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Muy buenos días a
todos, buenos días a
todas. Ciudadano
diputado Nicolás
Maduro, Presidente
de la Asamblea
Nacional; ciudadano
Magistrado Omar Mora
Díaz, Presidente del
Tribunal Supremo de
Justicia; ciudadano
doctor Germán
Mundaraín, Defensor
del Pueblo y
Presidente del
Consejo Moral
Republicano;
ciudadano doctor
Jorge Rodríguez,
Presidente del
Consejo Nacional
Electoral; ciudadano
doctor Isaías
Rodríguez, Fiscal
General de la
República;
excelentísimos
señores Embajadores;
honorables
Encargados de
Negocios y
representantes de
organismos
internacionales
acreditados ante el
Gobierno Nacional;
ciudadano diputado
Ricardo Gutiérrez,
Primer
Vicepresidente de la
Asamblea Nacional;
ciudadano diputado
Pedro Carreño,
Segundo
Vicepresidente de la
Asamblea Nacional;
ciudadano Iván Zerpa
Guerrero, Secretario
de la Asamblea
Nacional; demás
Diputados y
Diputadas de nuestra
Asamblea; ciudadano
doctor José Vicente
Rangel,
Vicepresidente
Ejecutivo de la
República; señores
Ministros, Ministras
del Gabinete
Ejecutivo; señores
Generales y
Almirantes miembros
del Alto Mando
Militar de la
República; ciudadana
doctora Marisol
Plaza, Procuradora
General de la
República;
Presidentes;
Directores de
institutos autónomos
y empresas del
Estado;
representantes del
sector privado;
trabajadores,
trabajadoras;
jóvenes delegados
del mundo al XVI
Festival Mundial de
la Juventud y los
Estudiantes; un
abrazo especial para
todos y reitero la
bienvenida que ya
les daba el
Presidente de
nuestra Asamblea
Nacional; señores y
señoras, amigos
todos:
En primer lugar
quiero recordar en
esta mañana, clara
por este lado y de
nubarrones por
aquel, mañana fresca
aquí en el valle de
Caracas, que hace un
año exactamente, un
día como hoy, cantó
el catire Florentino
Por el ancho
terraplén.
Para recordarlo con
el verso siempre
vivo del insigne
poeta barinés,
Alberto Arvelo
Torrealba: “El
catire Florentino
por el ancho
terraplén / caminos
del desamparo /
desanda a golpe de
seis/. Y más o menos
a esta hora el
catire Florentino,
que somos todos los
patriotas de
Venezuela, estábamos
cantando aquella
copla “Zamuros de la
Barrosa / del
alcornocal de abajo
/ ahora verán
señores / al Diablo
pasar trabajo/”.
Día memorable aquel
15 de agosto de
2004; día de esos
que van quedando
registrados en
nuestras páginas;
día de pueblo, día
de ratificación de
un mandato, día de
ratificación de un
sendero, de un
camino, día
revolucionario, día
en que se expresó
con toda su magnitud
la fuerza de la
democracia
revolucionaria
bolivariana.
Quiero felicitar
desde aquí, desde
esta tribuna, en
primer lugar, al
pueblo venezolano.
Pueblo heroico
siempre, pueblo
traicionado muchas
veces, pueblo alegre
siempre y optimista
siempre, luchador
siempre, forjador
siempre, es el
pueblo nuestro que
nos dio vida y que
nos da vida; y
recordar una frase
de Bolívar a quien
rendimos tributo hoy
y siempre, pero hoy
de manera muy
especial.
Bolívar cuando lanzó
aquella frase donde
expresaba su
profunda confianza
en el pueblo,
mientras desde el
Norte de América, y
he ahí una de las
grandes diferencias
del sistema político
que nació en el
Norte de América y
del sistema político
y de la filosofía
que lo impulsaba,
que nacía en estas
tierras del Caribe y
de Suramérica.
Así, exactamente
así: “la gran bestia
a la que hay que
domesticar, a la que
hay que reducir, y
si no se puede
domesticar habrá que
reducirla”, decían
los primeros hombres
que le dieron forma
a aquel sistema
político en el Norte
de América.
En cambio aquí,
Bolívar decía que
tenía pruebas
irrefragables del
buen tino del pueblo
en las grandes
resoluciones y que
por eso él siempre
prefirió sus
opiniones –las del
pueblo– a la de los
sabios. Por eso digo
hoy con Bolívar y
con todos nosotros:
¡Que viva el pueblo
venezolano y que
vivan los pueblos
del mundo que
batallan por la vida
contra la guerra,
contra el
imperialismo, por la
libertad, por la
igualdad!
Quiero con estas
palabras
introductorias
recordar el
referendo nacional
del 15 de agosto
pasado, que
pretendió ser
revocatorio, pero
que terminó siendo
ratificatorio, la
tremenda labor
cumplida por ese
pueblo, en primer
lugar; por nuestra
Fuerza Armada, junto
al pueblo,
desplegada por todas
partes; por esas
instituciones, la
primera de ellas el
Consejo Nacional
Electoral. Señor
Presidente, mi
reconocimiento y
nuestro
reconocimiento.
Sometidos además,
especialmente el
Consejo Nacional
Electoral, a un
nutrido fuego de
francotiradores
internos y externos
que han tratado de
minar la fortaleza
de los hombres y
mujeres que han
asumido esa
responsabilidad de
erigirse, por
supremo mandato
popular
constitucional, en
el Poder Electoral
que ya proponía
Bolívar allá en el
Proyecto de
Constitución de
Bolivia.
Por más que algunos
sigan tratando de
lanzar basura sobre
el Consejo Nacional
Electoral y los
hombres y las
mujeres que lo
dirigen, que lo
constituyen; por más
que algunas voces,
cada día más
aisladas y más
remotas, sigan
diciendo y hablando
de fraudes y de
votos fantasmas sin
aportar ni una sola
prueba, hay que
decirlo, porque no
las tienen, ni las
tendrán, porque es
mentira.
Hay que decir que
hoy, en estos años
de comienzos del
siglo XXI, por fin,
ya era hora de que
el pueblo venezolano
tuviese un verdadero
Poder Electoral y un
sistema electoral y
que es, no me queda
ninguna duda al
decirlo, uno de los
más transparentes
que hay en este
planeta, el sistema
electoral que está
conformado,
instalado en
Venezuela.
Y ahora, permítanme
pasar al tema que
hoy nos convoca. Me
parece una
extraordinaria
iniciativa de
ustedes, señores
diputados,
diputadas, de
ustedes, señores
Directivos,
Presidente y
Vicepresidentes de
la Asamblea
Nacional, venir aquí
frente al Panteón
Nacional, donde los
restos mortales de
Bolívar están, no sé
si descansando,
desde 1876, cuando
fueron traídos aquí.
1876. Las fechas
dicen mucho, y
siempre es
recomendable tener
la mayor precisión
posible del tiempo y
del espacio. Espacio
y tiempo para
entendernos mejor:
el quiénes somos, el
dónde estamos, de
dónde venimos, hacia
dónde vamos,
geografía e historia
esencial,
fundamental.
1876 significa que
46 años después de
muerto Bolívar, fue
que sus restos,
durante el gobierno
del General Guzmán
Blanco, fueron
traídos al Panteón
Nacional. Claro que
ya estaban en
Caracas desde 1842,
cuando era
Presidente de la
República el General
José Antonio Páez
fueron traídos los
restos desde Santa
Marta.
Maravillosa
iniciativa, y apenas
me propusieron la
idea de que yo
dijese algunas
palabras acepté con
mucho compromiso,
con mucho rigor, a
pesar de que en
estos días he estado
dando uno que otro
discurso por allí,
desde los astilleros
del río Santiago
hasta el Poliedro de
Caracas, pero con
mucho gusto me puse
a pensar en algunas
cosas, a ordenar
algunas ideas, a
releer líneas,
escritos, algunos
muy viejos, otros
muy nuevos.
Hay un libro
maravilloso, que
ofrezco la gestión
de mi Gobierno para
editarlo en mayor
cantidad, un libro
muy reciente del
poeta venezolano
Gustavo Pereira,
editado por la
Defensoría del
Pueblo, precisamente
sobre el Juramento
del Monte Sacro.
Esta madrugada me lo
leí completito dos
veces, es fácil y
rápido de leer.
Creo que una de las
tareas de nosotros
hoy, los
venezolanos, esta
revolución, es
hurgar en las
entrañas de la
Patria, de buscar a
fondo las verdades
de la historia.
Todavía hay muchas
falsas historias por
allí, escritas en
los libros
oficiales; todavía
nuestros niños en
las escuelas están
leyendo muchas cosas
que no ocurrieron
nunca; todavía la
historia burguesa,
la historiografía
más bien burguesa
anda por allí
ocupando espacios,
hay que demolerla y
darle paso, como una
flor del nuevo
tiempo venezolano, a
la verdad histórica.
Nada mejor que los
documentos
originales.
Anoche estuve
leyendo y haciendo
un esfuerzo por
buscar verdades para
compartirlas con
ustedes hoy, de
refrescar verdades
que se perdieron en
la distancia y en el
tiempo. Anoche
incluso me enteré,
por primera vez leí
eso, de la
configuración del
buque español en el
cual el joven de 15
años que era Simón
Bolívar, partió de
La Guaira en 1799.
Comenzando el año
arribó al puerto de
La Guaira un buque
español, era un
buque de guerra, el
San Idelfonso, y ahí
embarcaron al
muchacho.
Era un muchacho que
ya tenía algunos
problemas de
conducta. Era un
muchacho al que la
vida dio latigazos
desde niño y me
enteré con más
detalles. Había
leído algunas cosas
de ese viaje del San
Idelfonso, que era
uno de los buques
insignias de la
Armada de su
majestad el rey de
España. Ahí se montó
el joven Bolívar y
fueron a Veracruz,
pero en Veracruz,
allá en México,
donde estaba
previsto pasar sólo
unos días, tuvieron
que pasar varios
meses, porque la
flota inglesa –y la
España estaba
entonces en guerra
con la Inglaterra–
estaba, según
informaciones que de
La Habana llegaban a
Veracruz, bloqueando
el paso de Las
Bahamas; así que los
buques españoles, en
previsión, además
llevaban un caudal
para su majestad.
Anoche me leí
–embajador Raúl
Morodo– hasta las
toneladas de oro y
de plata que
llevaban, en eso que
alguien ha
calificado como el
primer préstamo de
un fondo
iberoamericano
internacional que
aquí existió, que
nosotros le
prestamos a Europa.
Le prestamos mucho
oro y plata. Está
demostrado que del
Nuevo Mundo –saludos
a Daniel Ortega,
hermano
revolucionario,
comandante
sandinista y ex
Presidente de la
República de
Nicaragua– se
llevaron los
galeones españoles,
portugueses e
ingleses, y está
demostrado en
registros, 6 mil
toneladas de plata y
600 toneladas de
oro, en menos de
cien años, aunque
algunos se hundieron
y se quedaron en el
fondo del Atlántico.
Bueno, en ese San
Idelfonso iba una
parte de aquel
préstamo que hicimos
a la Europa de los
siglos XVI, XVII y
XVIII, ya en el XIX
se le pusieron las
cosas más difíciles,
y Bolívar aprovechó
para ir a Ciudad de
México. El joven de
15 años conoció
entonces Ciudad de
México y desde
Veracruz escribió a
su tío Esteban
Palacios, quien era
su tutor aquí en
Caracas, hermano de
su madre ya
fallecida, una carta
con los más grandes
horrores
ortográficos que
haya visto yo en
carta alguna.
Ahora, quien evalúe,
analice y compare la
carta de Veracruz de
1799 con la Carta de
Jamaica, apenas
quince años después,
podrá, con una
comparación,
determinar la
formación meteórica
de aquel muchacho.
Qué salto tan
inmenso, infinito,
dio Bolívar. Pues
haciendo esfuerzos
para traer algunas
ideas el día de hoy,
rindiendo tributo
como estamos y como
nos recordaba el
diputado Isrrael
Sotillo, poeta y
locutor, estaba yo
recordando un
programa de radio
que tenía Isrrael en
Valencia, en Radio
Latina, y cada vez
que yo iba a esa
emisora era cerrada,
cuando aquí había
libertad de
expresión. Aquí hubo
libertad de
expresión, sí, y
cada vez que yo iba
allí cerraban Radio
Latina o perseguían
a Sotillo.
Aquí hubo libertad
de participación.
Anoche el Canal 8,
el mejor canal de
televisión que hay
en todas estas
tierras, estaba
transmitiendo un
documental muy
bueno, y hay que
repetirlo mucho por
esto de la memoria
–imágenes muy
frescas que todos
tenemos, pero que
hay que
refrescarlas–,
cuando la Policía
Metropolitana, y de
cuando en cuando
también las Fuerzas
Armadas, asediaban a
diario la
Universidad Central
de Venezuela. Los
estudiantes querían
marchar solamente;
ellos lo que querían
era marchar, pero
como se iban
agrupando en el
Rectorado, la
Policía
Metropolitana
colocaba un cerco en
la Plaza de las Tres
Gracias y en el otro
acceso de Plaza
Venezuela, para
impedir la salida de
la marcha.
Y ahí era que se
formaban las
trifulcas y anoche
lo explicaban los
muchachos, ya no tan
muchachos, por qué
se encapuchaban:
Porque la policía
tomaba fotos, videos
y después los
identificaban y en
la noche llegaban a
sus casas a
atropellar a sus
familias, a
llevárselos presos;
cuando mataban
estudiantes casi
todas las semanas
aquí en Caracas, en
Mérida, en Oriente,
en el Zulia.
Eso pasó hace muy
poco tiempo, y
parece mentira,
Alarcón, uno ve las
imágenes y dice que
eso pasaba aquí. Qué
resistencia tan
grande la de los
estudiantes, decía
yo anoche, porque
mientras ellos
morían en las
calles, corrían por
las calles, tragaban
gas lacrimógeno casi
todos los días,
estaba resurgiendo
en el seno del
glorioso Ejército
venezolano el
Movimiento
Bolivariano
Revolucionario, que
el 4 de febrero
irrumpió por estas
mismas calles y en
este mismo valle.
Hoy, a los 200 años
del Juramento de
Bolívar en el Monte
Sacro, en Roma, en
ese mismo lugar,
hace poco, nuestro
Embajador y una
delegación de
nuestro Gobierno y
un grupo de
ciudadanos del mundo
han estado
inaugurando un
monumento para
recordar allá aquel
día, aquella hora
sublime en la cual
un joven de 22 años
llegó trillando un
camino, llegó con su
maestro, o uno de
sus maestros
caraqueños, que no
era cualquier
maestro; le llevaba
14 años de edad
Simón Rodríguez a
Simón Bolívar. Simón
Bolívar tenía 22,
Simón Rodríguez 36
años, y un primo
hermano de él, muy
amigo de Simón, que
se llamaba Fernando
Rodríguez del Toro.
¿Cómo fue que Simón
Bolívar llegó al
Monte Sacro? ¿Cómo
fue que aquel
muchacho llegó al
Monte Sacro? Fue
Carlos Marx el que
dijo, el que
escribió, que los
hombres no hacemos
la historia. O sí la
hacemos, pero sólo
en el marco que nos
impone la historia,
y tal cual ocurrió
con Simón Bolívar.
Si Simón Bolívar
hubiese nacido aquí
mismo en Caracas,
pongamos por caso,
por allá por el año
1500, no hubiese
pasado de ser,
quizás, un
hacendado, dueño de
las haciendas que
tenían sus
bisabuelos, los
Bolívar, que venían
de Vizcaya y que
fueron una de las
familias más
acaudaladas, no sólo
de Venezuela sino
del Caribe, Santo
Domingo, y dejaron
dispersa una huella
por estas tierras.
Pero Simón Bolívar
nació en 1783, como
sabemos, y en 1783
ya cuajaban en estas
tierras ideas,
movimientos, ideas
que se iban
traduciendo en
movimientos; es
decir, ideas,
fuerzas, porque
siempre ha habido
muchas ideas, pero
así como las
semillas, las ideas
requieren terreno
fértil para brotar
en las sementeras de
los pueblos, y ya la
América conquistada
por España, por
Portugal, por
Inglaterra, por los
imperios de la
Europa, despertaba
de un letargo;
después de la
resistencia
indígena, la
Colonia, la
Conquista, la
masacre de aquellos
años, nuevas ideas
llegaban y se
fusionaban con las
ideas originarias de
estas tierras; la
rebelión de los
comuneros, por
ejemplo, en la Nueva
Granada; rebeliones
en Centroamérica, en
Suramérica, los
indígenas que
resucitaban del
letargo, quizás
siguiendo el grito
de aquel indio que,
cuando moría
ejecutado por las
fuerzas
imperialistas,
cuando ya sentía que
iba a morir, lanzó
el grito: “Muero
hoy, pero algún día
regresaré hecho
millones”.
Nació Simón Bolívar
cuando comenzaba a
crujir el piso de
este Continente, el
piso social, el piso
histórico. Simón
Bolívar creció en
esta Caracas de esa
parte final del
siglo XVIII, oyendo
sin duda las
noticias de lo que
pasaba en el Norte
de América; oyendo
sin duda las
noticias y las
nuevas que llegaban
en los barcos.
Venezuela siempre ha
sido tránsito, un
puente, y más aún en
aquellos años,
cuando no había
aviones y Venezuela
era la puerta de
entrada, una de las
puertas de entrada
fundamentales a
Suramérica y
contacto con el
Caribe. En el Caribe
había también
rebeliones; sobre
todo los negros del
Caribe salían a
clamar libertad y
justicia.
Bolívar nacía y
crecía aquí en
Caracas, mientras el
otro caraqueño
infinito, Francisco
de Miranda, ya
combatía y recorría
las tierras de
Norteamérica, que se
liberaba del imperio
inglés. Y
recordemos, como
decía hace un rato,
que aquel muchacho
fue golpeado por el
látigo de las
tragedias personales
desde muy niño. A
los 3 años de edad
muere su padre el
Coronel Don Juan
Vicente Bolívar;
huérfano de padre,
seis años después
muere su madre,
María Concepción
Palacios; así que
desde niño comenzó a
sentir el dolor y
entre brazos
amorosos de madres,
madres negras,
madres esclavas, fue
creciendo,
amamantado por el
pecho de la negra,
de la esclava y
quién sabe cuántas
cosas le transmitió
por el pecho aquella
negra, cuántas cosas
por la mirada y por
la palabra.
Y luego, rebelde,
niño rico rebelde,
en una ciudad
pequeña como era
Caracas en aquel
entonces, se
resistió porque
severos tíos fueron
designados para
asumir la patria
potestad, y él se
resistía a la
severidad de los
tíos. Esteban, sobre
todo, tío materno,
era muy severo, muy
exigente con el
niño, y él se iba de
la casa de Esteban,
su tutor, a la casa
de María Antonia, su
hermana mayor, ya
casada; pero un juez
determinó, juicio
previo, que la
patria potestad era
de Esteban Palacios
y no de María
Antonia Bolívar, y
el niño fue
arrastrado por una
calle por la policía
de entonces para
cumplir la orden del
juez. Arrastrado.
Está escrito eso. Se
trancó en un cuarto,
fue necesario tumbar
la puerta del
cuarto, creo que
colocó la tranca más
grande que
consiguió. Tumbaron
la puerta del
cuarto, lo agarraron
entre cuatro
policías y lo
arrastraron por la
mitad de la calle
hasta la casa de
Esteban Palacios,
porque él reclamaba
la patria potestad.
La cual tenía.
Pero el niño rompió
una ventana, saltó
una pared y se fue
otra vez de la casa
de Esteban Palacios
y ya no lo
consiguieron en la
casa de María
Antonia, se fue
libre; lo consiguen,
lo agarran y lo
llevan otra vez, y
es famosa su
respuesta, que está
escrita en el juicio
de entonces, está
transcrita, pues.
Dijo Simoncito ante
el juez: “Si hasta
los esclavos pueden
cambiar de dueño,
por qué yo, un niño
libre, no puedo irme
con mi hermana, con
María Antonia”. Hubo
un acuerdo familiar,
porque era
inaguantable la
situación; no había
forma de arreglarse
con aquel niño.
Y entonces tomaron
una decisión que
seguramente influyó
mucho en el sendero
bolivariano, en el
sendero de Bolívar:
llamaron a un
maestro, un maestro
que era uno de los
pocos maestros que
había en Caracas de
buena formación,
Andrés Bello era el
otro, el Padre
Andújar era el otro,
que iban y le daban
clases a los hijos
de los ricos
solamente; pero
aquel maestro en
esos años había
escrito un Tratado
Educativo y había
tenido el coraje de
entregarlo al
gobierno español en
la Plaza Mayor,
donde decía que la
educación también
debería ser
extendida a los
hijos de los negros,
a los hijos de los
pardos y a los hijos
de los esclavos,
para que algún día
fueran libres. Era
Simón Rodríguez.
Simón Narciso
Carreño Rodríguez
era su nombre. Simón
Narciso, porque él
nació la noche del
28 de octubre que es
día de San Simón y
el 29 es día de San
Narciso. Pero aquel
maestro era un
maestro distinto, de
ideas quijotescas, y
cuenta él mismo que
las clases con
Simón, como no eran
en la casa materna,
no tenía una madre
que tuviera
fijándole horarios y
vigilándolo, ni eran
en la casa paterna,
y tampoco tenía el
padre riguroso, ni
estaba con el tío
Esteban, andaban
sueltos, subían al
Ávila. Era la
escuela
peripatética, muy
socrática, donde se
buscaban respuestas
en la naturaleza,
cabalgaban por este
valle, cuando se
podía cabalgar en
este valle, se
bañaban en las aguas
del Guaire, cuando
se podía bañar
alguien en las aguas
del Guaire. –El año
que viene, recuerden
que estoy
invitándolos a
todos; Daniel
Ortega, te invito a
que nos bañemos en
el Guaire el próximo
año. ¿Dónde está la
Ministra del
Ambiente? Allí está
Jacqueline. La
invitación está en
pie, ¿verdad? La
invitación es de la
Ministra Jacqueline
Faría. Yo voy a ir,
y los invito a
todos, con un
sancocho. Ya estamos
buscando el sitio.
Romero Anselmi, eres
invitado especial a
esa bañada en el
Guaire. En verdad,
en serio, estamos
recuperando el río
Guaire, y lo vamos a
recuperar, Dios
mediante.
Bueno, así se fue
fraguando el
espíritu de aquel
muchacho Simón
Rodríguez. Hay que
recordar además que
ya estaba imbuido de
las ideas
revolucionarias que
llegaban a
Venezuela, tránsito
obligado en los
barcos, libros,
ideas, viajeros que
iban y venían a la
Europa. Simón
Rodríguez ya andaba
comprometido en una
conspiración y esa
es la razón por la
cual se va de
Venezuela. Por allá
están las banderas.
La primera que está
allí es la bandera
de Gual y España.
Esa fue la primera
conspiración,
digamos que de signo
ideológico, porque
ya habían ocurrido
aquí rebeliones como
la del Negro Miguel,
José Leonardo
Chirino, el negro
Andresote.
Pero la primera
conspiración
alimentada por las
ideas del
iluminismo, del
enciclopedismo,
influida sin duda
alguna por la
tremenda revolución
que en Europa estaba
impactando al mundo,
la Revolución
Francesa de 1789,
fue dando forma a
aquella conspiración
que fue develada y,
como sabemos, aquí
mismo en la Plaza
Mayor fue pasado por
las armas uno de sus
líderes: José María
España. Manuel Gual
logró huir y se fue
a Trinidad donde
murió envenenado por
los agentes
imperialistas. Pocos
días después, por
cierto, de haberle
escrito una carta a
Francisco de Miranda
llamándolo que se
viniera
urgentemente. Es una
carta dramática la
de Gual al Gran
Miranda que estaba
en Londres; y
Miranda le responde
que vendrá y le
mandó un mapa, unos
libros, unos
periódicos y unas
instrucciones, pero
a los pocos días
envenenaron a Gual.
Así que había
comenzado en firme y
en serio la lucha
por la independencia
en estas tierras.
En ese ambiente fue
que nació y creció
Simoncito Bolívar. A
lo mejor vio la
ejecución. Uno
pudiera
imaginárselo,
inquieto como era,
pilluelo como era,
en el mejor sentido
de la palabra, al
decir de Víctor Hugo
en Los Miserables,
“pilluelo que se
asoma en las
esquinas, que corre
por las calles”.
Simón Bolívar era
eso, un muchacho que
andaba por las
calles, aprendiendo
en las calles,
siendo adulto antes
de ser hombre,
siendo adulto cuando
todavía era un
adolescente,
madurando en la
tragedia personal
que vivía y en el
contexto de las
ideas y los vientos
huracanados que
llegaban por estos
lares.
Uno pudiera
imaginarse que
Simoncito Bolívar
vio cuando ahorcaron
a José María España,
aquí mismo en la
Plaza Mayor, pues
vivía a cien metros.
Cuentan que José
Félix Ribas, otro
muchacho de esta
ciudad, también vio
cuando ejecutaron a
José María España y
cuentan que salió al
galope de la Plaza
Mayor, indignado,
gritando: “¡Muera el
imperialismo!”
Ya era indetenible
la carga que venía y
aquello impregnó a
Simón Bolívar. A los
quince años se
embarca en el San
Idelfonso y pasa por
Veracruz y va a
México, y luego
viene por La Habana,
pasa unos días en La
Habana y de ahí
directo a España. Y
ahí estuvo
recorriendo la
España y estudiando;
estudió mucho aquel
muchacho, era muy
inquieto, leía de
todo, leyó los
clásicos, los
enciclopedistas,
Rousseau, Voltaire.
Estaba entonces por
aquellos años
conmemorándose los
doscientos años de
El Quijote, leyó a
Cervantes y la
maravilla que es El
Quijote.
Recorrió las
ciudades de la
Europa, se enamoró a
los 19 años de una
muchacha un poquito
mayor que él, ella
tenía 21, él 19
cuando se casaron en
Madrid, en 1803,
María Teresa
Rodríguez del Toro y
Alaisa. De padre
caraqueño y prima de
su amigo que lo
acompañó al Monte
Sacro, Fernando
Rodríguez del Toro.
Y volvió a Venezuela
el muchacho de 19,
con planes como
cualquier joven
recién casado, vino
a instalarse en sus
propiedades, en la
Hacienda de San
Mateo, a trabajar la
tierra y sabemos lo
que ocurrió. A los
pocos meses muere
María Teresa y
parece que él estaba
muy enamorado de
aquella muchacha.
Dicen, incluso, que
delante de su
cadáver juró no
volver a casarse
nunca y entró en
crisis existencial.
Era como mucho para
19 años apenas,
muerto el padre a
los 3, muerta la
madre a los 9,
muerta la esposa a
los 19, era como
mucho.
Entró en una crisis
existencial, entregó
sus bienes a sus
hermanos en custodia
y se fue de nuevo a
la Europa, andaba
inquieto ya. Años
después le diría a
Perú de la Croix en
Bucaramanga, que si
su esposa no hubiese
muerto, él
seguramente no
hubiese sido más que
Alcalde quizás de
San Mateo, porque
tenía un proyecto de
vida, como que el
joven. sin rumbo
hasta entonces.
consiguió el amor e
hizo con su amor un
proyecto de vida y
se rompió cuatro
meses después.
Terrible. Volvió a
la incertidumbre,
volvió a quedar como
cometa sin cuerda,
como barco sin vela,
o, como diría el
poeta Andrés Eloy,
como capilla sin
santo.
Y así volvió a
España, volvió a
Europa y ya estaba
allá a finales de
1803 y estaba en su
apogeo, brillaba el
sol de Napoleón, el
corso indómito, el
relámpago aquel,
pero al mismo tiempo
que brillaba el sol
de Napoleón
Bonaparte crujía la
Revolución Francesa,
se debatía sobre
ella misma, se
mordía ella misma
las entrañas, la
lucha entre los
jacobinos, los
girondinos, la
Europa monárquica,
toda contra la
Francia
revolucionaria,
infiltrándola,
rompiéndola por
dentro, quebrándola
en pedazos y el
pueblo francés en
las calles gritando:
¡Igualdad!
¡Libertad!
¡Fraternidad! Y la
oligarquía francesa
aliada con el
extranjero para
detener la
revolución.
Cualquier cosa
parecida a lo que en
estos años ha venido
ocurriendo sería una
pura coincidencia.
Así hacen siempre
las oligarquías. No
tienen patria las
oligarquías.
Unas buenas páginas
está escribiendo el
diario Vea, sobre
todo haciendo
justicia a
Robespierre, quien
fue satanizado por
la historiografía
oficial. El gran
Robespierre, “El
incorruptible”, que
enfrentó
oligarquías,
traidores, tratando
de salvar la
revolución y siendo
fiel hasta el final
con el noble pueblo
francés que quería
en verdad una
revolución política,
económica y social.
Vuelvo a recomendar,
muy respetuosamente,
a quienes no hayan
leído por alguna
casualidad Los
Miserables, por
favor salgan de aquí
y busquen esa
novela. El que no
lea Los Miserables,
con el perdón de
todos los demás
escritores,
incluyendo Marciano,
ese famoso escritor
venezolano que tiene
una página todos los
días en el diario
Vea, muy buen
escritor –yo no sé
quién será, algún
día sabremos quién
es Marciano–, se ha
perdido la mitad de
la literatura.
Los Miserables es
una catarata de
belleza que, en
verdad, en alguna
madrugada uno va
leyendo y leyendo y
de repente uno
cierra el libro y
piensa en que es
demasiada belleza.
Uno no aguanta. Hay
que digerirlo y
volver atrás, releer
la descripción de
Waterloo: es la
mejor que puede
haber de una acción
de ese tipo o la que
yo haya visto.
Y aquel diálogo al
borde de la tumba
entre el
revolucionario de la
convención y el
obispo Bienvenu
Muriel; diálogo
profundo, donde el
obispo, muy buen
hombre, pero
conservador, obispo
al fin, ataca al
revolucionario,
moribundo anciano, y
le reclama por qué
el horror, y por qué
la sangre, y por qué
el 1792, el año del
terror, por qué
matar a un niño, al
rey niño. Y el
revolucionario le
dice: “Ah, el 92, yo
sabía que usted me
venía por ahí, señor
obispo, me lo
imaginaba”, y le
dice: “Hace siglos
se vino formando la
tormenta y usted
quiere condenar al
rayo. La culpa no es
del rayo, la culpa
es de los siglos que
fueron amasando la
tormenta. Mire los
siglos, no mire el
rayo”. Maravilloso
diálogo.
Y le dice el obispo:
“¿Y por qué matar al
niño rey?”, y le
dice el
revolucionario: “Y
todos los niños del
pueblo que han
muerto de hambre, de
miseria... ¿Quién
vale más, el niño
rey o todos los
niños del pueblo que
han muerto de hambre
y de miseria?” Y le
dice el
revolucionario:
“Convengo con usted,
señor obispo,
lloraría con usted
al niño rey si usted
llora conmigo los
niños del pueblo”. Y
el obispo dice:
“Lloremos los dos,
pues”.
En aquellos años
cuando Napoleón
Bonaparte estaba en
su cenit, pero se
quebraba la
Revolución Francesa,
llegó el joven
Bolívar de nuevo, ya
más maduro, ya no
era el muchacho del
San Idelfonso que
escribía Venezuela
con “b” de Bolívar o
escribía aquí con
“h”, no había
estudiado mucho en
esos 5 o 6 años. Ese
fue el Bolívar que
vio a Napoleón
Bonaparte en Notre
Dame, vio su
coronación en Notre
Dame, era diciembre
de 1804 y vio además
algo que ha debido
llamarle la atención
a él que era un
rebelde.
Ustedes saben que
Napoleón no permitió
que el Papa lo
coronase, él mismo
tomó la corona y se
coronó, dándole la
espalda al Papa de
entonces, Pío VII, y
luego coronó a
Josefina, la
Emperatriz, en un
acto de
desconocimiento del
poder Papal, que ha
debido gustarle al
joven Bolívar aun
cuando lo más que le
gustó, dice él
mismo, y nos lo
recordaba el
diputado Isrrael
Sotillo, fue la
multitud que
aclamaba, el millón
de personas que en
la París de entonces
aclamaban a Napoleón
Bonaparte
Pero tuvo Bolívar un
problema grave esos
días en París, como
sabemos y
recordamos: conoció
a dos mujeres que
influyeron mucho en
su vida, seguramente
aquellos años, para
madurarlo y
orientarlo. Las
mujeres siempre nos
orientan, ¿verdad?,
siempre nos están
orientando las
mujeres, yo no sé
qué sería de
nosotros los hombres
si no existieran las
mujeres que nos
orientaran. Bolívar
conoció en España a
Teresa Laisney de
Tristán, madre de
Flora Tristán, gran
revolucionaria,
algunos especulan
que Flora Tristán
pudiera haber sido
hija de Simón
Bolívar, pero eso no
es sino una
especulación.
Él conoció y se hizo
muy amigo de la
madre de Flora, que
nació por esos años,
Teresa Laisney de
Tristán. Le escribe
a Teresa, y sobre
todo le escribe sus
pesares desde la
Francia, desde la
Italia, se ve que
confía mucho en el
espíritu de Teresa,
más madura que él,
mayor que él,
inteligente. Pero
también en París
conoce y se prenda
de amor de Fanny Du
Villars, una mujer
extraordinaria,
dicen que
despampanantemente
bella, deslumbrante
por su inteligencia
y en cuya casa
monumental había un
salón de reuniones y
de fiestas, “El
salón de Fanny” lo
llamaban, y allí se
la pasaba Simón a
los 21 años.
Y conoció al padre,
un viejo Coronel,
Denis de Trobriand.
Gustavo Pereira nos
trae un libro,
fotocopié algunas
páginas esta
madrugada, el cual
recomiendo mucho y
vamos a tener que
editarlo, señor
Vicepresidente, le
ruego encárguese
usted de una edición
extraordinaria en
folletos pequeños,
ediciones populares,
para que vuele por
las calles, rápido,
como pan caliente o
como arepa caliente,
con el permiso del
autor Gustavo
Pereira, y además
del promotor de la
primera edición,
doctor Germán
Mundaraín.
Fíjense ustedes, era
París y era 1804, 21
años tenía Bolívar,
invitó a su casa,
vivía en la rué
Vivién, se instaló
allá en un
apartamento lujoso,
era un joven rico,
un viudo rico,
placeres, bailes,
mujeres, viajes. Era
su vida, andaba sin
rumbo, papagayo sin
cuerda, barco sin
vela, otra vez había
quedado como en el
vacío y pretendía
llenarse con la
buena vida que
llaman la dolce vita.
Pero París está
encendida, París es
un hervidero de
pasiones, que si la
revolución, que si
la
contrarrevolución,
que si libertad, que
si igualdad, que si
fraternidad, y él
leía y leía, y oía y
oía, y hablaba y no
paraba de hablar
aquel muchacho, y
era una pasión, era
un fuego ambulante,
era como Zaratustra,
el de Nietzsche,
andaba incendiando
por donde pasaba, no
había hielo que
Bolívar no
convirtiera en agua
hirviendo, y
discutía y discutía,
y se reunía y se
reunía, y entonces
una noche invitó a
su casa a una
reunión de tantas y
se armó una
discusión y un
debate del que luego
se avergonzó, al
menos ante el padre
de Fanny que estaba
presente.
El padre de Fanny
era el Coronel Denis
de Trobriand, y
Bolívar le escribe
esta carta, voy a
leerla para que
podamos tener mejor
idea de cuál fue el
Simón Bolívar que
llegó al Monte
Sacro, cómo llegó y
por qué llegó, iba
incendiándose e iba
incendiando. Dice él
al coronel Trobriand:
“No tengo necesidad,
señor Coronel, de
deciros cuán
afligido estoy de
haberos hecho
testigo del
escándalo que
ocasionó ayer en mi
casa la exaltación
fanática de algunos
clérigos más
intolerantes que sus
antepasados y que
hablan con tanta
imprudencia como en
España, donde el
pueblo les dobla las
rodillas y les besa
las faldas de sus
sotanas. El deseo de
dominar y de ocupar
el primer rango en
el Estado, es el
pensamiento de todos
los clérigos. Los
empleados piensan en
conservar el sueldo,
elogiando al que les
paga. Separando
estas dos clases,
clérigos y
empleados, yo no
concibo que nadie
sea partidario del
primer Cónsul...”
–era Napoleón
todavía primer
Cónsul, y a finales
de ese año se coronó
Emperador–
“...aunque vos,
querido Coronel,
cuyo juicio es tan
recto, le pongáis en
las nubes, yo
admiro, como vos,
sus talentos
militares, pero cómo
no veis que el único
objeto de sus actos
es adueñarse del
poder.
Este hombre se
inclina al
despotismo, Coronel,
ha perfeccionado de
tal modo las
instituciones que en
su vasto imperio, en
medio de sus
ejércitos, agentes
de empleados de toda
especie, clérigos y
gendarmes, no existe
un solo individuo
que pueda ocultarse
a su activa
vigilancia, ¿y se
cuenta todavía con
la era de la
libertad?...”. Oigan
este concepto, es el
mismo muchacho, sólo
que 5 años después
de San Idelfonso,
cómo había aprendido
y madurado aquel
joven. ¿Producto de
qué? Del estudio, la
dedicación, la
conciencia,
muchachos, ustedes
los más jóvenes, el
estudio, la
dedicación, la
batalla de las
ideas, la
conciencia.
Pregunta Bolívar,
“...¿y se cuenta
todavía con la era
de la libertad?,
¿qué virtudes es
preciso tener para
poseer una inmensa
autoridad, sin
abusar de ella?...”
¡Vaya, qué
concepto!: ¿qué
virtudes es preciso
tener para poseer
una inmensa
autoridad, sin
abusar de ella?
“...¿puede tener
interés ningún
pueblo en confiarse
a un solo
hombre?...”. Vean
qué conceptos,
¿puede algún pueblo
tener interés en
confiarse a un solo
hombre? “...Ah,
estad convencidos,
el reinado de
Bonaparte será
dentro de poco
tiempo...” –aquí
pronostica algo que
se cumplió– “...más
duro que el de los
tiranuelos a quienes
ha destruido...”.
Y añade esta
manifestación de
angustia soterrada,
lo que viene es el
espíritu crudo,
vertido en el papel:
“...yo no puedo
contenerme siempre,
Coronel. Hoy no soy
más que un rico, lo
superfluo de la
sociedad, el dorado
de un libro, el
brillante de un puño
de la espada de
Bonaparte, la toga
del orador. No soy
bueno más que para
dar fiestas a los
hombres que valen
alguna cosa; es una
condición bien
triste. Ah, Coronel,
si supieseis lo que
sufro, seriáis más
indulgente”. Y así
termina la carta,
andaba destrozado
aquel muchacho.
Para entender un
poco más a aquel
muchacho que iba
rumbo al Juramento
del Monte Sacro,
Gustavo Pereira, en
un juego maravilloso
con el tiempo, nos
trae una carta de
Fanny, pero casi 20
años después. Fanny
le escribe toda su
vida, y hay una
carta de Bolívar que
es para Fanny,
escrita en Santa
Marta; es una carta
de lo más sublime.
Bolívar, si se
hubiese dedicado a
escribir, tengan la
seguridad, fue un
gran escritor,
hubiese sido uno de
los más grandes
literatos,
escritores y poetas
de su tiempo y de
muchos tiempos; era
un poeta, era un
soñador, era un
romántico, era un
Quijote.
Fanny le escribe en
1821 y aquí hay un
fragmento de una de
sus cartas. Él
estaba por Carabobo,
estaba a lo mejor
instruyendo las
tropas, reuniendo
los generales rumbo
a Carabobo y recibe
carta de Fanny,
donde le dice: “Los
peligros, las
fatigas y la gloria
durante varios años
lo han absorbido
completamente, y lo
han inducido
felizmente al noble
papel que usted
ambicionaba desde su
temprana
juventud...” –nadie
mejor que una mujer
a la que uno amó
para saber los
secretos de uno,
¿verdad?– “...y
ahora usted se
encuentra sentado al
lado de Washington,
y tal vez destinado
a superarlo...” –sin
duda lo superó–
“...debido a las
inmensas
dificultades que
usted ha enfrentado
para vencer, al fin
ha triunfado usted,
ya que viene de
forzar a España...”
–esto fue después de
Carabobo, sin dudas–
“...a tratar de
igual a igual a su
República y de
reconocer la
independencia de su
país. Usted no puede
haber olvidado ni mi
carácter ni mis
sentimientos hacia
usted...” –parece
que quería volver,
siempre hay
esperanzas, aquí se
nota como un
sentimiento y unas
ganas de volver–
“...ni el justo
orgullo que yo
sentía por ser su
pariente.”
Y luego le escribe
la Fanny de nuevo.
Dos años después ya
andaba Bolívar por
allá por el Perú, ya
había conocido a
José de San Martín,
estaban libertando
al Ecuador y
avanzando hacia el
Perú, era abril del
1823. Dice:
“Actualmente, que
todo ha sido
realizado por usted,
en relación a los
grandes proyectos
que me confió hace
veintitrés años;
piense, mi querido
primo, que yo sola
he permanecido
estacionaria y que
cuento en sus bellas
promesas, a pesar de
los años que tengo
de más y las huellas
que el tiempo ha
dejado en mi
belleza.”
Y luego, dos años
después, el 20 de
agosto de 1825, –el
fuego estaba vivo–,
veinte años después,
así son los fuegos
verdaderos: nunca
mueren, nunca
mueren, como el
poeta Mafud Masís
escribió aquellas
bellas líneas:
“Cuando yo haya
partido, pero de
verdad partido, y
descubran mi cadáver
al fondo de una
noria, sentirás una
llama circundándote,
siguiéndote en el
paisaje, seré yo
circundándote,
quemándote en la
llama del verano.”.
Esos fuegos nunca se
apagan, los fuegos
verdaderos nunca se
apagan.
Entonces, este fuego
vivió y vive, dice
la Fanny. Pero lo de
fondo ustedes
entienden, sin duda
entendemos a Pereira
cuál es el interés
del historiador y el
escritor. Es que
aquel muchacho ya
andaba encendido y
pensando en
proyectos a largo
plazo y esta mujer
está recordándoselo,
lo que hablaban en
la París de 1803,
1804, 1805. En 1825
ya Bolívar estaba
allá en la cumbre
del Potosí y ella lo
iba siguiendo con
sus cartas y le
dice: “Yo en quien
usted tuvo la
confianza de
comunicar –hacía
veintidós años– sus
planes y proyectos,
lo coloco en un
plano por encima de
Washington, debido a
las inmensas
dificultades que
usted tuvo que
vencer para dar la
libertad al mundo
entero”.
Le escribe una carta
a Teresa, a Teresa
Laisney, esa otra
mujer, quien estaba
en España. Él le
escribe desde París
–entonces, 1804– y
también aquí se
evidencia lo que
vivía su alma, su
espíritu. Dice el
joven Bolívar: “Los
placeres me han
cautivado, pero no
largo tiempo; la
embriaguez ha sido
corta, pues se ha
hallado muy cerca el
fastidio; pretendéis
que yo me incline
menos a los placeres
que a lo fausto,
convengo en ello...”
–pretendéis, es
decir, aquella mujer
lo aconsejaba–
“Pretendéis que yo
me incline menos a
los placeres que al
destino, convengo en
ello, porque me
parece que el fausto
tiene un falso aire
de gloria”.
Luego, sobre la
consagración de
Napoleón, el 2 de
diciembre de aquel
año 1804, Bolívar le
comentará años
después a Perú de
Lacroix en
Bucaramanga –ahí él
escribió su Diario
de Bucaramanga
1828–, caminando por
allá por unas
campiñas, recordando
su juventud: “Vi en
París, en el último
mes del año 1804, la
coronación de
Napoleón; aquel acto
magnífico me
entusiasmó, pero
menos su pompa que
los sentimientos de
amor que un inmenso
pueblo manifestaba
por el héroe,
aquella efusión
general de todos los
corazones, aquel
libre y espontáneo
movimiento popular
excitado por la
gloria, por las
heroicas hazañas de
Napoleón, vitoreado
en aquel momento por
más de un millón de
personas, me pareció
ser para el que
recibía aquellas
ovaciones, el último
grado de las
aspiraciones
humanas, el supremo
deseo y la suprema
ambición del hombre.
“La corona que se
puso Napoleón sobre
la cabeza la miré
como una cosa
miserable y de moda
gótica; lo que me
pareció grande fue
la aclamación
universal y el
interés que
inspiraba su
persona. Esto, lo
confieso, me hizo
pensar en la
esclavitud de mi
país y en la gloria
que conquistaría el
que lo libertase,
pero cuán lejos me
hallaba de imaginar
que tal fortuna me
aguardaba. Más tarde
sí empecé a
lisonjearme de que
un día podría yo
cooperar a su
libertad, pero no
que representaría el
primer papel en
aquel grande
acontecimiento.”
Luego se va por
Italia, se consigue
con Simón Rodríguez,
incluso en una carta
él escribe que se
consiguió con su
maestro Simón
Rodríguez, pero
Simón Rodríguez
andaba dedicado a
sus experimentos de
química y de
biología y no tenía
tiempo para
dedicarle, y él se
queja a Fanny en una
carta, a Fanny o a
Teresa, no recuerdo
exactamente: “Mi
maestro no tiene
tiempo para mí,
apenas lo veo y me
despacha en un
minuto y me dice que
me vaya a reunir con
los de mi edad y que
lo ayude con algún
dinero para sus
experimentos de
biología y de
química”. Pero luego
ve al maestro, y
Bolívar dice que a
punto de morir,
desahuciado por los
médicos; luego
parece que reacciona
Simón Rodríguez y
abandona un tiempo
sus experimentos
–era un científico
investigador de lo
social, de lo
natural– y se va con
él por Europa
caminando, en
carreta, recorriendo
campiñas, y con
Fernando Rodríguez
del Toro, se van los
tres.
Y consiguen de nuevo
a Napoleón, meses
después, coronado
ahora rey de Italia.
Ya lo recordaba
también Isrrael en
su lectura. En
Milán, el 18 de mayo
de 1805 ya van rumbo
a Italia, venían de
París de la
coronación en
diciembre, luego
pasan a Italia en la
primavera de 1805,
abril, mayo, y
llegan a Milán, a
Italia, donde están
coronando a Napoleón
de nuevo, rey de
Italia.
Dice Pereira: “En la
capital de la
Lombardía, la
presencia de
Napoleón acicatea
una vez más la
curiosidad del
discípulo ya ganado
para la vida.”
Dice Perú de Lacroix,
en el Diario de
Bucaramanga, lo
siguiente: “En la
comida, el
Libertador estuvo
muy alegre, nos
contó varias
anécdotas de su
vida, anteriores al
año 1810, y de sus
viajes por Europa,
habló de lo que hizo
en Italia. Dijo que
había asistido a una
gran revista pasada
por Napoleón al
ejército de Italia
en la llanura de
Montesquiaro, cerca
de Castiglione. Que
el trono del
Emperador se había
colocado sobre una
pequeña eminencia en
medio de aquella
gran llanura y que
mientras desfilaba
el ejército en
columnas delante de
Napoleón, quien
estaba sobre el
trono, él y un amigo
que le acompañaba,
Simón Rodríguez, se
habían colocado
cerca de aquella
eminencia de donde
podían con facilidad
observar al
Emperador; y que
éste les miró varias
veces con un pequeño
anteojo del que se
servía, y que
entonces su
compañero Simón le
dijo: ‘Quizás
Napoleón, que nos
observa, va a
sospechar que somos
espías’, que aquella
observación les dio
cuidado y los
determinó a
retirarse.
Yo, dijo Bolívar,
ponía toda mi
atención en Napoleón
y sólo a él veía
entre aquella
multitud de hombres
que había allí
reunidos, mi
curiosidad no podía
saciarse y aseguro
que entonces estaba
muy lejos de prever
que un día también
sería yo centro de
la atención, o si se
quiere, de la
curiosidad de casi
todo un continente y
puede decirse
también del mundo
entero. Qué Estado
Mayor tan numeroso y
tan brillante tenía
Napoleón, y qué
sencillez en su
vestido; todos los
suyos estaban
cubiertos de oro y
ricos bordados y él
sólo llevaba sus
charreteras, un
sombrero sin galón y
una casaca sin
ornamento. Esto me
gustó y aseguro que
en estos países
hubiera adoptado
para mí aquel uso,
si no hubiera temido
que dijesen que lo
hacía por imitar a
Napoleón, a lo cual
hubiesen agregado
que mi intención era
imitarlo en todo”.
Él siempre se
distanció de la idea
napoleónica del
Emperador.
Simón Rodríguez
también escribe años
después sobre
aquellos días de
Europa de 1804, de
1805 y dice: “En
Roma nos detuvimos
bastante tiempo. Un
día, después de
haber comido y
cuando ya el sol se
inclinaba al
occidente,
emprendimos paseo
hacia la parte del
Monte Sacro –esto se
lo cuenta Simón
Rodríguez, años
después, al escritor
Manuel Uribe– aunque
esos llamados montes
no sean otra cosa
que rebajadas
colinas, el calor
era tan intenso que
nos agitamos en la
marcha lo suficiente
para llegar
jadeantes y
cubiertos de copiosa
transpiración a la
parte culminante de
aquel mamelón” –en
verdad por estos
días, en Europa hace
un calor infernal,
en todos esos países
de la Europa; es
tanto que cierran
oficinas y hay
vacaciones casi
generales– “llegados
a ella, nos sentamos
sobre un trozo de
mármol blanco, resto
de una columna
destrozada por el
tiempo. Yo tenía
fijos mis ojos sobre
la fisonomía del
adolescente Bolívar,
porque percibía en
ella cierto aire de
notable preocupación
y concentrado
pensamiento. Después
de descansar un poco
y con la respiración
más libre, Bolívar,
con cierta
solemnidad que no
olvidaré jamás, se
puso en pie y, como
si estuviese solo,
miró a todos los
puntos del horizonte
y, a través de los
amarillos rayos del
sol poniente, paseó
su mirada
escrutadora, fija y
brillante, por sobre
los puntos
principales que
alcanzábamos a
dominar y comenzó a
hablar...” –dice
Simón Rodríguez. De
repente, mirándolo a
él y mirando a su
primo y diciendo
como enloquecido que
era el Quijote
doscientos años
después, porque el
Quijote no tiene
tiempo ni espacio.
Alguien dijo que si
el Quijote hubiese
tenido descendiente,
ese hubiese sido
Simón Bolívar. Era
el Quijote mirando
los molinos; era el
Quijote mirando las
ruinas de la vieja
Roma; era el Quijote
tomando la vieja
lanza e imaginándose
mundos que nunca
existieron: el mundo
ideal, la utopía.
Y entonces comenzó a
hablar: “¿Conque
éste es el pueblo de
Rómulo y de Numa, de
los Dracos y los
Horacios, de Augusto
y de Nerón, de César
y de Bruto, de
Tiberio y de
Trajano?”. Y
comienza a hacer,
como me comentaba
ahora mismo el
Presidente de la
Asamblea Nacional
–agudo analista como
es el diputado
Nicolás Maduro–
mientras oíamos la
lectura del
Juramento que nos
hacía el diputado
Isrrael Sotillo:
Vaya, qué crítica al
imperio romano.
Sí, es una crítica
demoledora al
imperialismo con una
fina ironía, con una
gran sabiduría; pero
es un disparo a la
línea de flotación
de la idea imperial,
del burdo imperio,
de la hipocresía
imperialista, del
salvajismo
imperialista, de la
crueldad
imperialista, de las
miserias
imperialistas que
han azotado a la
humanidad desde
siempre y que la
siguen azotando,
amenazándola ahora,
incluso, con
desaparecer.
Hoy lo digo, 200
años después del
Juramento del Monte
Sacro, lo he venido
diciendo en estos
últimos días con
pasión y con un
toque de angustia:
Hoy nosotros, los
pueblos del mundo, o
derrotamos al
imperialismo
norteamericano o el
imperialismo
norteamericano acaba
con este mundo. Ese
es el dilema que
tenemos por delante
las naciones del
planeta.
No queremos acabar
con el pueblo de los
Estados Unidos. ¡No!
Queremos hermanarnos
con el pueblo de los
Estados Unidos, y el
pueblo de los
Estados Unidos tiene
una tarea
importantísima que
jugar en esta labor
de salvar al mundo,
y tenemos confianza
en el pueblo de los
Estados Unidos.
Es el Quijote
encarnado en
Bolívar, es una
crítica demoledora
cuando dice: “Aquí
todas las grandezas
han tenido su tipo y
todas las miserias
su cuna. Octavio se
disfraza con el
manto de la piedad
pública para ocultar
la suspicacia de su
carácter y sus
arrebatos
sanguinarios; Bruto
clava el puñal en el
corazón de su
protector para
reemplazar la
tiranía de César por
la suya propia;
Antonio renuncia a
los derechos de su
gloria para
embarcarse en las
galeras de una
meretriz sin
proyectos de
reforma; Sila
degüella a sus
compatriotas y
Tiberio, sombrío
como la noche y
depravado como el
crimen, divide su
tiempo entre la
concupiscencia y la
matanza. Por un
Cincinato hubo cien
Caracallas; por un
Trajano cien
Calígulas, y por un
Vespasiano cien
Claudios".
Demoledor. Veintidós
años apenas.
Y más adelante
Bolívar –por primera
vez aparece en su
discurso, con qué
fuerza, la palabra
¡Patria! en el
Juramento– lanza una
concepción muy suya
y extraída de las
profundas raíces
revolucionarias de
la Europa de
entonces y de los
siglos: el concepto
de libertad, y se lo
imagina en un tiempo
futuro cuando dice
por allí en el texto
del Juramento más en
cuanto al problema
del hombre en
libertad. Dice
después de haber
descrito que este
pueblo ha dado para
todo, Roma ha dado
para todo: mas en
cuanto al problema
del hombre en
libertad no ha dado
mucho, por decir
nada, y en cuanto al
problema –insiste–
del hombre en
libertad –se imagina
el futuro y dice que
esa misteriosa
incógnita, la del
hombre en libertad,
parece que sólo
sería despejada,
utiliza un término
matemático,
problema, incógnita,
despejada o despejo,
habla de despejo– el
despejo de esa
misteriosa incógnita
–el problema del
hombre en libertad–
sólo será verificado
–el despejo– en el
Nuevo Mundo. Aquí,
en el mundo de la
utopía.
Hablando del nuevo
mundo y del mundo
nuevo, recordaba yo
también, leyendo
estas cosas, a
Cristo el Redentor
cuando dijo: “Mi
reino no es de este
mundo.”
La interpretación
que las élites le
han dado a esta
expresión de Jesús
ha sido, por
supuesto, interesada
para manipular al
pueblo cristiano
durante muchos años.
Durante siglos han
tratado de convencer
a los pueblos de que
Cristo cuando dijo
aquello, se refería
a ultratumba, y de
allí clérigos y
farsantes llegaron
aquí a decirle a
nuestros indígenas y
a los esclavos
negros que venían
del África, por
ejemplo, que ellos
tenían que aceptar
su miseria, su
esclavitud y su
pobreza porque era
mandato de Dios,
porque Cristo había
dicho: “Mi reino no
es de este mundo”,
hay que esperar el
otro, hay que
esperar morirse para
ver el reino de
Dios.
¡Mentira de las
grandes mentiras!
Cuando Jesús –estoy
seguro, porque era
un gran
revolucionario– dijo
aquello: “Mi reino
no es de este
mundo”, estaba
diciendo lo mismo
que dijo Simón
Bolívar en Santa
Marta: “El gran día
de la América del
Sur no ha llegado”.
Jesús se refería al
futuro, a mundos
nuevos que vendrían
en los siglos que
vendrían también.
Ese es el
pensamiento
verdadero de Cristo,
revolucionario
pensamiento,
justiciero
pensamiento,
igualitario
pensamiento: “Mi
reino no es de este
mundo”. Hagamos que
el reino de Jesús,
que es el reino de
la igualdad, de la
justicia y de la
libertad, sea, ahora
sí, de este mundo,
de este mundo del
siglo XXI. Dos mil
años después su
reino será de este
mundo, Jesús.
Y termina diciendo
Simón Rodríguez,
después de aquella
reflexión, aquella
crítica profunda al
imperialismo y a las
élites de las
monarquías de
entonces, y a las
élites cristianas de
entonces, lo
siguiente: “Y luego,
volviéndose hacia
mí, húmedos los
ojos, palpitante el
pecho, enrojecido el
rostro, con una
animación febril”
–esto lo recordaba
Simón Rodríguez
muchos años después
de muerto Bolívar–
“me dijo: Juro
delante de usted,
juro por el Dios de
mis padres, juro por
ellos, juro por mi
honor y juro por mi
Patria,” –y ahí
aparece el concepto
de Patria, esta
Patria que hoy usted
tiene aquí entre
nosotros, Simoncito
Bolívar, viviendo
con nosotros, esta
Patria, esta nueva
Patria, esta misma
Patria que renace de
sus cenizas– “que no
daré descanso a mi
brazo ni reposo a mi
alma hasta que haya
roto las cadenas que
nos oprimen por
voluntad del poder
español”.
Es decir, un
juramento hecho a
nombre de una
patria, un juramento
hecho –fíjense, qué
inspiración– “por el
Dios de mis padres”,
porque Bolívar –y
está escrito en sus
cartas de esa época–
le dice por allí a
la Fanny, en una de
esos años, 1804: “Yo
no tengo la dicha de
creer en el mundo
del más allá”. Era
anticlerical,
Bolívar no creía en
la tesis católica de
que hay vida más
allá, o no sólo
católica, religiosa.
Hace poco Juan Pablo
II aclaró el
misterio, cuando
dijo: “Nadie se
imagine que es que
allá en el Cielo hay
unas estructuras
donde vamos a llegar
a vivir otra vez”,
esa es una falsísima
idea que ha
recorrido los
siglos, que hay otro
mundo donde vamos a
llegar y nos vamos a
conseguir otra vez,
y vamos a hacer otra
Asamblea Nacional.
No. Eso es mentira.
Entonces, Bolívar
aquí se inspira en
el dios de sus
padres, él era
rebelde desde niño,
sus hermanas sí eran
muy católicas, sobre
todo María Antonia,
la criolla
principal, y era la
tesis aquella que
manejaba la Iglesia
católica de entonces
de que el rey era
enviado de Dios.
Simón Bolívar desde
niño rompió con
aquello: ¡Qué va a
ser el rey enviado
de Dios! Y
recordemos aquí
mismo, en la
esquina, el
terremoto de Caracas
de 1812, y unos
curas diciéndole al
pueblo que eso era
castigo de Dios por
haberse atrevido
este pueblo a
rebelarse contra el
rey, enviado de
Díos, y es cuando
Bolívar lanza la
frase: “Si se opone
la naturaleza...”
–es decir, Dios, en
mi criterio es lo
que quiso decir–
“lucharemos contra
ella y la haremos
que nos obedezca”.
La resolución de ser
libres pasa por
encima de todo; ese
es el espíritu de un
revolucionario.
Bolívar hace 200
años, en el Monte
Sacro, lanzó este
juramento
antiimperialista,
juramento
patriótico,
compromiso supremo:
“no daré descanso a
mi brazo ni reposo a
mi alma”, el
juramento fue hecho
y el juramento fue
cumplido, aquel
hombre cumplió su
juramento.
Bolívar murió 25
años después, en
Santa Marta, y en
verdad a lo mejor en
sus últimos momentos
recordó el Juramento
del Monte Sacro, y a
lo mejor recordar el
Juramento del Monte
Sacro pudo haber
sido algún alivio
para su alma
atormentada por la
traición y por los
cien Brutos que lo
apuñaleaban y por el
desmembramiento y el
hundimiento del
sueño de la Gran
Colombia, del
Proyecto, que no es
ningún sueño.
Proyecto que fue
posible, no era un
imposible; si ese
Proyecto Bolivariano
hubiese tomado
cuerpo y se hubiese
consolidado, otra
sería la historia de
este Continente y
otra sería la
historia del mundo;
no nos hubiesen
atropellado durante
estos 200 años como
nos ha atropellado
el imperialismo
norteamericano.
Otro sería el cuento
que estaríamos
echando ahorita.
Bolívar juró y
Bolívar cumplió. 200
años después ese
compromiso lo hemos
asumido nosotros
como colectivo, y
hoy apropiado es,
venir aquí, frente
al Panteón Nacional,
para ratificar ese
compromiso y para
fortalecerlo aun si
es que alguien
pudiera sentir que
se ha venido
debilitando con el
paso de los años.
Vengamos hoy aquí a
fortalecer un
compromiso, a hacer
nuestro aquel
Juramento, a
comprometernos de
verdad, a no dar
descanso a nuestros
brazos ni reposo a
nuestras almas hasta
que hayamos liberado
plenamente a nuestro
pueblo de las
amenazas que sobre
nosotros pesan por
voluntad del imperio
norteamericano.
No crean que he
terminado, esta es
la primera parte de
mi reflexión.
Esto fue lo que
podríamos llamar
cómo fue que Bolívar
llegó al Monte Sacro
a los 22 años.
Ahora voy a tomar
otra carta de
Bolívar –extraída
también del
maravilloso libro de
Pereira– escrita en
Pativilca, en 1824,
a Simón Rodríguez.
Esta historia es
como para 100
novelas. Regresa 20
años después el
maestro de Europa,
no había vuelto
Simón Rodríguez a
Suramérica ni al
Continente Americano
desde que salió de
aquí a finales del
siglo XVIII. Bolívar
se entera de que
llegó a Bogotá y le
escribe una carta
memorable. Le dice
así:
“¡Oh, mi maestro! ¡Oh,
mi amigo! ¡Oh, mi
Róbinson! Usted en
Colombia, usted en
Bogotá y nada me ha
dicho, nada me ha
escrito. Sin duda,
es usted el hombre
más extraordinario
del mundo. Podría
usted merecer otros
epítetos, pero no
quiero darlos por no
ser descortés al
saludar a un huésped
que viene del Viejo
Mundo a visitar el
Nuevo, sí, a visitar
su patria que ya no
conoce, que tenía
olvidada, no en su
corazón sino en su
memoria. Nadie más
que yo sabe lo que
usted quiere a
nuestra adorada
Colombia. ¿Se
acuerda usted,
maestro, cuando
fuimos juntos al
Monte Sacro en Roma
a jurar sobre
aquella tierra santa
la libertad de la
patria? Ciertamente,
no habrá usted
olvidado aquel día
de eterna gloria
para nosotros, día
que anticipó, por
decirlo así, un
juramento profético
a la misma esperanza
que no debíamos
tener.
Usted, maestro mío,
cuánto debe haberme
contemplado de
cerca, aunque
colocado a tan
remota distancia;
con qué avidez habrá
seguido usted mis
pasos, estos pasos
dirigidos muy
anticipadamente por
usted mismo”.
Y termina con esta
frase que hace
grande al hijo
frente al padre, al
alumno frente al
maestro: “Usted
formó mi corazón
para la libertad,
para la justicia,
para lo grande, para
lo hermoso. Yo he
seguido el sendero
que usted me
señaló”.
“Yo he seguido el
sendero que usted me
señaló”. ¿Cuál ha
sido ese sendero que
usted me señaló?, me
pregunto yo ahora.
Pudiéramos mirar así
como una parábola
ese sendero, un
largo camino que
aquí nos trajo hoy
porque aquí está
Bolívar y su
sendero; el sendero
que usted me señaló,
el esfuerzo para la
libertad, el
corazón, los brazos;
el esfuerzo para la
libertad, para lo
sublime, para lo
grande, para lo
hermoso; ese es el
sendero, ese es el
rumbo del sendero;
esos son los signos
del horizonte, rumbo
al cual vamos como
Florentino, por el
ancho terraplén,
para lo grande, para
lo hermoso, lo
sublime, para la
libertad, para la
igualdad.
Bolívar del Monte
Sacro a Santa Marta,
25 años cumpliendo
su juramento.
Ciertamente, regresó
a Caracas a los
pocos meses. Se
embarcó en 1806 y
dejó la Europa y los
placeres. Fanny se
lo recuerda,
incluso, en una
carta de 1826,
cuando le dice: “Hoy
hace 21 años, mi
querido primo, que
usted dejó a París”
–6 de abril de 1806–
“y que me dio usted
una sorpresa que
lleva esa misma
fecha grabada, 6 de
abril, pero en vez
de 1826 fue en 1805
cuando este hecho
acaeció; este anillo
siempre me ha
acompañado, creo
haber merecido todos
los sentimientos que
a usted inspiré por
la pureza y la
sinceridad de los
míos. Con orgullo
recuerdo sus
confidencias
respecto a sus
proyectos para el
porvenir, la
sublimidad de sus
pensamientos y su
exaltación por la
libertad.” –y dice
Fanny con mucho
pesimismo, mucha
tristeza– “Yo valía
algo en aquel
tiempo, puesto que
usted me encontró
digna de guardar su
secreto, su
resolución de
alejarse de mí me
hirió profundamente,
pero hoy aquel valor
tan firme lo eleva a
usted en mi
pensamiento y lo
coloca con
superioridad sobre
todos los hombres”.
Él se vino entonces
de aquella vida
licenciosa, dejó
aquel amor, y se
atrincheró en San
Mateo, era 1806.
Habrá que recordar
qué otra cosa
ocurrió en 1806, que
ya debemos comenzar
a conmemorarla aquí,
allá y acullá, en
Europa, en
Norteamérica, en el
Caribe, en
Suramérica. Mientras
Bolívar llegaba en
no sé qué barco para
instalarse en San
Mateo, ajustar sus
cuentas, sus
propiedades y
ponerse a trabajar
la tierra allá, pero
ya con una idea, y
se reunía aquí en
Caracas con José
Félix Ribas, Coto
Paúl, los jóvenes de
entonces, y tenía la
hacienda de San
Mateo y la de Yare
en los Valles del
Tuy, como sabemos.
Tenía Simón Bolívar
un vecino terrible
allá en Yare, con el
que casi se entra a
tiros un día y hubo
un juicio por unas
tierras donde
Bolívar sembraba el
añil, él mismo
trabajaba sembrando
con sus esclavos.
Ese vecino se
llamaba Antonio
Nicolás Briceño.
Con Antonio Nicolás
Briceño se iba a
entrar a tiros un
día, Briceño le iba
a disparar. Bolívar
acusó en un tribunal
a Nicolás Briceño de
que le apuntó,
quería matarle a los
negros; Bolívar
mandó a los negros a
trabajar lejos, a
abrir un camino, una
pica y llegó Antonio
Nicolás Briceño con
sus negros a
decirles que se
fueran, que esa
tierra era de él,
que no era de
Bolívar y llegó
Bolívar y le dijo a
sus negros: “sigan
trabajando”. Nicolás
Briceño vino armado
con daga. La
denuncia dice:
“venía con pistola y
daga” y otro de los
negros traía un
rifle y entonces
estaban apuntando a
los negros. Bolívar
se atraviesa y le
dice: “Si los va a
matar, máteme a mí”.
“Pues, lo mato a
usted” y lo apuntó
tres veces, dice
Bolívar, hasta que
Bolívar viendo que
era en serio, que le
iba a disparar aquel
hombre que era muy
atravesado –Antonio
Nicolás Briceño,
quien entre otros
fue uno de los
inspiradores del
Decreto de Guerra a
Muerte. Era terrible
Antonio Nicolás,
terrible, lo
llamaban, y lo
llamamos el “Diablo
Bueno”– se le
abalanzó, le quitó
la pistola, le
agarró la daga y se
armó un lío allí a
golpes, y luego
Bolívar, muy
decentemente, le
escribe una carta:
“Muy querido amigo y
vecino: Dígame usted
si me va a dar paso
por el camino de no
sé qué para que mis
esclavos y yo
podamos trabajar y
sembrar; y si no me
lo va a dar,
dígamelo de una vez,
por escrito, para
llevarlo al tribunal
y buscar el camino
del arreglo”. Al fin
se arreglaron y al
final terminaron
unidos por el
interés supremo de
la patria y fue uno
de los grandes.
Antonio Nicolás
Briceño, fusilado en
Barinas, capturado
por los españoles en
Barinas y fusilado
el 15 de junio de
1813, el mismo día
que por casualidad
estaba Bolívar
firmando en Trujillo
el Decreto de Guerra
a Muerte. Pero era
Antonio Nicolás
Briceño uno de los
más terribles
defensores,
soberbios defensores
de la Patria.
Así que estaba
Bolívar, allá en
1806, aquí en
Caracas; se reunían,
leían, hablaban de
la Revolución
Francesa, de las
cosas que pasaban
acá, y por ahí venía
navegando el otro
Quijote, en el
mismo1806.
Desembarcó en La
Vela de Coro.
Miranda no avanzó un
palmo hacia tierra
firme por cuanto no
tenía fuerza propia,
ya le habían
diezmado su
tripulación, los
españoles habían
sido alertados desde
los Estados Unidos,
como anoche denuncié
en el Tribunal
Internacional para
acusar por 200 años
de traición y de
agresiones del
imperialismo
norteamericano.
A Miranda lo
traicionaron en los
Estados Unidos.
Miranda fue creyendo
en sus viejos amigos
y se reunió con
James Madison varias
veces, con el
Secretario de
Estado, con el
Presidente de
entonces, pidiendo
apoyo para venir a
libertar Suramérica,
y no sólo no le
dieron apoyo, sino
que lo delataron
ante España, ante
las fuerzas
españolas del
Caribe, así que lo
estaban esperando y
le hundieron el
barco y le
capturaron casi toda
la tripulación y
fueron ahorcados
aquí mismo en la
plaza. Habrá que
rendir tributo, he
dicho, a esos
mártires. Ninguno
era venezolano, y
aquí murieron por
nuestra causa.
En ese entonces no
nos llamábamos
América Latina;
estaba Venezuela
estremecida y
estremeciéndose, y
Miranda clavó una
daga en el corazón
del imperio, Miranda
generó un terremoto
en toda esta tierra,
Miranda lanzó una
proclama a los
habitantes de
Caracas y de Coro,
de Venezuela y de
Suramérica,
llamándolos a la
insurrección,
llamándolos a seguir
el camino de Francia
y su revolución.
Miranda prendió la
mecha, pues. Y
luego, todo lo que
sabemos, 1810, 1811,
la Primera
República, y Bolívar
en estas calles con
la Sociedad
Patriótica, y el
discurso en la
Sociedad Patriótica
el 4 de julio del
año 11, y la frase
aquella “Pongamos
sin temor la piedra
fundamental de la
libertad
suramericana”. Ya no
hablaba aquel hombre
por Venezuela;
hablaba por un
mundo: “Pongamos sin
temor la piedra
fundamental de la
libertad
suramericana.
Vacilar sería
perdernos...”.
Esas palabras
parecen resonar
desde allá adentro
200 años después;
parece que salieran
de ahí, de aquel
ataúd, de aquellas
cenizas. Pongamos
sin temor la piedra
fundamental de la
libertad
latinoamericana y
caribeña ahora mismo
–como también lo
dijo en otra ocasión
el juramentado del
Monte Sacro–, es
tiempo de que
echemos miedos a la
espalda y salvemos
esta Patria grande.
Es tiempo una vez
más, otra vez”.
Bolívar fue, por
supuesto,
macerándose en la
batalla, como él
mismo lo dice años
después, cuando vio
a Napoleón. Él pensó
que iba a colaborar,
ya había tomado una
resolución, pero lo
que no pensó es que
sería uno de los más
grandes
protagonistas de
nuestra historia;
pero así es la
historia.
Bolívar va madurando
un proyecto, esos
proyectos de los que
Fanny Du Villard le
habla hasta 1826. Un
proyecto. Lo va
alimentando en la
lucha, con la
dialéctica, con la
teoría y la praxis,
en la batalla, en
las victorias y en
las derrotas; lo va
amasando de barro,
de lágrimas y de
sangre también, y es
una evolución
meteórica la de
aquel hombre, la de
aquel muchacho.
Bolívar, por
ejemplo, en una
primera etapa de la
guerra
revolucionaria, que
en una primera etapa
no fue
revolucionaria,
recordemos el nombre
que le dieron a la
Junta de Gobierno de
1810; Bolívar no
estaba de acuerdo ni
siquiera con aquel
nombre, tampoco
estaba de acuerdo
José Félix Ribas, no
estaban de acuerdo
los más jóvenes, los
más apasionados:
Junta Conservadora
de los Derechos de
Fernando VII. ¿Qué
es esto? –diría
Bolívar– ¿conservar
los derechos del
rey? Ellos decían:
¡Abajo la monarquía,
viva la República!
Querían forjar una
República libre y
una unión de
repúblicas además.
Así que aquello
molestó mucho a los
jóvenes; tanto
molestó a José Félix
Ribas, por ejemplo,
que fue expulsado de
aquí por la Junta
Conservadora, lo
mandaron a Trinidad.
José Félix Ribas
andaba por las
calles con un gorro
frigio. Era un
revolucionario
infinito aquel
hombre, y Bolívar
igual, pero Bolívar
aceptó irse a Europa
de nuevo, en su
tercer y último
viaje a Europa, se
fue a Londres,
sabemos. Se fue a
Londres a buscar
apoyo de Inglaterra
con Andrés Bello, no
consiguieron apoyo y
tuvo un lío allá con
los ingleses, porque
era digno aquel
hombre, y decía: “No
se trata de
librarnos de un
imperio para caer en
otro”, y él parece
que olfateó en
Londres que quienes
lo recibieron
pensaban que se iban
adueñar de estas
tierras, que iban a
derrotar a España,
pero para adueñarse
ellos de estas
tierras.
Bolívar no consiguió
apoyo en Londres
para la revolución,
para la
independencia, pero
fue a buscar a
Miranda y se conoció
entonces con
Francisco de Miranda
y logró que Miranda
viniese y fuese
aceptado aquí,
porque a Miranda no
lo quería al
mantuanaje
caraqueño. Si
ustedes ven la firma
de Miranda en el
Acta de
Independencia,
notarán que Miranda
fue diputado por El
Pao; no querían a
Miranda los
mantuanos de Caracas
porque Miranda era
un revolucionario, y
Miranda hizo una
alianza con la
Sociedad Patriótica,
luego le echaron la
culpa de la derrota
de la Primera
República y lo
entregaron a España
como sabemos, y
murió en La Carraca.
Ya el proceso se
había desatado, pero
estaba llamado a
morder el polvo el
proceso y el
proyecto
independentista los
primeros años, y fue
Bolívar uno de los
primeros que
entendió, que
asimiló las derrotas
de 1812, de 1813 y
de 1814.
Entonces, pudiéramos
decir que hay una
etapa entre 1805 y
1815, unos 10 años,
en los que Bolívar
se va cuajando como
líder, como líder
militar primero y
luego como líder
popular, como
pensador y como guía
de un pueblo.
Bolívar se da
cuenta, sobre todo
después de 1814
cuando lo derrotan
no lo españoles, en
verdad lo derrotan
los ejércitos de
José Tomás Boves
conformados por
venezolanos, los de
abajo, los esclavos
que se iban de las
haciendas, las
cimarroneras, los
pardos, los indios,
los negros. Los
pobres de la sabana
surgían a caballo, a
pie, detrás de José
Tomás Boves. Era una
guerra de clases la
que se desató aquí
en 1814, sobre todo
los pobres contra
los ricos.
Bolívar lo entendió
a tal extremo, que
incluso aquí en
Caracas tuvo un lío
con su hermana María
Antonia Bolívar, que
era toda una
mantuana de capa y
espada, de nervio y
sangre, y tenía un
enfrentamiento con
Simón, pero él la
quería mucho. Era su
hermana mayor.
Ella decía que era
un loco, pero cuando
Bolívar decide
llevarse a los
sobrevivientes de
Caracas a Oriente,
la Emigración a
Oriente, María
Antonia no quería
irse y ella decía
que no se iba a ir
porque ella era
realista, y que con
el nuevo gobierno
que venía cuando él
se marchara, ella
iba a estar en paz y
más bien iba a
recuperar sus bienes
y su tranquilidad y
su vida. Y él le
dijo “te van a matar
cuando entren aquí
Boves y su ejército;
todo lo que sea
blanco, todo lo que
sea rico está en la
mira de Boves y su
ejército”. Y era
cierto.
Y Bolívar tuvo que
ordenar, y ordenó a
un oficial y a una
patrulla de 10
soldados, llevarse
casi amarrada a
María Antonia
Bolívar y embarcarla
allá en La Guaira y
mandarla para el
Caribe.
Y la hubieran matado
en verdad; era una
guerra de clases
aquella. Bolívar lo
entendió y lo
asimiló y lo
incorporó a su
ideología y a su
praxis, y fue así
como comenzó a pasar
a otra etapa su idea
y su proyecto, y
entendió Bolívar que
no habría
independencia sin
participación
popular, que no
habría victoria sin
pueblo.
Ya lo venía
madurando desde el
Manifiesto de
Cartagena, cuando
analiza las causas
de la pérdida de la
Primera República:
“tuvimos filántropos
por jefes y sofistas
por soldados”. Y se
fue al Caribe, se
fue a Haití y
consiguió apoyo en
los revolucionarios
de Haití y de
Jamaica, y la Carta
de Jamaica marca un
quiebre en esa
evolución ideológica
bolivariana, en ese
diseño cada día más
claro del proyecto.
Bolívar se da cuenta
por 1814 y 1815,
pero con dramatismo
supremo, de dos
cosas
fundamentalmente, y
las refleja, entre
otros documentos, en
la profética Carta
de Jamaica, cuando
allí incrusta la
necesidad de la
participación del
pueblo en el proceso
de independencia. Y
sobre todo, en la
Carta de Jamaica
grafica de manera
más clara el
proyecto de
integración de la
América, hasta
entonces todavía
española.
Y es cuando dice en
esa carta: “Sueño
algún día conformar
de este Nuevo Mundo
una sola nación”. Y
la define con más
claridad, y habla ya
del istmo de Panamá
como punto, como
epicentro de la
unión del sur del
Caribe, punto
central, punto de
convergencia de
todos los intereses
de todas las nuevas
repúblicas,
Panamá –decía– debe
ser para nosotros lo
que el istmo de
Corinto fue para los
griegos, el punto de
la anfictionía.
1815. Diez años
después del Monte
Sacro, fue una
década de maduración
ideológica y
política, fue la
década de la forja
del líder, del líder
militar primero,
porque comenzó
siendo líder
militar, derrotado,
además, en Puerto
Cabello por la
traición de Vignoni.
Años después
capturaron a Vignoni,
el que lo traicionó
en Puerto Cabello,
en alguna batalla y
tan pronto le
dijeron que estaba
Vignoni preso, dijo:
“Pásenlo por las
armas”. Y lo
fusilaron de
inmediato.
Se fue forjando como
una espada aquel
hombre, y fue
asumiendo un
concepto y fue
evolucionando hacia
un planteamiento
cada día más
revolucionario en lo
político, en lo
social, en lo moral,
y fue así como
regresa en la
Expedición de Los
Cayos, 1816, y lo
primero que hace al
desembarcar por
Oriente, es decretar
la liberación de los
esclavos. Y aquello
corrió como pólvora
por las haciendas,
por los campos, por
los montes, que
viene un tal Bolívar
–no era ni muy
conocido todavía
Bolívar–, decían los
cimarrones, los
cumbe, donde
bailaban tambor los
indios en la sabana,
en las montañas, en
las haciendas
decían: Viene un tal
Bolívar y anda
anunciando nuestra
libertad, viene con
la buena nueva
–dirían algunos– y
ahí comenzó entonces
el proceso de
independencia a
tener sentido para
los pobres, para los
esclavos y para los
indios que tenían
300 años aguantando
y resistiendo la
dominación
imperialista de las
élites criollas.
Así comenzó a echar
raíces un proyecto
entre los pueblos,
por las sabanas de
Apure y por los
llanos de Barinas,
por las montañas de
los Andes, por las
riberas del Orinoco,
por las sabanas de
oriente, por las
selvas de Guayana;
por todas las
riberas del mar
Caribe comenzaron a
tronar los tambores
de la libertad y las
trompetas de la
independencia. Y fue
así en 1816, 1817,
1818: participación
popular, guerra
popular, guerra de
liberación, y luego
Bolívar fue también
asumiendo otra
concepción en el
proyecto:
participación
popular. No habría
independencia sin la
participación del
pueblo. Luego
Bolívar fue también
asumiendo lo que ya
he señalado cuando
comentaba la Carta
de Jamaica: No habrá
independencia en
Venezuela si no hay
integración de estos
países y de estos
pueblos de
Suramérica y del
Caribe. No hay
revolución en un
solo país. Él se
convenció de eso y
es absolutamente
cierto: No hay
revolución posible
en un solo país. Lo
sabemos los
verdaderos
revolucionarios.
Pues Bolívar se
convenció, y por eso
fue que las cartas
de Fanny le llegaban
cada día más lejos.
Quito, Lima, Potosí
y ya estaba haciendo
planes para ayudar
con un ejército de
agua –decía él– a la
liberación de Cuba,
a la liberación de
Puerto Rico, a la
liberación de La
Española, o de Santo
Domingo. Él decía:
Colombia debe ser
redonda, e invitó a
México y toda
Centroamérica al
Congreso
Anfictiónico de
Panamá; invitó a los
argentinos del Río
de la Plata; se
comunicó con
Artigas, con
Pueyrredón, con
O’Higgins; con San
Martín se conoció y
se dio un abrazo,
había que cambiar el
mundo, y él intentó
cambiar el mundo, él
cumplió su
Juramento, sin duda
alguna que lo
cumplió.
Pero además de esas
dos consideraciones
revolucionarias que
fue asumiendo, que
fue madurando y que
fue llevando a la
realidad, sembrando
en los caminos, en
el sendero que usted
me señaló, no habrá
revolución, no habrá
independencia sin la
participación
popular de las
distintas clases de
los pueblos,
primero. Segundo, no
habrá independencia
en Venezuela si no
logramos la
independencia
continental y la
unidad continental.
Tercero, una tercera
idea, que sobre todo
brota con fuerza en
1819, era Angostura,
en el discurso aquel
del 15 de febrero de
aquel 1819. Catorce
años después del
Monte Sacro,
siguiendo el sendero
que usted me señaló.
Bolívar va fraguando
sobre el camino,
sobre el sendero la
concepción, la
conciencia de que
era necesario crear
un nuevo orden, unas
nuevas
instituciones, unas
nuevas estructuras
políticas,
republicanas; pero
nuevas, originarias,
y en eso seguía el
sendero que usted me
señaló, de aquel que
dijo: “No podemos
seguir copiando
modelos, originales
deben ser nuestros
sistemas de
gobierno, originales
deben ser nuestros
sistemas de vida, o
inventamos o
erramos”. Había que
inventar un mundo, y
hoy tenemos todavía
que inventar un
nuevo mundo. Estamos
llamados a inventar
un nuevo mundo, no
bastaba la
independencia, no
bastaba comprometer
a un pueblo, como ya
él lo venía logrando
hasta 1819, no
bastaba pensar en la
unidad continental,
había que configurar
un nuevo orden,
nacional e
internacional, y es
así como Bolívar
plantea en Angostura
una república, un
nuevo Estado, más
allá de los clásicos
Poderes de
Montesquieu.
Él agrega,
inspirándose en las
antiguas
instituciones de la
Roma, de la Grecia,
la idea del Poder
Moral, y lanza la
frase: “Moral y
luces son los polos
de una República,
moral y luces son
nuestras primeras
necesidades”. Es un
hombre que va
madurando la idea
suprema de que la
educación popular,
como lo dice en
Angostura, debe ser
la tarea primordial
del Congreso y de
las leyes. Le dice a
los legisladores:
“Legisladores,
necesitamos leyes
inexorables”. Es
Bolívar
desarrollando su
tesis
constitucionalista,
revolucionaria, la
tesis de la
igualdad; es Bolívar
tratando de
descifrar –como dijo
en el Juramento–:
“...aquí en el Nuevo
mundo la misteriosa
incógnita del hombre
en libertad”. Es
Bolívar en Angostura
cuando dice,
reconociendo algo
que es muy natural:
“Los hombres, los
seres humanos
nacemos en
condiciones de
desigualdad.” Sí, es
así. En este mismo
instante cuántos
niños están naciendo
en Venezuela. Ahora
mismo están
chillando. Y como
dice el poeta: Igual
el niño rico, el
niño pobre. Allá en
las llanuras de
Apure están naciendo
niños ahorita, aquí
en el este de
Caracas están
naciendo niños
ahora. Allá en los
cerros de Caracas
también, allá en los
Andes de Trujillo
también; allá entre
los indios del Delta
del Orinoco están
pariendo mujeres
ahora mismo. En
todas partes. Ellos
vienen en
condiciones de
desigualdad, pero
luego, decía Bolívar
en Angostura,
tratando de
descifrar la
misteriosa incógnita
del hombre en
libertad, es decir,
cómo lograr que el
hombre viva de
verdad en libertad,
que vivamos de
verdad en un mundo
de iguales y de
libres. Entonces él
dice: “Nacemos en
condiciones de
desigualdad, pero
luego vienen las
leyes”, y es un
concepto muy
russoniano y muy de
la Revolución
Francesa.
Luego vienen las
leyes, el Estado,
para producir un
nuevo orden, la
justicia, un orden
que genera lo que él
llamaba “la suprema
libertad social”. Es
decir, libertad con
igualdad, porque
bien lo dice Juan
Jacobo Rousseau, y
Bolívar lo asumió
así: “Entre el
poderoso y el débil”
–decía Rousseau– “la
libertad oprime,
sólo la ley libera”.
Y he allí el Estado
social de derecho y
de justicia
consagrado en esta
Constitución,
invención del pueblo
bolivariano.
Necesitamos un nuevo
orden de igualdad,
de derecho, de
justicia, unas
nuevas
instituciones, ese
componente o factor
de la fórmula,
Bolívar también lo
fue descifrando, lo
fue despejando:
Participación
Popular; es decir,
motivación popular,
integración
internacional,
regional y un nuevo
orden. Doscientos
años después me
pregunto, señor
Presidente, señores
diputados, amigos y
amigas todos,
doscientos años
después me hago la
pregunta: ¿No será
que exactamente o
casi exactamente,
esa es la fórmula
que hoy tenemos por
delante no sólo los
venezolanos, los
latinoamericanos,
los caribeños todos?
¿No será que el
signo de estos
tiempos nuevos que
se asoman vienen
cargados por esa
fórmula despejada
por Bolívar y su
tiempo y su pueblo y
su lucha de la
misteriosa incógnita
del hombre en
libertad? ¿No será
que necesitamos cada
día más la
participación
clamorosa, firme,
consciente y
organizada en
movimientos de
nuestros pueblos, de
las masas y masas de
desposeídos, de
pobres en esta
América nuestra? ¿No
será que necesitamos
de verdad un proceso
integrador de estas
repúblicas nuestras,
desde México hasta
la Argentina,
pasando por el
Caribe, una
integración
verdadera, endógena,
desde el alma de los
pueblos, una
integración
política, económica,
no entre élites,
integración de los
pueblos, de las
economías,
integración social?
¿No será que eso es
imprescindible para
lograr el descifrar
la fórmula
misteriosa, la
incógnita
misteriosa?
Y por supuesto que
estas preguntas
tienen respuestas
positivas. Yo sí
creo que ese es el
camino, ese el
sendero que usted me
señaló:
Participación
Popular, suprema
participación
popular, integración
entre nuestros
pueblos, gobiernos y
repúblicas y un
nuevo orden. Un
nuevo orden. Hubo un
orden en el siglo XX,
un primer orden,
vamos a llamarlo
así, después de la
Primera Guerra
Mundial, un primer
orden.
Luego se repartieron
el mundo los
imperios, y Estados
Unidos emergió como
el imperio que hoy
es después de la
Primera Guerra
Mundial; pero
después de la
Segunda Guerra
Mundial surgió un
segundo orden, ahora
bipolar: además de
Estados Unidos
consolidado como
imperio y como
superpotencia,
surgió, después de
la Segunda Guerra
Mundial,
consolidada, la
segunda
superpotencia. Ese
fue el segundo orden
del siglo XX hasta
1990. Cuando cayó
unos de los polos,
se vino abajo la
superpotencia
soviética y entramos
en una etapa de
incertidumbre; desde
entonces estamos en
una especie de
transición hacia un
nuevo orden, dicen
algunos. Nos
quisieron imponer el
orden globalizante
neoliberal, pero
ciertamente veamos
al mundo por
América, del norte
hasta el sur; veamos
al mundo por Europa,
veamos al mundo por
África, veamos al
mundo más allá por
el Medio Oriente y
por el Asia.
Lo que hay hoy en el
mundo no es un nuevo
orden, lo que hay
hoy en el mundo es
un tremendo desorden
mundial. Estamos en
el nuevo desorden
mundial; ahora
considero que eso es
bueno, es un
desorden creador. De
este desorden,
producto de la caída
soviética, y luego
de la pretensión
imperialista
norteamericana de
adueñarse del mundo
para establecer el
orden unipolar, lo
que ha generado es
un desorden de
rebeliones, de
resistencia, ha
resurgido el
socialismo como
tesis y crece por el
planeta. Por
ejemplo, han
resurgido los
movimientos
antiimperialistas
por el mundo;
ejemplo de ello es
el extraordinario
Festival Mundial de
la Juventud y los
Estudiantes, que ha
convertido a Caracas
en escenario
maravilloso de esa
juventud que crece,
que se levanta, que
sueña y que batalla;
muchachos,
muchachas, un nuevo
desorden.
Ahora, dentro de ese
nuevo desorden es
necesario que
nosotros, por el
sendero que usted me
señaló, vayamos
definiendo cada día
mejor hacia dónde
vamos, hacia dónde
debemos ir; cuál
debe ser, para
utilizar el mismo
término geopolítico,
el nuevo orden, el
que nosotros
necesitamos; no el
orden aquel de 1919
en adelante, no el
orden aquel de 1945
en adelante, el
orden bipolar, donde
había que alinearse
o con el uno o con
el otro, y tú
perdías la
soberanía, perdías
la propia identidad,
en casi todas la
ocasiones. ¿Cuál es
ese nuevo orden para
tomar de Bolívar y
el proyecto
bolivariano, ese
tercer factor de la
fórmula que estamos
despejando y que
estamos llevando a
la práctica, que
estamos aplicando
para solucionar ese
pequeño problema
filosófico-histórico
del hombre en
libertad? El nuevo
orden.
Anoche, allá en el
Poliedro, con los
muchachos, en la
clausura del
Tribunal
Antiimperialista,
que magistralmente
dirigió,
presidiéndolo, el
doctor José Vicente
Rangel y contó con
no sé cuantas
ponencias y
denuncias contra el
imperialismo
norteamericano,
comentaba una idea
que he extraído de
las lecturas, en
este caso de ese
gran escritor y
orientador
norteamericano Noam
Chomsky en uno de
sus más recientes
libros, y no sólo de
sus más recientes,
sino de sus más
impactantes libros,
en mi criterio,
Hegemonía o
Supervivencia,
dilema al que
estamos enfrentados,
y es absolutamente
cierto y concreto el
dilema.
Compañeros,
camaradas, si la
hegemonía
norteamericana se
impone en el mundo,
esa hegemonía va a
acabar con la vida
de este planeta, y
he ahí el reto que
tenemos por delante,
salvar al mundo.
Carlos Marx lo dijo
en su momento, lo
repitió Rosa
Luxemburgo y muchos
lo han repetido:
socialismo o
barbarie. Considero
que la amenaza es
mucho más grave hoy
que la que está
contenida en ese
dilema.
Dice Chomsky,
hegemonía o
supervivencia ya no
sería sólo barbarie,
porque en la
barbarie pudiéramos
imaginarnos vivir en
unas cuevas en el
Ávila, por allá en
Apure. Chomsky da
una señal, y
considero que es muy
poderosa; él habla
en el primer
capítulo de este
libro de las dos
superpotencias y
creo que es la mejor
fórmula para la
transición que
estamos viviendo en
esta especie del
gran desorden
mundial. Las dos
superpotencias, dice
Chomsky. ¿Cuáles son
las dos
superpotencias?
La primera la
conocemos, la
superpotencia
norteamericana, el
imperialismo
norteamericano, que
pretende imponerle
al mundo, a punta de
invasiones, de
bombas, de
presiones, de
chantajes, de
amenazas, de terror,
su concepción
irracional del
mundo, a través del
cual –repito– el
mundo se acabaría, y
a lo mejor en
décadas. Ya no
hablamos ni siquiera
en siglos; en
décadas.
Es acaso mentira el
deshielo de los
polos, alguien puede
creer que esto es
ciencia ficción. En
los últimos años los
casquetes polares
han disminuido
varios centímetros
su espesor y, por
consecuencia, el
nivel de los mares
también se ha
incrementado en
varios centímetros.
En las últimas
décadas, producto
del desenfreno
capitalista
neoliberal
consumista y el
modelo destructivo,
la temperatura del
planeta se ha
incrementado de
manera peligrosa;
tiene fiebre el
planeta Tierra, se
pierden los
equilibrios de las
aguas, de los mares,
de los vientos, de
las temperaturas de
la naturaleza.
Nuevos fenómenos
recorren el mundo:
huracanes
desconocidos en
siglos, lluvias
diluvianas por una
parte y sequías
infinitas por otras;
nuevas enfermedades,
desaparición de
especies, aparición
de desiertos,
destrucción de las
capas protectoras de
la atmósfera.
Estamos destrozando
el planeta, esa es
la verdad; cada
minuto que pasa, y
el imperialismo
norteamericano,
entre otras cosas,
se niega a
reconocerlo, se ha
negado a firmar el
Protocolo de Kyoto,
por ejemplo; sus
propios científicos
alertan sobre el
peligro, sobre la
amenaza.
Citaba yo anoche,
extraído de Noam
Chomsky, las
conclusiones de un
famoso científico,
llamado Hernest
Myers, quien
especula y termina
diciendo: “¿No será
que la especie
humana ha sido un
error biológico?”.
Porque pareciera que
las cucarachas, las
hormigas y los
escarabajos tienen
un mejor sentido de
la supervivencia que
la especie humana.
“¿Será que la
inteligencia
superior del ser
humano” –dice este
científico– “después
de cien mil años de
haber aparecido la
vida humana sobre el
planeta, después que
existieron 50 mil
millones de
especies, la nuestra
es una sola de los
50 mil millones que
evolucionó hacia
niveles superiores
de inteligencia?
Creemos nosotros.
Pero, ¿será que esa
inteligencia es
destructiva?” –se
pregunta el
científico– “¿Será
que alguien dirá en
el futuro: existió
la especie humana?
Fue un error
biológico, diría un
escarabajo, una rata
o una cucaracha. Los
humanos tuvieron 100
mil años como
especie y se
dedicaron fue a
destruirse unos a
otros”.
Yo no lo creo, lo
decía anoche y lo
vuelvo a decir, no
lo creo; creo en
Dios y creo, como
dijo Nietzsche, que
el hombre es el
puente entre el
animal y el de cien
superhombres. Yo
prefiero decirlo a
mi manera, ligando
ideas, que la
especie humana, sí,
es por una parte, el
escalón más alto del
reino animal, pero
por otra parte habrá
que decir, como el
Che Guevara, que
nosotros los
revolucionarios
somos el escalón más
alto de la especie
humana, los que
somos capaces, con
Cristo, de amarnos
los unos a los
otros; los que somos
capaces de asumir,
como Bolívar, el
juramento y el
compromiso de luchar
por los demás. Yo sí
creo que vamos a
salvar el mundo; yo
sí creo que aquí
vivirán los nietos
de los nietos de los
nietos de nuestros
nietos, y créanlo
que vivirán más
felices que
nosotros, en un
mundo donde esté
despejada y aplicada
la misteriosa
incógnita del hombre
en libertad. Lo creo
profundamente. Lo
creo y lo creemos,
estoy seguro.
En fin, Noam Chomsky
habla de una
superpotencia, y
habla de otra
superpotencia ahora
mismo. Esa otra
superpotencia.
Ciertamente, uno le
da vueltas a la
cabeza y pareciera
que esa es la
solución, la salida,
la otra
superpotencia
mundial que está en
formación y que
puede ser la tranca,
el freno, la
kriptonita roja para
Supermán, esa otra
superpotencia que
puede salvar al
mundo e impulsarnos
en esta transición
hacia un verdadero
nuevo orden mundial,
dice Chomsky, y yo
lo suscribo. Es la
opinión pública
mundial, los pueblos
del mundo, la
conciencia del
mundo; sólo los
pueblos del mundo
pueden salvar este
mundo, y allí la
importancia suprema
de la educación, de
la comunicación
social, que los
pueblos del mundo no
tienen grandes
cadenas de
televisión, ni
grandes periódicos a
través de los cuales
el imperialismo y
sus lacayos
adormecen y dominan
a las sociedades.
Ese es parte del
modelo imperialista,
la dictadura
mediática está al
servicio del
imperialismo.
Por eso es que le
tienen miedo a
Telesur. A Telesur
antes de nacer ya le
estaban echando
plomo. Bueno, ya
nació y seguirá
creciendo. Ahora me
dio el Presidente
Tabaré Vásquez una
buena idea: Radiosur,
porque él me decía:
“Chávez, además de
la televisión no
olvidemos la radio,
la radio penetra
mucho más en todas
partes”. Así que
vamos a tomar eso
como una tarea,
Radio del Sur o
Radios del Sur. Una
red mundial de
radios, radios
chiquiticas,
comunitarias,
televisoras
comunitarias
enlazadas. Tenemos
un problema que son
los satélites. ¿Cómo
hacemos, José
Vicente, para
conectarnos los
pobres con los
satélites? Hay que
buscar la manera de
conectarnos todos
con el satélite,
porque Telesur, por
una parte, está
saliendo casi sólo
por satélite, aún no
tenemos señal
abierta y sabemos
que la mayoría no
tiene acceso al
satélite, pero hay
maneras, aun cuando
estamos ya buscando
la forma de tener
señal abierta para
Telesur.
Pero en fin, más
allá de los medios
de comunicación
masivos está la
labor de cada uno de
nosotros. Yo le
decía a los
muchachos del
Festival Mundial de
la Juventud, que el
Festival no puede
terminar hoy, hoy se
va a clausurar aquí
en Caracas, pero no
va a terminar hoy.
No, hoy entró en una
nueva fase.
Hoy ustedes deben
salir al mundo y
todos nosotros a la
esquina, al campo, a
la calle. ¿A qué? A
pregonar la buena
nueva, decía Cristo,
a tomar esto como un
juramento hoy,
doscientos años
después del Monte
Sacro, como un
compromiso supremo
de dedicarle todos
los días que nos
queden de vida,
todas las noches que
nos queden de vida
al compromiso
adquirido de
liberación. No
podemos tomar esto a
medio tiempo.
¿Vacaciones para un
revolucionario? No.
¿Domingo para un
revolucionario? No
hay domingo, es una
batalla, no se trata
ni siquiera del
gobierno tal o cual.
No se trata ni
siquiera de la
diputación a la
Asamblea Nacional.
No, ojalá fuera eso
nada más. No se
trata ni siquiera de
las instituciones de
nuestros países, no
se trata ni siquiera
de nuestra
revolución. Mucho
más allá –insisto en
la idea y no estoy
para nada
exagerando,
compatriotas–, se
trata nada más ni
nada menos que de
salvar al planeta
Tierra y la vida de
las futuras
generaciones.
Esa es nuestra tarea
hoy, suprema tarea,
mucho más grande que
la que Bolívar
asumió hace
doscientos años,
mucho más grande,
mucho más
comprometida.
Aquellos hombres
podían pensar en
siglos, Bolívar
podía darse el lujo
de pensar en siglos.
No había entonces el
grado de destrucción
del planeta que hoy
tenemos, el grado de
contaminación, el
grado de demolición
de la vida, no había
el grado de miseria
y de pobreza.
Creo que los
esclavos de entonces
–y que me perdonen
ellos donde estén,
vueltos polvo–
vivían mejor o menos
peor que los pobres
que viven hoy en la
miseria. Bolívar fue
amamantado por una
negra esclava, por
ejemplo.
El mundo se cae a
pedazos, cada tres
segundos muere un
niño de hambre en el
planeta. El sida
está acabando con
países enteros. Hay
países del África
cuya población está
contaminada por el
sida por encima del
setenta por ciento y
el imperialismo
norteamericano
gastando miles de
millones de dólares
en armas invisibles,
en aviones
invisibles y en unos
aviones
transbordadores que
van allá, a una
estación y quieren
llegar a la Luna.
¿Será que ellos
creen que en ese
transbordador se van
a ir cuando se esté
acabando el planeta,
a vivir en otro
planeta, a vivir en
la Luna?
Así que esa otra
superpotencia
mundial tenemos que
impulsarla,
fortalecerla a
través de la
conciencia,
asumiendo este
compromiso,
multiplicándonos
nosotros; en el
mundo somos
millones, vamos a
asumir la conciencia
de que somos mayoría
en el mundo, y lo
somos, no podemos
permitir que una
minoría destroce a
la mayoría, que una
minoría enceguecida
destroce al planeta
y no destroce sólo a
la mayoría que hoy
somos, sino destroce
el potencial de vida
para los próximos
siglos; eso no
podemos permitirlo.
Esa otra
superpotencia, al
decir de Noam
Chomsky, está
levantándose. Las
grandes
manifestaciones
contra la guerra en
Irak fueron un asomo
en el horizonte. Las
grandes
manifestaciones
contra la
globalización
neoliberal, desde
Estados Unidos,
pasando por Génova y
por todas partes. Me
decía el Presidente
Lula hace unas
noches, que él fue a
la reunión del G-8,
fue invitado y
estuvo allá, y que
lo montaron en un
helicóptero y
viajaron y viajaron
hasta no sé dónde,
allá lejos de unas
montañas, para
reunirse los
presidentes del G-8,
porque no hay ciudad
hoy en el mundo que
resista una reunión
del Grupo, se le
viene encima el
pueblo, se le viene
encima la otra
superpotencia
mundial, le tienen
miedo a los pueblos.
Y Lula me cuenta que
él fue después a
París a dar una
charla en no sé qué
universidad y lo
dijo: Algo malo está
ocurriendo aquí.
¿Por qué se reúnen
los Presidentes de
los países más
poderosos de la
Tierra y anuncian
–es muy importante
el comentario del
compañero Lula, en
un análisis bien
agudo– al mundo que
se van a reunir para
contribuir con la
disminución de la
pobreza, que se van
a reunir para buscar
fórmulas para
aliviar la pobreza
en África? Eso es lo
que ellos dijeron al
mundo. Se supone que
los pobres del mundo
deberían aplaudirlo.
¿Por qué no se
reunirán en el
corazón del África,
por ejemplo? Si van
a ayudar a los
africanos, vayan al
África para que los
aplaudan. Algo
extraño está
pasando.
Si quieren ayudar a
los pobres de
América Latina, como
dicen, por qué no
vienen a reunirse
aquí en Caracas o en
Río de Janeiro o en
Buenos Aires o en La
Habana. Si quieren
ayudar a los pobres
del mundo, denle la
cara. No. Están
escondidos, se
esconden, se reúnen
ahora en
portaaviones, creo
que están preparando
un submarino para
reunirse bajo las
aguas del Atlántico.
Le tienen miedo a
los pueblos. Ah,
esto significa otra
cosa, que ya los
pueblos no se tragan
las mentiras de que
ellos se reúnen para
ayudar a los pueblos
a derrotar la
pobreza. Esa es la
otra superpotencia
mundial, abonémosla,
porque esa
superpotencia
mundial puede ser la
clave para salvar al
mundo, yo sí lo
creo, y además puede
permitirnos el
tránsito hacia un
nuevo orden. Ahora
sí, Bolívar lo
llamaba:
“Recorriendo el
sendero aquel que
usted me señaló”.
“El equilibrio del
universo”, decía
Bolívar. El mundo
pluripolar, esa otra
gran superpotencia
mundial que en la
opinión pública
puede ser el
combustible para
frenar, por una
parte, las
pretensiones
hegemónicas del
imperialismo
norteamericano y
apurar el
surgimiento de
nuevos polos de
fuerza aquí en
Suramérica, en el
Caribe, allá en la
Europa, allá en el
África, allá en el
Asia.
Es un tránsito hacia
el nuevo orden
internacional
multipolar,
pluripolar, de
equilibrio
universal, sólo así
pudiéramos estar
despejando la
misteriosa incógnita
del mundo, por
decirlo así, en
libertad, en
equilibrio, en paz y
en igualdad.
Creo que Bolívar nos
dejó parte de la
fórmula diseñada y
él trató aquí de
llevarla a la
práctica, de hacerla
realidad, mas no
pudo; aunque él
cumplió su
juramento, el
juramento lo que
hizo fue
incrementarle por
dentro el
compromiso. Miró
lejos y miró alto
Simón Bolívar, y por
eso terminó
defraudado: “He
arado en el mar”,
“Jesucristo, Don
Quijote y yo, los
tres grandes
majaderos de la
historia”.
“El sendero que
usted me señaló hoy
está vivo y vibrante
en el 2005”, decía
yo hace pocas
semanas, el 5 de
julio pasado desde
la Asamblea
Nacional. Invito a
los venezolanos,
invito a todos mis
compatriotas y con
todo mi respeto, por
extensión, a mis
hermanos de América
Latina y del Caribe,
a que asumamos, en
primer lugar los
venezolanos que
hemos levantado las
banderas de Bolívar
como correspondía
hacerlo a nosotros,
que hemos decidido
continuar el sendero
que usted me señaló,
porque ese sendero
alguien pudiera
decir que terminó en
Santa Marta, pero no
terminó en Santa
Marta. Del Monte
Sacro a Santa Marta
pasaron veinticinco
años. Pero el
sendero continuó
abierto; el sendero
fue tapiado
seguramente, el
sendero se enmontó,
se cerró, se lo
tragó el monte y la
selva, el olvido, el
tiempo y la
distancia, la
traición y la
inconsciencia.
Cuando Bolívar fue
traído aquí a
Caracas en 1842, ya
se había afianzado
aquí la oligarquía
conservadora y llegó
Bolívar por allá,
por La Guaira, y
cuentan que el
General Urdaneta,
anciano ya, se puso
sus galas y comandó
la parada y se fue
el pueblo a las
calles a recibir el
féretro que subía de
La Guaira por el
viejo Camino de los
Españoles, y lo
llevaron y lo
dejaron aquí.
No existía todavía
el Panteón Nacional.
Hasta 1876 no fue
traído al Panteón
Nacional, pero ese
es el mismo sendero.
Cuando Bolívar llegó
vuelto cenizas a la
Caracas de 1842
–como ya he dicho–
se había consolidado
la
contrarrevolución,
salieron a cantarle,
a rendirle tributo y
a colocarle flores a
sus restos,
seguramente, quienes
lo traicionaron.
Apenas cuatro años
después comenzó a
surgir por aquí, por
las sabanas de los
Valles del Tuy, un
nombre, y corría de
boca en boca, era un
rumor que crecía,
algunos decían: “Es
Boves que vuelve”.
Otros decían: “Que
traigan por las
bridas un potro de
pólvora y tormenta,
porque Ezequiel
Zamora ya despierta
y hay una tempestad
por los caminos”.
Era Zamora, que
volvía a levantar la
esperanza de un
pueblo traicionado.
Bolívar hecho
cenizas, pero Zamora
seguía “el sendero
que usted me
señaló”.
Juramento del Samán
de Güere, 17 de
diciembre de 1982
Y luego la Guerra
Federal, en 1858, y
Bolívar aquí hecho
cenizas; y luego
muere Zamora y se
vuelve cenizas junto
a él, pero el
sendero siguió vivo
y abierto, el que
usted me señaló,
para lo grande, para
lo sublime, para lo
hermoso, y luego el
siglo XX, y luego
las traiciones, y
luego el
imperialismo
norteamericano, y
luego el petróleo, y
luego colonias, y
luego el 58, el 23
de Enero y una nueva
traición, y luego el
pacto de Puntofijo,
y luego las
revueltas populares,
y luego la guerra
revolucionaria, y
luego el
Juramento del Samán
de Güere, 17 de
diciembre de 1982,
inspirado en el
Juramento del Monte
Sacro.
Me da mucho gusto
tener aquí al
General de División
Raúl Isaías Baduel,
y recordar aquella
tarde del Juramento
del Samán de Güere,
junto a Jesús
Urdaneta y al catire
guariqueño,
comandante
bolivariano Felipe
Acosta Carlez. Y
luego el Caracazo y
el grito de rebelión
de un pueblo, y
luego la madrugada
enrojecida del 4 de
febrero de 1992,
siguiendo “el
sendero que usted me
señaló”. Y luego el
27 de noviembre, y
luego el pueblo, y
luego el 6 de
diciembre de 1998, y
luego el 2 de
febrero de 1999, y
luego la
Constituyente, la
nueva Constitución,
y luego la
revolución, y luego
la contrarrevolución
y el imperialismo, y
luego el golpe de
Estado, y luego la
rebelión
popular-militar que
barrió una tiranía
en menos de 48
horas, y luego el
sabotaje petrolero,
la arremetida
imperialista contra
nuestro pueblo, y un
pueblo heroico
siguiendo “el
sendero que usted me
señaló”. Y luego el
referendo del 15 de
agosto, hace hoy 365
días, y el grito de
Florentino por el
ancho terraplén:
“Zamuros de la
Barrosa / del
alcornocal de abajo
/ ahora verán,
señores / al diablo
pasar trabajo”.
Y luego este día de
hoy, 200 años del
Juramento del Monte
Sacro. Han pasado
200 años, han pasado
200 cosas, han
pasado 200
revoluciones, y aquí
estamos hoy,
compañeros y
compañeras, hermanos
y hermanas,
asumiendo el
compromiso. Hoy
llamo a todos a que
nos alimentemos este
día de hoy con este
calor, con esta
brisa, con esta
fuerza, con esta
pasión; nos
alimentemos aún más
y nos dispongamos a
transitar a partir
de hoy lo que
comentaba en la
Asamblea Nacional el
5 de julio, el ciclo
bicentenario, el
ciclo bolivariano
bicentenario. Hace
200 años, un día
como hoy, comenzó un
ciclo, como dijo
Augusto Mijares, ese
insigne escritor
venezolano, es de
Augusto Mijares la
frase: “El 24 de
julio de 1783 nació
Simón Bolívar, el 15
de agosto de 1805
nació el
Libertador”.
El Libertador de
Suramérica nació un
día como hoy, hace
200 años, cuando
juró en el Monte
Sacro no dar
descanso a su brazo
ni reposo a su alma,
hasta libertar la
patria de las
cadenas de los
imperios de ayer, de
hoy y de siempre.
Celebremos hoy,
pues, los 200 años
del nacimiento del
Libertador Simón
Bolívar, como hace
22 años celebrábamos
el bicentenario del
nacimiento de Simón
Bolívar, del niño
Simón Bolívar, del
hombre Simón
Bolívar, del
infinito Simón
Bolívar. Un día como
hoy, hace 200 años,
comenzó el ciclo del
Libertador. ¿Terminó
en 1830? ¡No!
Continuó, y aquí lo
tenemos hoy como
dice Alí Primera.
Invito a los
venezolanos a que
nos impulsemos sobre
la más grande de
nuestras pasiones,
sobre lo más sublime
de nuestras
ilusiones, sobre lo
más infinito de
nuestros amores, de
nuestros sueños y
esperanzas para que
a partir de hoy
comencemos a
transitar el ciclo
bicentenario, desde
hoy hasta el 2030,
para que en estos
próximos 25 años
terminemos de
descifrar la
misteriosa
incógnita.
Yo había dicho que
me retiraba en el
2021, pero no, he
corregido la fecha,
hay que seguir hasta
el 2030, para que
evitemos el estigma
de Santa Marta, para
que no vayamos a
repetir nunca
nosotros: “Hemos
arado en el mar”,
para que recordando
a Fidel Castro, como
lo recordábamos en
su cumpleaños antier.
Fidel Castro, hace
poco, en un discurso
el 26 de julio
cometió una
travesura más, una
travesura que a mí
me lo asemeja,
cuando las hace, a
aquel personaje –ya
lo he dicho– de
Gabriel García
Márquez en Cien Años
de Soledad: José
Arcadio Buendía, el
que inventó la
máquina del tiempo y
todo aquello. Fidel
Castro terminó ese
discurso del 26 de
julio recordando su
frase, pero me metió
a mí en el lío
ahora, y aquella
frase que él lanzó
en su momento:
“Condenadme, no
importa, la historia
me absolverá”.
Entonces, ahora me
metió a mí, medio
siglo después, José
Arcadio Buendía. Me
mandó a nacer antes
que yo naciera
–porque yo no había
nacido cuando eso– y
terminó diciendo:
“Nos acusan a Chávez
y a mí de
desestabilizar el
Continente. No
importa,
condenadnos, la
historia nos
absolverá”.
Pero yo he dicho, y
como el próximo
sábado debo estar en
Cuba, Dios mediante,
en la graduación de
la Primera Promoción
de Médicos de la
Revolución
Bolivariana y la
Revolución Cubana,
estoy adelantando
algunas de las cosas
que vamos a
conversar porque
Fidel Castro, sin
duda que ya está
absuelto por la
historia, así que no
es justo que él me
incluya en esa
expresión, no. Él lo
dijo en su momento:
“Condenadme, no
importa, la historia
me absolverá”. Hoy
quién puede dudarlo,
Fidel, ya tú estás
absuelto por la
historia; yo no. No
me metas ahí
todavía.
En el año 2030, si
Dios quiere y la
Santísima Virgen,
entonces sí
estaremos, si
hacemos lo que
tenemos que hacer,
en condiciones de
venir aquí a decirle
al mundo junto con
Fidel, no importa lo
que hayan dicho:
“Aquí estamos frente
a la historia,
absueltos por la
historia”. Entonces
sí podremos venir
aquí a decir: No
hemos arado en el
mar. Entonces sí
podremos decir como
Bolívar a Simón
Rodríguez: “Hemos
seguido el sendero
que usted nos
señaló”.
Y entonces, sí
pudiéramos irnos a
descansar un poco.
Mientras tanto, les
digo, para
despedirme, este día
memorable, de
ustedes: No hay
descanso. Para
seguir el sendero
que usted me señaló,
tenemos que decir
como Bolívar: ¡Juro
que no daremos
descanso a nuestros
brazos ni reposo a
nuestras almas,
hasta que hayamos
librado a nuestro
pueblo de las
amenazas del
imperialismo
norteamericano y
hasta que hayamos
despejado la fórmula
misteriosa del
pueblo en libertad
para seguir el
sendero que él nos
señaló!
Buenas tardes,
ciudadano
Presidente, buenas
tardes ciudadanos
diputados, señoras y
señores, muchas
gracias. |