ha venido ocurriendo sería una pura coincidencia. Así hacen siempre las oligarquías. No tienen patria las oligarquías.

Unas buenas páginas está escribiendo el diario Vea, sobre todo haciendo justicia a Robespierre, quien fue satanizado por la historiografía oficial. El gran Robespierre, “El incorruptible”, que enfrentó oligarquías, traidores, tratando de salvar la revolución y siendo fiel hasta el final con el noble pueblo francés que quería en verdad una revolución política, económica y social.

Vuelvo a recomendar, muy respetuosamente, a quienes no hayan leído por alguna casualidad Los Miserables, por favor salgan de aquí y busquen esa novela. El que no lea Los Miserables, con el perdón de todos los demás escritores, incluyendo Marciano, ese famoso escritor venezolano que tiene una página todos los días en el diario Vea, muy buen escritor –yo no sé quién será, algún día sabremos quién es Marciano–, se ha perdido la mitad de la literatura.

Los Miserables es una catarata de belleza que, en verdad, en alguna madrugada uno va leyendo y leyendo y de repente uno cierra el libro y piensa en que es demasiada belleza. Uno no aguanta. Hay que digerirlo y volver atrás, releer la descripción de Waterloo: es la mejor que puede haber de una acción de ese tipo o la que yo haya visto.

Y aquel diálogo al borde de la tumba entre el revolucionario de la convención y el obispo Bienvenu Muriel; diálogo profundo, donde el obispo, muy buen hombre, pero conservador, obispo al fin, ataca al revolucionario, moribundo anciano, y le reclama por qué el horror, y por qué la sangre, y por qué el 1792, el año del terror, por qué matar a un niño, al rey niño. Y el revolucionario le dice: “Ah, el 92, yo sabía que usted me venía por ahí, señor obispo, me lo imaginaba”, y le dice: “Hace siglos se vino formando la tormenta y usted quiere condenar al rayo. La culpa no es del rayo, la culpa es de los siglos que fueron amasando la tormenta. Mire los siglos, no mire el rayo”. Maravilloso diálogo.

Y le dice el obispo: “¿Y por qué matar al niño rey?”, y le dice el revolucionario: “Y todos los niños del pueblo que han muerto de hambre, de miseria... ¿Quién vale más, el niño rey o todos los niños del pueblo que han muerto de hambre y de miseria?” Y le dice el revolucionario: “Convengo con usted, señor obispo, lloraría con usted al niño rey si usted llora conmigo los niños del pueblo”. Y el obispo dice: “Lloremos los dos, pues”.

En aquellos años cuando Napoleón Bonaparte estaba en su cenit, pero se quebraba la Revolución Francesa, llegó el joven Bolívar de nuevo, ya más maduro, ya no era el muchacho del San Idelfonso que escribía Venezuela con “b” de Bolívar o escribía aquí con “h”, no había estudiado mucho en esos 5 o 6 años. Ese fue el Bolívar que vio a Napoleón Bonaparte en Notre Dame, vio su coronación en Notre Dame, era diciembre de 1804 y vio además algo que ha debido llamarle la atención a él que era un rebelde.

Ustedes saben que Napoleón no permitió que el Papa lo coronase, él mismo tomó la corona y se coronó, dándole la espalda al Papa de entonces, Pío VII, y luego coronó a Josefina, la Emperatriz, en un acto de desconocimiento del poder Papal, que ha debido gustarle al joven Bolívar aun cuando lo más que le gustó, dice él mismo, y nos lo recordaba el diputado Isrrael Sotillo, fue la multitud que aclamaba, el millón de personas que en la París de entonces aclamaban a Napoleón Bonaparte

Pero tuvo Bolívar un problema grave esos días en París, como sabemos y recordamos: conoció a dos mujeres que influyeron mucho en su vida, seguramente aquellos años, para madurarlo y orientarlo. Las mujeres siempre nos orientan, ¿verdad?, siempre nos están orientando las mujeres, yo no sé qué sería de nosotros los hombres si no existieran las mujeres que nos orientaran. Bolívar conoció en España a Teresa Laisney de Tristán, madre de Flora Tristán, gran revolucionaria, algunos especulan que Flora Tristán pudiera haber sido hija de Simón Bolívar, pero eso no es sino una especulación.

Él conoció y se hizo muy amigo de la madre de Flora, que nació por esos años, Teresa Laisney de Tristán. Le escribe a Teresa, y sobre todo le escribe sus pesares desde la Francia, desde la Italia, se ve que confía mucho en el espíritu de Teresa, más madura que él, mayor que él, inteligente. Pero también en París conoce y se prenda de amor de Fanny Du Villars, una mujer extraordinaria, dicen que despampanantemente bella, deslumbrante por su inteligencia y en cuya casa monumental había un salón de reuniones y de fiestas, “El salón de Fanny” lo llamaban, y allí se la pasaba Simón a los 21 años.

Y conoció al padre, un viejo Coronel, Denis de Trobriand. Gustavo Pereira nos trae un libro, fotocopié algunas páginas esta madrugada, el cual recomiendo mucho y vamos a tener que editarlo, señor Vicepresidente, le ruego encárguese usted de una edición extraordinaria en folletos pequeños, ediciones populares, para que vuele por las calles, rápido, como pan caliente o como arepa caliente, con el permiso del autor Gustavo Pereira, y además del promotor de la primera edición, doctor Germán Mundaraín.

Fíjense ustedes, era París y era 1804, 21 años tenía Bolívar, invitó a su casa, vivía en la rué Vivién, se instaló allá en un apartamento lujoso, era un joven rico, un viudo rico, placeres, bailes, mujeres, viajes. Era su vida, andaba sin rumbo, papagayo sin cuerda, barco sin vela, otra vez había quedado como en el vacío y pretendía llenarse con la buena vida que llaman la dolce vita.

Pero París está encendida, París es un hervidero de pasiones, que si la revolución, que si la contrarrevolución, que si libertad, que si igualdad, que si fraternidad, y él leía y leía, y oía y oía, y hablaba y no paraba de hablar aquel muchacho, y era una pasión, era un fuego ambulante, era como Zaratustra, el de Nietzsche, andaba incendiando por donde pasaba, no había hielo que Bolívar no convirtiera en agua hirviendo, y discutía y discutía, y se reunía y se reunía, y entonces una noche invitó a su casa a una reunión de tantas y se armó una discusión y un debate del que luego se avergonzó, al menos ante el padre de Fanny que estaba presente.

El padre de Fanny era el Coronel Denis de Trobriand, y Bolívar le escribe esta carta, voy a leerla para que podamos tener mejor idea de cuál fue el Simón Bolívar que llegó al Monte Sacro, cómo llegó y por qué llegó, iba incendiándose e iba incendiando. Dice él al coronel Trobriand:

“No tengo necesidad, señor Coronel, de deciros cuán afligido estoy de haberos hecho testigo del escándalo que ocasionó ayer en mi casa la exaltación fanática de algunos clérigos más intolerantes que sus antepasados y que hablan con tanta imprudencia como en España, donde el pueblo les dobla las rodillas y les besa las faldas de sus sotanas. El deseo de dominar y de ocupar el primer rango en el Estado, es el pensamiento de todos los clérigos. Los empleados piensan en conservar el sueldo, elogiando al que les paga. Separando estas dos clases, clérigos y empleados, yo no concibo que nadie sea partidario del primer Cónsul...” –era Napoleón todavía primer Cónsul, y a finales de ese año se coronó Emperador– “...aunque vos, querido Coronel, cuyo juicio es tan recto, le pongáis en las nubes, yo admiro, como vos, sus talentos militares, pero cómo no veis que el único objeto de sus actos es adueñarse del poder.

Este hombre se inclina al despotismo, Coronel, ha perfeccionado de tal modo las instituciones que en su vasto imperio, en medio de sus ejércitos, agentes de empleados de toda especie, clérigos y gendarmes, no existe un solo individuo que pueda ocultarse a su activa vigilancia, ¿y se cuenta todavía con la era de la libertad?...”. Oigan este concepto, es el mismo muchacho, sólo que 5 años después de San Idelfonso, cómo había aprendido y madurado aquel joven. ¿Producto de qué? Del estudio, la dedicación, la conciencia, muchachos, ustedes los más jóvenes, el estudio, la dedicación, la batalla de las ideas, la conciencia.

Pregunta Bolívar, “...¿y se cuenta todavía con la era de la libertad?, ¿qué virtudes es preciso tener para poseer una inmensa autoridad, sin abusar de ella?...” ¡Vaya, qué concepto!: ¿qué virtudes es preciso tener para poseer una inmensa autoridad, sin abusar de ella? “...¿puede tener interés ningún pueblo en confiarse a un solo hombre?...”. Vean qué conceptos, ¿puede algún pueblo tener interés en confiarse a un solo hombre? “...Ah, estad convencidos, el reinado de Bonaparte será dentro de poco tiempo...” –aquí pronostica algo que se cumplió– “...más duro que el de los tiranuelos a quienes ha destruido...”.

Y añade esta manifestación de angustia soterrada, lo que viene es el espíritu crudo, vertido en el papel: “...yo no puedo contenerme siempre, Coronel. Hoy no soy más que un rico, lo superfluo de la sociedad, el dorado de un libro, el brillante de un puño de la espada de Bonaparte, la toga del orador. No soy bueno más que para dar fiestas a los hombres que valen alguna cosa; es una condición bien triste. Ah, Coronel, si supieseis lo que sufro, seriáis más indulgente”. Y así termina la carta, andaba destrozado aquel muchacho.

Para entender un poco más a aquel muchacho que iba rumbo al Juramento del Monte Sacro, Gustavo Pereira, en un juego maravilloso con el tiempo, nos trae una carta de Fanny, pero casi 20 años después. Fanny le escribe toda su vida, y hay una carta de Bolívar que es para Fanny, escrita en Santa Marta; es una carta de lo más sublime. Bolívar, si se hubiese dedicado a escribir, tengan la seguridad, fue un gran escritor, hubiese sido uno de los más grandes literatos, escritores y poetas de su tiempo y de muchos tiempos; era un poeta, era un soñador, era un romántico, era un Quijote.

Fanny le escribe en 1821 y aquí hay un fragmento de una de sus cartas. Él estaba por Carabobo, estaba a lo mejor instruyendo las tropas, reuniendo los generales rumbo a Carabobo y recibe carta de Fanny, donde le dice: “Los peligros, las fatigas y la gloria durante varios años lo han absorbido completamente, y lo han inducido felizmente al noble papel que usted ambicionaba desde su temprana juventud...” –nadie mejor que una mujer a la que uno amó para saber los secretos de uno, ¿verdad?– “...y ahora usted se encuentra sentado al lado de Washington, y tal vez destinado a superarlo...” –sin duda lo superó– “...debido a las inmensas dificultades que usted ha enfrentado para vencer, al fin ha triunfado usted, ya que viene de forzar a España...” –esto fue después de Carabobo, sin dudas– “...a tratar de igual a igual a su República y de reconocer la independencia de su país. Usted no puede haber olvidado ni mi carácter ni mis sentimientos hacia usted...” –parece que quería volver, siempre hay esperanzas, aquí se nota como un sentimiento y unas ganas de volver– “...ni el justo orgullo que yo sentía por ser su pariente.”
Y luego le escribe la Fanny de nuevo. Dos años después ya andaba Bolívar por allá por el Perú, ya había conocido a José de San Martín, estaban libertando al Ecuador y avanzando hacia el Perú, era abril del 1823. Dice: “Actualmente, que todo ha sido realizado por usted, en relación a los grandes proyectos que me confió hace veintitrés años; piense, mi querido primo, que yo sola he permanecido estacionaria y que cuento en sus bellas promesas, a pesar de los años que tengo de más y las huellas que el tiempo ha dejado en mi belleza.”

Y luego, dos años después, el 20 de agosto de 1825, –el fuego estaba vivo–, veinte años después, así son los fuegos verdaderos: nunca mueren, nunca mueren, como el poeta Mafud Masís escribió aquellas bellas líneas: “Cuando yo haya partido, pero de verdad partido, y descubran mi cadáver al fondo de una noria, sentirás una llama circundándote, siguiéndote en el paisaje, seré yo circundándote, quemándote en la llama del verano.”. Esos fuegos nunca se apagan, los fuegos verdaderos nunca se apagan.

Entonces, este fuego vivió y vive, dice la Fanny. Pero lo de fondo ustedes entienden, sin duda entendemos a Pereira cuál es el interés del historiador y el escritor. Es que aquel muchacho ya andaba encendido y pensando en proyectos a largo plazo y esta mujer está recordándoselo, lo que hablaban en la París de 1803, 1804, 1805. En 1825 ya Bolívar estaba allá en la cumbre del Potosí y ella lo iba siguiendo con sus cartas y le dice: “Yo en quien usted tuvo la confianza de comunicar –hacía veintidós años– sus planes y proyectos, lo coloco en un plano por encima de Washington, debido a las inmensas dificultades que usted tuvo que vencer para dar la libertad al mundo entero”.

Le escribe una carta a Teresa, a Teresa Laisney, esa otra mujer, quien estaba en España. Él le escribe desde París –entonces, 1804– y también aquí se evidencia lo que vivía su alma, su espíritu. Dice el joven Bolívar: “Los placeres me han cautivado, pero no largo tiempo; la embriaguez ha sido corta, pues se ha hallado muy cerca el fastidio; pretendéis que yo me incline menos a los placeres que a lo fausto, convengo en ello...” –pretendéis, es decir, aquella mujer lo aconsejaba– “Pretendéis que yo me incline menos a los placeres que al destino, convengo en ello, porque me parece que el fausto tiene un falso aire de gloria”.

Luego, sobre la consagración de Napoleón, el 2 de diciembre de aquel año 1804, Bolívar le comentará años después a Perú de Lacroix en Bucaramanga –ahí él escribió su Diario de Bucaramanga 1828–, caminando por allá por unas campiñas, recordando su juventud: “Vi en París, en el último mes del año 1804, la coronación de Napoleón; aquel acto magnífico me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor que un inmenso pueblo manifestaba por el héroe, aquella efusión general de todos los corazones, aquel libre y espontáneo movimiento popular excitado por la gloria, por las heroicas hazañas de Napoleón, vitoreado en aquel momento por más de un millón de personas, me pareció ser para el que recibía aquellas ovaciones, el último grado de las aspiraciones humanas, el supremo deseo y la suprema ambición del hombre.

“La corona que se puso Napoleón sobre la cabeza la miré como una cosa miserable y de moda gótica; lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país y en la gloria que conquistaría el que lo libertase, pero cuán lejos me hallaba de imaginar que tal fortuna me aguardaba. Más tarde sí empecé a lisonjearme de que un día podría yo cooperar a su libertad, pero no que representaría el primer papel en aquel grande acontecimiento.”

Luego se va por Italia, se consigue con Simón Rodríguez, incluso en una carta él escribe que se consiguió con su maestro Simón Rodríguez, pero Simón Rodríguez andaba dedicado a sus experimentos de química y de biología y no tenía tiempo para dedicarle, y él se queja a Fanny en una carta, a Fanny o a Teresa, no recuerdo exactamente: “Mi maestro no tiene tiempo para mí, apenas lo veo y me despacha en un minuto y me dice que me vaya a reunir con los de mi edad y que lo ayude con algún dinero para sus experimentos de biología y de química”. Pero luego ve al maestro, y Bolívar dice que a punto de morir, desahuciado por los médicos; luego parece que reacciona Simón Rodríguez y abandona un tiempo sus experimentos –era un científico investigador de lo social, de lo natural– y se va con él por Europa caminando, en carreta, recorriendo campiñas, y con Fernando Rodríguez del Toro, se van los tres.

Y consiguen de nuevo a Napoleón, meses después, coronado ahora rey de Italia. Ya lo recordaba también Isrrael en su lectura. En Milán, el 18 de mayo de 1805 ya van rumbo a Italia, venían de París de la coronación en diciembre, luego pasan a Italia en la primavera de 1805, abril, mayo, y llegan a Milán, a Italia, donde están coronando a Napoleón de nuevo, rey de Italia.

Dice Pereira: “En la capital de la Lombardía, la presencia de Napoleón acicatea una vez más la curiosidad del discípulo ya ganado para la vida.”

Dice Perú de Lacroix, en el Diario de Bucaramanga, lo siguiente: “En la comida, el Libertador estuvo muy alegre, nos contó varias anécdotas de su vida, anteriores al año 1810, y de sus viajes por Europa, habló de lo que hizo en Italia. Dijo que había asistido a una gran revista pasada por Napoleón al ejército de Italia en la llanura de Montesquiaro, cerca de Castiglione. Que el trono del Emperador se había colocado sobre una pequeña eminencia en medio de aquella gran llanura y que mientras desfilaba el ejército en columnas delante de Napoleón, quien estaba sobre el trono, él y un amigo que le acompañaba, Simón Rodríguez, se habían colocado cerca de aquella eminencia de donde podían con facilidad observar al Emperador; y que éste les miró varias veces con un pequeño anteojo del que se servía, y que entonces su compañero Simón le dijo: ‘Quizás Napoleón, que nos observa, va a sospechar que somos espías’, que aquella observación les dio cuidado y los determinó a retirarse.

Yo, dijo Bolívar, ponía toda mi atención en Napoleón y sólo a él veía entre aquella multitud de hombres que había allí reunidos, mi curiosidad no podía saciarse y aseguro que entonces estaba muy lejos de prever que un día también sería yo centro de la atención, o si se quiere, de la curiosidad de casi todo un continente y puede decirse también del mundo entero. Qué Estado Mayor tan numeroso y tan brillante tenía Napoleón, y qué sencillez en su vestido; todos los suyos estaban cubiertos de oro y ricos bordados y él sólo llevaba sus charreteras, un sombrero sin galón y una casaca sin ornamento. Esto me gustó y aseguro que en estos países hubiera adoptado para mí aquel uso, si no hubiera temido que dijesen que lo hacía por imitar a Napoleón, a lo cual hubiesen agregado que mi intención era imitarlo en todo”. Él siempre se distanció de la idea napoleónica del Emperador.

Simón Rodríguez también escribe años después sobre aquellos días de Europa de 1804, de 1805 y dice: “En Roma nos detuvimos bastante tiempo. Un día, después de haber comido y cuando ya el sol se inclinaba al occidente, emprendimos paseo hacia la parte del Monte Sacro –esto se lo cuenta Simón Rodríguez, años después, al escritor Manuel Uribe– aunque esos llamados montes no sean otra cosa que rebajadas colinas, el calor era tan intenso que nos agitamos en la marcha lo suficiente para llegar jadeantes y cubiertos de copiosa transpiración a la parte culminante de aquel mamelón” –en verdad por estos días, en Europa hace un calor infernal, en todos esos países de la Europa; es tanto que cierran oficinas y hay vacaciones casi generales– “llegados a ella, nos sentamos sobre un trozo de mármol blanco, resto de una columna destrozada por el tiempo. Yo tenía fijos mis ojos sobre la fisonomía del adolescente Bolívar, porque percibía en ella cierto aire de notable preocupación y concentrado pensamiento. Después de descansar un poco y con la respiración más libre, Bolívar, con cierta solemnidad que no olvidaré jamás, se puso en pie y, como si estuviese solo, miró a todos los puntos del horizonte y, a través de los amarillos rayos del sol poniente, paseó su mirada escrutadora, fija y brillante, por sobre los puntos principales que alcanzábamos a dominar y comenzó a hablar...” –dice Simón Rodríguez. De repente, mirándolo a él y mirando a su primo y diciendo como enloquecido que era el Quijote doscientos años después, porque el Quijote no tiene tiempo ni espacio. Alguien dijo que si el Quijote hubiese tenido descendiente, ese hubiese sido Simón Bolívar. Era el Quijote mirando los molinos; era el Quijote mirando las ruinas de la vieja Roma; era el Quijote tomando la vieja lanza e imaginándose mundos que nunca existieron: el mundo ideal, la utopía.

Y entonces comenzó a hablar: “¿Conque éste es el pueblo de Rómulo y de Numa, de los Dracos y los Horacios, de Augusto y de Nerón, de César y de Bruto, de Tiberio y de Trajano?”. Y comienza a hacer, como me comentaba ahora mismo el Presidente de la Asamblea Nacional –agudo analista como es el diputado Nicolás Maduro– mientras oíamos la lectura del Juramento que nos hacía el diputado Isrrael Sotillo: Vaya, qué crítica al imperio romano.

Sí, es una crítica demoledora al imperialismo con una fina ironía, con una gran sabiduría; pero es un disparo a la línea de flotación de la idea imperial, del burdo imperio, de la hipocresía imperialista, del salvajismo imperialista, de la crueldad imperialista, de las miserias imperialistas que han azotado a la humanidad desde siempre y que la siguen azotando, amenazándola ahora, incluso, con desaparecer.

Hoy lo digo, 200 años después del Juramento del Monte Sacro, lo he venido diciendo en estos últimos días con pasión y con un toque de angustia: Hoy nosotros, los pueblos del mundo, o derrotamos al imperialismo norteamericano o el imperialismo norteamericano acaba con este mundo. Ese es el dilema que tenemos por delante las naciones del planeta.

No queremos acabar con el pueblo de los Estados Unidos. ¡No! Queremos hermanarnos con el pueblo de los Estados Unidos, y el pueblo de los Estados Unidos tiene una tarea importantísima que jugar en esta labor de salvar al mundo, y tenemos confianza en el pueblo de los Estados Unidos.

Es el Quijote encarnado en Bolívar, es una crítica demoledora cuando dice: “Aquí todas las grandezas han tenido su tipo y todas las miserias su cuna. Octavio se disfraza con el manto de la piedad pública para ocultar la suspicacia de su carácter y sus arrebatos sanguinarios; Bruto clava el puñal en el corazón de su protector para reemplazar la tiranía de César por la suya propia; Antonio renuncia a los derechos de su gloria para embarcarse en las galeras de una meretriz sin proyectos de reforma; Sila degüella a sus compatriotas y Tiberio, sombrío como la noche y depravado como el crimen, divide su tiempo entre la concupiscencia y la matanza. Por un Cincinato hubo cien Caracallas; por un Trajano cien Calígulas, y por un Vespasiano cien Claudios". Demoledor. Veintidós años apenas.

Y más adelante Bolívar –por primera vez aparece en su discurso, con qué fuerza, la palabra ¡Patria! en el Juramento– lanza una concepción muy suya y extraída de las profundas raíces revolucionarias de la Europa de entonces y de los siglos: el concepto de libertad, y se lo imagina en un tiempo futuro cuando dice por allí en el texto del Juramento más en cuanto al problema del hombre en libertad. Dice después de haber descrito que este pueblo ha dado para todo, Roma ha dado para todo: mas en cuanto al problema del hombre en libertad no ha dado mucho, por decir nada, y en cuanto al problema –insiste– del hombre en libertad –se imagina el futuro y dice que esa misteriosa incógnita, la del hombre en libertad, parece que sólo sería despejada, utiliza un término matemático, problema, incógnita, despejada o despejo, habla de despejo– el despejo de esa misteriosa incógnita –el problema del hombre en libertad– sólo será verificado –el despejo– en el Nuevo Mundo. Aquí, en el mundo de la utopía.

Hablando del nuevo mundo y del mundo nuevo, recordaba yo también, leyendo estas cosas, a Cristo el Redentor cuando dijo: “Mi reino no es de este mundo.”

La interpretación que las élites le han dado a esta expresión de Jesús ha sido, por supuesto, interesada para manipular al pueblo cristiano durante muchos años. Durante siglos han tratado de convencer a los pueblos de que Cristo cuando dijo aquello, se refería a ultratumba, y de allí clérigos y farsantes llegaron aquí a decirle a nuestros indígenas y a los esclavos negros que venían del África, por ejemplo, que ellos tenían que aceptar su miseria, su esclavitud y su pobreza porque era mandato de Dios, porque Cristo había dicho: “Mi reino no es de este mundo”, hay que esperar el otro, hay que esperar morirse para ver el reino de Dios.

¡Mentira de las grandes mentiras! Cuando Jesús –estoy seguro, porque era un gran revolucionario– dijo aquello: “Mi reino no es de este mundo”, estaba diciendo lo mismo que dijo Simón Bolívar en Santa Marta: “El gran día de la América del Sur no ha llegado”. Jesús se refería al futuro, a mundos nuevos que vendrían en los siglos que vendrían también. Ese es el pensamiento verdadero de Cristo, revolucionario pensamiento, justiciero pensamiento, igualitario pensamiento: “Mi reino no es de este mundo”. Hagamos que el reino de Jesús, que es el reino de la igualdad, de la justicia y de la libertad, sea, ahora sí, de este mundo, de este mundo del siglo XXI. Dos mil años después su reino será de este mundo, Jesús.

Y termina diciendo Simón Rodríguez, después de aquella reflexión, aquella crítica profunda al imperialismo y a las élites de las monarquías de entonces, y a las élites cristianas de entonces, lo siguiente: “Y luego, volviéndose hacia mí, húmedos los ojos, palpitante el pecho, enrojecido el rostro, con una animación febril” –esto lo recordaba Simón Rodríguez muchos años después de muerto Bolívar– “me dijo: Juro delante de usted, juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi Patria,” –y ahí aparece el concepto de Patria, esta Patria que hoy usted tiene aquí entre nosotros, Simoncito Bolívar, viviendo con nosotros, esta Patria, esta nueva Patria, esta misma Patria que renace de sus cenizas– “que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.

Es decir, un juramento hecho a nombre de una patria, un juramento hecho –fíjense, qué inspiración– “por el Dios de mis padres”, porque Bolívar –y está escrito en sus cartas de esa época– le dice por allí a la Fanny, en una de esos años, 1804: “Yo no tengo la dicha de creer en el mundo del más allá”. Era anticlerical, Bolívar no creía en la tesis católica de que hay vida más allá, o no sólo católica, religiosa.

Hace poco Juan Pablo II aclaró el misterio, cuando dijo: “Nadie se imagine que es que allá en el Cielo hay unas estructuras donde vamos a llegar a vivir otra vez”, esa es una falsísima idea que ha recorrido los siglos, que hay otro mundo donde vamos a llegar y nos vamos a conseguir otra vez, y vamos a hacer otra Asamblea Nacional. No. Eso es mentira.

Entonces, Bolívar aquí se inspira en el dios de sus padres, él era rebelde desde niño, sus hermanas sí eran muy católicas, sobre todo María Antonia, la criolla principal, y era la tesis aquella que manejaba la Iglesia católica de entonces de que el rey era enviado de Dios. Simón Bolívar desde niño rompió con aquello: ¡Qué va a ser el rey enviado de Dios! Y recordemos aquí mismo, en la esquina, el terremoto de Caracas de 1812, y unos curas diciéndole al pueblo que eso era castigo de Dios por haberse atrevido este pueblo a rebelarse contra el rey, enviado de Díos, y es cuando Bolívar lanza la frase: “Si se opone la naturaleza...” –es decir, Dios, en mi criterio es lo que quiso decir– “lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca”.

La resolución de ser libres pasa por encima de todo; ese es el espíritu de un revolucionario. Bolívar hace 200 años, en el Monte Sacro, lanzó este juramento antiimperialista, juramento patriótico, compromiso supremo: “no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma”, el juramento fue hecho y el juramento fue cumplido, aquel hombre cumplió su juramento.

Bolívar murió 25 años después, en Santa Marta, y en verdad a lo mejor en sus últimos momentos recordó el Juramento del Monte Sacro, y a lo mejor recordar el Juramento del Monte Sacro pudo haber sido algún alivio para su alma atormentada por la traición y por los cien Brutos que lo apuñaleaban y por el desmembramiento y el hundimiento del sueño de la Gran Colombia, del Proyecto, que no es ningún sueño. Proyecto que fue posible, no era un imposible; si ese Proyecto Bolivariano hubiese tomado cuerpo y se hubiese consolidado, otra sería la historia de este Continente y otra sería la historia del mundo; no nos hubiesen atropellado durante estos 200 años como nos ha atropellado el imperialismo norteamericano.

Otro sería el cuento que estaríamos echando ahorita. Bolívar juró y Bolívar cumplió. 200 años después ese compromiso lo hemos asumido nosotros como colectivo, y hoy apropiado es, venir aquí, frente al Panteón Nacional, para ratificar ese compromiso y para fortalecerlo aun si es que alguien pudiera sentir que se ha venido debilitando con el paso de los años. Vengamos hoy aquí a fortalecer un compromiso, a hacer nuestro aquel Juramento, a comprometernos de verdad, a no dar descanso a nuestros brazos ni reposo a nuestras almas hasta que hayamos liberado plenamente a nuestro pueblo de las amenazas que sobre nosotros pesan por voluntad del imperio norteamericano.

No crean que he terminado, esta es la primera parte de mi reflexión.

Esto fue lo que podríamos llamar cómo fue que Bolívar llegó al Monte Sacro a los 22 años.

Ahora voy a tomar otra carta de Bolívar –extraída también del maravilloso libro de Pereira– escrita en Pativilca, en 1824, a Simón Rodríguez. Esta historia es como para 100 novelas. Regresa 20 años después el maestro de Europa, no había vuelto Simón Rodríguez a Suramérica ni al Continente Americano desde que salió de aquí a finales del siglo XVIII. Bolívar se entera de que llegó a Bogotá y le escribe una carta memorable. Le dice así:

“¡Oh, mi maestro! ¡Oh, mi amigo! ¡Oh, mi Róbinson! Usted en Colombia, usted en Bogotá y nada me ha dicho, nada me ha escrito. Sin duda, es usted el hombre más extraordinario del mundo. Podría usted merecer otros epítetos, pero no quiero darlos por no ser descortés al saludar a un huésped que viene del Viejo Mundo a visitar el Nuevo, sí, a visitar su patria que ya no conoce, que tenía olvidada, no en su corazón sino en su memoria. Nadie más que yo sabe lo que usted quiere a nuestra adorada Colombia. ¿Se acuerda usted, maestro, cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la patria? Ciertamente, no habrá usted olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros, día que anticipó, por decirlo así, un juramento profético a la misma esperanza que no debíamos tener.

Usted, maestro mío, cuánto debe haberme contemplado de cerca, aunque colocado a tan remota distancia; con qué avidez habrá seguido usted mis pasos, estos pasos dirigidos muy anticipadamente por usted mismo”.

Y termina con esta frase que hace grande al hijo frente al padre, al alumno frente al maestro: “Usted formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que usted me señaló”.

“Yo he seguido el sendero que usted me señaló”. ¿Cuál ha sido ese sendero que usted me señaló?, me pregunto yo ahora. Pudiéramos mirar así como una parábola ese sendero, un largo camino que aquí nos trajo hoy porque aquí está Bolívar y su sendero; el sendero que usted me señaló, el esfuerzo para la libertad, el corazón, los brazos; el esfuerzo para la libertad, para lo sublime, para lo grande, para lo hermoso; ese es el sendero, ese es el rumbo del sendero; esos son los signos del horizonte, rumbo al cual vamos como Florentino, por el ancho terraplén, para lo grande, para lo hermoso, lo sublime, para la libertad, para la igualdad.

Bolívar del Monte Sacro a Santa Marta, 25 años cumpliendo su juramento. Ciertamente, regresó a Caracas a los pocos meses. Se embarcó en 1806 y dejó la Europa y los placeres. Fanny se lo recuerda, incluso, en una carta de 1826, cuando le dice: “Hoy hace 21 años, mi querido primo, que usted dejó a París” –6 de abril de 1806– “y que me dio usted una sorpresa que lleva esa misma fecha grabada, 6 de abril, pero en vez de 1826 fue en 1805 cuando este hecho acaeció; este anillo siempre me ha acompañado, creo haber merecido todos los sentimientos que a usted inspiré por la pureza y la sinceridad de los míos. Con orgullo recuerdo sus confidencias respecto a sus proyectos para el porvenir, la sublimidad de sus pensamientos y su exaltación por la libertad.” –y dice Fanny con mucho pesimismo, mucha tristeza– “Yo valía algo en aquel tiempo, puesto que usted me encontró digna de guardar su secreto, su resolución de alejarse de mí me hirió profundamente, pero hoy aquel valor tan firme lo eleva a usted en mi pensamiento y lo coloca con superioridad sobre todos los hombres”. Él se vino entonces de aquella vida licenciosa, dejó aquel amor, y se atrincheró en San Mateo, era 1806.

Habrá que recordar qué otra cosa ocurrió en 1806, que ya debemos comenzar a conmemorarla aquí, allá y acullá, en Europa, en Norteamérica, en el Caribe, en Suramérica. Mientras Bolívar llegaba en no sé qué barco para instalarse en San Mateo, ajustar sus cuentas, sus propiedades y ponerse a trabajar la tierra allá, pero ya con una idea, y se reunía aquí en Caracas con José Félix Ribas, Coto Paúl, los jóvenes de entonces, y tenía la hacienda de San Mateo y la de Yare en los Valles del Tuy, como sabemos. Tenía Simón Bolívar un vecino terrible allá en Yare, con el que casi se entra a tiros un día y hubo un juicio por unas tierras donde Bolívar sembraba el añil, él mismo trabajaba sembrando con sus esclavos. Ese vecino se llamaba Antonio Nicolás Briceño.

Con Antonio Nicolás Briceño se iba a entrar a tiros un día, Briceño le iba a disparar. Bolívar acusó en un tribunal a Nicolás Briceño de que le apuntó, quería matarle a los negros; Bolívar mandó a los negros a trabajar lejos, a abrir un camino, una pica y llegó Antonio Nicolás Briceño con sus negros a decirles que se fueran, que esa tierra era de él, que no era de Bolívar y llegó Bolívar y le dijo a sus negros: “sigan trabajando”. Nicolás Briceño vino armado con daga. La denuncia dice: “venía con pistola y daga” y otro de los negros traía un rifle y entonces estaban apuntando a los negros. Bolívar se atraviesa y le dice: “Si los va a matar, máteme a mí”. “Pues, lo mato a usted” y lo apuntó tres veces, dice Bolívar, hasta que Bolívar viendo que era en serio, que le iba a disparar aquel hombre que era muy atravesado –Antonio Nicolás Briceño, quien entre otros fue uno de los inspiradores del Decreto de Guerra a Muerte. Era terrible Antonio Nicolás, terrible, lo llamaban, y lo llamamos el “Diablo Bueno”– se le abalanzó, le quitó la pistola, le agarró la daga y se armó un lío allí a golpes, y luego Bolívar, muy decentemente, le escribe una carta:

“Muy querido amigo y vecino: Dígame usted si me va a dar paso por el camino de no sé qué para que mis esclavos y yo podamos trabajar y sembrar; y si no me lo va a dar, dígamelo de una vez, por escrito, para llevarlo al tribunal y buscar el camino del arreglo”. Al fin se arreglaron y al final terminaron unidos por el interés supremo de la patria y fue uno de los grandes.

Antonio Nicolás Briceño, fusilado en Barinas, capturado por los españoles en Barinas y fusilado el 15 de junio de 1813, el mismo día que por casualidad estaba Bolívar firmando en Trujillo el Decreto de Guerra a Muerte. Pero era Antonio Nicolás Briceño uno de los más terribles defensores, soberbios defensores de la Patria.

Así que estaba Bolívar, allá en 1806, aquí en Caracas; se reunían, leían, hablaban de la Revolución Francesa, de las cosas que pasaban acá, y por ahí venía navegando el otro Quijote, en el mismo1806. Desembarcó en La Vela de Coro. Miranda no avanzó un palmo hacia tierra firme por cuanto no tenía fuerza propia, ya le habían diezmado su tripulación, los españoles habían sido alertados desde los Estados Unidos, como anoche denuncié en el Tribunal Internacional para acusar por 200 años de traición y de agresiones del imperialismo norteamericano.

A Miranda lo traicionaron en los Estados Unidos. Miranda fue creyendo en sus viejos amigos y se reunió con James Madison varias veces, con el Secretario de Estado, con el Presidente de entonces, pidiendo apoyo para venir a libertar Suramérica, y no sólo no le dieron apoyo, sino que lo delataron ante España, ante las fuerzas españolas del Caribe, así que lo estaban esperando y le hundieron el barco y le capturaron casi toda la tripulación y fueron ahorcados aquí mismo en la plaza. Habrá que rendir tributo, he dicho, a esos mártires. Ninguno era venezolano, y aquí murieron por nuestra causa.

En ese entonces no nos llamábamos América Latina; estaba Venezuela estremecida y estremeciéndose, y Miranda clavó una daga en el corazón del imperio, Miranda generó un terremoto en toda esta tierra, Miranda lanzó una proclama a los habitantes de Caracas y de Coro, de Venezuela y de Suramérica, llamándolos a la insurrección, llamándolos a seguir el camino de Francia y su revolución. Miranda prendió la mecha, pues. Y luego, todo lo que sabemos, 1810, 1811, la Primera República, y Bolívar en estas calles con la Sociedad Patriótica, y el discurso en la Sociedad Patriótica el 4 de julio del año 11, y la frase aquella “Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana”. Ya no hablaba aquel hombre por Venezuela; hablaba por un mundo: “Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana. Vacilar sería perdernos...”.

Esas palabras parecen resonar desde allá adentro 200 años después; parece que salieran de ahí, de aquel ataúd, de aquellas cenizas. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad latinoamericana y caribeña ahora mismo –como también lo dijo en otra ocasión el juramentado del Monte Sacro–, es tiempo de que echemos miedos a la espalda y salvemos esta Patria grande. Es tiempo una vez más, otra vez”.

Bolívar fue, por supuesto, macerándose en la batalla, como él mismo lo dice años después, cuando vio a Napoleón. Él pensó que iba a colaborar, ya había tomado una resolución, pero lo que no pensó es que sería uno de los más grandes protagonistas de nuestra historia; pero así es la historia.

Bolívar va madurando un proyecto, esos proyectos de los que Fanny Du Villard le habla hasta 1826. Un proyecto. Lo va alimentando en la lucha, con la dialéctica, con la teoría y la praxis, en la batalla, en las victorias y en las derrotas; lo va amasando de barro, de lágrimas y de sangre también, y es una evolución meteórica la de aquel hombre, la de aquel muchacho.

Bolívar, por ejemplo, en una primera etapa de la guerra revolucionaria, que en una primera etapa no fue revolucionaria, recordemos el nombre que le dieron a la Junta de Gobierno de 1810; Bolívar no estaba de acuerdo ni siquiera con aquel nombre, tampoco estaba de acuerdo José Félix Ribas, no estaban de acuerdo los más jóvenes, los más apasionados: Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII. ¿Qué es esto? –diría Bolívar– ¿conservar los derechos del rey? Ellos decían: ¡Abajo la monarquía, viva la República! Querían forjar una República libre y una unión de repúblicas además.

Así que aquello molestó mucho a los jóvenes; tanto molestó a José Félix Ribas, por ejemplo, que fue expulsado de aquí por la Junta Conservadora, lo mandaron a Trinidad. José Félix Ribas andaba por las calles con un gorro frigio. Era un revolucionario infinito aquel hombre, y Bolívar igual, pero Bolívar aceptó irse a Europa de nuevo, en su tercer y último viaje a Europa, se fue a Londres, sabemos. Se fue a Londres a buscar apoyo de Inglaterra con Andrés Bello, no consiguieron apoyo y tuvo un lío allá con los ingleses, porque era digno aquel hombre, y decía: “No se trata de librarnos de un imperio para caer en otro”, y él parece que olfateó en Londres que quienes lo recibieron pensaban que se iban adueñar de estas tierras, que iban a derrotar a España, pero para adueñarse ellos de estas tierras.

Bolívar no consiguió apoyo en Londres para la revolución, para la independencia, pero fue a buscar a Miranda y se conoció entonces con Francisco de Miranda y logró que Miranda viniese y fuese aceptado aquí, porque a Miranda no lo quería al mantuanaje caraqueño. Si ustedes ven la firma de Miranda en el Acta de Independencia, notarán que Miranda fue diputado por El Pao; no querían a Miranda los mantuanos de Caracas porque Miranda era un revolucionario, y Miranda hizo una alianza con la Sociedad Patriótica, luego le echaron la culpa de la derrota de la Primera República y lo entregaron a España como sabemos, y murió en La Carraca.

Ya el proceso se había desatado, pero estaba llamado a morder el polvo el proceso y el proyecto independentista los primeros años, y fue Bolívar uno de los primeros que entendió, que asimiló las derrotas de 1812, de 1813 y de 1814.

Entonces, pudiéramos decir que hay una etapa entre 1805 y 1815, unos 10 años, en los que Bolívar se va cuajando como líder, como líder militar primero y luego como líder popular, como pensador y como guía de un pueblo. Bolívar se da cuenta, sobre todo después de 1814 cuando lo derrotan no lo españoles, en verdad lo derrotan los ejércitos de José Tomás Boves conformados por venezolanos, los de abajo, los esclavos que se iban de las haciendas, las cimarroneras, los pardos, los indios, los negros. Los pobres de la sabana surgían a caballo, a pie, detrás de José Tomás Boves. Era una guerra de clases la que se desató aquí en 1814, sobre todo los pobres contra los ricos.

Bolívar lo entendió a tal extremo, que incluso aquí en Caracas tuvo un lío con su hermana María Antonia Bolívar, que era toda una mantuana de capa y espada, de nervio y sangre, y tenía un enfrentamiento con Simón, pero él la quería mucho. Era su hermana mayor.

Ella decía que era un loco, pero cuando Bolívar decide llevarse a los sobrevivientes de Caracas a Oriente, la Emigración a Oriente, María Antonia no quería irse y ella decía que no se iba a ir porque ella era realista, y que con el nuevo gobierno que venía cuando él se marchara, ella iba a estar en paz y más bien iba a recuperar sus bienes y su tranquilidad y su vida. Y él le dijo “te van a matar cuando entren aquí Boves y su ejército; todo lo que sea blanco, todo lo que sea rico está en la mira de Boves y su ejército”. Y era cierto.

Y Bolívar tuvo que ordenar, y ordenó a un oficial y a una patrulla de 10 soldados, llevarse casi amarrada a María Antonia Bolívar y embarcarla allá en La Guaira y mandarla para el Caribe.

Y la hubieran matado en verdad; era una guerra de clases aquella. Bolívar lo entendió y lo asimiló y lo incorporó a su ideología y a su praxis, y fue así como comenzó a pasar a otra etapa su idea y su proyecto, y entendió Bolívar que no habría independencia sin participación popular, que no habría victoria sin pueblo.

Ya lo venía madurando desde el Manifiesto de Cartagena, cuando analiza las causas de la pérdida de la Primera República: “tuvimos filántropos por jefes y sofistas por soldados”. Y se fue al Caribe, se fue a Haití y consiguió apoyo en los revolucionarios de Haití y de Jamaica, y la Carta de Jamaica marca un quiebre en esa evolución ideológica bolivariana, en ese diseño cada día más claro del proyecto. Bolívar se da cuenta por 1814 y 1815, pero con dramatismo supremo, de dos cosas fundamentalmente, y las refleja, entre otros documentos, en la profética Carta de Jamaica, cuando allí incrusta la necesidad de la participación del pueblo en el proceso de independencia. Y sobre todo, en la Carta de Jamaica grafica de manera más clara el proyecto de integración de la América, hasta entonces todavía española.

Y es cuando dice en esa carta: “Sueño algún día conformar de este Nuevo Mundo una sola nación”. Y la define con más claridad, y habla ya del istmo de Panamá como punto, como epicentro de la unión del sur del Caribe, punto central, punto de convergencia de todos los intereses de todas las nuevas repúblicas,

Panamá –decía– debe ser para nosotros lo que el istmo de Corinto fue para los griegos, el punto de la anfictionía. 1815. Diez años después del Monte Sacro, fue una década de maduración ideológica y política, fue la década de la forja del líder, del líder militar primero, porque comenzó siendo líder militar, derrotado, además, en Puerto Cabello por la traición de Vignoni. Años después capturaron a Vignoni, el que lo traicionó en Puerto Cabello, en alguna batalla y tan pronto le dijeron que estaba Vignoni preso, dijo: “Pásenlo por las armas”. Y lo fusilaron de inmediato.

Se fue forjando como una espada aquel hombre, y fue asumiendo un concepto y fue evolucionando hacia un planteamiento cada día más revolucionario en lo político, en lo social, en lo moral, y fue así como regresa en la Expedición de Los Cayos, 1816, y lo primero que hace al desembarcar por Oriente, es decretar la liberación de los esclavos. Y aquello corrió como pólvora por las haciendas, por los campos, por los montes, que viene un tal Bolívar –no era ni muy conocido todavía Bolívar–, decían los cimarrones, los cumbe, donde bailaban tambor los indios en la sabana, en las montañas, en las haciendas decían: Viene un tal Bolívar y anda anunciando nuestra libertad, viene con la buena nueva –dirían algunos– y ahí comenzó entonces el proceso de independencia a tener sentido para los pobres, para los esclavos y para los indios que tenían 300 años aguantando y resistiendo la dominación imperialista de las élites criollas.

Así comenzó a echar raíces un proyecto entre los pueblos, por las sabanas de Apure y por los llanos de Barinas, por las montañas de los Andes, por las riberas del Orinoco, por las sabanas de oriente, por las selvas de Guayana; por todas las riberas del mar Caribe comenzaron a tronar los tambores de la libertad y las trompetas de la independencia. Y fue así en 1816, 1817, 1818: participación popular, guerra popular, guerra de liberación, y luego Bolívar fue también asumiendo otra concepción en el proyecto: participación popular. No habría independencia sin la participación del pueblo. Luego Bolívar fue también asumiendo lo que ya he señalado cuando comentaba la Carta de Jamaica: No habrá independencia en Venezuela si no hay integración de estos países y de estos pueblos de Suramérica y del Caribe. No hay revolución en un solo país. Él se convenció de eso y es absolutamente cierto: No hay revolución posible en un solo país. Lo sabemos los verdaderos revolucionarios. Pues Bolívar se convenció, y por eso fue que las cartas de Fanny le llegaban cada día más lejos. Quito, Lima, Potosí y ya estaba haciendo planes para ayudar con un ejército de agua –decía él– a la liberación de Cuba, a la liberación de Puerto Rico, a la liberación de La Española, o de Santo Domingo. Él decía: Colombia debe ser redonda, e invitó a México y toda Centroamérica al Congreso Anfictiónico de Panamá; invitó a los argentinos del Río de la Plata; se comunicó con Artigas, con Pueyrredón, con O’Higgins; con San Martín se conoció y se dio un abrazo, había que cambiar el mundo, y él intentó cambiar el mundo, él cumplió su Juramento, sin duda alguna que lo cumplió.

Pero además de esas dos consideraciones revolucionarias que fue asumiendo, que fue madurando y que fue llevando a la realidad, sembrando en los caminos, en el sendero que usted me señaló, no habrá revolución, no habrá independencia sin la participación popular de las distintas clases de los pueblos, primero. Segundo, no habrá independencia en Venezuela si no logramos la independencia continental y la unidad continental. Tercero, una tercera idea, que sobre todo brota con fuerza en 1819, era Angostura, en el discurso aquel del 15 de febrero de aquel 1819. Catorce años después del Monte Sacro, siguiendo el sendero que usted me señaló.

Bolívar va fraguando sobre el camino, sobre el sendero la concepción, la conciencia de que era necesario crear un nuevo orden, unas nuevas instituciones, unas nuevas estructuras políticas, republicanas; pero nuevas, originarias, y en eso seguía el sendero que usted me señaló, de aquel que dijo: “No podemos seguir copiando modelos, originales deben ser nuestros sistemas de gobierno, originales deben ser nuestros sistemas de vida, o inventamos o erramos”. Había que inventar un mundo, y hoy tenemos todavía que inventar un nuevo mundo. Estamos llamados a inventar un nuevo mundo, no bastaba la independencia, no bastaba comprometer a un pueblo, como ya él lo venía logrando hasta 1819, no bastaba pensar en la unidad continental, había que configurar un nuevo orden, nacional e internacional, y es así como Bolívar plantea en Angostura una república, un nuevo Estado, más allá de los clásicos Poderes de Montesquieu.

Él agrega, inspirándose en las antiguas instituciones de la Roma, de la Grecia, la idea del Poder Moral, y lanza la frase: “Moral y luces son los polos de una República, moral y luces son nuestras primeras necesidades”. Es un hombre que va madurando la idea suprema de que la educación popular, como lo dice en Angostura, debe ser la tarea primordial del Congreso y de las leyes. Le dice a los legisladores: “Legisladores, necesitamos leyes inexorables”. Es Bolívar desarrollando su tesis constitucionalista, revolucionaria, la tesis de la igualdad; es Bolívar tratando de descifrar –como dijo en el Juramento–: “...aquí en el Nuevo mundo la misteriosa incógnita del hombre en libertad”. Es Bolívar en Angostura cuando dice, reconociendo algo que es muy natural: “Los hombres, los seres humanos nacemos en condiciones de desigualdad.” Sí, es así. En este mismo instante cuántos niños están naciendo en Venezuela. Ahora mismo están chillando. Y como dice el poeta: Igual el niño rico, el niño pobre. Allá en las llanuras de Apure están naciendo niños ahorita, aquí en el este de Caracas están naciendo niños ahora. Allá en los cerros de Caracas también, allá en los Andes de Trujillo también; allá entre los indios del Delta del Orinoco están pariendo mujeres ahora mismo. En todas partes. Ellos vienen en condiciones de desigualdad, pero luego, decía Bolívar en Angostura, tratando de descifrar la misteriosa incógnita del hombre en libertad, es decir, cómo lograr que el hombre viva de verdad en libertad, que vivamos de verdad en un mundo de iguales y de libres. Entonces él dice: “Nacemos en condiciones de desigualdad, pero luego vienen las leyes”, y es un concepto muy russoniano y muy de la Revolución Francesa.

Luego vienen las leyes, el Estado, para producir un nuevo orden, la justicia, un orden que genera lo que él llamaba “la suprema libertad social”. Es decir, libertad con igualdad, porque bien lo dice Juan Jacobo Rousseau, y Bolívar lo asumió así: “Entre el poderoso y el débil” –decía Rousseau– “la libertad oprime, sólo la ley libera”. Y he allí el Estado social de derecho y de justicia consagrado en esta Constitución, invención del pueblo bolivariano. Necesitamos un nuevo orden de igualdad, de derecho, de justicia, unas nuevas instituciones, ese componente o factor de la fórmula, Bolívar también lo fue descifrando, lo fue despejando: Participación Popular; es decir, motivación popular, integración internacional, regional y un nuevo orden. Doscientos años después me pregunto, señor Presidente, señores diputados, amigos y amigas todos, doscientos años después me hago la pregunta: ¿No será que exactamente o casi exactamente, esa es la fórmula que hoy tenemos por delante no sólo los venezolanos, los latinoamericanos, los caribeños todos? ¿No será que el signo de estos tiempos nuevos que se asoman vienen cargados por esa fórmula despejada por Bolívar y su tiempo y su pueblo y su lucha de la misteriosa incógnita del hombre en libertad? ¿No será que necesitamos cada día más la participación clamorosa, firme, consciente y organizada en movimientos de nuestros pueblos, de las masas y masas de desposeídos, de pobres en esta América nuestra? ¿No será que necesitamos de verdad un proceso integrador de estas repúblicas nuestras, desde México hasta la Argentina, pasando por el Caribe, una integración verdadera, endógena, desde el alma de los pueblos, una integración política, económica, no entre élites, integración de los pueblos, de las economías, integración social? ¿No será que eso es imprescindible para lograr el descifrar la fórmula misteriosa, la incógnita misteriosa?

Y por supuesto que estas preguntas tienen respuestas positivas. Yo sí creo que ese es el camino, ese el sendero que usted me señaló: Participación Popular, suprema participación popular, integración entre nuestros pueblos, gobiernos y repúblicas y un nuevo orden. Un nuevo orden. Hubo un orden en el siglo XX, un primer orden, vamos a llamarlo así, después de la Primera Guerra Mundial, un primer orden.

Luego se repartieron el mundo los imperios, y Estados Unidos emergió como el imperio que hoy es después de la Primera Guerra Mundial; pero después de la Segunda Guerra Mundial surgió un segundo orden, ahora bipolar: además de Estados Unidos consolidado como imperio y como superpotencia, surgió, después de la Segunda Guerra Mundial, consolidada, la segunda superpotencia. Ese fue el segundo orden del siglo XX hasta 1990. Cuando cayó unos de los polos, se vino abajo la superpotencia soviética y entramos en una etapa de incertidumbre; desde entonces estamos en una especie de transición hacia un nuevo orden, dicen algunos. Nos quisieron imponer el orden globalizante neoliberal, pero ciertamente veamos al mundo por América, del norte hasta el sur; veamos al mundo por Europa, veamos al mundo por África, veamos al mundo más allá por el Medio Oriente y por el Asia.

Lo que hay hoy en el mundo no es un nuevo orden, lo que hay hoy en el mundo es un tremendo desorden mundial. Estamos en el nuevo desorden mundial; ahora considero que eso es bueno, es un desorden creador. De este desorden, producto de la caída soviética, y luego de la pretensión imperialista norteamericana de adueñarse del mundo para establecer el orden unipolar, lo que ha generado es un desorden de rebeliones, de resistencia, ha resurgido el socialismo como tesis y crece por el planeta. Por ejemplo, han resurgido los movimientos antiimperialistas por el mundo; ejemplo de ello es el extraordinario Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, que ha convertido a Caracas en escenario maravilloso de esa juventud que crece, que se levanta, que sueña y que batalla; muchachos, muchachas, un nuevo desorden.

Ahora, dentro de ese nuevo desorden es necesario que nosotros, por el sendero que usted me señaló, vayamos definiendo cada día mejor hacia dónde vamos, hacia dónde debemos ir; cuál debe ser, para utilizar el mismo término geopolítico, el nuevo orden, el que nosotros necesitamos; no el orden aquel de 1919 en adelante, no el orden aquel de 1945 en adelante, el orden bipolar, donde había que alinearse o con el uno o con el otro, y tú perdías la soberanía, perdías la propia identidad, en casi todas la ocasiones. ¿Cuál es ese nuevo orden para tomar de Bolívar y el proyecto bolivariano, ese tercer factor de la fórmula que estamos despejando y que estamos llevando a la práctica, que estamos aplicando para solucionar ese pequeño problema filosófico-histórico del hombre en libertad? El nuevo orden.

Anoche, allá en el Poliedro, con los muchachos, en la clausura del Tribunal Antiimperialista, que magistralmente dirigió, presidiéndolo, el doctor José Vicente Rangel y contó con no sé cuantas ponencias y denuncias contra el imperialismo norteamericano, comentaba una idea que he extraído de las lecturas, en este caso de ese gran escritor y orientador norteamericano Noam Chomsky en uno de sus más recientes libros, y no sólo de sus más recientes, sino de sus más impactantes libros, en mi criterio, Hegemonía o Supervivencia, dilema al que estamos enfrentados, y es absolutamente cierto y concreto el dilema.

Compañeros, camaradas, si la hegemonía norteamericana se impone en el mundo, esa hegemonía va a acabar con la vida de este planeta, y he ahí el reto que tenemos por delante, salvar al mundo. Carlos Marx lo dijo en su momento, lo repitió Rosa Luxemburgo y muchos lo han repetido: socialismo o barbarie. Considero que la amenaza es mucho más grave hoy que la que está contenida en ese dilema.

Dice Chomsky, hegemonía o supervivencia ya no sería sólo barbarie, porque en la barbarie pudiéramos imaginarnos vivir en unas cuevas en el Ávila, por allá en Apure. Chomsky da una señal, y considero que es muy poderosa; él habla en el primer capítulo de este libro de las dos superpotencias y creo que es la mejor fórmula para la transición que estamos viviendo en esta especie del gran desorden mundial. Las dos superpotencias, dice Chomsky. ¿Cuáles son las dos superpotencias?

La primera la conocemos, la superpotencia norteamericana, el imperialismo norteamericano, que pretende imponerle al mundo, a punta de invasiones, de bombas, de presiones, de chantajes, de amenazas, de terror, su concepción irracional del mundo, a través del cual –repito– el mundo se acabaría, y a lo mejor en décadas. Ya no hablamos ni siquiera en siglos; en décadas.

Es acaso mentira el deshielo de los polos, alguien puede creer que esto es ciencia ficción. En los últimos años los casquetes polares han disminuido varios centímetros su espesor y, por consecuencia, el nivel de los mares también se ha incrementado en varios centímetros. En las últimas décadas, producto del desenfreno capitalista neoliberal consumista y el modelo destructivo, la temperatura del planeta se ha incrementado de manera peligrosa; tiene fiebre el planeta Tierra, se pierden los equilibrios de las aguas, de los mares, de los vientos, de las temperaturas de la naturaleza.

Nuevos fenómenos recorren el mundo: huracanes desconocidos en siglos, lluvias diluvianas por una parte y sequías infinitas por otras; nuevas enfermedades, desaparición de especies, aparición de desiertos, destrucción de las capas protectoras de la atmósfera. Estamos destrozando el planeta, esa es la verdad; cada minuto que pasa, y el imperialismo norteamericano, entre otras cosas, se niega a reconocerlo, se ha negado a firmar el Protocolo de Kyoto, por ejemplo; sus propios científicos alertan sobre el peligro, sobre la amenaza.

Citaba yo anoche, extraído de Noam Chomsky, las conclusiones de un famoso científico, llamado Hernest Myers, quien especula y termina diciendo: “¿No será que la especie humana ha sido un error biológico?”. Porque pareciera que las cucarachas, las hormigas y los escarabajos tienen un mejor sentido de la supervivencia que la especie humana. “¿Será que la inteligencia superior del ser humano” –dice este científico– “después de cien mil años de haber aparecido la vida humana sobre el planeta, después que existieron 50 mil millones de especies, la nuestra es una sola de los 50 mil millones que evolucionó hacia niveles superiores de inteligencia? Creemos nosotros. Pero, ¿será que esa inteligencia es destructiva?” –se pregunta el científico– “¿Será que alguien dirá en el futuro: existió la especie humana? Fue un error biológico, diría un escarabajo, una rata o una cucaracha. Los humanos tuvieron 100 mil años como especie y se dedicaron fue a destruirse unos a otros”.

Yo no lo creo, lo decía anoche y lo vuelvo a decir, no lo creo; creo en Dios y creo, como dijo Nietzsche, que el hombre es el puente entre el animal y el de cien superhombres. Yo prefiero decirlo a mi manera, ligando ideas, que la especie humana, sí, es por una parte, el escalón más alto del reino animal, pero por otra parte habrá que decir, como el Che Guevara, que nosotros los revolucionarios somos el escalón más alto de la especie humana, los que somos capaces, con Cristo, de amarnos los unos a los otros; los que somos capaces de asumir, como Bolívar, el juramento y el compromiso de luchar por los demás. Yo sí creo que vamos a salvar el mundo; yo sí creo que aquí vivirán los nietos de los nietos de los nietos de nuestros nietos, y créanlo que vivirán más felices que nosotros, en un mundo donde esté despejada y aplicada la misteriosa incógnita del hombre en libertad. Lo creo profundamente. Lo creo y lo creemos, estoy seguro.

En fin, Noam Chomsky habla de una superpotencia, y habla de otra superpotencia ahora mismo. Esa otra superpotencia. Ciertamente, uno le da vueltas a la cabeza y pareciera que esa es la solución, la salida, la otra superpotencia mundial que está en formación y que puede ser la tranca, el freno, la kriptonita roja para Supermán, esa otra superpotencia que puede salvar al mundo e impulsarnos en esta transición hacia un verdadero nuevo orden mundial, dice Chomsky, y yo lo suscribo. Es la opinión pública mundial, los pueblos del mundo, la conciencia del mundo; sólo los pueblos del mundo pueden salvar este mundo, y allí la importancia suprema de la educación, de la comunicación social, que los pueblos del mundo no tienen grandes cadenas de televisión, ni grandes periódicos a través de los cuales el imperialismo y sus lacayos adormecen y dominan a las sociedades. Ese es parte del modelo imperialista, la dictadura mediática está al servicio del imperialismo.

Por eso es que le tienen miedo a Telesur. A Telesur antes de nacer ya le estaban echando plomo. Bueno, ya nació y seguirá creciendo. Ahora me dio el Presidente Tabaré Vásquez una buena idea: Radiosur, porque él me decía: “Chávez, además de la televisión no olvidemos la radio, la radio penetra mucho más en todas partes”. Así que vamos a tomar eso como una tarea, Radio del Sur o Radios del Sur. Una red mundial de radios, radios chiquiticas, comunitarias, televisoras comunitarias enlazadas. Tenemos un problema que son los satélites. ¿Cómo hacemos, José Vicente, para conectarnos los pobres con los satélites? Hay que buscar la manera de conectarnos todos con el satélite, porque Telesur, por una parte, está saliendo casi sólo por satélite, aún no tenemos señal abierta y sabemos que la mayoría no tiene acceso al satélite, pero hay maneras, aun cuando estamos ya buscando la forma de tener señal abierta para Telesur.

Pero en fin, más allá de los medios de comunicación masivos está la labor de cada uno de nosotros. Yo le decía a los muchachos del Festival Mundial de la Juventud, que el Festival no puede terminar hoy, hoy se va a clausurar aquí en Caracas, pero no va a terminar hoy. No, hoy entró en una nueva fase.

Hoy ustedes deben salir al mundo y todos nosotros a la esquina, al campo, a la calle. ¿A qué? A pregonar la buena nueva, decía Cristo, a tomar esto como un juramento hoy, doscientos años después del Monte Sacro, como un compromiso supremo de dedicarle todos los días que nos queden de vida, todas las noches que nos queden de vida al compromiso adquirido de liberación. No podemos tomar esto a medio tiempo. ¿Vacaciones para un revolucionario? No. ¿Domingo para un revolucionario? No hay domingo, es una batalla, no se trata ni siquiera del gobierno tal o cual. No se trata ni siquiera de la diputación a la Asamblea Nacional. No, ojalá fuera eso nada más. No se trata ni siquiera de las instituciones de nuestros países, no se trata ni siquiera de nuestra revolución. Mucho más allá –insisto en la idea y no estoy para nada exagerando, compatriotas–, se trata nada más ni nada menos que de salvar al planeta Tierra y la vida de las futuras generaciones.

Esa es nuestra tarea hoy, suprema tarea, mucho más grande que la que Bolívar asumió hace doscientos años, mucho más grande, mucho más comprometida. Aquellos hombres podían pensar en siglos, Bolívar podía darse el lujo de pensar en siglos. No había entonces el grado de destrucción del planeta que hoy tenemos, el grado de contaminación, el grado de demolición de la vida, no había el grado de miseria y de pobreza.

Creo que los esclavos de entonces –y que me perdonen ellos donde estén, vueltos polvo– vivían mejor o menos peor que los pobres que viven hoy en la miseria. Bolívar fue amamantado por una negra esclava, por ejemplo.

El mundo se cae a pedazos, cada tres segundos muere un niño de hambre en el planeta. El sida está acabando con países enteros. Hay países del África cuya población está contaminada por el sida por encima del setenta por ciento y el imperialismo norteamericano gastando miles de millones de dólares en armas invisibles, en aviones invisibles y en unos aviones transbordadores que van allá, a una estación y quieren llegar a la Luna. ¿Será que ellos creen que en ese transbordador se van a ir cuando se esté acabando el planeta, a vivir en otro planeta, a vivir en la Luna?

Así que esa otra superpotencia mundial tenemos que impulsarla, fortalecerla a través de la conciencia, asumiendo este compromiso, multiplicándonos nosotros; en el mundo somos millones, vamos a asumir la conciencia de que somos mayoría en el mundo, y lo somos, no podemos permitir que una minoría destroce a la mayoría, que una minoría enceguecida destroce al planeta y no destroce sólo a la mayoría que hoy somos, sino destroce el potencial de vida para los próximos siglos; eso no podemos permitirlo.

Esa otra superpotencia, al decir de Noam Chomsky, está levantándose. Las grandes manifestaciones contra la guerra en Irak fueron un asomo en el horizonte. Las grandes manifestaciones contra la globalización neoliberal, desde Estados Unidos, pasando por Génova y por todas partes. Me decía el Presidente Lula hace unas noches, que él fue a la reunión del G-8, fue invitado y estuvo allá, y que lo montaron en un helicóptero y viajaron y viajaron hasta no sé dónde, allá lejos de unas montañas, para reunirse los presidentes del G-8, porque no hay ciudad hoy en el mundo que resista una reunión del Grupo, se le viene encima el pueblo, se le viene encima la otra superpotencia mundial, le tienen miedo a los pueblos.

Y Lula me cuenta que él fue después a París a dar una charla en no sé qué universidad y lo dijo: Algo malo está ocurriendo aquí. ¿Por qué se reúnen los Presidentes de los países más poderosos de la Tierra y anuncian –es muy importante el comentario del compañero Lula, en un análisis bien agudo– al mundo que se van a reunir para contribuir con la disminución de la pobreza, que se van a reunir para buscar fórmulas para aliviar la pobreza en África? Eso es lo que ellos dijeron al mundo. Se supone que los pobres del mundo deberían aplaudirlo. ¿Por qué no se reunirán en el corazón del África, por ejemplo? Si van a ayudar a los africanos, vayan al África para que los aplaudan. Algo extraño está pasando.

Si quieren ayudar a los pobres de América Latina, como dicen, por qué no vienen a reunirse aquí en Caracas o en Río de Janeiro o en Buenos Aires o en La Habana. Si quieren ayudar a los pobres del mundo, denle la cara. No. Están escondidos, se esconden, se reúnen ahora en portaaviones, creo que están preparando un submarino para reunirse bajo las aguas del Atlántico. Le tienen miedo a los pueblos. Ah, esto significa otra cosa, que ya los pueblos no se tragan las mentiras de que ellos se reúnen para ayudar a los pueblos a derrotar la pobreza. Esa es la otra superpotencia mundial, abonémosla, porque esa superpotencia mundial puede ser la clave para salvar al mundo, yo sí lo creo, y además puede permitirnos el tránsito hacia un nuevo orden. Ahora sí, Bolívar lo llamaba: “Recorriendo el sendero aquel que usted me señaló”. “El equilibrio del universo”, decía Bolívar. El mundo pluripolar, esa otra gran superpotencia mundial que en la opinión pública puede ser el combustible para frenar, por una parte, las pretensiones hegemónicas del imperialismo norteamericano y apurar el surgimiento de nuevos polos de fuerza aquí en Suramérica, en el Caribe, allá en la Europa, allá en el África, allá en el Asia.

Es un tránsito hacia el nuevo orden internacional multipolar, pluripolar, de equilibrio universal, sólo así pudiéramos estar despejando la misteriosa incógnita del mundo, por decirlo así, en libertad, en equilibrio, en paz y en igualdad.

Creo que Bolívar nos dejó parte de la fórmula diseñada y él trató aquí de llevarla a la práctica, de hacerla realidad, mas no pudo; aunque él cumplió su juramento, el juramento lo que hizo fue incrementarle por dentro el compromiso. Miró lejos y miró alto Simón Bolívar, y por eso terminó defraudado: “He arado en el mar”, “Jesucristo, Don Quijote y yo, los tres grandes majaderos de la historia”.

“El sendero que usted me señaló hoy está vivo y vibrante en el 2005”, decía yo hace pocas semanas, el 5 de julio pasado desde la Asamblea Nacional. Invito a los venezolanos, invito a todos mis compatriotas y con todo mi respeto, por extensión, a mis hermanos de América Latina y del Caribe, a que asumamos, en primer lugar los venezolanos que hemos levantado las banderas de Bolívar como correspondía hacerlo a nosotros, que hemos decidido continuar el sendero que usted me señaló, porque ese sendero alguien pudiera decir que terminó en Santa Marta, pero no terminó en Santa Marta. Del Monte Sacro a Santa Marta pasaron veinticinco años. Pero el sendero continuó abierto; el sendero fue tapiado seguramente, el sendero se enmontó, se cerró, se lo tragó el monte y la selva, el olvido, el tiempo y la distancia, la traición y la inconsciencia.

Cuando Bolívar fue traído aquí a Caracas en 1842, ya se había afianzado aquí la oligarquía conservadora y llegó Bolívar por allá, por La Guaira, y cuentan que el General Urdaneta, anciano ya, se puso sus galas y comandó la parada y se fue el pueblo a las calles a recibir el féretro que subía de La Guaira por el viejo Camino de los Españoles, y lo llevaron y lo dejaron aquí.

No existía todavía el Panteón Nacional. Hasta 1876 no fue traído al Panteón Nacional, pero ese es el mismo sendero. Cuando Bolívar llegó vuelto cenizas a la Caracas de 1842 –como ya he dicho– se había consolidado la contrarrevolución, salieron a cantarle, a rendirle tributo y a colocarle flores a sus restos, seguramente, quienes lo traicionaron.

Apenas cuatro años después comenzó a surgir por aquí, por las sabanas de los Valles del Tuy, un nombre, y corría de boca en boca, era un rumor que crecía, algunos decían: “Es Boves que vuelve”. Otros decían: “Que traigan por las bridas un potro de pólvora y tormenta, porque Ezequiel Zamora ya despierta y hay una tempestad por los caminos”. Era Zamora, que volvía a levantar la esperanza de un pueblo traicionado. Bolívar hecho cenizas, pero Zamora seguía “el sendero que usted me señaló”.

Juramento del Samán de Güere, 17 de diciembre de 1982

Y luego la Guerra Federal, en 1858, y Bolívar aquí hecho cenizas; y luego muere Zamora y se vuelve cenizas junto a él, pero el sendero siguió vivo y abierto, el que usted me señaló, para lo grande, para lo sublime, para lo hermoso, y luego el siglo XX, y luego las traiciones, y luego el imperialismo norteamericano, y luego el petróleo, y luego colonias, y luego el 58, el 23 de Enero y una nueva traición, y luego el pacto de Puntofijo, y luego las revueltas populares, y luego la guerra revolucionaria, y luego el Juramento del Samán de Güere, 17 de diciembre de 1982, inspirado en el Juramento del Monte Sacro.

Me da mucho gusto tener aquí al General de División Raúl Isaías Baduel, y recordar aquella tarde del Juramento del Samán de Güere, junto a Jesús Urdaneta y al catire guariqueño, comandante bolivariano Felipe Acosta Carlez. Y luego el Caracazo y el grito de rebelión de un pueblo, y luego la madrugada enrojecida del 4 de febrero de 1992, siguiendo “el sendero que usted me señaló”. Y luego el 27 de noviembre, y luego el pueblo, y luego el 6 de diciembre de 1998, y luego el 2 de febrero de 1999, y luego la Constituyente, la nueva Constitución, y luego la revolución, y luego la contrarrevolución y el imperialismo, y luego el golpe de Estado, y luego la rebelión popular-militar que barrió una tiranía en menos de 48 horas, y luego el sabotaje petrolero, la arremetida imperialista contra nuestro pueblo, y un pueblo heroico siguiendo “el sendero que usted me señaló”. Y luego el referendo del 15 de agosto, hace hoy 365 días, y el grito de Florentino por el ancho terraplén: “Zamuros de la Barrosa / del alcornocal de abajo / ahora verán, señores / al diablo pasar trabajo”.

Y luego este día de hoy, 200 años del Juramento del Monte Sacro. Han pasado 200 años, han pasado 200 cosas, han pasado 200 revoluciones, y aquí estamos hoy, compañeros y compañeras, hermanos y hermanas, asumiendo el compromiso. Hoy llamo a todos a que nos alimentemos este día de hoy con este calor, con esta brisa, con esta fuerza, con esta pasión; nos alimentemos aún más y nos dispongamos a transitar a partir de hoy lo que comentaba en la Asamblea Nacional el 5 de julio, el ciclo bicentenario, el ciclo bolivariano bicentenario. Hace 200 años, un día como hoy, comenzó un ciclo, como dijo Augusto Mijares, ese insigne escritor venezolano, es de Augusto Mijares la frase: “El 24 de julio de 1783 nació Simón Bolívar, el 15 de agosto de 1805 nació el Libertador”.

El Libertador de Suramérica nació un día como hoy, hace 200 años, cuando juró en el Monte Sacro no dar descanso a su brazo ni reposo a su alma, hasta libertar la patria de las cadenas de los imperios de ayer, de hoy y de siempre.

Celebremos hoy, pues, los 200 años del nacimiento del Libertador Simón Bolívar, como hace 22 años celebrábamos el bicentenario del nacimiento de Simón Bolívar, del niño Simón Bolívar, del hombre Simón Bolívar, del infinito Simón Bolívar. Un día como hoy, hace 200 años, comenzó el ciclo del Libertador. ¿Terminó en 1830? ¡No! Continuó, y aquí lo tenemos hoy como dice Alí Primera.

Invito a los venezolanos a que nos impulsemos sobre la más grande de nuestras pasiones, sobre lo más sublime de nuestras ilusiones, sobre lo más infinito de nuestros amores, de nuestros sueños y esperanzas para que a partir de hoy comencemos a transitar el ciclo bicentenario, desde hoy hasta el 2030, para que en estos próximos 25 años terminemos de descifrar la misteriosa incógnita.

Yo había dicho que me retiraba en el 2021, pero no, he corregido la fecha, hay que seguir hasta el 2030, para que evitemos el estigma de Santa Marta, para que no vayamos a repetir nunca nosotros: “Hemos arado en el mar”, para que recordando a Fidel Castro, como lo recordábamos en su cumpleaños antier. Fidel Castro, hace poco, en un discurso el 26 de julio cometió una travesura más, una travesura que a mí me lo asemeja, cuando las hace, a aquel personaje –ya lo he dicho– de Gabriel García Márquez en Cien Años de Soledad: José Arcadio Buendía, el que inventó la máquina del tiempo y todo aquello. Fidel Castro terminó ese discurso del 26 de julio recordando su frase, pero me metió a mí en el lío ahora, y aquella frase que él lanzó en su momento: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”. Entonces, ahora me metió a mí, medio siglo después, José Arcadio Buendía. Me mandó a nacer antes que yo naciera –porque yo no había nacido cuando eso– y terminó diciendo: “Nos acusan a Chávez y a mí de desestabilizar el Continente. No importa, condenadnos, la historia nos absolverá”.

Pero yo he dicho, y como el próximo sábado debo estar en Cuba, Dios mediante, en la graduación de la Primera Promoción de Médicos de la Revolución Bolivariana y la Revolución Cubana, estoy adelantando algunas de las cosas que vamos a conversar porque Fidel Castro, sin duda que ya está absuelto por la historia, así que no es justo que él me incluya en esa expresión, no. Él lo dijo en su momento: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”. Hoy quién puede dudarlo, Fidel, ya tú estás absuelto por la historia; yo no. No me metas ahí todavía.

En el año 2030, si Dios quiere y la Santísima Virgen, entonces sí estaremos, si hacemos lo que tenemos que hacer, en condiciones de venir aquí a decirle al mundo junto con Fidel, no importa lo que hayan dicho: “Aquí estamos frente a la historia, absueltos por la historia”. Entonces sí podremos venir aquí a decir: No hemos arado en el mar. Entonces sí podremos decir como Bolívar a Simón Rodríguez: “Hemos seguido el sendero que usted nos señaló”.

Y entonces, sí pudiéramos irnos a descansar un poco. Mientras tanto, les digo, para despedirme, este día memorable, de ustedes: No hay descanso. Para seguir el sendero que usted me señaló, tenemos que decir como Bolívar: ¡Juro que no daremos descanso a nuestros brazos ni reposo a nuestras almas, hasta que hayamos librado a nuestro pueblo de las amenazas del imperialismo norteamericano y hasta que hayamos despejado la fórmula misteriosa del pueblo en libertad para seguir el sendero que él nos señaló!

Buenas tardes, ciudadano Presidente, buenas tardes ciudadanos diputados, señoras y señores, muchas gracias.

Leído/Letto desde 17/12/2006: Hit Counter

Add to Google Reader or Homepage
http://www.wikio.it
Add to Technorati Favorites

LPG NUKE

Sitios Amigos

Intercambio Link

Colaboradores

MigliorBlog.itEURO-TOPLISTClassifica di siti - Iscrivete il vostro!
BlogItalia.it - La directory italiana dei blog
 News & Journalism - Top Blogs Philippines
Blogalaxia
TopOfBlogs
PoliticsTop BlogsBlogRankers.com
Politics blogs
BlogPolitics BlogsRussian America Top. Рейтинг ресурсов Русской Америки.
Free Gifts Top 100
My BlogCatalog BlogRank素材RANKINGClassement des sites Francophones