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Critica al neomarxismo (*)
Los “neomarxistas” son teóricos que hablan y escriben como representantes de
un “nuevo” marxismo y se proclaman precursores de una manera “distinta” de
entender el -llamado por ellos- marxismo ortodoxo, dogmático o clásico.
Joan Robinson, Erik Hotsbawn, Galvano Della
Volpe, Lucio Coletti, Louis Althusser, Etienne Balibar, Nicos Poulantzas,
Michael Foucault, Walter Benjamin, Theodor Adorno, Jürgen Haberlas, Erich
Fromm, Leo Lowenthal, Herbert Marcuse, Max Horkheimer, Friedrich Pollock,
Paul Baran, Paul Sweezy, Samir Amín han sido entre los mas destacado
neomarxistas. Últimamente, con mayor asiduidad periodística, destacan Noam Chomsky, James Petras, Sami Nair y Eduard Said.
Esta corriente de pensamiento surgió a mediados del siglo pasado en
centroeuropa, más concretamente en la universidad de Frankfurt, teniendo
como figuras más destacadas a Pollock, Horkheimer, Adorno y Marcuse. Esta
escuela, al otro lado del charco, estuvo representada fundamentalmente por
Paul Baran, profesor en la universidad de Stanford y Paul Sweezi, fundador
de la revista Monthly Review. Tanto los europeos como los americanos
propugnaron la “Teoría política del atraso”. Teoría que, a grandes rasgos,
defiende que los países atrasados de la periferia capitalista no podrán
abandonar el vagón de cola del sistema internacional del capitalismo como
consecuencia de que en esos estados falta un mercado interno con contenido
suficiente como para impulsar, por si mismo, un desarrollo capaz de
suprimir ese atraso relativo y, además, porque a esa falta de mercado
interior, se le suma la competencia desigual que ejercen los países centro
económicos respecto de su periferia, como resultado, fundamentalmente, de
una mayor productividad y a que controlan los mecanismos del intercambio
internacional. A esta corriente de pensamiento se sumó Samir Amín desde
África. Egipcio de nacimiento, pero graduado en la universidad de París
en políticas, estadística y economía. Samir Amín ocupó la dirección del
”Instituto Africano de Desarrollo Económico y Planificación”. En la
actualidad, preside el “Foro del Tercer Mundo” asociación de intelectuales
de África, Asia y América Latina que se preocupan por encontrar fórmulas
de desarrollo para sus respectivos países y, si es posible, conjugándolo
con un reparto equitativo de la riqueza.
Samir es un autor prolífico que se ha ocupado de las consecuencias
sociales y humanas del desarrollo desigual del capitalismo. Gran parte de
lo que este autor ha escrito se apoya en la realidad sangrante que padecen
las clases subalternas en la periferia del sistema y, claro está, cuanto
más acentuado es el subdesarrollo mayor es la dependencia nacional de los
países que lo soportan y peores las condiciones que sufren los explotados
allí
En este caldo de cultivo de la penuria relativa, mayor es el atractivo
que suscita la denuncia de autores que, como Samir Amín, critican las
dramáticas consecuencias que conlleva el estado de atraso relativo al que
se ven sometidas las naciones capitalistas más dependientes, la
explotación añadida que supone el intercambio desigual que los países de
la cadena imperialista ejercen sobre ellas, y los efectos disolventes que
sobre numerosas comunidades indígenas de esos mismos países dependientes
provoca la introducción de relaciones capitalistas salvajes.
Hasta aquí, en cuanto a la denuncia de las consecuencias del
capitalismo en su periferia subdesarrollada, entendemos que no hay nada
que objetar en tanto que son más que evidentes. Pero la cosa cambia cuando
se trata de explicar sus causas y proponer las consecuentes alternativas
de solución política al problema del desarrollo desigual. Aquí es donde
los caminos propuestos por el marxismo ortodoxo y el neomarxismo se
bifurcan.
Y es que quienes profesamos el Materialismo Histórico como concepción
del mundo y método de análisis de la realidad capitalista, entendemos que
para superar el desarrollo desigual y las lacerantes consecuencias
sociales y humanas del atraso relativo, hay que atenerse a la dialéctica
entre las dos clases universales antagónicas de la sociedad moderna,
optando en esa contradicción fundamental por los intereses históricos del
proletariado mundial, planteando la lucha en estos términos con el
objetivo claro de acabar con las relaciones capitalistas en el Mundo.
Los neomarxistas, en cambio, sostienen que para superar el desarrollo
desigual en el Mundo hay que supeditar la dialéctica entre las dos clases
universales, a la dialéctica entre la burguesía imperialista y las
burguesías nacionales de los países dependientes, proponiendo al
proletariado de estos últimos que haga frente común con sus respectivos
patronos en su lucha particular por la liberación nacional.
A pesar de que Samir Amín no se encuentre entre los que apoyaron, en su
momento, explícitamente al nacionalista burgués Abdel Nasser, sin duda
abrevó en el pozo que el nasserismo dejó en África y los países árabes a
partir de los años 60 del siglo pasado
(1),
como parte de la llamada “revolución anticolonial” que floreció durante
aquél período. Un proyecto antiimperialista pequeñoburgués cimentado al
interior de cada país capitalista dependiente, que cristalizó por primera
vez tras el VII Congreso stalinista de la IIIª Internacional donde quedó
consagrado el Frente Popular como alianza entre las burguesías nacionales
y sus respectivas clases obreras para solventar sus conflictos
particulares con el capital más desarrollado de las metrópolis
imperialistas.
Hoy día Samir debiera saber que la acumulación del capital en los
países subdesarrollados, medró hasta convertirse en grande y mediano al
amparo de la dramática interrupción del comercio mundial y el consecuente
debilitamiento momentáneo de sus vínculos de dependencia con el
imperialismo, provocado por la crisis de los años treinta y la Segunda
Guerra Mundial. También debe saber que una vez acabado el período post
bélico de reconstrucción y reanudación del proceso de acumulación en
Europa y EE.UU. a partir de la primera mitad de la década de los
cincuenta, diez años después ese capital cedió finalmente a la
irresistible presión del capital imperialista excedentario hasta acabar
fusionándose con él, de modo que seguir hablando en esos países de capital
nacional, ha pasado a ser el tópico teórico que alienta la actual farsa
política —en muchos casos sangrienta— en que se ha convertido la consigna
de la “liberación nacional”.
Samir Amín debe saber, pues —y lo sabe—, que los proyectos “populistas”
de desarrollo autosostenido del capital nacional periférico carecen de
sentido. Pero prefiere abstraerse de esa verdad porque se siente pueblo,
esa categoría social a medio camino entre la gran burguesía y el
proletariado. Necesita sentirse políticamente ubicado en el justo medio de
esa contradicción definida por el vocablo “pueblo”, posición equidistante
e “imparcial” a la que se consagra con tanta fuerza como rechaza sus
extremos; y es que ambos le horrorizan por igual en tanto que cualquiera
de ellos supone su práctica desaparición social:
<<El PEQUEÑOBURGUÉS, en una sociedad avanzada y, como
consecuencia necesaria de su posición social (intermedia),
por una parte se hace socialista y, por otra, economista; es decir,
está deslumbrado por las magnificencias de la alta burguesía y sin
embargo con los dolores del pueblo. Es al propio tiempo burgués y
pueblo. Se jacta en el fuero interno de su conciencia, de ser
imparcial, de haber encontrado el justo equilibrio (…)
Semejante pequeñoburgués diviniza la CONTRADICCIÓN, puesto que la
contradicción es el núcleo de su ser. Él no es sino la contradicción
social en acción. Él debe justificar en la teoría lo que es en la
práctica>>. (K. Marx: “Carta a Annenkov” 28/12/1846.
Lo entre paréntesis nuestro)
Y la mejor forma que ha encontrado la pequeñoburguesía desde los tiempos
de Proudhon de impedir que la contradicción entre burguesía y proletariado
se resuelva para poder seguir divinizándola como a la gallina de los
huevos de oro, es conseguir que el proletariado se distraiga rindiendo
culto a la contradicción entre la grande y la pequeñoburguesía tomando
partido por esta última: el Frente Popular. Y como el señor Samir Amín ha
querido pasar a la historia, por su originalidad en la industria del
entretenimiento político, nos ha propuesto otra alternativa distinta a la
tradicional inventada por la ya fenecida IIIª Internacional, aunque de
novedosa no tiene nada, porque eso ya lo propuso Simón Bolívar en su
tiempo Se trata de una alternativa igualmente irrealizable como es la
creación de espacios económicos internacionales entre países relativamente
atrasados que, en conjunto, puedan conformar mercados más amplios a fin de
renegociar la dependencia desde posiciones más favorables con las
potencias dominantes que, hasta la fecha, tienen el monopolio de los
flujos financieros, el control de la tecnología, las comunicaciones y el
acceso privilegiado a los recursos naturales. Su proposición propugna el
“idílico” objetivo de salirse de los circuitos capitalistas imperantes —a
esto le da el nombre de “desconexión”— y en eso consiste su proposición
teoría como fundamento de su fórmula política para presuntamente oponerse
a los desastres del capitalismo.
Decimos “idílico” porque mientras no se instaure en estos países un
sistema socialista capaz de superar las leyes que rigen en el capitalismo,
por mucho que sus residuales burguesías nacionales se alíen entre sí, es
del todo imposible romper los vínculos con un capital que opera ya a
escala planetaria y porque, además, aun en el hipotético caso de que se
formasen bloques de países “desconectados”, tan sólo sería cuestión de
tiempo que en estos bloques se volviera a reproducir las mismas
condiciones de las que pretendían escapar, porque mientras se mantengan
las relaciones de producción capitalista en ellos es imposible evitar que
el capital vaya creciendo en la misma medida que se va acumulando y, por
tanto, se vaya acrecentando la diferenciación entre poseedores y
desposeídos. Es más, nadie podría impedir que dentro de esos bloques
económicos cerrados el país con un capital nacional relativamente más
desarrollado ejerza un nuevo dominio imperialista sobre sus contrapartes
dependientes, o sea, que la proposición consistiría en volver atrás las
ruedas de la historia para repetirla como si de una “moviola” se tratara.
El propio Samir Amín reconoce en primer lugar que el capital opera ya a
escala planetaria y que además, por mucho que se quiera evitar el fenómeno
de la polarización, éste forma parte de la misma naturaleza del capital:
<<El análisis que propongo está inscrito en una visión
histórica general de la expansión del capitalismo...( )...En esta
visión, el capitalismo ha sido siempre, desde sus orígenes, un
sistema polarizante por naturaleza, es decir, imperialista. Esta
polarización — es decir, la construcción concomitante de centros
dominantes y periferias dominadas y su reproducción más profunda en
cada etapa— es propia del proceso de acumulación del capital operante
a escala mundial,>> (Samir Amín: “Geopolítica del
imperialismo contemporáneo” el subrayado nuestro )
Samir proclama que desea eliminar la contradicción dialéctica al interior
del sistema entre el capital imperialista que por un lado, necesita de la
libre circulación de capitales y, por el otro, la resistencia que ofrece
el teórico bloque de poder internacional formado por la alianza entre las
distintas burguesías nacionales y sus respectivos asalariados. El
ejemplo más claro de esa contradicción dialéctica sería la que se esta
dando “ahorita” entre EE..UU y el pretendido bloque llamado ALBA. Pero la
cuestión es que esa contradicción está constituida por dos fuerzas
antagónicas aunque históricamente conciliables en tanto que comparten la
misma esencia social burguesa. Por tanto, el polo dialéctico presuntamente
progresivo de esa lucha no puede trascender políticamente al propio
sistema económico-social capitalista, causa en sí y por sí irremediable de
los males que padece la humanidad.
Como hemos dicho ya, Samir Amín está considerado por sus numerosos
acólitos entre los grandes analistas críticos del intercambio capitalista
desigual. Al respecto hay que señalar aquí que, entre 1975 y 1986, la idea
de la combinación entre desarrollo y subdesarrollo en el Mundo como algo
funcional y consustancial a la realidad internacional del capitalismo, fue
recurrente en las obras de Amín, donde llegó a considerarla indispensable
para la propia existencia del gran capital imperialista —idea que
compartió con colegas neomarxistas como Palloix y Laclau—, negando todavía
en 1986, incluso que en los países dependientes pudiera cristalizar ”una
burguesía nacional de empresarios”.
Amín sigue conservando su prestigio de analista serio y progresista a
despecho de que la realidad muestre otra cosa. Porque es un hecho evidente
que las manifestaciones económicas y políticas del desarrollo
internacional desigual se han ido modificando hasta suavizarse con
tendencia a desaparecer. No precisamente por influjo del desarrollo
autosostenido del capital nacional periférico, sino por determinación de
la ley del valor a instancias del gran capital excedentario procedente de
los países imperialistas.
De hecho, en los últimos cuarenta años los países dependientes han
venido creciendo tan o más que los países del centro capitalista imperial.
En efecto:
<<Entre 1960 y 1968 las economías capita¬listas adelanta¬das
crecie¬ron a tasas anuales del 5,2%, y los países subdesarro¬llados al
5,3%; entre 1968 y 1979 los primeros lo hicieron al 3,5% anual, y los
segun¬dos al 6,2%. Las industrias de los países atrasados crecían,
entre 1960 y 1968, al 8,5% anual, y entre 1969 y 1979 al 6,4% (datos
tomados de Omina¬mi, 1986). Entre 1970 y 1980 el creci¬miento del
valor agregado en la manufactura de los países latinoamericanos fue
del 6,4% anual y en el este y sudeste asiático del 11,5% anual (datos
de Ayres y Clark, 1998); el empleo industrial en los países
subde¬sarro¬llados creció, entre 1971 y 1982, el 58% (dato tomado de
Callini¬cos, 1993, p.239). Además la exten¬sión y profun¬diza¬ción de
las rela¬ciones capita¬listas se registraron en el comercio,
transporte y otros rubros de "servi¬cios".>> (R. Astarita y
O. Colombo: “Revalorizando la dependencia a la luz de la crítica a
la tesis del estancamiento crónico”).
Y ese crecimiento en los países de desarrollo medio, como México,
Argentina, Brasil o Chile, ha venido acompañado por la fusión entre el
capital nacional dependiente de esos países con las grandes empresas
multinacionales localizadas allí. Sin embargo, Amín ha seguido
escondiendo su cabeza bajo el ala del desarrollo desigual estructural para
despreciar la contradicción entre las dos clases fundamentales
irreconciliables dentro del sistema capitalista: la clase obrera y la
burguesía. Samir obvia esa contradicción para destacar que, para él, la
contradicción principal está dada por las relaciones entre los países
centroeconómicos y la periferia capitalista, es decir, una contradicción
de carácter interburgués sin visos de solución en sí misma trascendente
del sistema. Por tanto, lo que nos cuenta Samir en sus libros son eso:
cuentos. Porque ni están en la realidad del capitalismo ni
consecuentemente contribuyen a su necesario conocimiento dado que
restringe o limita ese conocimiento de la realidad a la dialéctica entre
capitales nacionales de diverso grado de acumulación, lo cual deforma
monstruosamente el conocimiento del capitalismo en su totalidad.
Este señor disecciona, separa o aparta convenientemente la dificultad
que, para los intereses que él representa, supone considerar al
capitalismo en su conjunto como
dialéctica objetiva entre el capital y el trabajo,
circunscribiéndolo a las relaciones entre capitalistas. Practica, por
tanto, un cretinismo intelectual de la peor especie. Porque no se trata de
“desconectarse” del Imperialismo dando a entender que así sería cuestión
de tiempo esperar ilusoriamente que se cayera como una pera madura, sino
de combatir al capitalismo a escala internacional.
Porque aun aceptando que esa proposición estratégica de Amín se
cumpliera y el capital imperialista desapareciera como un tumor maligno
sometido a quimioterapia, lo cierto es que, en tanto y cuanto la propiedad
privada sobre los medios de producción y su necesario correlato: la
competencia, se mantienen intangibles, ahí sí que sería realmente sólo
cuestión de tiempo esperar que los monopolios imperialistas se
reprodujeran espontáneamente, tal como Engels lo anunciara por primera vez
en 1843 al publicar su "Esbozo de una crítica de la economía política”
publicado por primera vez en los “Anales Franco Alemanes”, trabajo que
Marx califico de “genial” (Ver: Feüerbach y el fin de la filosofía clásica
alemana”):
<<Lo contrario de la competencia es el monopolio. El monopolio
fue el grito de guerra de los mercantilistas, la competencia es el de
los economistas liberales. Resulta fácil ver que su oposición es
aparente. Todo competidor, ya sea obrero terrateniente o capitalista,
debe anhelar la conquista de un monopolio. Cada grupo de competidores
debe anhelar utilizar, en beneficio propio, el monopolio contra los
otros. La competencia se basa en el interés que engendra el monopolio,
y por lo tanto, termina en el monopolio. Éste, por su parte, no puede
impedir el desarrollo de la competencia, antes bien, lo engendra, como
lo demuestran las interdicciones de importación y las tarifas
proteccionistas que dan por resultado el desarrollo del contrabando>>.
(F. Engels: Op. cit.).
El corolario de todo esto, es que en la sociedad capitalista la tendencia
al monopolio es imposible de erradicar mientras no se erradique el
monopolio por excelencia: la propiedad privada sobre los medios de
producción. Y el problema que tienen individuos como Samir Amín, radica en
que ellos no pueden aceptar semejante cosa, porque llevan el monopolio de
la propiedad privada, en este caso el de la propiedad intelectual, metido
en la sangre. Marx llama “conocimiento concreto”
de una sociedad dada al “concreto pensado” sobre
su totalidad como objeto de ese conocimiento, en
nuestro caso la economía política del capitalismo; es decir, al
conocimiento de los fenómenos o forma de
manifestación de este objeto por su esencia según
su concepto, entendido el objeto como totalidad o
unidad dialéctica de contrarios u opuestos. La
ciencia de la economía política parte, pues, de la relación
dialéctica primordial entre capital y trabajo. Solo así cada
fenómeno del objeto —en nuestro caso el intercambio internacional
desigual— puede llegar a tener significación y sentido científicos, de tal
modo que “las consecuencias” del capitalismo en su periferia —de las que
habla Samir—, sólo pueden conocerse o explicarse si se los pone en
relación con su esencia, y a esa
esencia con la causa formal,
concepto o principio activo
del capitalismo como totalidad (de fenómenos y
esencias), es decir, puesto en relación con la transformación del trabajo
necesario en excedente para los fines de la acumulación.
¿En qué reside o consiste la esencia de las
raíces en cualquier vegetal? En extraer los nutrientes de la tierra para
convertirlos en savia. ¿Cuál es su concepto o
principio activo? La fotosíntesis. ¿En qué reside la esencia del
intercambio desigual de plusvalor? En la distinta composición orgánica de
los capitales. ¿Cuál es el concepto de esa esencia como totalidad orgánica
que hace al comportamiento de la burguesía en su conjunto? Apoderarse de
la mayor cantidad posible de trabajo necesario para convertirla en
excedente a los fines de la acumulación.
Samir Amín no pone su intelecto en conexión con nada de esto.
Simplemente se limita a deambular entre las formas de manifestación del
capitalismo internacional —en nuestro caso el intercambio desigual— para
relevar de ahí lo que conviene a su condición de intelectual
pequeñoburgués. A esto se le llama pragmatismo, nada que ver con la verdad
científica. La pequeñoburguesía intelectual piensa y refleja en su
discurso lo que parece ser, como en un espejo, escamoteando no sólo el ser
esencial que subyace a ese parecer, sino también su concepto o razón de
ser.
La dialéctica entre capitales, esto es, la competencia, es una forma de
manifestación o causa eficiente de la lógica del
capital social global que se verifica en la esfera de la circulación o
intercambio entre mercancías y dinero. ¿Cual es la esencia
de esa dialéctica entre capitales?, el reparto del plusvalor global
producido entre capitalistas que operan con diversa masa de valor en
funciones y distinta composición orgánica de sus capitales. ¿Cuál su
concepto?, la producción de plusvalor para los fines de la reproducción
ampliada, que es, precisamente, la causa formal o
concepto del capitalismo, determinada por la
relación de producción entre capitalistas y asalariados.
¿Qué clase de conocimiento es el que nos brinda éste señor, que
aisla, o independiza convenientemente el
intercambio desigual desconectándolo de su causa
formal o concepto? ¿No es su idea de
la “desconexión” una determinación abstracta en tanto que no está mediada
o conectada —a través del pensamiento— con la esencia de cada
fenómeno y el concepto de la
totalidad orgánica llamada capitalismo, esto es, con la
ley del valor? Entonces, ¿con qué fundamento podemos decir que el señor
Amín “ha contribuido a la lucha internacional”, en su calidad de
intelectual o teórico supuestamente anticapitalista?.
Samir Amín postula que las nefastas consecuencias que padecen los
explotados del llamado “tercer mundo” no se derivan del capitalismo, sino
de su parte más desarrollada. Como si éste fuera “el lado malo” de la
competencia —al decir de Proudhon. Éste, el de la gran burguesía de los
países imperialistas, es uno de los dos polos de la relación dialéctica en
la esfera de la circulación internacional de los capitales, cuyo otro polo
es el capital nacional dependiente, es decir, según Amín, “el lado bueno”
de la competencia interburguesa, ¿no es eso? Pues, ¡NO! El capitalismo es
el capitalismo del mismo modo que una manzana es una manzana. No está
compuesto de dos totalidades distintas sino de una
totalidad conceptual de dos partes
fundamentales antagónicas históricamente irreconciliables,
una de la cuales es el proletariado internacional y la otra el capital,
donde este último se presenta o aparece, a su vez,
como una unidad dialéctica entre dos
opuestos de idéntica naturaleza social: los capitales
oligopólicos de los países centros económicos y los capitales dependientes
de su periferia.
Esta dialéctica interburguesa se basa en el desarrollo desigual y
espasmódico de la economía capitalista, tanto al interior de cada país
como a escala internacional, determinado por la desigual masa
de valor y composición orgánica de los capitales en función,
que interactúan entre ellos, cada cual tratando de rapiñar para sí la
mayor parte posible del plusvalor producido por los asalariados. Una
realidad que no puede descomponerse maniqueamente en una parte buena y
otra mala, como si la parte buena fuera el “Pepito grillo” u “otro yo” del
capitalismo, cuando, en realidad, ambas partes de
la relación interburguesa son de
idéntica naturaleza social explotadora de trabajo ajeno,
donde las consecuencias de una sobre la otra no pueden evitarse —como
decíamos más arriba—, sin acabar con la
relación dialéctica primordial fundamental, expropiando a
los grandes y medianos explotadores e introduciendo al mismo tiempo el
control obrero sobre los pequeños, como paso previo a su socialización.
Atribuir al centro capitalista las consecuencias que se verifican en su
periferia, es lo mismo que atribuir al polo eléctrico negativo lo que pasa
cuando alguien se electrocuta. ¿Cómo explica Samir Amín el polo de
absoluta penuria “underground” que habita en el subsuelo de metrópolis
como New York o Londres? ¿Qué contribución es la de este hombre a “la
lucha internacional” por mediación del necesario conocimiento del
capitalismo, si las leyes del sistema no se tienen en cuenta o se las
mutila para manipular y tergiversar su realidad de forma tan grosera, y se
atribuye el fenómeno del intercambio desigual a la burguesía imperialista,
como si ese fenómeno no fuera producto de la identidad
dialéctica de contrarios naturalmente complementarios entre
capitales de diverso valor y distinta composición orgánica, dedicados
todos ellos a explotar trabajo ajeno?.
¿De dónde salen a la luz del pensamiento científico las leyes del
capitalismo, sino como resultado de poner como objeto de estudio la
unidad dialéctica fundamental entre el capital y
el trabajo enajenado? ¿Y en que parte de los análisis que hacen teóricos
como Amín, aparece considerada esta unidad fundamental o maestra, entre
contrarios no complementarios o
históricamente irreconciliables, primordial a la hora de
explicar fenómenos o formas de manifestación derivadas o subrogadas de esa
dialéctica fundamental, como es el intercambio internacional desigual
entre capitales nacionales de distinta magnitud de valor en funciones y
consecuente desigual composición orgánica?.
En su trabajo de 1988, Samir Amín propone a las burguesías nacionales
dependientes “desconectarse” políticamente de la
lógica realmente subrogada o de segundo orden que él considera de primer
orden, como es la lógica de su dependencia respecto de los países
imperialistas. Para ello plantea un proyecto de acumulación políticamente
“autocentrado”, es decir, un proyecto de autodesarrollo sostenido del
capital nacional periférico políticamente asistido,
algo así como un capitalismo en permanente “unidad de vigilancia
intensiva”. Nada nuevo bajo el Sol. Se trata, en esencia, de violentar la
Ley del valor condicionando políticamente a uno de
los dos polos de la dialéctica interburguesa, el polo del capital
imperialista que, en relación de identidad con el
otro polo —el económicamente dependiente— tiende naturalmente
a la nivelación internacional de las distintas tasas de ganancia. Se
trata, pues, para los discípulos de Proudhon, de romper
políticamente con esa mecánica del capital social global, con
esa tendencia objetiva del capitalismo a la desigualdad en los
intercambios —su “lado malo”—, para conseguir que del capitalismo
explotador quede sólo su “lado bueno”, la igualdad o equivalencia en los
intercambios internacionales según sus valores, o lo más cerca posible de
esa equivalencia. Marx en su crítica a Proudhon dice:
<<Las hipótesis no se sientan sino como un fin determinado. El
fin que se propone en primer lugar el genio social que habla por boca
del señor Proudhon, es eliminar lo que haya de malo en cada categoría
económica, para que no quede más que lo bueno. El bien, el bien
supremo, el verdadero fin práctico para él es la igualdad.
(…)
En adelante, el lado bueno de cada relación económica es el que afirma
la igualdad, y el lado malo el que la niega y afirma la desigualdad.
En resumen, la igualdad es la intención primitiva, la
tendencia mística, el fin providencial que el genio
social no pierde nunca de vista, girando en el círculo de las
contradicciones económicas. Por eso la Providencia
(Política, ni más ni menos que como el señor Samir Amín) es la
locomotora que hace marchar todo el bagaje económico del señor
Proudhon mucho mejor que su razón pura y etérea. Nuestro autor ha
consagrado a la Providencia todo un capítulo que sigue al de los
impuestos.
Sabido es que en Escocia aumentó el valor de la tierra gracias al
desarrollo de la industria inglesa. Esta industria abrió a la lana
nuevos mercados de venta. Para producir la lana en vasta escala, era
preciso transformar los campos de labor en pastizales. Para efectuar
esta transformación, era preciso concentrar la propiedad
(territorial). Para concentrar la propiedad, era preciso
acabar con las pequeñas haciendas de los arrendatarios, expulsar a
miles de ellos de su país natal y colocar en su lugar a unos cuantos
pastores encargados de cuidar millones de ovejas. Así, pues, la
propiedad territorial condujo en Escocia, mediante transformaciones
sucesivas, a que los seres humanos se vieran reemplazados por las
ovejas. Decid ahora que el fin providencial de la institución de la
propiedad territorial en Escocia, era hacer que los seres humanos
fuesen reemplazados por las ovejas y tendréis la historia
providencial.>> (K. Marx “Miseria de la filosofía”
Cap. II. § 1 El método. Séptima observación. Lo entre paréntesis
nuestro).
¿Cuál es en el contexto de este pasaje de la obra citada de Marx el lado
malo? Evidentemente, el desarrollo capitalista de la industria inglesa que
tuvo como consecuencia el desarraigo y la miseria más absoluta, la
desgracia terrible de cientos de miles de seres humanos que hasta ese
fatídico momento habían vivido providencialmente de esa manera tan
bucólica y en apariencia idílica o ideal a los ojos del cretinismo
pequeñoburgués. Si la historia hubiera procedido según la providencia de
todos los Proudhon y Samir Amín del Mundo, los campesinos seguirían
todavía instalados en la economía patriarcal y la humanidad no hubiera
podido salir de aquél agujero negro de atraso material, indigencia,
superstición y completa ignorancia sobre la verdadera naturaleza de la
sociedad en que hemos venido viviendo los seres humanos y sobre nuestras
propias condiciones históricas de vida y nuestras perspectivas de futuro
como seres racionales antes de que irrumpiera el capitalismo. Fueron las
leyes naturales del capitalismo las que permitieron por primera vez a la
humanidad, conocer las verdaderas condiciones de vida de la sociedad,
convirtiendo la historia en ciencia. La filosofía política de todos los
Samir Amín comprendidos en el movimiento intelectual “neomarxista”, pugnan
por reproducir entre la vanguardia natural de los explotados el mismo
espíritu de Proudhon. Semejante proposición consiste en independizar a la
política de la economía política, esto es, al Estado protector burgués, de
la Ley del valor. Aportan así la prueba más elocuente de que estos
cretinos del pensamiento no han entendido nada acerca del la idea de
totalidad conceptual de un objeto de estudio y de
la Ley General de la Acumulación Capitalista, ni de las causas objetivas
que determinan la tendencia —irresistible bajo el capitalismo— a la
formación de una tasa internacional de ganancia media sobre la base del
desarrollo desigual, a instancias del intercambio desigual, tanto a escala
nacional como a escala internacional. Y demuestran no haber entendido nada
de esto porque no son capaces de ponerse con el pensamiento y la acción
por encima de su propia condición burguesa de existencia.
Y es que, aunque no lo parezca, ni la distribución del
producto de valor (suma de salarios más plusvalor) se
determina o rige por la lucha entre capitalistas y obreros, ni la
distribución del plusvalor a escala internacional está determinada por la
competencia entre los distintos capitales en la esfera de la circulación.
La competencia no determina la distribución nacional e internacional del
producto de valor entre capitalistas y asalariados, ni del plusvalor entre
países de distinto desarrollo económico, aunque sí permite
realizar o concretar esa
distribución.
La competencia es el vehículo pero no el vector del
proceso de distribución. No es ni su fuerza motriz ni su conductor. Esa
distribución se determina en el momento de la
producción según la distinta magnitud y
composición de valor con que cada fracción de la burguesía o
capitalistas particulares asociados participan en el común negocio de
explotar trabajo ajeno, tanto a escala nacional como a escala internacional.
Esta distribución no la pueden conocer a priori los agentes de la producción
porque cada empresa capitalista procede con independencia de las demás. Es
en el mercado, en la esfera de la circulación de las mercancías, donde esos
distintos productores dejan de ser independientes al relacionarse entre sí
dando pábulo al fenómeno de la competencia.
Son pues, las condiciones de la circulación o competencia
intercapitalista las que fijan post festum una distribución del
plusvalor que las condiciones de la producción determinan antes de que la
puja intercapitalista por vender cada cual sus respectivas mercancías en las
mejores condiciones, ponga finalmente a cada cual en el sitio de la
distribución según la magnitud de capital con que han contribuido a la
explotación de trabajo ajeno, algo que sólo la ciencia económica
—descubriendo la Ley del valor— pudo ver con certeza:
<<Como éstos [los productores
burgueses] sólo se enfrentan [en la circulación o
mercado] como poseedores de mercancías y cada uno procura vender
lo más caro posible su mercancía (incluso, aparentemente, sólo los guía
su arbitrariedad en la regulación de la producción misma), la ley
interna [de la producción] sólo se impone por
intermedio de su competencia, de la presión recíproca de unos sobre
otros, gracias a lo cual se anulan mutuamente las divergencias
[acaban primando las condiciones objetivas de la producción, y el
plusvalor distribuido según la masa y composición de valor de los
respectivos capitales]. La ley del valor sólo opera aquí frente
a los agentes individuales, como ley interna, como ciega ley natural, e
impone el equilibrio social de la producción en medio de las
fluctuaciones casuales [el tira y afloja competencial]
de la misma.>> (K. Marx: “El Capital” Libro III Cap.
LI. Lo entre corchetes nuestro)
Lo que intelectuales como Samir Amín escamotean en sus
análisis, es:
- Que todo lo que se ha venido produciendo en cualquier tipo de
sociedad, es un producto social.
- Que bajo el capitalismo no se trata de producir riqueza sino valor; y
no sólo valor sino, ante todo, plusvalor. Tal es la especificidad que
distingue a la sociedad burguesa de sus históricas formas sociales
precedentes.
- Que la distribución de ese plusvalor no está determinado por las
condiciones de la circulación, sino por las condiciones de su producción,
esto es, por la magnitud y las distintas composiciones de valor de los
respectivos capitales que compiten, tanto a escala nacional como a escala
internacional.
Por tanto, la pretendida “desconexión” política contra
natura de las relaciones económicas internacionales entre el Centro y la
Periferia capitalista, que pretende acabar con el drenaje de plusvalor desde
el capital nacional de los países capitalistas dependientes hacia los
capitales nacionales oligopólicos de los países imperialistas, es lógica y
prácticamente incompatible con la dinámica del sistema capitalista en su
conjunto, entendido como identidad dialéctica orgánica
o cofradía de explotadores en la que interactúan los
diversos capitales en tanto que contrarios de la misma o idéntica
naturaleza social.
Y es incompatible, sencillamente porque esa “desconexión”
en aras de un pretendido “desarrollo autocentrado” o autodesarrollo
sostenido del capital periférico políticamente asistido, tornaría imposible
la acumulación del capital como un continuo, tanto
en uno como en el otro polo de esa relación dialéctica políticamente
truncada contra natura. En el polo de los capitales nacionales de los países
dependientes, porque se verían privados del aporte de capital
fijo excedentario proveniente de los países imperialistas en
condiciones de sobresaturación, vital para el impulso del propio proceso de
acumulación nacional en los países capitalistas dependientes; en el polo de
los capitales oligopólicos de los países Centros económicos o imperialistas,
porque al verse privados de esa fuente de plusvalor adicional proveniente de
los países subdesarrollados, el descenso tendencial de sus tasas nacionales
de ganancia se aceleraría hasta el punto de resultarles indiferente invertir
en procesos de producción cuyo rédito sería igual o inferior al capital
invertido. Y esto supondría el derrumbe del capitalismo en su conjunto. Pero
para evitar esta posibilidad está el recurso de la burguesía de última
instancia que son los ejércitos.
A la luz de este concreto pensado,
es evidente que semejante proposición política de “desarrollo autocentrado”
del capital nacional dependiente, no puede resultar
subjetivamente interesante para ninguno de los dos polos de la
dialéctica internacional capitalista, ni objetivamente
viable para la continuidad del sistema como negocio de explotar trabajo
ajeno. Una vez más, pues, como ha venido sucediendo con las determinaciones
teóricas abstractas de los intelectuales pequeñoburgueses —que quieren el
capitalismo pero no sus necesarias consecuencias— la proposición de Samir
Amín sólo tiene valor político propagandístico para las burguesías
dependientes de cara a su clientela política, a fin de mantener a las masas
explotadas cautivas de sus intereses, como masa de maniobra o instrumento
propicio para intentar renegociar políticamente con el imperialismo las
condiciones más favorables en el reparto del plusvalor —creado por sus
asalariados— sólo posibles en circunstancias muy excepcionales
objetivamente determinadas.
En tal sentido, no se descarta que los movimientos de la
izquierda burguesa seguidores de esta intelectualidad reformista, como ha
venido sucediendo durante estos últimos setenta años, puedan reunir una vez
más las fuerzas sociales y políticas necesarias, para intentar poner en la
escena política internacional nuevas aventuras a despecho de los reiterados
fracasos al costo de inútiles sangrías humanas de magnitud, como las
acaecidas desde fines de la década de los sesenta hasta la debacle de la
burocracia soviética falsamente socialista en 1991. y ni que decir tiene que
el populismo chavista va por ahí preparando otro equilibrio bélico de
proporciones humanas catastróficas.
Lo que estos teóricos “neomarxistas” omiten reconocer es
que semejantes intentos sólo fueron momentáneamente viables en épocas de
recuperación y alza en las tasas de ganancia del sistema, o bien durante las
interrupciones del tráfico internacional provocadas por enfrentamientos
bélicos de magnitud o grandes crisis económicas sistémicas. Y el caso es que
según progresan las fuerzas productivas y avanza el proceso de acumulación
del capital mundial, los períodos de recuperación y auge son cada vez más
cortos y relativamente más exiguos en réditos respecto de la masa del
capital empleado.
De este modo, si se deja intacto el monopolio de la
propiedad privada sobre los medios de producción en ambos polos de la
relación dialéctica del intercambio internacional, cualquiera de las formas
políticas frentepopulistas que las burguesías de la periferia capitalista
—ligadas al mercado interno— se inventen para renegociar el flujo de
plusvalor creado en sus países hacia los centros oligopólicos, la dictadura
de la Ley del valor determinará cada vez más férreamente que dichas formas
políticas de reparto sean cada vez más efímeras y difíciles de implementar.
En efecto, dado que por su identidad de naturaleza capitalista
las burguesías dependientes no se plantean romper en ningún momento con la
lógica sistémica del capitalismo, la pretendida “desconexión” no haría más
que trastornar gravemente la economía capitalista en su conjunto tal como
acabamos de explicar. Esto la Ley del valor no lo tolera, por eso es que
cuando esa Ley pide paso a instancias de su recurso de última instancia: el
bélico de sus instituciones armadas, la pequeñoburguesía siempre sabe dar un
paso al costado aunque eso le suponga apretarse el cinturón. Y cada vez que,
en tales circunstancias el proletariado llama traidores a sus dirigentes del
“Frente Popular”, los revolucionarios contestamos: “traidores a vuestras
ilusiones”.
En semejante contexto, y en tanto se mantiene intacta la
propiedad privada burguesa por voluntad política irrenunciable de ambas
partes en litigio, la propia ley del valor provoca graves desajustes
económicos, enfrentamientos más o menos cruentos y desgracias humanas de una
magnitud tal que, en el mejor de los casos para la burguesía, acabaría
desmoralizando a su base social asalariada de apoyo, hasta el punto de que
si finalmente las fuerzas políticas aliadas de los oligopolios al interior
de esos países no pudieran restablecer la necesaria
interconexión por medios “democráticos”, son directamente los poderes
fácticos —económicos y militares, internos y externos— quienes dan la
puntilla por medios bélicos a semejantes despropósitos burgueses, tal como
ha ocurrido más de una vez en la historia reciente. ¿Es necesario recordar
lo que ha venido sucediendo en Indonesia, Filipinas, Argelia, Egipto, Sudán,
República Dominicana, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Bolivia, Perú,
Brasil, Uruguay, Chile, Argentina, El Congo, Mozambique, Angola, etc., etc.,
etc.?.
Y el caso es que en cualquier situación, de no mediar la
toma del poder por el proletariado, tanto el capital que representa a las
burguesías nacionales de los países subdesarrollados como el de la burguesía
imperialista terminan por encontrar un arreglo a sus diferencias, quedando
la clase obrera y demás clases subalternas a merced de las puras leyes del
mercado.
El capital nacional de los países dependientes en su
enfrentamiento con el gran capital trasnacional, de últimas, nunca se jugará
su propia existencia frente a la alternativa que tarde o temprano le
planteara su propio proletariado y, lo que habitualmente sucede es que se
fusiona con el capital oligopólico, en el sentido de que se suma a él; por
tanto, como tal capital no desaparece, lo cual demuestra que el capital
nacional dependiente y el capital oligopólico son dos partes de una idéntica
naturaleza que, en el acto de la fusión se diluyen la una en la otra como
capital ampliado. Lo que desaparece es la “firma”, denominación o marca
nacional de los productos en los que ese capital dependiente se encarna. Y a
veces —cuando la firma o marca comercial está muy introducida en el mercado
nacional dependiente— se la conserva, de modo que durante bastante tiempo
buena parte de los consumidores nacionales ignoran que siguen comprando
productos de un capital que ya ha dejado de ser “nacional”.
Además, la burguesía que representa al capital más
pequeño sabe que la acumulación capitalista discurre sobre la base de una
pluralidad de empresas con diversas masas de valor en funciones, que operan
con composiciones orgánicas del capital distintas, dando pábulo a diversas
tasas de ganancia empresariales, base impulsora de la competencia
intercapitalista que tiende a la formación de tasas promedio de ganancia
nacionales y a la formación de una tasa internacional de ganancia media. De
lo contrario, desaparecería para el capital global el acicate de la
producción y de la acumulación de plusvalor:
<<La tasa de ganancia, es decir, el
incremento proporcional de capital (o plusvalor respecto del
capital invertido) es especialmente importante para todas las
derivaciones nuevas de capital que se agrupan por su cuenta de manera
autónoma. Y en cuanto la formación de capital cayese exclusivamente en
manos de unos pocos grandes capitales definitivamente estructurados,
para los cuales la masa de la ganancia (plusvalor)
compensara la tasa de la misma (como relación con el capital en
funciones), el fuego que anima la producción se habría
extinguido por completo. La tasa de ganancia es la fuerza impulsora de
la producción capitalista, y solo se produce lo que se puede producir
con ganancia y en la medida en que pueda producírselo con ganancia.>>
(K. Marx: “El Capital” Libro III Cap. XV – III. Lo entre
paréntesis nuestro).
Teorías como las de Samir Amín, —que le condujo a
proponer la “desconexión” política en aras del “desarrollo autocentrado” en
los países dependientes—, se ha querido ver justificado en la evidencia
empírica del subdesarrollo histórico crónico en la periferia capitalista,
vigente hasta la segunda posguerra mundial. Sin embargo, la tendencia
objetiva a que esta evidencia empírica se trocara en su contraria, fue
prevista por Marx ya en el último tercio del siglo XIX. Posteriormente,
Lenin y Trotsky pudieron observar el nuevo fenómeno de la industrialización
con tecnología punta en los países dependientes, inducido por la Ley General
de la Acumulación Capitalista en la Rusia Imperial desde los tiempos de
Pedro “El Grande”. Y en la década de los años treinta del pasado siglo, fue
Henryk Grosssman —en polémica con Bauer— quien verificó teórica y
empíricamente esta misma tendencia histórica del capitalismo prevista por
Marx:
<<Si el capitalismo europeo occidental
necesitó 150 años para evolucionar de la forma organizativa del periodo
manufacturero hasta la forma capitalísticamente desarrollada de los
truts mundiales, así los territorios coloniales de Asia, África y
América no necesitan repetir este largo desarrollo. Ellos reciben los
capitales que fluyen de Europa en su forma más madura, que se conformó
en el seno de los países altamente capitalistas. De esta manera, ellos
saltan por encima de largas series de etapas de desarrollo histórico, y
el negro autóctono del sur de África es llevado desde sus selvas
vírgenes directamente a las minas de oro y diamantes dominadas por el
capital de los truts, con su forma de organización técnica y financiera
altamente desarrollada. Si en Ecuador, Sumatra, Venezuela o Trinidad se
emprenden perforaciones en busca de petróleo, son utilizadas desde el
comienzo los más modernos métodos técnicos e instalaciones que existen
en ese momento (1929), y así se construyen oleoductos,
depósitos, refinerías, etc.>> (Grossmann: "La ley de la
acumulación y del derrumbe del sistema capitalista" Cap. XIV BIII,
lo entre paréntesis nuestro)
Hoy día no hay que ser un teórico de nota para comprobar
que el desarrollo espectacular de los países llamados emergentes en el
sudeste asiático —sin duda por influjo del capital imperialista excedentario
en sus respectivos países— no ha necesitado de proposiciones políticas
experimentales de los teóricos de la dependencia y del estancamiento crónico
en la periferia del capitalismo o tesis del “desarrollo bloqueado” por el
imperialismo en estas partes del mundo, sino que, al contrario, este
desarrollo ha sido inducido por la sobresaturación de capital en los países
centros económicos que les obligó a exportar ese excedente de forma cada vez
más masiva hacia la periferia. El mismo proceso de industrialización en
países de desarrollo medio como Brasil, Argentina, Chile o México, que en un
principio evolucionó al “amparo” de la interrupción en los intercambios
internacionales —a raíz de las dos guerras mundiales y de la crisis de
entreguerras— tras el agotamiento de la fase expansiva que siguió a la
segunda post-guerra reconoce el aporte cada vez más significativo del
capital imperialista. Para mayor información sobre este asunto, consultar:
Causas
y consecuencias del movimiento internacional de los capitales
Por otro lado, sobre la cuestión de la unión de los
Estados europeos Samir manifiesta que la construcción de la UE sólo es
posible si se desconecta o se independiza de la férula de Washington y la
OTAN, y, para que eso sea posible, habría que forjar un bloque de poder
constituido por la burguesía europea con su proletariado. Asistimos otra vez
a la antigua receta de reeditar un frente policlasista que, en realidad, el
propio desarrollo del capitalismo ha dejado sin sentido al haber superado ya
la etapa de enfrentamiento con el feudalismo en el poder. Por descontado que
para Samir frente a los problemas que se derivan de la actual disolución de
los Estados nacionales en la UE, la alternativa de unos EE.UU. obreros de
Europa o como se les quiera llamar, no tiene ni siquiera tiene visos de ser
tenida en cuenta, ya que para él:
<< Solamente si las luchas sociales y
políticas lograran modificar el contenido de estos bloques e imponer
nuevos compromisos históricos entre el capital y el trabajo, será
que Europa pondrá alguna distancia frente a Washington, permitiendo, en
consecuencia, el renacer de un eventual proyecto europeo. En estas
condiciones Europa podría —debería incluso— comprometerse igualmente en
el plano internacional, en sus relaciones con el Este y con el Sur, en
otro camino diferente al trazado por las exigencias exclusivas del
imperialismo colectivo, amortiguando, de esta manera, su participación
en la larga marcha “más allá del capitalismo”. Dicho de otra manera,
Europa será de izquierda (el término izquierda es tomado aquí muy en
serio) o no será Europa.>> (Samir Amín: "Geopolítica del
imperialismo contemporáneo". El subrayado es nuestro).
Samir se declara comunista y partidario del marxismo, sin
embargo, sus proposiciones no contemplan la lucha por el poder de la clase
obrera como alternativa revolucionaria independiente que ponga fin de manera
efectiva al sistema de dominio y explotación burgués que somete, por un
lado, a los países con un relativo atraso económico y, por otro lado, a los
asalariados y demás clases subalternas, ya sean de esos países dependientes
o de las propias metrópolis.
La ausencia del proletariado como clase revolucionaria fundamental es algo
común en las propuestas de Samir y del resto de los neomarxistas. Tras la
derrota ideológica que en 1924 supuso para el proletariado la imposición de
los postulados stalinistas —tanto al interior como al exterior de la URSS— y
que trajo como consecuencia el abandono de la alternativa revolucionaria
frente a la segunda guerra interimperialista, sumado al repunte económico
capitalista una vez terminada la guerra, una generación de nuevos marxistas,
los llamados “neomarxistas” —surgidos de las universidades del sistema—
cambiaron la figura del sujeto revolucionario: el proletariado,
por una categoría que nada o muy poco tiene que ver con la división social
en clases: los conocidos como movimientos sociales.
Este desplazamiento del sujeto “transformador” no es algo
casual, sino que le viene de perlas a gran parte del movimiento político
antiglobalización para autoconvencerse y convencer a la sociedad y a los
“ciudadanos” de que son la alternativa a este sistema capitalista. Sin
embargo, estos movimientos sólo pueden ofrecer soluciones parciales dentro
del propio sistema a los problemas que tiene planteados la humanidad bajo el
capitalismo. Estos grupos protestan contra los efectos de las leyes
inherentes al capitalismo sin luchar efectivamente contra sus causas: el
sistema en sí, ya adquiera éste una forma política neoliberal o
socialdemócrata. Lo que, en definitiva, desean es un capitalismo moderado
por regulaciones estatales que permita a los movimientos sociales
determinada participación en la implementación de esas reglas, bien sea en
las instituciones burguesas o fuera de ellas. Para abundar más sobre esta
cuestión ver:
Los revolucionarios ante
el movimiento antiglobalización
A partir de mediados del siglo pasado se entró en una
fase de alza prolongada en la tasa de ganancia del capital que unida a una
política económica expansionista de tipo keynesiano, permitió la
construcción del llamado “Estado del bienestar”, la cual facilitó que el
capital de los países desarrollados pudieran integrar consensualmente a su
clase obrera en el sistema.
Por otro lado, durante el sexto congreso de la
Internacional stalinista en 1.928, se aprobó una desviación
contrarrevolucionaria al clasificar como semicolonias a países que hasta
entonces Lenin y los bolcheviques habían catalogado como lo que en realidad
eran: países políticamente soberanos económicamente dependientes. Semejante
tergiversación de la realidad de estos países no fue en modo alguno
involuntaria sino deliberada ya que semejante idea hizo prevalecer la falsa
idea de un supuesto "desarrollo económico bloqueado" por causa de un no
menos presunto dominio político colonial imperialista en esos países. En
este congreso se sentaron las bases ideológicas para la justificación e
implementación en esos países del frente político entre las burguesías
nacionales y el proletariado, para la “lucha por la liberación nacional”,
dejando la lucha por la emancipación social del proletariado para una etapa
posterior, una vez conquistada la soberanía nacional que permitiera el
desarrollo autosostenido del capital nacional y preparara así las
condiciones para la implantación del socialismo.
Fue precisamente en el siguiente congreso de 1.935 donde
la burocracia soviética stalinista hizo cristalizar la idea del “frente
único antiimperialista” del proletariado en “acción conjunta con la
burguesía nacional contra el imperialismo”, es decir, del Frente Popular o
Frente policlasista, que hizo perdurar en los países soberanos
económicamente dependientes durante décadas a instancias de sus respectivos
partidos comunistas sumisos a la política estratégica contrarrevolucionaria
de Moscú:
<<Este congreso marcó, sin duda, el punto de
inflexión que inició el cambio de enfoque dentro del movimiento marxista
hacia la impugnación del carácter histórico progresivo del capital
monopólico en los países dependientes, precisamente por la supuesta
estrategia imperialista de fijar el subdesarrollo en la periferia
capitalista para garantizar la colocación de sus masas excedentarias de
plusvalor contenidas en sus productos de exportación. Tras las
decisiones adoptadas en ese congreso, casi todos los partidos de
izquierdas caracterizaron a los países dependientes como semicolonias o
colonias, dejando completamente al margen la consideración acerca de si
habían o no alcanzado su soberanía política. Esta línea no sólo fue
sostenida por casi todos los grandes partidos obreros, sino que se
trasladó a los círculos académicos e intelectuales inorgánicos
"antiimperialistas". Desde los años cincuenta y sesenta, estas ideas se
vieron consagradas, como ya hemos dicho anteriormente, por teóricos de
la dependencia, como Paul Baran, Paul Swezzy, Samir Amín, Gudner Frank,
Teotonio Dos Santos, Ernest Mandel o James Petras, los más importantes
entre un ejército de ellos.
En medio de este proceso de desideologización revolucionaria, y en el
marco de la onda larga expansiva del capitalismo, desde la segunda post
guerra mundial estas medidas del stalinismo al interior del movimiento
obrero internacional políticamente organizado, se tradujeron en que las
tareas de formación teórica y debate de los problemas políticos del
movimiento obrero, fueran asumidas sin resistencia alguna y con la mayor
naturalidad, por los aparatos ideológicos de la burguesía internacional.
Esto tuvo especial incidencia en los países altamente desarrollados y de
desarrollo medio, donde, por exigencia del desarrollo de la fuerza
productiva del trabajo en el nuevo marco de la acumulación capitalista
expansiva de post guerra, la enseñanza técnica superior —incluidas las
técnicas de control social— dejaron de ser algo sólo accesible a una
relativa minoría social y las universidades privadas de élites perdieron
sentido frente a las universidades públicas de masas. No por menos
ponderado, el hecho de eliminar toda disidencia política y discusión
teórica al interior de los PC reconvertidos, ha dejado de ser uno de los
más valiosos servicios ideológicos y políticos que la burocracia
stalinista ofreció en bandeja a la burguesía internacional.>>
Pueden bajar el libro
(en word):
la decadencia del capitalismo y las tendencias "estancacionistas"
Así fue cómo en las universidades del sistema, el
materialismo histórico empezó a ser materia prima para la fabricación de
subproductos burgueses eclécticos de aleación variable con el keynesianismo,
el neohegelianismo, el freudismo, el neokantismo, el heideggerismo, etc.,
verdadero meollo de la llamada sociedad "postmoderna". Así, mediante este
trabajo de pinza entre el stalinismo y la burguesía internacional, el
materialismo histórico acabó por ser debidamente neutralizado como guía para
la acción política revolucionaria, gracias a teóricos "neomarxistas"
prestigiados por la prensa y la industria editorial del sistema, entre los
más destacados Joan Robinson y Erik Hotsbawn, Galvano Della Volpe y Lucio
Coletti; Louis Althusser, Etienne Balibar y Nicos Poulantzas; Michael
Foucault, Walter Benjamin, Theodor Adorno, Jürgen Haberlas, Erich Fromm y
Leo Lowenthal; y los ya mencionados Herbert Marcuse, Max Horkheimer,
Friedrich Pollock, Paul Baran, Paul Sweezy, Samir Amín y otro largo
etcétera. Últimamente, con mayor asiduidad periodística, destacan Noam
Chomsky, James Petras, Sami Nair y Eduard Said. Todos ellos
intelectuales "independientes" de "formación universitaria", quien más quien
menos copartícipe en la creación de varias escuelas de "pensamiento
crítico", como la alemana de Frankfurt, la estructuralista francesa, la de
la regulación y la americana de Harvard. Todas ellas financiadas por la
burguesía, estas escuelas han venido influyendo decisivamente en casi todos
los diversos partidos políticos autoproclamados antisistema en el mundo
entero, desde la década de los cuarenta hasta hoy. Sin perjuicio de sus
meritorios aportes a la teoría de la dominación burguesa en los terrenos
sociológico, psicológico y de la organización del trabajo, la resultante
política contrarrevolucionaria de estos esfuerzos del intelecto está hoy a
la vista.
Los neomarxistas tienen de común que utilizan la
fraseología y las categorías del Materialismo Histórico, para imbuirse de
una aureola anti-sistema y, poder así, falsificar sus conceptos practicando
un revisionismo pretextando que el capitalismo experimentado por Marx no se
corresponde al de nuestros días, como si en esencia
el sistema no siguiera siendo el mismo, con las mismas leyes y la misma
lógica descrita por Marx, sólo que, como resultado de una acumulación
superlativamente mayor, las contradicciones con las fuerzas productivas se
han vuelto más agudas y las consecuencias de ello más catastróficas.
Por tanto, para nosotros, lo que caracteriza a esta
corriente de pensamiento consiste en la pretensión de lastrar del marxismo
su sentido teórico científico orientador de una política genuinamente
revolucionaria. Y esta intención del neomarxismo no tiene nada de original,
puesto que desde siempre al interior de lo que se entiende como movimiento
por el socialismo, han sido legión quienes en nombre de la teoría marxista
han pretendido desvirtuarla para desviar la acción de los asalariados del
curso revolucionario señalado por ella. Incluso coetáneos a Marx, como
Lassalle, pasando por Plejanov, Bernstein, Kautsky, Otto Bauer, Tugan
Baranowsky, Rudolf Hilferding, y un largo etc., todos ellos, en un aspecto u
otro, intentaron modificar teórica y políticamente el curso revolucionario
de los acontecimientos para desviarlos a posiciones críticas pero, a su vez,
conciliadoras con el capitalismo. Después, tras la revolución bolchevique
—que duró hasta 1.924— y la instauración en la URSS de un sistema stalinista
que muy poco tuvo que ver con lo que Marx y Lenin pensaron que debiera de
ser el socialismo, se creó una escuela de marxismo con carácter oficial que
excomulgó hasta el extremo del asesinato a todo aquel que criticara los
designios de la burocracia enquistada en la URSS. Al desaparecer Stalin,
surgió una corriente de pensamiento en el mundo capitalista que se oponía al
“marxismo oficial” tachándolo de dogmático, rígido e inoperante para
explicar los nuevos problemas que surgían en el mundo capitalista, tanto el
desarrollado como el subdesarrollado. El problema es que, a la luz del curso
que tomaba la gigantesca acumulación de capital en el Mundo a partir de
mediados del siglo pasado, en vez de enriquecer el cuerpo teórico del
Materialismo Histórico con nuevas aportaciones efectivamente
revolucionarias, la nueva escuela de pensamiento, llamada “neomarxismo”, so
pretexto de impugnar el stalinismo, volvió a incurrir en las viejas
concepciones burguesas postuladas por Bernstein, etc. Y no por erróneos, los
análisis de teóricos pequeñoburgueses del estancamiento crónico del
capitalismo en la periferia, como Samir Amín, resultan ser políticamente
inocuos, sino que, precisamente por eso, no lo son. Ya lo dijo Lenin: “un
error milimétrico aparentemente sin importancia en la teoría, se traduce en
errores kilométricos en la práctica”.
En tanto que todos los Samir Amín sigan aglutinando en
torno suyo a la mayor parte de la vanguardia proletaria amplia que incide
directamente sobre las grandes masas asalariadas —a instancias de la
izquierda política burguesa que se nutre de semejantes embelecos con lustre
de ciencia— este tipo de pensamiento seguirá siendo el principal enemigo a
batir, el obstáculo que se interpone entre la necesidad histórica cada vez
más acuciante de la acción revolucionaria, y la conciencia de esa necesidad
como requisito de la praxis efectivamente transformadora. De ahí la
importancia de la lucha teórica contra semejantes supercherías.
GPM
Notas
(*) El articulo ha sido libremente adaptado en el titulo y en
las líneas iniciales, sin afectar - creemos - el contenido del mismo.
Titulo original:
Critica al neomarxista Samir Amin. (Volver)
(1)
Ese mismo papel, salvando las distancias y algunas particularidades jugó y
sigue jugando el peronismo en Argentina, el cardenismo en México y el
bolivarismo actual en gran parte de América Latina. (volver) |