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Por Néstor Kohan
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27 de octubre de
2006
Los sueños, las
esperanzas, los
sufrimientos, los
sacrificios y toda
la energía rebelde
de nuestros pueblos
latinoamericanos no
pueden seguir siendo
expropiados. Nos
merecemos algo más
que un miserable
“capitalismo con
rostro humano” y una
mugrienta
modernización de la
dominación.
Ponencia para el
Encuentro
internacional
"Proyecciones de la
Lucha Revolucionaria
en América Latina",
organizado por el
Frente Patriótico
Manuel Rodríguez.
Santiago de Chile,
27, 28 y 29 octubre
de 2006
Crisis orgánica y
revolución pasiva:
el enemigo toma la
iniciativa
Desde Marx y Engels
hasta Lenin, Trotsky
y Mao, desde
Mariátegui, Mella,
Recabarren y Ponce
hasta el Che Guevara
y Fidel, gran parte
de las reflexiones
de los marxistas
sobre la lucha de
clases han girado en
torno a la necesidad
de asumir la
iniciativa política
por parte de los
trabajadores y el
pueblo.
Pero ¿qué sucede
cuando la iniciativa
la toman nuestros
enemigos? ¿Qué hacer
cuando los segmentos
más lúcidos de la
burguesía intentan
resolver la crisis
orgánica de
hegemonía,
legitimidad política
y gobernabilidad
apelando a discursos
y simbología
"progresistas",
poniéndose a la
cabeza de los
cambios para
desarmar, dividir,
neutralizar y
finalmente cooptar o
demonizar a los
sectores populares
más intransigentes y
radicales?
Para pensar esos
momentos difíciles,
tan llenos de
matices, Gramsci
elaboró una
categoría: la
"revolución pasiva".
La tomó prestada de
historiadores
italianos, pero le
otorgó otro
significado.
La revolución pasiva
es para Gramsci una
"revolución-restauración",
o sea una
transformación desde
arriba por la cual
los poderosos
modifican lentamente
las relaciones de
fuerza para
neutralizar a sus
enemigos de abajo.
Mediante la
revolución pasiva
los segmentos
políticamente más
lúcidos de la clase
dominante y
dirigente intentan
meterse "en el
bolsillo" (la
expresión es de
Gramsci) a sus
adversarios y
opositores políticos
incorporando parte
de sus reclamos,
pero despojados de
toda radicalidad y
todo peligro
revolucionario. Las
demandas populares
se resignifican y
terminan trituradas
en la maquinaria de
la dominación.
¿Cómo enfrentar esa
iniciativa? ¿De qué
manera podemos
descentrar esa
estrategia burguesa?
Resulta
relativamente fácil
identificar a
nuestros enemigos
cuando ellos adoptan
un programa político
de choque o
represión a cara
descubierta. Pero el
asunto se complica
notablemente cuando
los sectores de
poder intentan
neutralizar al campo
popular apelando
discursivamente a
una simbología
"progresista". En
esos momentos,
navegar en el
tormentoso océano de
la lucha de clases
se vuelve más
complejo y
delicado...
Dentro de ese
conglomerado de olas
y mareas políticas
que se entrecruzan,
no todo aparece tan
nítidamente
diferenciado ni
delimitado como
pudiera suponerse.
En la actual
coyuntura política
latinoamericana
verificamos, por
ejemplo, una notable
diferencia entre
Cuba, Venezuela y
posiblemente Bolivia
(en este caso
particular no tanto
por las moderadas
posiciones políticas
de su presidente
sino más que todo
por los poderosos
movimientos sociales
que tiene por
detrás), por un
lado; con Chile,
Argentina y Uruguay,
por el otro.
Si Cuba y Venezuela
encabezan la
rebeldía contra el
imperio, el segundo
bloque de naciones
-ubicado en el cono
sur de nuestra
América- expresa más
bien cierto
aggiornamiento del
modelo neoliberal.
En este sentido,
aunque cada sociedad
particular tiene sus
propios desafíos,
existen
problemáticas
generales que bien
valdría la pena
repensar, eludiendo
los cantos de sirena
embriagadores -por
ahora hegemónicos-
que hoy pretenden
reactualizar las
viejas ilusiones
reformistas que
padecimos hace tres
décadas atrás y que
tanta sangre,
tragedia y dolor nos
costaron.
En el caso de
Argentina, Chile y
Uruguay ya no se
trata hoy en día del
añejo y deshilachado
"tránsito pacífico"
al socialismo sino,
incluso, de una
propuesta muchísimo
más modesta: la
reforma del
capitalismo
neoliberal en aras
de un supuesto
"capitalismo
nacional" (en la
jerga de Kirchner) o
"capitalismo a la
uruguaya" (para
Uruguay) y así de
seguido. Hasta el
tímido socialismo
del "tránsito
pacífico" se diluye
y el horizonte se
estrecha con los
vanos intentos por
endulzar al
capitalismo y
volverlo menos cruel
y salvaje...
En esta situación
compleja, en el cono
sur latinoamericano
asistimos a un
difícil desafío:
pensar desde el
marxismo
revolucionario no en
la inminencia del
asalto al poder o de
ofensiva abierta de
los sectores
populares, sino en
aquellos momentos
del proceso de la
lucha de clases
donde el enemigo
pretende mantener y
perpetuar el
neoliberalismo de
manera sutil y
encubierta. No lo
pretende hacer de
cualquier manera.
Paradójicamente, las
clases dominantes
intentan resolver su
crisis orgánica,
garantizar la
gobernabilidad y
mantener sus jugosos
negocios enarbolando
nuestras propias
banderas
(oportunamente
resignificadas).
Resulta más sencillo
enfrentar y golpear
a un enemigo frontal
que intenta
aplastarnos
enarbolando banderas
neoliberales y
fascistas (el caso
emblemático de
Pinochet en Chile y
Videla o Menem en
Argentina es
arquetípico). Pero
deviene
extremadamente
complejo responder
políticamente cuando
el neoliberalismo se
disfraza de
"progre", continúa
beneficiando al gran
capital en nombre de
"la democracia", los
"derechos humanos",
la "sociedad civil",
el "respeto por la
diversidad", etc.,
etc., etc.
Estos procesos y
mecanismos de
dominación política
utilizados en la
actualidad por las
clases dominantes
del cono sur
latinoamericano y
sus amos imperiales
se asientan en una
prolongada y extensa
tradición previa.
No han surgido por
arte de magia. Sólo
constituyen un
"enigma irresoluble"
si, como tantas
veces nos sugirió el
posmodernismo,
hacemos abstracción
de nuestra historia
nacional y
continental.
La revolución pasiva
en la historia de
América latina
Durante el siglo XIX,
a lo largo de la
conformación
histórica de los
estados-naciones
latinoamericanos, se
entabló una singular
relación entre
Estado y sociedad
civil. A diferencia
de algunos esquemas
mecánicos y
simplistas,
supuestamente
"marxistas"(1), en
América latina la
relación entre
sociedad civil y
Estado ha sido en
gran medida
diferente al proceso
de las sociedades
europeas(2).
Entre nosotros, en
no pocas
oportunidades, el
Estado no fue un
producto posterior
que venía a reforzar
una realidad
previamente
constituida sobre
sus propias bases
sino que, por el
contrario,
contribuyó de manera
activa a conformar
sociedad civil.
No puede explicarse,
por ejemplo, la
inserción
subordinada y
dependiente de las
formaciones sociales
latinoamericanas en
el mercado mundial
durante el siglo XIX
si se desconoce la
mediación estatal.
No puede
comprenderse el
proceso genocida de
los pueblos
originarios de
nuestra América, el
robo, la
expropiación de sus
tierras y la
incorporación de la
producción agrícola
o minera al mercado
mundial si se
prescinde del
accionar estatal.
No puede entenderse
la conformación de
las grandes unidades
productivas, como
las plantaciones,
las minas, las
haciendas, que
combinaban la
explotación forzada
de fuerza de trabajo
con una producción
de valores de cambio
destinados a ser
intercambiados y
vendidos en el
mercado mundial
capitalista, si se
deja de lado el rol
activo jugado por el
Estado. Ese
protagonismo central
no tuvo lugar
únicamente en la
llamada acumulación
originaria del
capital
latinoamericano.
Posteriormente,
cuando el
capitalismo y el
mercado ya
funcionaban en
América Latina sin
andadores ni
muletas, el Estado
siguió jugando un
rol decisivo.
Entre las muchas
instituciones que
conforman el
entramado estatal
hubo una institución
en particular que
ocupó este rol
central: el Ejército
(entendido en
sentido amplio, como
sinónimo de Fuerzas
Armadas)(3). Junto
con la represión
feroz de numerosos
sujetos sociales
-pueblos indígenas y
negros, gauchos,
llaneros, etc-
reacios a
incorporarse como
mansa y domesticada
fuerza de trabajo,
los ejércitos
latinoamericanos
también ocuparon,
gerenciaron y
realizaron tareas
estrictamente
económicas.
Ese rol privilegiado
y muchas veces
preponderante en
América Latina no
sólo fue central a
lo largo de todo el
siglo XIX. En el
siglo XX el
bonapartismo
militar(4) ocupó el
rol activo que no
jugaron ni podían
jugar las débiles,
impotentes y
raquíticas
burguesías
autóctonas
latinoamericanas
(injustamente
denominadas
"burguesías
nacionales" por sus
apologistas). Ante
la ausencia de
proyectos sólidos,
pujantes y
auténticamente
nacionales, las
burguesías
latinoamericanas
perdieron su escasa
y delgada autonomía,
si es que alguna vez
la tuvieron(5), y
terminaron jugando
el rol sumiso de
socias menores y
subsidiarias de los
grandes capitales.
Sólo podían
disfrutar del
solcito del mercado
interno y del
mercado mundial a
condición de
acomodarse con la
cabeza gacha y el
sombrero entre las
manos en los lugares
secundarios y los
espacios semivacíos
que les dejaban los
capitales
multinacionales. Es
por eso que gran
parte de las
industrializaciones
latinoamericanas del
siglo XX fueron en
realidad
seudoindustrializaciones,
ya que no
modificaron la
estructura previa
heredada por las
burguesías agrarias
del siglo XIX(6).
Hoy en día resulta a
todas luces errónea
y fuera de foco la
falsa imagen y la
ilusoria dicotomía
-construida
artificialmente
desde relatos
encubridores y
apologistas- que
enfrentaría a
"burguesías
nacionales,
democráticas,
industrialistas,
antiimperialistas y
modernizadoras"
versus "oligarquías
terratenientes,
tradicionalistas,
autoritarias y
vendepatrias".
Nuestra historia
real, repleta de
golpes de estado,
masacres y
genocidios
planificados, ha
seguido un derrotero
notablemente diverso
al que postulaban
los cómodos
"esquemas clásicos"
y los complacientes
"tipos ideales"
construidos a imagen
y semejanza de las
principales
formaciones sociales
europeas.
La historia
latinoamericana
desobedeció a la
lógica europea; la
lucha de clases
empírica no se dejó
atrapar por el
esquema ideal; el
desarrollo desigual,
articulado y
combinado de
múltiples
dominaciones
sociales desoyó los
consejos políticos
etapistas que
aconsejaban apoyar a
una u otra fracción
burguesa ("burguesía
democrática" la
llamó el reformismo
stalinista,
"burguesía nacional"
la denominó el
populismo) contra el
supuesto enemigo
oligárquico.
En América Latina
las burguesías
nacieron
oligárquicas y las
oligarquías fueron
aburguesándose
mientras se
modernizaban. Las
modernizaciones no
vinieron desde abajo
sino desde arriba.
No fueron
democráticas ni
plebeyas, sino
oligárquicas y
autoritarias. No
fueron producto de
"revoluciones
burguesas
antifeudales" -como
rezaban ciertos
manuales- sino de
revoluciones-restauradoras,
revoluciones pasivas
encabezadas e
impulsadas por las
oligarquías
aburguesadas.
Fueron las propias
oligarquías, a
través del aparato
de Estado y en
particular de las
fuerzas armadas, las
que emprendieron -a
sangre, tortura y
fuego- el camino de
modernizar su
inserción siempre
subordinada en el
mercado mundial
capitalista(7). El
liberalismo
latinoamericano no
fue, como en la
Francia de los
siglos XVII y XVIII,
progresista sino
autoritario y
represivo. En
nuestras patrias
despanzurradas a
golpes de bayoneta y
destrozadas a picana
y palazos, jamás
existió
modernización
económica sin
represión política.
Las burguesías
locales fueron
históricamente
débiles para
independizar
nuestras naciones
del imperialismo
pero al mismo tiempo
fueron lo
suficientemente
fuertes como para
neutralizar e
impedir los procesos
de lucha social
radical de las
clases populares.
Las sangrientas
dictaduras
latinoamericanas
-cuyas consecuencias
nefastas seguimos
padeciendo hasta
nuestro presente-
que asolaron nuestro
continente durante
las décadas de los
años '70 y '80 no
fueron, en
consecuencia, un
rayo inesperado en
el cielo claro de un
mediodía de verano.
No constituyeron una
"anomalía", una
excepción a la
regla, el interregno
entre dos momentos
de normalidad y paz.
Fueron más bien la
regla de nuestros
capitalismos
periféricos,
dependientes y
subordinados a la
lógica del sistema
capitalista mundial.
Nuevos tiempos de
luchas y nuevas
formas de dominación
durante la
"transición a la
democracia"
Agotadas las
antiguas formas
políticas
dictatoriales
mediante las cuales
el gran capital
-internacional y
local- ejerció su
dominación y logró
remodelar las
sociedades
latinoamericanas
inaugurando a escala
mundial el
neoliberalismo(8)
nuestros países
asistieron a lo que
se denominó, de modo
igualmente
apologético e
injustificado,
"transiciones a la
democracia".
Ya llevamos casi
veinte años,
aproximadamente, de
"transición". ¿No
será hora de hacer
un balance crítico?
¿Podemos hoy seguir
repitiendo
alegremente que las
formas republicanas
y parlamentarias de
ejercer la
dominación social
son "transiciones a
la democracia"?
¿Hasta cuando vamos
a continuar tragando
sin masticar esos
relatos académicos
nacidos al calor de
las becas de la
socialdemocracia
alemana y los
subsidios de las
fundaciones
norteamericanas?
En nuestra opinión,
y sin ánimo de
catequizar ni
evangelizar a nadie,
la puesta en
funcionamiento de
formas y rituales
parlamentarios dista
largamente de
parecerse aunque sea
mínimamente a una
democracia
auténtica. Resulta
casi ocioso insistir
con algo obvio: en
nuestros países
latinoamericanos hoy
siguen dominando los
mismos sectores
sociales de antaño,
los de gruesos
billetes y abultadas
cuentas bancarias.
Ha mutado la imagen,
ha cambiado la
puesta en escena, se
ha transformado el
discurso, pero no se
ha modificado el
sistema económico,
social y político de
dominación. Incluso
se ha
perfeccionado(9).
Estas nuevas formas
de dominación
política
-principalmente
parlamentarias-
nacieron producto de
la lucha de clases.
En nuestra opinión
no fueron un regalo
gracioso de su gran
majestad, el mercado
y el capital (como
sostiene cierta
hipótesis que
termina
presuponiendo,
inconscientemente,
la pasividad total
del pueblo), pero
lamentablemente
tampoco fueron
únicamente fruto de
la conquista popular
y del "avance
democrático de la
sociedad civil" que
lentamente se va
empoderando de los
mecanismos de
decisión política
marchando hacia un
porvenir luminoso
(como presuponen
ciertas corrientes
que terminan
cediendo al
fetichismo
parlamentario).
En realidad, los
regímenes políticos
postdictadura, en
Argentina, en Chile,
en Uruguay y en el
resto del cono sur
latinoamericano,
fueron producto de
una compleja y
desigual combinación
de las luchas
populares y de masas
-en cuya estela
alcanza su cenit la
pueblada argentina
de diciembre de
2001- con la
respuesta táctica
del imperialismo que
necesitaba
sacrificar
momentáneamente
algún peón militar
de la época
neolítica para
reacomodar los hilos
de la red de
dominación,
cambiando algo para
que nada cambie.
Con discurso
"progre" o sin él,
la misión
estratégica que el
capital
transnacional y sus
socias más
estrechas, las
burguesías locales,
le asignaron a los
gobiernos
"progresistas" de la
región -desde el
Frente Amplio
uruguayo y el PJ del
argentino Kirchner
hasta la
concertación de
Bachelet en Chile-
consiste en lograr
el retorno a la
"normalidad" del
capitalismo
latinoamericano. Se
trata de resolver la
crisis orgánica
reconstruyendo el
consenso y la
credibilidad de las
instituciones
burguesas para
garantizar EL ORDEN.
Es decir: la
continuidad del
capitalismo.
Lo que está en juego
es la crisis de la
hegemonía burguesa
en la región,
amenazada por las
rebeliones y
puebladas -como la
de Argentina o
Bolivia- y su
eventual
recuperación.
Desde nuestra
perspectiva, y a
pesar de las
esperanzas
populares, la
manipulación de las
banderas sociales,
el bastardeo de los
símbolos de
izquierda y la
resignificación de
las identidades
progresistas tienen
actualmente como
finalidad frenar la
rebeldía y encauzar
institucionalmente
la indisciplina
social. Mediante
este mecanismo de
aggiornamiento
supuestamente
"progre" las
burguesías del cono
sur latinoamericano
intentan recomponer
su hegemonía
política.
Se pretende volver a
legitimar las
instituciones del
sistema capitalista,
fuertemente
devaluadas y
desprestigiadas por
una crisis de
representación
política que hacía
años no vivía
nuestro continente.
Los equipos
políticos de las
clases dominantes
locales y el
imperialismo se
esfuerzan de este
modo, sumamente
sutil e inteligente,
en continuar
aislando a la
revolución cubana (a
la que se saluda,
pero... como algo
exótico y caribeño),
conjurar el ejemplo
insolente de la
Venezuela
bolivariana (a la
que se sonríe
pero... siempre
desde lejos), seguir
demonizando a la
insurgencia
colombiana y
congelar de raíz el
proceso abierto en
Bolivia.
Los desafíos de la
izquierda
latinoamericana
antiimperialista y
anticapitalista
frente a su propia
historia
¿Cómo enfrentar
entonces ese
aggiornamiento de
las formas políticas
de dominación, ese
intento gatopardista
por cambiar algo
para que el ORDEN
siga igual y nada
cambie de fondo?
Descartada la visión
ingenua de un
optimismo eufórico
que postula en el
terreno de las
consignas agitativas
un peligroso y falso
triunfalismo
-calificando como
"avance
revolucionario" a
los gobiernos de
Tabaré Vázquez,
Kirchner o Bachelet-,
debemos hacer el
esfuerzo por
comprender nuestros
desafíos políticos a
partir de nuestra
propia historia y
nuestras propias
necesidades(10).
Así lo hizo Fidel
cuando encabezó la
revolución cubana,
así lo hace Chávez
en Venezuela. Así lo
hicieron los
sandinistas, los
salvadoreños y los
tupamaros en sus
épocas fundacionales
(cuando eran
radicales y estaban
contra el sistema),
así lo hacen las
FARC y el ELN en
Colombia, al igual
que los zapatistas
en Chiapas. En el
cono sur
latinoamericano se
nos impone encontrar
nuestra propia
perspectiva
estratégica y
nuestro rumbo
político a partir de
nuestra propia
historia. ¡Debemos
estudiar y tomar en
serio a la historia!
Eso implica estar
alertas frente a
cualquier
manipulación
oportunista. Es
cierto que todo
relato histórico
presupone construir
genealogías en el
pasado para defender
y legitimar
políticas hacia el
futuro. Pero todo
tiene un límite. No
se puede ir al
pasado, "meter
mano", poner y sacar
a gusto y piacere
según las
oportunidades del
caso...
Por ejemplo, en la
Argentina, no se
puede poner en las
banderas y en los
carteles las
imágenes de Santucho
y del Che Guevara y
luego, como por arte
de magia, borrar
esos símbolos para
reemplazarlos por la
foto de Juan Domingo
Perón. Y luego, si
cambian las alianzas
políticas del
momento, archivar
rápidamente a Perón
y volver a poner a
Santucho o a quien
convenga en esa
ocasión. Siempre con
la misma sonrisa
cínica. ¡Como si
todo fuera lo mismo!
Eso es poco serio.
Eso es hacer
manipulación vulgar
de la historia en
función del presente
inmediato. Así no se
construye una
identidad política
de masas que logre
aglutinar a la
juventud rebelde y a
la clase trabajadora
combativa en función
de un proyecto de
emancipación
radical. Los cubanos
designan a esas
maniobras como
vulgar
"politiquería".
Lenin las denominaba
"oportunismo". En
cada uno de los
países de nuestra
América hay un
término para hacer
referencia a lo
mismo.
La historia debe ser
nuestra fuente
genuina de
inspiración, no un
cómodo salvoconducto
oportunista.
Formación política,
hegemonía socialista
e internacionalismo
No sólo debemos
inspirarnos en la
historia. En la
actual fase de la
correlación de
clases -signada por
la acumulación de
fuerzas- necesitamos
generalizar la
formación política
de la militancia de
base. No sólo de los
cuadros dirigentes
sino de toda la
militancia popular.
Se torna imperioso
combatir el
clientelismo y la
práctica de los
"punteros"
(negociantes de la
política mediante
las prebendas del
poder),
solidificando y
sedimentando una
fuerte cultura
política en la base
militante, que
apunte a la
hegemonía socialista
sobre todo el
movimiento popular.
No habrá
transformación
social radical al
margen del
movimiento de masas.
Nos parecen
ilusorias y
fantasmagóricas las
ensoñaciones
posmodernas y
posestructuralistas
que nos invitan
irresponsablemente a
"cambiar el mundo
sin tomar el poder".
No se pueden lograr
cambios de fondo sin
confrontar con las
instituciones
centrales del
aparato de Estado.
Debemos apuntar a
conformar,
estratégicamente y a
largo plazo -estamos
pensando en términos
de varios años y no
de dos meses-
organizaciones
guevaristas de
combate.
¿Por qué
organizaciones?
Porque el culto
ciego a la
espontaneidad de las
masas constituye un
espejismo muy
simpático pero
ineficaz. Todo el
movimiento popular
que sucedió a la
explosión del 19 y
20 de diciembre de
2001 en Argentina
diluyó su energía y
terminó siendo
fagocitado por la
ausencia de
organización y de
continuidad en el
tiempo (organización
popular no equivale
a sumatoria de
sellos partidarios
que tienen como meta
máxima la
participación en
cada contienda
electoral).
¿Por qué guevaristas?
Porque en nuestra
historia
latinoamericana el
guevarismo
constituye la
expresión del
pensamiento más
radical de Marx y
Lenin y de todo el
acervo
revolucionario
mundial, descifrado
a partir de nuestra
propia realidad y
nuestros propios
pueblos. El
guevarismo se
apropia de lo mejor
que produjeron los
bolcheviques, los
chinos, los
vietnamitas, las
luchas
anticolonialistas
del África, la
juventud estudiantil
y trabajadora
europea, el
movimiento negro
norteamericano y
todas las rebeldías
palpitadas en varios
continentes.
El guevarismo no es
calco ni es copia,
constituye una
apropiación de la
propia historia del
marxismo
latinoamericano,
cuyo fundador es,
sin ninguna duda,
José Carlos
Mariátegui. Guevara
no es una remera. Su
búsqueda política,
teórica, filosófica
constituye una
permanente
invitación a
repensar el marxismo
radical desde
América Latina y el
Tercer Mundo. No se
lo puede reducir a
tres consignas y dos
frases hechas. Aun
tenemos pendiente un
estudio colectivo
serio y una
apropiación crítica
del pensamiento
marxista del Che
entre nuestra
militancia(11).
¿Por qué de combate?
Porque tarde o
temprano nos
toparemos con la
fuerza bestial del
aparato de Estado y
su ejercicio
permanente de fuerza
material. Así nos lo
enseña toda nuestra
historia.
Insistimos: ¡hay que
tomarse en serio la
historia! Pretender
eludir esa
confrontación puede
resultar muy
simpático para ganar
una beca o seducir
al público lector en
un gran monopolio de
la (in)comunicación.
Pero la historia de
nuestra América nos
demuestra, con una
carga de dramatismo
tremenda, que no
habrá revoluciones
de verdad sin el
combate
antiimperialista y
anticapitalista.
Debemos prepararnos
a largo plazo para
esa confrontación.
No es una tarea de
dos días sino de
varios años. Debemos
dar la batalla
ideológica para
legitimar en el seno
de nuestro pueblo la
violencia plebeya,
popular, obrera y
anticapitalista; la
justa violencia de
abajo frente a la
injusta violencia de
arriba.
Pero al identificar
el combate como un
camino estratégico
debemos aprender de
los errores del
pasado, eludiendo la
tentación
militarista. Las
nuevas
organizaciones
guevaristas deberán
estar estrechamente
vinculadas a los
movimientos
sociales. No se
puede hablar "desde
afuera" al
movimiento de masas.
Las organizaciones
que encabecen la
lucha y marquen un
camino estratégico,
más allá del día a
día, deberán ser al
mismo tiempo "causa
y efecto" de los
movimientos de
masas. No sólo
hablar y enseñar
sino también
escuchar y aprender.
¡Y escuchar
atentamente y con el
oído bien abierto!
La verdad de la
revolución
socialista no es
propiedad de ningún
sello, se construirá
en el diálogo
colectivo entre las
organizaciones
radicales y los
movimientos
sociales. Las
vanguardias -perdón
por utilizar este
término tan
desprestigiado en
los centros
académicos del
sistema- que
deberemos construir
serán vanguardias de
masas, no de elite.
Si durante la lucha
ideológica de los
'90 -en los tiempos
del auge neoliberal-
nos vimos obligados
a batallar en la
defensa de Marx,
remando contra la
corriente
hegemónica, en la
década que se abre
en el 2000, Marx
solo ya no alcanza.
Ahora debemos ir por
más, dar un paso más
e instalar en la
agenda de nuestra
juventud a Lenin y
al Che (y a todas y
todos sus
continuadores).
Reinstalar al Che
entre nuestra
militancia implica
recuperar la mística
revolucionaria de
lucha
extrainstitucional
que nutrió a la
generación
latinoamericana de
los '60 y los '70.
Tenemos pendiente
pensar y ejercer la
política más allá de
las instituciones,
sin ceder al falso
"horizontalismo"
-cuyos partidarios
gritan "¡que no
dirija nadie!"
porque en realidad
quieren dirigir
ellos- ni quedar
entrampados en el
reformismo y el
chantaje
institucional. Nada
mejor entonces que
combinar el espíritu
de ofensiva de
Guevara con la
inteligencia y
lucidez de Gramsci
para comprender y
enfrentar el
gatopardismo. Saber
salir de la política
de secta, asumir la
ofensiva ideológica
y al mismo tiempo
ser lo
suficientemente
lúcidos como para
enfrentar el
transformismo
político de las
clases dominantes
que enarbolan
banderas
"progresistas" para
dominarnos mejor.
Como San Martín,
Artigas, Bolívar,
Sucre, Manuel
Rodríguez, Juana
Azurduy y José
Martí, como Guevara,
Fidel, Santucho,
Sendic, Miguel
Enríquez, Inti
Peredo, Carlos
Fonseca y Marighella,
debemos unir
nuestros esfuerzos y
voluntades
colectivas a largo
plazo en una
perspectiva
internacionalista y
continental. En la
época de la
globalización
imperialista no es
viable ni posible ni
realista ni deseable
un "capitalismo
nacional".
No podemos seguir
permitiendo que la
militancia abnegada
-presente en
diversas
experiencias
reformistas del cono
sur- se transforme
en "base de
maniobra" o elemento
de presión y
negociación para el
aggiornamiento de
las burguesías
latinoamericanas.
Los sueños, las
esperanzas, los
sufrimientos, los
sacrificios y toda
la energía rebelde
de nuestros pueblos
latinoamericanos no
pueden seguir siendo
expropiados. Nos
merecemos algo más
que un miserable
"capitalismo con
rostro humano" y una
mugrienta
modernización de la
dominación.
Octubre de 2006
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Notas
(1) Estos esquemas
simplistas fueron
extraídos
principalmente de:
(a) los estudios de
orden filosófico de
la década de 1840,
críticos de la
Filosofía de derecho
de Hegel, donde Marx
le reprochaba a su
maestro subordinar
la sociedad civil al
Estado; y de (b) los
análisis
sociológicos de la
década de 1850 donde
Marx analizó la
sociedad francesa y
el fenómeno político
bonapartista.
(2) Véase el
inteligente estudio
de Carlos Nelson
Coutinho sobre
Gramsci en América
Latina y
particularmente
sobre la revolución
pasiva en Brasil "As
categorías de
Gramsci e a
realidade brasileira".
En C.N.Coutinho:
Gramsci. Um estudo
sobre seu pensamento
político. Rio de
Janeiro, Civilização
Brasileira, 1999.
También pueden
consultarse con
provecho los
trabajos de
Florestan Fernandez
sobre la revolución
burguesa,
recopilados por
Octavio Ianni:
Florestan Fernandes:
sociología crítica e
militante. São
Paulo, Expressão
Popular, 2004. Juan
Carlos Portantiero
había adelantado
algunas inteligentes
reflexiones en este
sentido en su
archicitado ensayo
"Los usos de
Gramsci" [1975]
(Buenos Aires,
Grijalbo, 1999),
pero a diferencia de
los dos autores
anteriores,
Portantiero terminó
convirtiendo a
Gramsci en un
comodín
socialdemócrata
bastardeado hasta
límites
inimaginables.
(3) Véase nuestro
trabajo "Los
verdugos
latinoamericanos:
las Fuerzas Armadas
de la
contrainsurgencia a
la globalización",
ensayo incorporado
en nuestro: Pensar a
contramano. Las
armas de la crítica
y la crítica de las
armas. Buenos Aires,
Editorial Nuestra
América, 2006.
(4) Adoptamos esta
categoría de Mario
Roberto Santucho:
Poder burgués, poder
revolucionario
[1974]. En Daniel De
Santis [compilador]:
A vencer o morir.
PRT-ERP Documentos.
Bs.As., EUDEBA, 1998
(tomo I) y 2000
(Tomo II).
(5) Véase el
testamento político
del Che, cuando
afirma: "Por otra
parte las burguesías
autóctonas han
perdido toda su
capacidad de
oposición al
imperialismo -si
alguna vez la
tuvieron- y sólo
forman su furgón de
cola. No hay más
cambios que hacer; o
revolución
socialista o
caricatura de
revolución".
"Mensaje a los
pueblos del mundo a
través de la
Tricontinental"
(ediciones varias).
(6) Véase el
capítulo "Expansión
industrial,
imperialismo y
burguesía nacional"
del libro de Silvio
Frondizi: La
realidad argentina.
Ensayo de
interpretación
sociológica (en dos
tomos, Tomo I: 1955
y Tomo II: 1956);
Víctor Testa
[seudónimo de
Milcíades Peña]:
"Industrialización,
seudoindustrialización
y desarrollo
combinado". En
Fichas de
investigación
económica y social,
Año I, N°1, abril de
1964. p.33-44. Este
artículo fue
recopilado
póstumamente en
Milcíades Peña:
Industrialización y
clases sociales en
la Argentina. Bs.As.,
Hyspamérica, 1986.
p.65 y ss.; y
finalmente nuestro
ensayo: "¿Foquismo?:
A propósito de Mario
Roberto Santucho y
el pensamiento
político de la
tradición guevarista".
En Ernesto Che
Guevara: El sujeto y
el poder. Buenos
Aires, Nuestra
América, 2005.
(7) Tratando de
pensar la
conformación social
de la dominación
burguesa en
Argentina y América
Latina de una manera
diferente (tanto
frente al reformismo
stalinista como
frente al populismo
nacionalista), el
viejo dirigente
comunista Ernesto
Giudici -quien en
1973 propuso la
herética unidad del
comunismo con las
organizaciones
político-militares
PRT-ERP y
Montoneros- arriesgó
una hipótesis más
que sugerente.
Siempre decía que
hay que pensar la
historia
latinoamericana a
partir de su propia
cronología
histórica, sin
violentarla para que
entre en el lecho de
Procusto de
cronologías
diversas. Hecha esta
salvedad, Giudici
consideraba
pertinente una
analogía con las
formaciones sociales
europeas; ya no con
Francia -modelo de
El 18 Brumario de
Luis Bonaparte- ni
con Inglaterra-
arquetipo empírico
que está en la base
de El Capital-, sino
con el prusianismo
alemán. La formación
histórica del
capitalismo en
Argentina, por
ejemplo, se
asemejaba mucho más
a la atrasada Prusia
que a las modernas
Francia o
Inglaterra. Como en
Prusia, la burguesía
argentina vivía
haciendo pactos y
compromisos con los
propietarios
terratenientes,
utilizando al
ejército como fuerza
social privilegiada
en política y
reprimiendo toda
vida cultural
autónoma. La
hipótesis analógica
del "prusianismo"
cumplía en los
razonamientos de
Giudici un rol mucho
más abarcador que el
"camino prusiano en
la agricultura" del
que hablaba Lenin,
por contraposición a
la modernización de
la agricultura
capitalista de los
farmers
norteamericanos.
Véase "Herejes y
ortodoxos en el
comunismo
argentino", en
nuestro De
Ingenieros al Che.
Ensayos sobre el
marxismo argentino y
latinoamericano.
Buenos Aires, Biblos,
2000 [hay reedición
cubana ampliada,
2006].
(8) Es bien conocido
el análisis del
historiador
británico Perry
Anderson (a quien
nadie puede acusar
de provincianismo
intelectual o de
chauvinismo
latinoamericanista),
quien sostiene que
el primer
experimento
neoliberal a nivel
mundial ha sido,
precisamente, el de
Chile. Incluso
varios años antes
que los de Margaret
Thatcher o Ronald
Reagan. No por
periféricas ni
dependientes las
burguesías
latinoamericanas han
quedado en un
segundo plano en la
escena de la
dominación social.
Incluso en algunos
momentos se han
adelantado a sus
socias mayores, y
han inaugurado -con
el puño sangriento
de Pinochet en lo
político y de la
mano para nada
"invisible" de
Milton Friedman en
lo económico-, un
nuevo modelo de
acumulación de
capital de alcance
mundial: el
neoliberalismo.
(9) Recordemos que
para Marx la
república burguesa
parlamentaria -que
él nunca homologaba
con "democracia"-
constituía la forma
más eficaz de
dominación política.
Marx la consideraba
superior a las
dictaduras militares
o a la monarquía
porque en la
república
parlamentaria la
dominación se vuelve
anónima, impersonal
y termina licuando
los intereses
segmentarios de los
diversos grupos y
fracciones del
capital, instaurando
un promedio de la
dominación general
de la clase
capitalista,
mientras que en la
dictadura y en la
monarquía es siempre
un sector burgués
particular el que
detenta el mando,
volviendo más
frágil, visible y
vulnerable el
ejercicio del poder
político.
(10) En ese sentido
sería conveniente no
confundir las
necesidades
diplomáticas
coyunturales de
determinados Estados
-a los que
defendemos de la
agresividad
imperialista y con
los cuales nos
solidarizamos
activamente-, con
las necesidades
políticas del
movimiento popular
en nuestros países
del cono sur
latinoamericano.
Aunque luchamos por
los mismos fines
antiimperialistas y
socialistas, no
siempre lo que le
conviene a los
Estados amigos es lo
que le conviene a
los movimientos
sociales y populares
de nuestros países.
Reflexionemos sobre
un ejemplo histórico
concreto: la
Revolución Cubana
sufre un embargo
criminal de EEUU
desde su mismo
desafío al coloso
del norte.
Prácticamente todos
los Estados del
continente,
siguiendo la presión
yanqui, rompieron
relaciones con Cuba
a inicios de los
‘60. Uno de los
pocos que no lo hizo
fue México. Durante
décadas, en México
gobernaba el PRI,
partido burgués,
corrupto y
autoritario si los
hay (surgido del
congelamiento de la
revolución
mexicana). El PRI
mantenía "hacia
afuera" una política
de no confrontación
con Cuba, lo cual
resulta muy útil
diplomáticamente
para frenar a EEUU.
En lo interno
reprimía al
movimiento obrero,
compraba dirigentes,
dividía las
organizaciones
populares, masacraba
estudiantes, hacía
desaparecer
indígenas, etc. A
fines de los '60 en
México surgen
organizaciones
guerrilleras que son
masacradas. Años más
tarde, surge el EZLN
contra el PRI. ¿Cuba
rompe amarras contra
el Estado mexicano?
No, no lo puede
hacer. Necesita
mantener relaciones
diplomáticas con el
Estado mexicano para
eludir el bloqueo
yanqui, lo cual
resulta plenamente
comprensible.
¿Entonces? ¿Qué debe
hacer el movimiento
popular en México?
¿Apelar a la
autoridad moral de
Cuba para apoyar al
PRI? La respuesta
negativa es más que
obvia (no obstante
existieron
corrientes que así
lo hicieron durante
años. La vertiente
de Lombardo Toledano
-de nefasta memoria-
apoyaba al PRI con
retórica de
"izquierda", apoyaba
las represiones del
gobierno como
"progresistas",
incluida la masacre
de Tlatelolco, etc,
etc). Sobre estas
dificultades
objetivas que el
internacionalismo
militante no puede
desconocer, véase
nuestro
diálogo-entrevista
(realizado junto con
el compañero Luciano
Álzaga) al
presidente de la
Asamblea Popular de
la república de Cuba
Ricardo Alarcón.
En
http://www.lahaine.org/index.php?p=14057
(11) Apuntando en
esa dirección y
hacia esa tradición
política, hemos
querido contribuir
con un pequeñísimo
granito de arena a
través de nuestro
Ernesto Che Guevara:
El sujeto y el poder
y con diversas
experiencias de
formación política
en varias cátedras
Che Guevara, dentro
y fuera de la
universidad, tanto
en movimientos de
derechos humanos, en
el movimiento
estudiantil como en
escuelas del
movimiento
piquetero.
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