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Insertado: 08/06/2006
Los coyotes y
las mafias trafican con carne humana. Las imágenes de subsaharianos en
pateras tratando de alcanzar las costas canarias son un calco de camiones
transportando salvadoreños, guatemaltecos o mexicanos, cuyo deseo es pisar
suelo yanqui. Para unos Europa, para otros Estados Unidos. En ambos casos
el ansia de vivir en una sociedad de consumo. Romper el círculo de la
precariedad. Sin embargo, quienes se arriesgan no son los más pobres. Los
que pagan a sus enganchadores poseen propiedades, animales de labranza o
riquezas en hijas.
De lo contrario no
se pueden hipotecar, abandonar sus pueblos o ranchos. Es una decisión
meditada. Africanos, asiáticos y latinos están preparados. Resulta curioso
encontrarse con los "ilegales" de las pateras en los centros de acogida
llamando por sus teléfonos móviles informando que han llegado bien. No son
indigentes. Han vendido y han apostado con la muerte. Todo, menos
quedarse. Es legítimo.
Muchos hablan dos
idiomas, efecto de la colonización inglesa, francesa o italiana. Otros son
profesionales o jefes con poderes tribales. Pero se produce una ruptura
con su entorno. Sus valores culturales se identifican con otro mundo, el
del capitalismo agresivo o simple capitalismo que vende la televisión y
proyecta una vida donde todo resulta color de rosa y las depresiones se
solucionan en los centros comerciales.
Los otros, los
condenados de la tierra. Los pobres de solemnidad, los parias que viven la
miseria no tienen como horizonte irse a Europa o Chicago, sufren la
sobrexplotación del gamonal y los caciques locales. Son la solución
cotidiana para las oligarquías, aportan el excedente en horas de trabajo
impagado, en comercio injusto, en expolio de sus tierras comunales.
Continúan bajo el ser del colonialismo interno. Les aplican leyes
antiterroristas o simplemente les envían paramilitares. Los ejemplos con
los pueblos indios en América Latina están a la orden del día.
Qué decir en Africa,
donde las compañías trasnacionales esquilman todo tipo de riquezas
naturales, promueven guerras interétnicas y prueban en niños, mujeres y
varones virus y bacterias para fármacos de última generación. Sin olvidar
Asia, donde el gigante chino aplica la misma lógica en su dinámica de
acumulación y crecimiento económico. Los que se quedan, desean pelear en
sus países, no abandonan, resisten y se enfrentan con lo que tienen y como
pueden. El resultado es una lucha desigual. Ejército invadiendo
territorios, destruyendo milpas, policías violando, matando y reprimiendo.
Atenco, sin ir más lejos.
Hoy por hoy, los
defensores de la economía de mercado y el capitalismo se llenan la boca
con la libertad y la libre circulación de mercancías. Incluso, existe para
que el beneficio y el lucro circule libremente por todo el mundo. Se
premia a los máximos exponentes de la ganancia. Sin embargo, lo único que
no puede circular como mercancía libre en un mundo de mercancías es la
fuerza de trabajo. Una legislación restrictiva por parte del capital la
somete a condiciones de represión. Usted puede importar o exportar
cualquier producto, incluso trozos del cuerpo humano: intestinos,
corazones, hígados, páncreas, ojos o riñones. La OMC lo avala. Pero las
personas no pueden emigrar libremente. El capitalismo lo impide, levanta
muros.
No entiendo el
pánico de las elites políticas en Estados Unidos y Europa por evitar la
entrada de nuevos migrantes. Más aún cuando no son comunistas ni
terroristas. Se trata de gente adicta al capitalismo. Por sus venas corre
la ideología del dinero, la ganancia, el sacrificio, el ascetismo
ahorrador y el esfuerzo. La única peculiaridad: provienen de países
pobres. Comparten la meta del capitalismo originario: convertirse en
millonarios, en triunfadores. Quieren tener éxito.
No les importa ser
explotados y comenzar desde abajo. Pero los anfitriones piensan otra cosa,
saben que no es real. No hay lugar ni riqueza para tantos. De aquí su
temor. Lo malo es que no se les puede disuadir antes de su partida,
hacerlo pondría en cuestión toda la iconografía del capitalismo. Es mejor
que mueran en el intento o buscar soluciones aleatorias. Construir muros,
sacar el ejército o instruirlos en sus países de origen de la
imposibilidad del disfrute de los parabienes de la sociedad de consumo de
masas. En otras palabras, decirles que en el capitalismo no todos podrán
llegar a ser millonarios, tener éxito o ser banqueros.
Dentro del
capitalismo el número de migrantes, legales o ilegales, tiene límites. Su
racionalidad entra en crisis. Lo decía Celso Furtado en los años 60: la
forma de vida que proyecta no es posible extenderla a toda la población,
hacerlo supondría su colapso. Ese es el problema real. Explotados bajo el
capitalismo, estén en Nueva York, Madrid, Barcelona, París o Berlín y sean
o no emigrantes no tienen garantizadas las condiciones y calidad mínima de
vida.
Me refiero a salud,
trabajo, educación, vivienda o jubilación. No de otra manera se entiende
la gran revuelta en Francia. El capitalismo no resiste la prueba: sus
principios teóricos no son compatibles con su práctica.
La necesidad de
frenar la entrada de migrantes se ha transformado en una necesidad
perentoria si el capitalismo quiere sobrevivir como sistema. Sus olas
migratorias están sometidas a un escrupuloso criterio de explotación y
racionalidad. Más allá de ciertas cotas legales o ilegales, donde se
incorporan negros, blancos, mestizos o amarillos, se convierten en un
problema sin respuesta dentro de su dinámica de explotación. La actual
avalancha de emigración evidencia la irracionalidad de la explotación
capitalista del ser humano y de la naturaleza.
Insertado 08/06/2006 |