El 5 de marzo de 1852, desde Londres, Karl Marx escribió a Joseph Weydemeyer, un amigo emigrado a Nueva York, una carta que desmiente una atribución todavía frecuente. No le correspondía a él, decía, el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna ni la lucha entre ellas: mucho antes, historiadores burgueses habían descrito su desarrollo histórico, y economistas burgueses su anatomía económica. Marx reclamaba otra cosa, más acotada. Había demostrado, según sus palabras, que la existencia de las clases está ligada a fases históricas concretas del desarrollo de la producción, que la lucha de clases conduce a la dictadura del proletariado y que esta es solo una transición hacia la abolición de todas las clases.
La carta sirve como punto de partida porque separa dos historias que suelen confundirse: la del concepto de lucha de clases, que es anterior a Marx, y la de su uso marxista, que lo convirtió en el eje de una teoría de la historia y de un programa político. Las dos se siguen aquí por separado, hasta los debates del siglo XX y la recepción del concepto en el pensamiento latinoamericano.
Antes del siglo XIX: ricos, pobres y facciones
La idea de que una sociedad se divide en grupos con intereses opuestos es antigua. En la Grecia clásica ya se describía la ciudad como dos ciudades en guerra, la de los pobres y la de los ricos, y Aristóteles observó que los ricos suelen ser pocos y los pobres muchos, y que por eso aparecen como antagonistas. Plutarco dejó relatos de los conflictos entre campesinos endeudados y acreedores aristocráticos en Atenas.
En la época moderna el tema reaparece con otros nombres. Jean-Jacques Rousseau escribió sobre la relación entre amos y sirvientes, y James Madison, en el número 10 de «El Federalista», sostuvo que la distribución desigual de la propiedad era la fuente más común y duradera de las facciones. Ninguno de ellos hablaba de «lucha de clases» en sentido técnico. Hablaban de desigualdad y de conflicto, que no es exactamente lo mismo.
Los historiadores franceses de la Restauración (1820–1848)
El concepto moderno toma forma en Francia, en las décadas que siguieron a la Revolución y a Napoleón. Una generación de historiadores liberales buscó en el pasado una explicación del presente y la encontró en el choque entre grupos sociales: la aristocracia de origen conquistador frente al pueblo llano, la nobleza frente al Tercer Estado, la burguesía frente al antiguo orden.
Augustin Thierry (1795–1856), nacido en Blois, empezó como secretario del conde de Saint-Simon, con quien colaboró en un escrito sobre la reorganización de la sociedad europea. Después se dedicó a la historia. En su «Historia de la conquista de Inglaterra por los normandos» (1825) y en sus «Cartas sobre la historia de Francia» (1827) interpretó la historia medieval como un enfrentamiento prolongado entre pueblos y estamentos, con especial atención a las comunas y a las instituciones urbanas.
Thierry perdió la vista hacia 1826, según sus biógrafos por el esfuerzo de sus investigaciones en archivos, y siguió escribiendo durante treinta años con ayuda de secretarios. La Academia Francesa le concedió el premio Gobert. Sus lectores del siglo XX le reprocharon generalizaciones sobre el origen de los grupos sociales que la investigación posterior no confirmó, pero su combinación de estilo romántico y trabajo con fuentes primarias marcó a la historiografía francesa.
François Guizot (1787–1874) fue a la vez historiador y hombre de Estado. Sus cursos publicados como «Historia general de la civilización en Europa» (1828) e «Historia de la civilización en Francia» (1830) presentaban el ascenso de la burguesía como motor de la historia europea. Junto con François-Auguste Mignet, Guizot formuló el concepto de revolución burguesa, que interpretaba 1789 como la victoria de una clase sobre otra. Luego pasó de la cátedra al gobierno: fue ministro de Instrucción Pública entre 1832 y 1837, de Asuntos Exteriores entre 1840 y 1848, y jefe de gobierno desde septiembre de 1847 hasta la revolución de febrero de 1848.
Hay una ironía que los historiadores de las ideas suelen señalar. El Manifiesto comunista, publicado ese mismo año de 1848, menciona a Guizot entre las fuerzas de la vieja Europa aliadas contra el comunismo, junto a Metternich. El teórico de la lucha entre burguesía y aristocracia aparecía así en el bando que el nuevo texto consideraba enemigo.
Marx y Engels: el Manifiesto y la teoría de la historia
El Manifiesto del Partido Comunista, redactado por Marx y Friedrich Engels y publicado en alemán en 1848, abre su primer capítulo con la frase que convirtió el concepto en consigna: «Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases», según la traducción española que recoge la biblioteca marxists.org. El texto enumera a continuación parejas de opresores y oprimidos a lo largo de la historia y anuncia que la sociedad moderna tiende a simplificarse en dos grandes campos, burguesía y proletariado.
Conviene distinguir aquí entre el uso político y el uso teórico del concepto. En el Manifiesto la lucha de clases es una llamada a la acción; en la obra posterior de Marx forma parte de una teoría más amplia, el materialismo histórico, según la cual las formas de sociedad surgen y caen a medida que favorecen o frenan el desarrollo de la capacidad productiva humana. La Stanford Encyclopedia of Philosophy resume esa teoría en dos tesis: las fuerzas productivas tienden a crecer con el tiempo, y las estructuras económicas se explican por el nivel de desarrollo de esas fuerzas.
La relación entre ambas dimensiones no es sencilla. El prefacio de 1859 a la «Contribución a la crítica de la economía política», que la misma enciclopedia considera la formulación canónica del materialismo histórico, apenas menciona la lucha de clases. Por eso la interpretación analítica de G. A. Cohen, muy influyente en el mundo académico anglosajón, le concede un papel menor que el que tiene en los textos políticos.
En junio de 1919, ya en el poder, Lenin propuso en el folleto «Una gran iniciativa» una definición que se reprodujo en manuales durante décadas: las clases son grandes grupos humanos que se diferencian por su lugar en un sistema históricamente determinado de producción social, por su relación con los medios de producción, por su papel en la organización del trabajo y, en consecuencia, por la parte de la riqueza que obtienen y el modo de obtenerla. Añadía que una clase puede apropiarse del trabajo de otra gracias a la posición que ocupa.
Weber, Dahrendorf, Thompson: la clase fuera del esquema
La sociología del siglo XX discutió el concepto desde fuera del marxismo y también desde dentro. Max Weber, en los textos reunidos en «Economía y sociedad» y publicados en 1922 por su viuda, Marianne Weber, rechazó un esquema de dos polos. Distinguió tres dimensiones de la distribución del poder en una comunidad: la clase, determinada por la posición en el mercado y por las oportunidades de vida que de ella se derivan; el estamento, basado en el prestigio y el honor social, que el dinero por sí solo no garantiza; y el partido, como organización dirigida a influir en el Estado.
Ralf Dahrendorf (1929–2009), sociólogo alemán formado en la London School of Economics, publicó en 1959 «Class and Class Conflict in Industrial Society». Su propuesta fue sustituir la posesión de la propiedad privada por el ejercicio de la autoridad, o la exclusión de ella, como criterio de formación de las clases. En una sociedad con grandes empresas gestionadas por directivos que no son sus propietarios, argumentaba, el conflicto se organiza en torno a quién manda y quién obedece.
El historiador británico E. P. Thompson ofreció en 1963 un enfoque distinto en «The Making of the English Working Class», publicado por Victor Gollancz. Estudió a artesanos, metodistas, luditas y sociedades radicales de Inglaterra entre 1780 y 1832 para mostrar cómo se formó una conciencia de clase compartida. Para Thompson la clase no era una casilla deducida de la estructura económica, sino un proceso que ocurre en la experiencia de las personas. En el prefacio declaró su intención de rescatar a los tejedores y a los luditas de «la enorme condescendencia de la posteridad». El historiador David Eastwood llamó al libro la obra histórica más influyente de la posguerra.
El concepto en el pensamiento latinoamericano
En América Latina el concepto llegó con los partidos socialistas y comunistas de comienzos del siglo XX, y pronto tuvo que adaptarse a sociedades donde la mayoría de la población no era obrera industrial sino campesina, indígena o afrodescendiente.
El caso más citado es el del peruano José Carlos Mariátegui (1894–1930). En sus «7 ensayos de interpretación de la realidad peruana», publicados en Lima en 1928, aplicó el materialismo histórico a su país y sostuvo que la cuestión del indio, antes que pedagógica, era económica y social, inseparable del problema de la tierra y del latifundio. Identificó en el Perú la coexistencia de una economía de rasgos feudales, una economía burguesa y restos de la comunidad indígena. Su obra se convirtió en referencia para quienes buscaban un análisis de clase que no copiara el esquema europeo.
En la segunda mitad del siglo, la difusión del vocabulario marxista pasó en buena medida por manuales. La socióloga chilena Marta Harnecker (1937–2019), que había estudiado en Francia con Louis Althusser desde 1962, escribió «Los conceptos elementales del materialismo histórico», publicado por Siglo XXI Editores y usado durante décadas en cursos de formación de partidos y sindicatos de habla hispana. Harnecker fue asesora del gobierno venezolano de Hugo Chávez entre 2002 y 2006.
Otras lecturas llegaron de Italia. La obra carcelaria de Antonio Gramsci, con su atención a la hegemonía y a la cultura, tuvo amplia recepción en la región, como se explica en la página sobre Bolívar, Garibaldi y Gramsci. Corrientes más minoritarias del marxismo italiano, como la que fundó Arrigo Cervetto en torno al periódico «Lotta Comunista», hicieron de la lucha de clases el centro de un análisis del imperialismo que se apartaba tanto del modelo soviético como de los partidos comunistas parlamentarios.
Después de 1991
La desaparición de la Unión Soviética reabrió la discusión sobre la vigencia del concepto. Para unos autores, el fin de los regímenes que se proclamaban herederos de Marx confirmaba que la historia no se movía por la lucha entre clases; para otros, había caído una forma de Estado y no el análisis de clase como herramienta. Los términos de ese debate, y su eco en la izquierda latinoamericana, se recogen en la página sobre el derrumbe del socialismo real.
En la sociología académica, el concepto convive hoy con enfoques de estratificación que miden ingresos, educación y ocupación sin presuponer un conflicto entre grupos. En los estudios históricos, la herencia de Thompson pesa más que la de Lenin.
Queda un detalle de la carta de 1852 que pocas veces se cita: Marx la envió a Weydemeyer para un periódico que este intentaba lanzar en Nueva York, y el primero de los historiadores a los que remitía el mérito, Thierry, seguía vivo en París, ciego, dictando sus últimos libros.